Capítulo 1: Que lo pario, un quilombo de colores.
El aire acondicionado del coworking zumbaba con esa insistencia mecánica que promete frescura pero entrega ruido blanco. Para Ángel Ventura, sin embargo, la oficina en pleno corazón de Palermo se había convertido en una cámara de tortura personal. No era la temperatura —hacía un frío artificial que le ponía la piel de gallina— sino el calor de la bronca que le trepaba desde el estómago hasta la nuca, como fiebre de traición.
Se miró las manos. Temblorosas. Siempre le pasaba cuando se ponía nervioso: primero las manos, después la voz, después todo se desmoronaba. Sus dedos juguetearon con el borde de su remera baby tee blanca —esa que había comprado en una feria de San Telmo porque era lo único que podía permitirse y que ahora le parecía demasiado ajustada, demasiado... todo—. La estrella negra del centro se sentía como un blanco en su pecho.
¡DOS SEMANAS!
Había pasado dos semanas diseñando esa campaña para el café artístico del centro, investigando hasta las tres de la mañana en su cuarto de pensión, anotando todo en un cuaderno Gloria que usaba desde la secundaria porque las aplicaciones de notes se le colgaban en el celular. Había elegido cada color como si fuera un verso de poema: rosa empolvado para la calidez, beige sutil para la sofisticación, verde salvia para transmitir naturalidad. Colores que susurraban en lugar de gritar.
Ahora, mirando la pantalla de Vanesa, su trabajo parecía un accidente de tránsito cromático.
Amarillo estridente. Rojo que lastimaba los ojos. Naranja que gritaba "¡OFERTA ESPECIAL!" desde cada pixel. Su paleta cuidadosamente curada había sido reemplazada por un arcoíris que parecía vomitado por un marcador fluorescente.
—¿Qué mierda es esto? —La pregunta se le escapó como un gemido ahogado, señalando la pantalla con la intensidad de alguien que acaba de ver su casa en llamas. Era su primer trabajo importante y significaba un montón para él. Porque sí lo hacía bien podría tomar más trabajos y cobrar más que el sueldo mínimo que le pagaban (y apenas le alcanzaba).
Vanesa levantó la vista de su celular con esa expresión de fastidio que reservaba para las interrupciones. A los veintisiete, había perfeccionado el arte de la indiferencia como mecanismo de supervivencia en un mundo que, según ella, siempre la había juzgado por su peso antes que por su inteligencia. Pero Ángel no sabía eso. Para él, Vanesa era simplemente la compañera que siempre tenía comentarios filosos listos para las heridas de otros.
—Ah, sí. Joaco dijo que necesitaba más "energía" y lo cambió —contestó, volviendo a su pantalla como si estuviera discutiendo el clima—. Supongo que tus colores eran demasiado... ¿dormilones?
Ángel sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Joaco? ¿El jefe? ¿Mi jefe?
—El mismo.
—¿El mismo que se la pasa diciendo que confía en nuestro criterio pero que sin consultarme le metió un amarillo banana a mi campaña?
—Ese.
La palabra le cayó a Ángel como un baldazo de agua fría.
—¿Dormilones? —repitió, sintiendo cómo su voz se quebraba levemente—. ¿Joaco dijo eso?
Vanesa no se molestó en levantar la vista esta vez.
—Bueno, no exactamente. Pero claramente no le gustaron, ¿no? Sino no los habría cambiado.
Ángel sintió que algo se rompía en su pecho. No era solo la campaña. Era el eco de cada vez que había sido "no suficiente": no suficientemente talentoso para la beca de diseño en la UBA cuando lo intento después de ver un anuncio, no suficientemente conectado para los trabajos buenos, y no suficientemente seguro para que lo tomaran en serio. Su voz interna martillando porque sabía que en este mundo o tenés plata o tenés que ser tres veces mejor que el resto.
Había intentado ser tres veces mejor. Había analizado, justificado, perfeccionado cada detalle. Y aun así... Aún así...
Sus piernas, envueltas en el short negro que había comprado en una liquidación y que ahora se sentía demasiado corto, demasiado atrevido para la oficina, no dejaban de moverse. Las zapatillas —unas imitación de Converse que había conseguido en La Salada— golpeteaban el piso con un ritmo frenético que delataba su ansiedad.
Necesitaba desahogarse. Necesitaba que alguien le dijera que no estaba loco, que tenía derecho a sentirse herido. Torpemente utilizado y deshechado.
Agarró el celular con dedos que le temblaban más de lo que hubiera querido admitir. María. María de Recursos Humanos lo entendería. Había sido ella quien lo había contratado, quien había visto algo en él cuando otros solo veían un pibe de villa sin contactos ni experiencia formal en el maldito kiosko 24hs en el que trabajaba y no tenía baño, no tenía un puto baño aquel maldito lugar.
