La Última Noche de Invierno | Kookmin

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Sinopsis

El mundo ha quedado sepultado bajo un invierno nuclear tras la Tercera Guerra Mundial. Han pasado cuatro años y medio desde que la nieve cubrió todo, desde que la humanidad dejó de ser civilización para convertirse en supervivencia. Jungkook lo ha perdido todo, y desde entonces, vaga solo entre ruinas y paisajes desolados, sin más compañía que el eco de su propia culpa. Una noche, mientras busca provisiones, encuentra a Jimin, un chico al borde de la muerte, perseguido por hombres sin escrúpulos. Algo en él le impide abandonarlo, así que decide ayudarlo. Sin saberlo, esa elección cambiará su destino. Juntos, luchan contra el frío, el hambre y los peligros del nuevo mundo. Entre la desesperación y el miedo, se convierten en el refugio del otro, en la única razón para seguir adelante. En medio de la oscuridad eterna, descubren que aún hay algo que sobrevive al fin del mundo: el amor.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 16

Jimin continuó sobre Jungkook, moviéndose con una cadencia precisa e hipnótica, creando entre ellos una fricción ardiente que lo hacía estremecer. Cada roce, cada leve presión contra su cuerpo, era como una corriente eléctrica que lo recorría por completo, dejándolo sin aliento.

Jungkook sintió su propia piel encenderse, la respiración entrecortada escapando de sus labios, mientras el calor del cuerpo de Jimin lo envolvía, atrapándolo en esa sensación embriagadora que nublaba su mente y hacía que todo lo demás dejara de existir.

Guiado por el instinto, Jungkook deslizó una de sus manos bajo la ropa de Jimin, encontrando la piel tersa de su cintura y aferrándose con fuerza. Sus dedos se hundieron en la piel cálida, sintiendo los pequeños espasmos que recorrían el cuerpo de Jimin con cada caricia, con cada roce de sus manos ávidas de memorizar cada rincón de su amante.

Y eso, lejos de aquietarlo, pareció encender aún más a Jimin. Sus movimientos se volvieron más impetuosos, su deseo más tangible, y su boca volvió a buscar la de Jungkook con desesperación, reclamando sus labios como si fueran el único aire que podía respirar.

El sabor de Jungkook era un vicio, una adicción de la que no quería, ni podía, desprenderse. Sus labios eran suaves y firmes a la vez, su lengua cálida y demandante, una danza sincronizada que los mantenía anclados el uno al otro.

Pero entonces, con un movimiento rápido y ágil, Jungkook giró sobre sí mismo, invirtiendo las posiciones hasta quedar ahora él sobre Jimin, aprisionándolo con su cuerpo, con su peso, con su deseo contenido.

Jimin sonrió, una sonrisa ladina, traviesa, tentadora. Sus ojos centelleaban bajo la tenue luz, oscuros y profundos, reflejando el fuego que ardía en su interior. Esa mirada bastó para encender aún más a Jungkook, para hacer que todo su ser lo deseara aún con más intensidad.

Sin perder tiempo, inclinó el rostro y comenzó a depositar besos en su cuello, recorriéndolo con una lentitud tortuosa. La piel de Jimin se erizó bajo sus labios, y los jadeos que escaparon de su boca fueron un regalo, una melodía que lo incitaba a seguir.

La voz de Jimin, quebrada por el placer, era como un eco celestial que lo arrastraba más y más dentro de esa espiral embriagadora de deseo y ternura.

Jungkook quería verlo, quería sentirlo sin barreras, sin nada que los separara. Con manos cuidadosas, fue despojándolo del chaleco, de sus camisetas, hasta que finalmente lo tuvo allí, expuesto ante él, bañado por la luz vacilante de las velas y la estufa. Y por un instante, solo se permitió contemplarlo.

Jimin era hermoso. Su piel, tersa y perlada de un leve brillo por el calor que se acumulaba entre ellos, tenía un matiz dorado bajo la tenue iluminación. Sus clavículas se marcaban con sutilidad haciendo juego con su nuevo collar, creando sombras que delineaban su cuerpo con perfección.

Su torso se expandía con cada respiración entrecortada, dejando a la vista la firmeza de su pecho, la elegancia de sus formas, la suavidad de su piel erizada por la expectación.

Jungkook pasó la yema de sus dedos con delicadeza, acariciando cada centímetro, sintiendo los temblores involuntarios de Jimin bajo su tacto, como si cada caricia fuera un incendio que prendía en su piel.

Y Jimin lo miró. Lo miró con un brillo en los ojos que no era solo deseo, sino algo más profundo, más verdadero. Porque se sentía bien bajo su mirada, porque la forma en que Jungkook lo observaba no era solo con hambre, sino con adoración, con algo que iba más allá del deseo carnal.

