Cuentos de Taberna
El mundo de la piratería había sido su musa y su obsesión… y su fuente de ingresos durante varias décadas. Durante años, Balin Van Buuren había vivido a través de sus personajes, navegando por mares ficticios en busca de aventuras que deleitaban a su audiencia. Su héroe, el Halcón Rojo, se enfrentaba a los imperios para liberar a los oprimidos, siempre en busca de tesoros ocultos y permaneciendo leal al Rey y a la Patria. Las novelas de Balin siempre concluían con vítores y canciones en una taberna en los muelles de Wapping, un final que prometía esperanza incluso en los tiempos más oscuros. Una fórmula algo redundante, pero que le había traído una significativa audiencia y le había permitido pagar sus deudas. Sin embargo, las olas que antes lo impulsaban habían comenzado a azotarlo. Su última novela había sido un fracaso. La editorial la descartó con frialdad, argumentando que las historias de piratas eran cosa del pasado.
Mientras caminaba bajo una incipiente lluvia londinense, Balin recordaba el episodio de su última reunión con los editores en las oficinas de la casa editorial Hawthorn & Barrington, ubicada en Fleet Street.
—El público quiere realismo, romance... no más aventuras de capa y espada —le dijeron en la editorial.
—Lo sé, por eso escribí Corazón del Caribe —respondió Balin.
—Balin —dijo uno de los editores, quitándose los lentes para verlo mejor—, tu novela pareció una mala copia de los dramas románticos de Liza Haywood, solo ambientada en el Caribe y con piratas.
—Lo siento, Balin —dijo el otro editor, levantándose y extendiéndole la mano—. Te deseamos mucha suerte en tus próximos proyectos.
Después de ese desafortunado evento, donde prácticamente echaban una losa sobre su carrera de escritor, decidió dirigirse hacia los muelles para tratar de despejar su cabeza. Mientras se acercaba a Wapping, el sonido del puerto se volvía más intenso: el crujir de los barcos amarrados, el golpeteo de las olas contra los pilotes de madera y el murmullo de los marineros descargando mercancías a la luz de linternas mortecinas. Aquella atmósfera le provocaba sentimientos encontrados. Por un lado, la emoción de aquel ambiente marino que solía inspirarlo creativamente; por otro, la nostalgia de un mundo que había construido y vivido a través de sus novelas y que, según la editorial y la época, ya se había acabado. Balin buscó consuelo en una taberna cercana a los muelles, El Pelícano Blanco, el mismo tipo de lugar donde sus personajes celebraban sus victorias. Pero esta vez no había victorias para festejar. Solo había un vaso de ron y la amarga compañía de sus pensamientos, a pesar de que el lugar estaba abarrotado de aventureros y marineros borrachos que gritaban y cantaban al ritmo de una música desafinada. Una mesera, con un escote pronunciado, trataba de amenizar el ambiente cantando mientras servía las mesas. Entonces, un extraño lo notó. Un hombre tosco, de rostro curtido por el sol y cicatrices que hablaban de una vida dura, se acercó con una sonrisa burlona.
—Sé quién eres… eres el escritor de novelas —dijo.
—¿Y cómo sabes que soy escritor? Podría ser un vendedor de vinos —respondió Balin con indiferencia.
—Vamos, chaqueta de terciopelo, peluca empolvada y cara de caballero. Además, tu retrato aparece en las hojas de tus novelitas.
—Nunca pensé que el retrato fuera tan fiel —dijo Balin con aburrimiento.
El hombre se sentó frente a él y colocó su tarro sobre la mesa.
—¿Qué sucede? ¿Vienes a inspirarte en nuestras desgracias? ¿A escuchar un buen relato que te hará rico mientras el pobre diablo del relato seguirá miserable y solo viviendo de sus recuerdos?
—Lamento decepcionarlo, mi estimado señor —respondió Balin—, pero me temo que el motivo de mi visita está lejos de ser alegre. Le interesará saber que mis últimas novelas han sido un fracaso. Mi último manuscrito, al que dediqué tanto tiempo, esfuerzo y amor, fue rechazado. Ahora estoy en la calle… y en mis bolsillos apenas tengo unas monedas, insuficientes para mis acreedores.
El hombre entornó los ojos.
—Bueno, tarde o temprano a todos nos llueve… aunque algunos nacimos en la tormenta y seguimos ahí.
Ambos brindaron por eso y comenzaron a conversar. Ya entrada la noche, entre mofas y tragos compartidos, el hombre insinuó que sabía algo, un secreto sobre una historia real, más fantástica que cualquier ficción que hubiese escrito.