"Boluda, me quiero morir. ¿Podés creer que Joaco me cambió toda la puta paleta de colores sin avisarme? Yo analicé el mercado, elegí tonos pastel con sentido y él me lo convirtió en un puto circo. Qué bronca, loco. Se cree que porque es alto y lindo puede hacer lo que quiere, pero NO, yo no soy uno de sus minions. ¿Cómo lo enfrento sin perder el laburo?"
Presionó enviar sin pensar dos veces.
El mensaje voló al éter digital con la velocidad de una bala y la precisión de una bomba mal dirigida.
Porque tardó exactamente tres segundos en darse cuenta de que no lo había enviado a María.
Lo había enviado al grupo general de la oficina.
El grupo donde estaba Joaco.
El grupo donde Joaco podía leer, con total claridad, que Ángel lo había llamado "alto y lindo" en medio de una crisis de indignación profesional.
El aire frío le raspaba la piel, pero el calor que sentía venía de adentro. Un calor que le trepaba por el cuello y se le instalaba en las mejillas. Sus manos transpiraban, el celular se le resbalaba apenas. Tenía un nudo en la garganta, pero no de llanto—era como si se hubiera tragado una piedra. Dura, áspera, inmóvil.
—No, no, no, no, no... —susurró, agarrando el celular con la desesperación de alguien que intenta detener una avalancha con las manos desnudas.
Vanesa, que había estado observando toda la escena con el placer apenas disimulado de alguien que ve un accidente de auto en cámara lenta, se inclinó hacia él con curiosidad.
—¿Qué pasó? ¿Te moriste? —preguntó, pero había algo en su tono que no era completamente inocente. Como si hubiera estado esperando este momento.
Ángel le mostró la pantalla con la expresión de alguien que acaba de ver su propia lápida.
—Dios mío... —murmuró Vanesa, pero había un destello en sus ojos que contradecía su tono de lástima—¿Decís que tenés posibilidades de zafar si te tirás por la ventana?
Ángel sintió que el mundo se volvía más chiquito a su alrededor. Sus manos temblaban. Su corazón latía tan fuerte que le parecía sentirlo en la garganta. En un intento desesperado, abrió WhatsApp y presionó sobre el mensaje, con la esperanza ridícula de que no lo hubiera leído para borrarlo.
Con manos temblorosas, abrió WhatsApp y presionó sobre el mensaje, con la esperanza patética de que tal vez, solo tal vez, pudiera borrarlo antes de que Joaco lo viera.
Demasiado tarde.
Doble tilde azul.
Leído.
Ángel sintió cómo su alma se desconectaba de su cuerpo y se iba a buscar un lugar más seguro para existir. Sus huevos se le subieron a la garganta y se instalaron ahí como inquilinos permanentes.
El celular vibró.
Un mensaje nuevo.
Joaco.
"Pasá a mi oficina cuando puedas, Ángel."
Ángel miró el mensaje como si fuera una sentencia de muerte escrita en Comic Sans, sintió que se le iba la vida en ese instante.
—Me van a despedir. —Su voz sonó como la de un hombre condenado a muerte—. Me van a despedir y voy a tener que vender mi riñón en el mercado negro para pagar el alquiler.
Vanesa le dio unas palmaditas en la espalda que se sintieron más condescendientes que consoladoras.
—Dale, drama queen. Andá a hablar con él. Con suerte, solo te hace trabajar gratis el resto del año.
Ángel se levantó con las piernas de un potro recién nacido y caminó hacia la oficina de Joaco, sintiendo como si cada paso lo llevara más cerca de su ejecución profesional. Su ansiedad estaba en la estratosfera.
En la oficina de Joaco
La oficina de Joaco Miller era un ecosistema de masculinidad curada: escritorio de madera oscura que olía a cera y ambición, plantas que claramente alguien más regaba, y una ventana que enmarcaba la ciudad Buenos Aires como si fuera una postal de éxito. Había un aroma que Ángel no podía descifrar completamente —algo entre madera, café caro y esa colonia que usaban los hombres que nunca dudaban de sí mismos.
Joaco estaba sentado con la postura relajada de alguien que había nacido conociendo su lugar en el mundo. Su camisa azul corta se ajustaba a su torso de una manera que parecía casual pero que Ángel sospechaba era completamente intencional. El reloj en su muñeca probablemente costaba más que el sueldo de Ángel de tres meses.
Era todo lo que Ángel no era: seguro, cómodo en su piel, ocupando el espacio sin disculparse por ello... Se veía tan calmado, tan seguro, tan... alto y lindo. Con esa sombra de barba rubia tirando a castaño en su rostro de días surcando su cara.