Sin querer quedarse atrás, Jimin deslizó sus manos con la misma reverencia, buscando despojar a Jungkook de su propia ropa, hasta que finalmente quedó expuesto ante él. Pero en cuanto sus ojos recorrieron su torso, sintió una punzada en el pecho.

Las cicatrices en la piel de Jungkook eran testigos mudos de su pasado. No eran meras marcas, sino historias grabadas a fuego, recuerdos de una guerra que había dejado sus huellas sobre él. Jimin sintió su corazón encogerse ante la evidencia de todo lo que había sufrido, de todo lo que había tenido que soportar antes de llegar hasta él.

Con una devoción infinita, alzó una de sus manos y, con la punta de sus dedos, comenzó a recorrer cada una de las cicatrices con suavidad, como si pudiera borrar el dolor que alguna vez provocaron. Sus caricias fueron lentas, delicadas, cargadas de un cariño tan puro que hizo que Jungkook cerrara los ojos y exhalara un suspiro profundo, estremecido.

Jungkook sintió un nudo formarse en su garganta. Nunca nadie lo había tocado de esa manera. Nunca nadie había recorrido su piel con tanto amor, con tanto respeto. Y por un momento, sintió ganas de llorar, no de tristeza, sino porque todo esto, todo lo que estaba viviendo junto a Jimin, era demasiado. Demasiado intenso, demasiado hermoso, demasiado real.

Sin contenerse más, se dejó llevar. Sus manos volvieron a recorrer el torso de Jimin con la misma devoción con la que había sido tocado. Sus labios se posaron en su piel, dejando besos suaves y cálidos, comenzando en sus labios, descendiendo por su mandíbula, su cuello, sus clavículas, recorriendo cada parte de su pecho con lentitud. Sus besos eran como promesas silenciosas, como confesiones murmuradas contra la piel.

Jimin se dejó hacer, fascinado por la ternura con la que Jungkook lo trataba. Cada roce, cada beso, era un acto de amor. Y sin poder evitarlo, una lágrima se escapó de sus ojos, deslizándose por su mejilla sin que pudiera contenerla.

Jungkook lo vio. Lo sintió. Y con la misma delicadeza con la que lo había acariciado antes, subió hasta quedar cara a cara con él. Con su pulgar, atrapó la lágrima antes de que cayera, secándola con un cuidado que solo podía provenir de alguien que amaba de verdad.

Sus ojos se encontraron, y Jungkook sostuvo su mirada con una intensidad avasalladora antes de acercarse a su oído y susurrar con la voz rota, temblorosa pero cargada de verdad.

—Nunca he amado a nadie como te amo a ti.

Jimin sintió que su corazón se detenía por un instante, que su alma temblaba ante la magnitud de esas palabras. No supo cómo responder, porque ninguna palabra podía ser suficiente para expresar lo que sentía en ese momento. Así que simplemente lo abrazó con fuerza, aferrándose a él como si fuera su única verdad.

Y luego, lo besó.

Un beso profundo, sentido, un beso que no buscaba devorar, sino fundirse con él. Porque en ese instante, más que deseo, más que pasión, lo único que importaba era el amor que compartían.

La ropa fue cediendo bajo las manos de Jungkook, que, con la misma devoción con la que un artista descubre la forma perfecta en un mármol inmaculado, despojó a Jimin del resto de prendas con un respeto sagrado.

Primero las botas, luego los pantalones, dejando que el aire frío acariciara la piel expuesta, erizándola bajo su mirada devoradora. Finalmente, la última barrera cayó y, ante él, Jimin se reveló en toda su esplendorosa desnudez.

Era sublime. No había otra palabra para describirlo. Cada línea de su cuerpo, cada curva delicada pero firme, cada sombra que jugaba sobre su piel parecía diseñada con la más exquisita precisión.

Jungkook dejó escapar un suspiro, como si estuviera contemplando algo que no merecía tocar, algo demasiado hermoso, demasiado perfecto.

Pero lo hizo, y con un gesto reverente, inclinó el rostro para besar la piel cálida, comenzando por sus pies, con lentitud, subiendo por el contorno de sus piernas, dejando un rastro de besos ardientes que hacían estremecer a Jimin con cada roce.

Cuando sus labios alcanzaron el interior de sus muslos, luego sus caderas, para terminar en su entrepierna, un jadeo ahogado escapó de la boca de Jimin, una súplica sin palabras que encendió aún más a Jungkook.

Algo en su vientre bajo se tensó con violencia, y el deseo se tornó insoportable. Necesitaba sentirlo por completo, sin barreras, sin nada que los separara. Sus propios pantalones y ropa interior siguieron el mismo destino, cayendo en el suelo como una última rendición.

