Capítulo 1: Ruinas del Dragón
El sol aún no bañaba con sus rayos aquellas ruinas; a lo lejos solo se podían observar algunas tenues luces de pequeños campamentos. Aquella madrugada la brisa era fría, y lo único que se escuchaba era el sonido de los grillos que se ocultaban entre las piedras destrozadas. El sonido de la naturaleza se vería interrumpido por el fuerte ruido de metales que se golpeaban y arrastraban, haciendo que los pequeños bichos dejaran de entonar sus características melodías por temor a ser encontrados por algún depredador que rondara cerca. Un joven de vestimentas sucias interrumpía la tranquila noche de aquellas solitarias ruinas, recorriendo con entusiasmo y curiosidad lo que alguna vez, hace muchos años, fue un pueblo lleno de vida. En las rocas circundantes se podían ver figuras y formas hechas por personas que en algún momento decidieron dejar un sello de su existencia en algo que durara más que su propia vida.
Con los ojos alborotados e inquietos, observando cada figura sin querer perderse ningún detalle, tropezaba torpemente de vez en cuando al no observar el camino, o debía detenerse para desatorar sus cadenas, que a menudo se enredaban entre las piedras o ramas. Lo más destacable de este chico era el número 522 en su espalda: por más que su ropa se encontrara sucia, aquella parte que parecía un indicador se mantenía limpia y en perfecto estado. De repente se oyó un fuerte golpe: el 522 se había chocado de cara contra una púa que quedó clavada en su frente. Dio un fuerte grito ahogado y trató de calmarse, pues si lo encontraban en aquel lugar no tenía duda de que lo matarían. Sobaba suavemente su cabeza con la mano, notando que había comenzado a perder sangre; desesperado al no tener con qué limpiarse, solo jadeaba de dolor y continuaba avanzando con la fe de que más adelante habría un poco de agua estancada.
Después de varios minutos de caminata, logró encontrar lo que parecía ser una cueva. Con mucho miedo, y sujetando sus cadenas para utilizarlas como arma en caso de emergencia, se dispuso a entrar; sabía que era imposible que alguien se encontrara dentro, pero aun así existían bestias salvajes que podrían atentar contra su vida.
Casi sin ver nada, tocó las paredes de la cueva, sintiendo la humedad debido a que la noche anterior había llovido. Se comenzó a limpiar lentamente, dando un suspiro de alivio.
—Ah... mucho mejor así.
Sintiéndose satisfecho por aquella superficial limpieza, caminó nuevamente hacia la entrada de la cueva, dando un paso en seco, cuando escuchó ruidos extraños provenientes de más adentro. Volteó para ver si podía distinguir algo, y la curiosidad lo fue llamando, adentrándose así más en la cueva. Sorprendentemente, comenzó a ver una tenue luz que se hacía más fuerte a medida que avanzaba. Al llegar al origen del sonido, encontró un enorme huevo amarillo que irradiaba una luz inexplicable. Para su sorpresa, los sonidos provenían de adentro, ya que la cáscara se estaba quebrando lentamente. Aún nervioso y asustado, sin saber qué criatura podría emerger, su cuerpo comenzó a temblar y se quedó inmovilizado. Después de varios segundos, sin notar ningún movimiento proveniente del huevo, caminó lentamente hacia este para poder observarlo con más detalle, notando que ya había una brecha.
Curioso, metió su cabeza y encontró un pequeño ser alado que lo miró con atención; sus escamas brillaban y relucían en un tono anaranjado. De repente, comenzó a saltar para llamar la atención del chico que lo observaba.
—¿Qué demonios eres?
Rápidamente comenzó a resquebrajar el cascarón, logrando sacar a lo que parecía ser un reptil, que rápidamente se abalanzó sobre él, comenzando a lamer su rostro como si de un cachorro se tratara, y causando risas en el 522.
—Para, me haces cosquillas.
Su felicidad duró poco, ya que una lechuza ingresó volando, causando ruido con su aleteo y asustando al joven, quien sostuvo al reptil con fuerza. Unos pasos se escuchaban acercándose, por lo que rápidamente sostuvo nuevamente las cadenas y comenzó a amenazar al aire:
—¡Detente, quien quiera que seas! Este lugar está prohibido, tengo un arma y pienso usarla.
Una risa confiada se acercaba cada vez más, mostrando a un encapuchado que mantenía las manos abiertas y hacia arriba.
—Tranquilo, muchacho, solo vi una luz y pensé que alguien necesitaba ayuda. Vengo en son de paz, no quiero hacerte daño.
Dijo, a la vez que miraba al reptil en las manos del joven.
—¿Eso que tienes ahí... de dónde lo sacaste?
El joven dio un cadenazo al costado del encapuchado; el golpe contra el piso hizo saltar chispas de fuego debido a la fuerza con la que el metal golpeó la piedra.
—¡El que hará las preguntas aquí soy yo! ¿Quién eres? ¡Revela tu rostro!
El búho, que aún observaba la escena, se rio y comenzó a volar en su sitio mientras su cuerpo se deformaba; se escuchaba cómo los huesos dentro de su cuerpo se desplazaban, para luego, como por arte de magia, una nueva piel lo fue recubriendo, mostrando unas largas piernas y un rostro humano. Las alas, de igual forma, triplicaron su tamaño, y su estatura era mayor que la del joven 522.
—No es sensato hablarle así a alguien que recién conoces, mucho menos si te superan en número.