—Bueno, bueno, Ventura —dijo Joaco, y su voz tenía esa calidad grave que hacía que las palabras se sintieran importantes—. Parece que tenemos un temita con los colores, ¿no?
La sonrisa en su rostro no era burlona. Era algo peor: era divertida.
Ángel sintió una nueva ola de indignación y vergüenza al recordar lo que había escrito. Se sentó en la silla frente al escritorio sintiendo como si fuera demasiado pequeño para ocupar el espacio, como si fuera un niño jugando a ser adulto en ropa prestada.
—Eh... sí. O sea, no...—Las palabras se le atascaron en la garganta como chicles viejos—. Mirá, yo solo...
—Tranqui —interrumpió Joaco, apoyando los codos sobre el escritorio y inclinándose levemente hacia adelante—. No me ofendió lo del "alto y lindo". De hecho, me parece que tenés buen ojo para los detalles.
Ángel sintió que el calor le subía al cuello como mercurio en termómetro.
—Pero me preocupa más lo del "puto circo" —continuó Joaco, y ahora su voz tenía un matiz más serio—. Contame qué quisiste decir con eso.
Ángel tragó saliva y sintió el sabor metálico del pánico.
—Mirá, Joaco... yo trabajé mucho en esa campaña. Hice un análisis del mercado, estudié la competencia, justifiqué cada color con datos reales. Vos lo cambiaste sin consultarme, sin explicarme, pero mi idea jamás fue publicarlo en el grupo. —Las palabras salieron como vomito verbal, como esa vez que Cady se le declaro a Aaron en Mean Girls. Solo que él no era Regina George. Ni Cady Cameron, solo un personaje extra que pasa desapercibido.
Joaco lo escuchó sin interrumpir, sus ojos verdes fijos en el rostro de Ángel con una intensidad que lo hacía sentir completamente expuesto.
—Claro que lo entiendo —dijo finalmente—. Pero también entiendo que el cliente quiere impacto visual, y aunque tus colores eran lindos, no llamaban la atención como necesitaban.
Ángel parpadeó. ¿Eso era todo? ¿No lo iba a humillar? ¿No lo iba a despedir? :—Pero el cliente me dijo que quería todo cálido y pastel.
Joaco sonrió, y esta vez había algo genuino en su expresión.
—Tenés razón. Tendría que haberte consultado. Lo que puedo hacer es que trabajemos juntos en una versión intermedia. ¿Te parece? Este cliente es muy importante.
—¿No estás enojado? —preguntó, sintiéndose como un niño que acaba de confesar que rompió una cara jarra de vidrio para terere y descubre que nadie lo va a castigar.
Joaco se recostó en su silla y sonrió con una expresión que Ángel no pudo interpretar completamente.
—No. De hecho, me divierte cuando te enojás. Hacés caras muy expresivas.
Ángel abrió la boca para responder, pero no encontró palabras. No sabía como responder, nadie le había prestado tanta atención... Sabía que era expresivo pero jamas pensó que su jefe lo notaría.
—Y para la próxima —agregó Joaco, inclinándose un poco más hacia él—, mandame el mensaje directamente a mí. No necesito leer en el grupo que soy "alto y lindo". Ya tengo espejo en casa.
Ángel sintió que necesitaba urgentemente que la tierra se abriera y se lo tragara. En ese instante, en ese momento.
—Voy a... eh... volver a mi escritorio —murmuró, levantándose con la gracia de alguien que acaba de descubrir que tiene piernas.
Se dirigió hacia la puerta con pasos rápidos, sintiendo el calor trepar por su cuello como una enredadera de vergüenza.
—Ángel —lo llamó Joaco cuando ya tenía la mano en la manija.
Se dio vuelta, el corazón latiéndole tan fuerte que estaba seguro de que se le notaba en las venas del cuello.
—Mañana traé tus ideas originales. Vamos a ver qué podemos hacer.
Ángel asintió como un autómata y salió de la oficina, sintiendo la mirada de Joaco en su espalda baja como un peso físico.
Mientras caminaba de vuelta a su escritorio, escuchó la risa suave de Joaco detrás de él.
Definitivamente, esto era un quilombo, un quilombo de colores.
N;
¿Alguna vez mandaste un mensaje que no debías? ¿Cómo lo solucionaste? Te leo en los comentarios!
instagram; narcissues.









esto empieza muy bien
hola he estado malita y no te he leído en mucho tiempo pero, respondiendo a tu pregunta sin duda me quedo con los diálogos del jefe
Buenos días, ya estoy estupenda de la muerte. Mira me levanto siempre muy temprano y, después de prepararme un super desayuno abro tus historias y leo mientras desayuno, uno de los mejores momentos del día para mí. Así que, aunque no ganes concursos, estoy segura de que haces feliz a un montón de gente con tus historias, nos haces soñar.