Piel contra piel.

El contacto fue un incendio inmediato. Un choque de calidez, de suspiros, de estremecimientos involuntarios.

Jimin se moldeó a Jungkook como si su cuerpo hubiera sido hecho para encajar en el suyo, como si cada curva, cada latido estuviera destinado a ese momento. Jadeos entrecortados llenaron la habitación, una sinfonía de anhelo y amor que hacía eco entre las paredes.

Con la misma paciencia con la que un pintor desliza el pincel sobre un lienzo virgen, Jungkook llevó un dedo a los labios de Jimin. Un gesto simple, pero que se volvió insoportable cuando aquellos labios carnosos lo rodearon, lamiendo con descaro, probándolo, tentándolo con la sensualidad innata que poseía.

Jungkook apenas pudo contenerse, su respiración se quebró y un jadeo escapó de su garganta antes de que pudiera detenerlo.

Era demasiado.

Su mano tembló levemente al apartar el dedo de aquella boca tentadora, ya humedecido con su saliva, y con el mismo cuidado, lo deslizó hacia su entrada. La primera caricia fue apenas un roce, un aviso, una invitación silenciosa a lo que vendría.

Jimin exhaló un pequeño gemido cuando la intromisión comenzó, sus pestañas temblaron y su espalda se arqueó levemente por la forma en que Jungkook lo tocaba: con una delicadeza exquisita, con un respeto absoluto, con el único propósito de hacerle sentir bien.

Su pecho se llenó de algo más grande que el deseo, algo más profundo, más abrumador. Amor.

Lo amaba, y no sabía cómo hacérselo saber más allá de su propia entrega.

Instintivamente, comenzó a mover sus caderas, guiando el ritmo, entregándose con una confianza ciega, y Jungkook lo siguió, respondiendo a su cuerpo como si fueran dos notas de una misma melodía.

Mientras su mano trabajaba con delicadeza en su interior, la otra ascendió para acariciar su entrepierna, provocando una respuesta inmediata, un sonido que rozaba el éxtasis y que le quemó en lo más hondo.

No podía esperar más.

Con una necesidad urgente, Jungkook retiró su mano y, en un movimiento fluido, se recostó de lado, giró a Jimin, acomodándolo, la espalda de su chico rozando la piel ardiente de su pecho.

Lo envolvió en sus brazos, protegiéndolo, adorándolo con besos dispersos por su cuello, por su hombro, mientras deslizaba su mano sobre su muslo, elevándolo apenas para alinearse con él.

Entonces, con una lentitud infinita, comenzó a entrar en él.

Cada movimiento era deliberado. Jungkook mantenía la vista en el rostro de Jimin, observando cada reacción, cada cambio en sus expresiones.

Y cuando su frente se frunció levemente, cuando su boca se entreabrió en un jadeo ahogado, Jungkook dejó caer una serie de besos sobre su cuello, buscando calmarlo, buscando hacerlo suyo de la manera más dulce, más íntima posible.

—Dímelo si quieres que me detenga —susurró contra su oído, su voz rota por la emoción contenida.

Pero Jimin no quería detenerse. Solo se dejó llevar.

Jungkook permaneció quieto, su respiración errática y su corazón desbocado, pero resistiéndose a cualquier impulso apresurado. Quería darle tiempo, permitir que su cuerpo se adaptara a la intromisión, que el momento no estuviera marcado por la prisa, sino por la entrega absoluta.

Lo supo cuando Jimin giró el rostro, sus ojos entrecerrados, brillantes de emoción y deseo, buscando sus labios con urgencia. Y en cuanto sus bocas se encontraron, en cuanto el beso se tornó profundo, húmedo, desesperado, Jimin comenzó a mover las caderas con una cadencia silenciosa, invitándolo a continuar.

Jungkook obedeció, iniciando un vaivén lento, mesurado, como si su intención fuera prolongar el placer hasta el infinito. No había brusquedad en sus movimientos, sino una dulzura deliberada, como si con cada embestida quisiera grabar en la piel de Jimin una declaración silenciosa de amor.

Y Jimin lo sintió en cada fibra de su ser.

Era sobrecogedor, desbordante. Una sensación cálida se expandió por su vientre, recorriendo cada rincón de su cuerpo con una intensidad que lo hacía estremecer. Se fundía con Jungkook en una sincronía perfecta.

Cada roce, cada embestida precisa, lo hacía gemir con más fuerza, perdiéndose en la euforia de un placer que no era solo físico, sino algo más trascendental.

Su piel ardía, cada terminación nerviosa vibraba con el contacto, con la fricción deliciosa entre ambos cuerpos, con la manera en que Jungkook lo sostenía, lo tocaba, lo adoraba. Pero más allá de lo sensorial, más allá del fuego que le quemaba desde dentro, estaba la emoción pura: la certeza de ser amado con devoción, con ternura, con una pasión que no conocía límites.