—Es una pena que sea un hombre ignorante. Si lo hubiera escrito yo, estaría viviendo en un palacio, no en una choza como hoy—. Dijo el pirata lamentándose.
—Me muero de curiosidad por escucharlo —dijo Balin con indiferencia mientras miraba hacia la concurrencia.
El pirata tomó su tarro y le dio un largo trago, como si necesitara el ron para lubricar la historia que estaba a punto de contar. Luego, se limpió la barba con el dorso de la mano, dejó la jarra sobre la mesa con un golpe seco y clavó la mirada en Balin.
—Hablan de muchas leyendas en los puertos —murmuró con voz grave—, pero pocas tienen sangre, muerte y locura como esta.
Se inclinó un poco hacia adelante, bajando el tono de su voz, como si temiera que alguien más pudiera escuchar.
—Era un barco pirata, un navío curtido en mil saqueos, con una tripulación feroz que no temía a Dios ni al Diablo. Pero el mar... el mar es traicionero, muchacho. Una tormenta los atrapó, un huracán como jamás habían visto. El cielo rugía como una bestia hambrienta, y las olas se alzaban como si quisieran devorarlos enteros.
Se detuvo, dejando que las palabras calaran, permitiendo que la imagen del naufragio tomara forma en la mente de Balin.
—Cuando la tormenta pasó, su barco quedó hecho pedazos, encallado en una isla que no aparecía en ningún mapa… una tierra maldita, si me preguntas. La selva era densa, y el aire olía a algo antiguo, algo que no pertenecía a este mundo. Tenían que sobrevivir… encontrar agua, comida… pero lo que hallaron, Su Excelencia, lo que hallaron.
Se pasó la lengua por los labios resecos y bajó aún más la voz.
—En el corazón de una caverna, oculta entre rocas tan negras como la muerte, descubrieron un tesoro… un tesoro inimaginable. Oro, joyas, reliquias de épocas olvidadas.
Balin escuchaba con desdén.
—¿Y qué tiene eso de novedoso?—, preguntó, aburrido.
El pirata sonrió y añadió:
— No era solo un tesoro. Entre las riquezas, encontraron una reliquia de origen desconocido, un objeto que, dicen, otorga poder a quien lo posea. Desde tiempos antiguos, reinos, imperios e incluso la Santa Inquisición han tratado de encontrarlo. Sin embargo, la maldición que rodea la isla y la reliquia condenó al capitán pirata que la descubrió. ¿Y sabes quién era?
Balin se encogió de hombros.
—El mismísimo Verbeck… —dijo el pirata, haciendo una pausa dramática—.El sanguinario corsario que fue la pesadilla de los españoles y otras potencias. Él mismo usó aquel artefacto hasta que, finalmente, cuando los españoles y los franceses, unidos en una gran flota, lo acorralaron, huyó a su isla secreta para morir junto a su maldita tripulación.
El viejo lobo de mar se detuvo, con la mirada perdida en los recuerdos o en el fondo de su jarra. Luego, en un susurro, casi inaudible, concluyó:
—Como no hubo sobrevivientes, la ubicación del lugar sigue siendo un misterio.
Se recostó en su silla, tomó otro sorbo y sonrió con amargura.
—O al menos… eso dicen.
Balin carraspeó y lo miró con una expresión escéptica.
— Discúlpame por preguntar, buen amigo —dijo—, pero si nadie sobrevivió… ¿cómo conoces esta historia?
El hombre tomó un largo trago de su jarra, le guiñó un ojo y respondió:
— Porque yo sobreviví. Y tengo el diario.
De su pea coat sacó un cuaderno antiguo, con páginas amarillentas y dibujos que parecían obra de un cartógrafo obsesionado. Cada trazo contaba una historia que despertó en Balin algo que creía perdido: inspiración.
El pirata, vencido por el alcohol, comenzó a cantar viejas canciones marineras antes de caer profundamente dormido. Fue entonces cuando Balin tomó su decisión. Miró a su alrededor, asegurándose de que nadie lo observaba, y con manos temblorosas tomó el diario y abandonó la taberna. Afuera, la noche lo envolvió mientras sostenía el cuaderno contra su pecho, como un salvavidas en medio de la tormenta. No sabía si las páginas contenían un relato real o el delirio de un borracho, pero estaba seguro de una cosa: esta era su oportunidad de escribir la historia que podría devolverle su gloria perdida. Tal vez, esta vez, lograría el éxito literario que tanto necesitaba para salir de sus crecientes deudas.