El encapuchado estiró la mano en señal de que se detuviera.
—Tranquila, Panque, es joven y además está asustado... Mi nombre es Angelo Walker, muchacho. ¿Cuál es el tuyo?
El chico, espantado por aquella transformación, recostaba su espalda contra el vacío cascarón, escuchando lo que le decía el encapuchado, y con voz temblorosa respondía la pregunta:
—Mi nombre es Exel...
Aún desconfiado por la bondad de este hombre, se iba deslizando suavemente para tratar de llegar a la salida de la cueva.
—¿Exel? Tu nombre... siento que lo he escuchado antes. Pero, a juzgar por tu ropa, se ve que eres un esclavo.
Exel asentía con la cabeza, aún temeroso; no sabía qué podían hacer con él y nadie lo buscaría. Aun así, sostenía con fuerza al lagarto alado, quien dormía tranquilamente al calor de su pecho.
—Los Remus arrasaron mi aldea y a toda mi gente... o bueno, los jóvenes... se volvieron sus esclavos.
Angelo miró las cadenas que Exel tenía en ambos brazos.
—¿Eso es xaranio?
—Sí, señor, por eso no lo puedo quitar.
Panque se acercó a Exel y, con sus garras, acarició la cabeza del pequeño reptil.
—Angelo, ¿esto es lo que creo que es?
Angelo sacó repentinamente un libro de debajo de su pesada capa, abriéndolo en un capítulo marcado.
—Según esta imagen, sí.
Exel, curioso por saber de qué hablaban, se acercó para poder ver el libro, notando un dibujo que se asemejaba al reptil que tenía en las manos.
Angelo, notando que Exel quería observar con más detenimiento, acercó el libro, mostrándole más de cerca lo que en él se encontraba.
—Esto, compañero Exel, lo que tú sostienes en tus manos, hace mucho tiempo lo llamaban dragón. Solo tenemos conocimiento de que existió uno: el creador de esta tierra, el dragón de la vida.
Exel interrumpió a Angelo con seguridad y firmeza.
—Xarath... Pero pensé que solo era una leyenda. Además, jamás pensé que se vería así... esperaba algo más enorme.
Panque se rio a la vez que recostaba su cabeza y sobaba su pico en la mejilla de Angelo.
—Eso que tienes durmiendo en tu pecho es un dragón bebé. Cuando crezca será enorme, y lo más probable es que esté hambriento de carne y sangre.
Exel, mirando al pequeño dragón, sintió curiosidad por esta pequeña e indefensa criatura.
—¿Y qué se supone que hace aquí? ¿Estos dragones no estaban extintos?
Angelo rápidamente cerró el libro, dándose la vuelta y comenzando a caminar hacia la salida.
—Existe una profecía que dice que «el Dragón» le pondrá fin a la guerra... o algo así. Tenemos que llevarlo a la ciudad de Arkonaria, al castillo de Drakonia; allí encontraremos algo... posiblemente.
Exel siguió los pasos de Angelo y su acompañante Panque hasta las afueras de la cueva, dándose cuenta de que ya había amanecido.
—Debo irme antes de que se den cuenta de que no estoy ahí... Tómenlo y llévenlo, yo tengo que quedarme aquí y seguir haciendo mi trabajo...
Angelo extendió las manos para que le entregara al dragón.
—Muy bien, ha sido un gusto, Exel, y espero que esto sea la clave para liberarte pronto.
Exel separó al dragón de su pecho, entregándoselo a Angelo. El dragón se despertó y, casi instantáneamente, lloró dando un chirrido ensordecedor que los obligó a taparse los oídos, soltando al dragón, el cual cayó al piso y caminó hasta los pies de Exel, acurrucándose en él.
Panque, enojada, dijo:
—¡Qué le pasa a ese reptil estúpido! ¡Casi me revienta los oídos!
Exel lo levantó y nuevamente lo puso contra su pecho; claramente, aunque se conocieran desde hacía poco, se había encariñado con él. La vida de Exel era monótona: siempre se encontraba trabajando, y solo era libre cuando se escapaba a explorar las ruinas. Pero siempre se preguntaba a sí mismo: «¿Hasta cuándo funcionará?». La monotonía lo estaba matando lentamente, y haber podido encontrar algo que lo hizo salir por completo de su rutina lo hizo sentir vivo de nuevo.
—Tal vez se encariñó conmigo.
Angelo miraba al chico con desconfianza.
—Así parece, pero debe ir a la ciudad.
Exel, algo nervioso, sugirió:
—¿Podrían ayudarme a escapar...?
Panque se rio por la idea, para luego agarrar a Exel con sus garras.
—¿Y por qué deberíamos ayudar a un chico tan debilucho como tú? No eres nada más que un simple esclavo; que el dragón se haya encariñado contigo no significa que seas importante.
Exel, intimidado por esto, se paró firmemente y replicó:
—Tienes razón, tal vez solo soy un simple esclavo, pero sin mí ustedes no tendrían al dragón. El dragón me escogió, y yo lo llevaré a donde tenga que llegar.
Angelo sonrió ante aquella respuesta. Exel miró al dragón y sus miradas se cruzaron, comenzando así a dolerle la cabeza, tambaleándose poco a poco.
—Yo... yo... yo no me siento bien.
Exel cayó desmayado al piso.







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La historia es muy entretenida, me gusta ❤️
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