Jungkook, por su parte, se deshacía en cada jadeo de Jimin. La manera en que lo recibía, en que lo apretaba con tanto fervor, en que su cuerpo temblaba con cada nueva embestida, lo tenía al borde del delirio. Sus expresiones eran arte puro, la boca entreabierta, el ceño fruncido en una mezcla de placer y entrega, el rubor encendido en sus mejillas.

Y los sonidos…

Esos gemidos atrevidos, exquisitos y dulces a la vez, que caían de sus labios como una melodía embriagadora.

Jungkook cerró los ojos por un instante, intentando contenerse, intentando prolongar el éxtasis de aquel momento. Pero cuando los gemidos se hicieron más fuertes, cuando amenazaron con llenar toda la habitación, temió que alguien pudiera escucharlos. No porque le avergonzara, sino porque aquello era suyo y solo suyo.

Así que lo silenció con besos profundos, atrapando cada jadeo entre sus labios, embistiéndolo con la misma cadencia con la que lo besaba, devorándolo, ahogándose en él.

Pero no podía callarlo del todo. Y no quería hacerlo. Era hermoso oírlo, sentirlo así, tan entregado, tan completamente suyo.

Así que dejó que sus sonidos quedaran suspendidos en el aire, testigos de aquel momento en el que se amaban sin reservas, sin miedos, sin nada que pudiera interponerse entre ellos.

El momento se prolongó todo lo que sus cuerpos les permitieron, con la desesperación de dos almas hambrientas la una de la otra, entregándose sin reservas a aquel frenesí desbordante. El ritmo se intensificó, sus caderas se buscaron con ansias renovadas, como si temieran que el tiempo les arrebatara lo que estaban sintiendo.

Y entonces, en medio de la euforia, Jimin se quebró primero.

Un gemido entrecortado escapó de sus labios cuando el clímax lo envolvió por completo. Su cuerpo entero tembló, su espalda se arqueó en un reflejo involuntario y su respiración se tornó errática.

El placer lo consumió con una fuerza arrolladora, arrastrándolo a un abismo en el que solo existía Jungkook, solo existía aquel momento. Cada espasmo lo estremeció desde el centro mismo de su ser, dejándolo sin fuerzas, completamente rendido a la marea de sensaciones que lo recorrieron en oleadas.

Jungkook sintió cómo Jimin lo apretaba con cada estremecimiento, y eso fue su perdición. Se perdió en él, en la calidez, en la forma en que su cuerpo lo recibía sin reservas.

No pudo resistir más. Un jadeo profundo, ronco, vibró en su pecho cuando el clímax lo alcanzó con la misma brutalidad con la que lo había alcanzado a Jimin. Se dejó ir por completo, liberándose en su interior, sintiendo la intensidad de los últimos espasmos, la embriagadora sensación de estar completamente unido a él en todos los sentidos.

Por un instante, el mundo pareció detenerse.

Solo existía el sonido de sus respiraciones agitadas, el calor envolviéndolos como un manto invisible, el latido frenético de sus corazones en perfecta sincronía.

Jungkook dejó caer la frente contra el cuello de Jimin, intentando recuperar el aliento, su cuerpo aún vibrando por las sensaciones residuales. Y luego, con toda la ternura que le quedaba, rozó sus labios con los de él, un beso lento, suave, sellando aquel momento con la misma devoción con la que se habían entregado el uno al otro.

Cuando se separaron, sus ojos se encontraron, y fue inevitable sonreír.

—Te amo, Jimin —susurró Jungkook, su voz apenas un hilo, cargada de emoción. Lo que sentía era tan abrumador.

Jimin parpadeó, conmovido. Sintió su pecho apretarse de la manera más dulce, sintió su alma estremecerse ante la declaración tan pura.

—También te amo, Jungkook —respondió con la misma ternura, con la misma intensidad.

Y luego se quedaron así, envueltos en el calor del otro, sin querer romper aquel instante sagrado. Jimin sintió el pecho de Jungkook subir y bajar contra su espalda, su respiración aún algo descompasada, su abrazo firme y protector a su alrededor.

No querían separarse, pero cuando el tiempo se los exigió, Jungkook salió lentamente de su interior, con un último roce que los hizo estremecer de nuevo. Y antes de apartarse, antes de que el momento terminara del todo, volvió a besar a Jimin, con un mimo delicado, con la silenciosa promesa de que aquello no terminaba ahí.

Porque en esa entrega, sin necesidad de palabras, ambos se habían prometido algo mucho más grande: amarse y cuidarse para siempre.