Capítulo 1
POV: Leah
Había vuelto.
Después de años estudiando, perfeccionando mis habilidades y haciéndome un nombre, regresé a mi antigua manada: mi hogar. Los caminos de piedra seguían igual. Sin embargo, todo lo demás se sentía extrañamente distinto. La Voss Pack se había modernizado. Ahora había más edificios, más tecnología y más prosperidad.
Todo gracias al nuevo Alfa.
Cuando me fui, Lucian Voss estaba al mando. Era un Alfa tradicional y fuerte que convirtió a esta manada en una de las más respetadas del país. Su hijo, Darius Voss, había ocupado su lugar. Bajo su liderazgo, la manada había florecido.
Irme fue difícil, pero tenía que hacerlo. Tuve la oportunidad de ir a la mejor facultad de medicina del país. Después, hice la especialidad con la que siempre soñé. Pero había otra razón para marcharme: mi padre, Edgar D’Lara.
Él era el Jefe de la Guardia más fuerte que la Voss Pack había conocido jamás. Una leyenda. Yo siempre estaba a su sombra. Por más que me esforzara o destacara, siempre era simplemente la hija de Edgar. Así que, cuando surgió la oportunidad, la aproveché. Me fui sin mirar atrás.
Hasta ahora.
Hoy se me reconoce internacionalmente como la doctora sanadora que sabe mezclar la ciencia y la magia. Mis pociones, sueros y cirugías han salvado muchísimas vidas. Por eso, el Alfa Darius me invitó a volver. Esta vez no regresaba como la hija de Edgar, sino como la jefa del Hospital Voss. La más joven de su historia.
Pero él no era el único que me quería en su equipo.
El Alfa Killian Draeven también me hizo una oferta con más dinero y prestigio. Sin embargo, la idea de volver a casa pesó más. Quizás, por fin, podría salir de la sombra de mi padre.
El coche se detuvo frente a la Casa de la Manada. El corazón me latía a mil por hora.
Lo primero que vi fue a mi padre. Estaba firme con su uniforme y rodeado de sus guardias. Su pelo rojo de siempre ahora tenía canas, pero sus ojos azules mantenían el mismo fuego. A su lado estaba mi madre. Su pelo rubio y ondulado caía sobre sus hombros y sus ojos marrones brillaban con emoción.
Y junto a ellos estaba Pratz.
No lo veía desde hacía años. A pesar de su apariencia de soldado endurecido, mantenía ese encanto juvenil. Él era mi mejor amigo antes de irme. Nos conocemos de toda la vida. Era la única persona que nunca me trató solo como "la hija de Edgar". Esbozó una sonrisa de lado. Supe de inmediato que tenía algún comentario sarcástico preparado.
—Cariño —dijo mi padre abriendo los brazos.
Apenas pude aguantar las lágrimas al refugiarme en su abrazo. El olor familiar a cuero y acero me hizo sentir en casa. Me recordó a las noches de mi infancia escuchando sus historias de batallas.
—Papá, te he echado de menos —confesé con la voz ahogada contra su pecho.
—Y yo a ti —susurró mientras se apartaba para mirarme—. Pero tú fuiste la que se fue para ser la mejor sanadora del país. —Su voz rebosaba orgullo y, a pesar de todo, sonreí.
—Os he extrañado muchísimo —dije mientras mi madre me estrechaba entre sus brazos.
—Yo también, cielo —susurró ella apretándome fuerte.
Pratz soltó un silbido. —Vaya, Leah. Casi no te reconozco. ¿Qué pasa, te enseñaron moda en la facultad de medicina?
Le di un codazo, riendo a pesar de todo. —Y veo que a ti todavía no te han enseñado modales en la guardia.
—No sería tan divertido si lo hicieran.
Negué con la cabeza sintiendo un calorcito en el pecho. Había extrañado esto.
Pero el momento duró poco.
Mi padre se hizo a un lado. Señaló hacia la entrada principal de la Casa de la Manada, que estaba totalmente cambiada desde que me fui. El interior moderno conservaba sus raíces majestuosas. Había apliques dorados y estandartes con el emblema de la Voss Pack por las paredes. El lugar transpiraba poder.
—El Alfa Darius está en su despacho —dijo mi padre—. Quiere hablar contigo.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Nunca había tratado con Darius más allá de contratos formales. Casi todos los había gestionado mi padre. Pero ahora, frente a las pesadas puertas de madera, el pulso me retumbaba de nervios.
Mi padre las abrió. Yo recuperé la compostura, preparándome para conocer a mi nuevo Alfa.
Darius Voss.
El chico al que apenas recordaba había desaparecido hace mucho.
Estaba sentado tras un gran escritorio de caoba revisando unos archivos. Sus hombros anchos estaban tensos por la concentración. Tenía el pelo negro como el ala de un cuervo. Le caía sobre la frente, dándole un aspecto elegante y peligrosamente salvaje a la vez.
Y luego estaban sus ojos verdes. Eran penetrantes y analíticos. Me miraron con una expresión indescifrable.
Sentí un tirón extraño en el pecho.
No. Solo era la época de celo. Nada más.
Pero entonces, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta y astuta.
—Doctora D’Lara.
Su voz era suave. Profunda. Imponente.
Tragué saliva. —Alfa.
Él se levantó y me tendió la mano para darme la bienvenida. —Es un placer conocer por fin a mi nueva estrella. —Su tono era relajado, pero había algo posesivo en la forma en que dijo "mi".
Ignoré el escalofrío que me recorrió. —El placer es mío, Alfa.
La palabra salió de mi boca de forma más seductora de lo que pretendía. Por un segundo, su sonrisa se hizo más marcada.
Mi padre se aclaró la garganta y saludó con la cabeza. —Alfa.
Darius asintió ligeramente. —Jefe. Señora D’Lara.
Mi madre sonrió educadamente, pero mi padre se mantuvo serio, como de costumbre.
—Me encantaría enseñarte el hospital —dijo Darius, volviendo a mirarme.
—Tengo una reunión esta tarde que organizar, Alfa —dijo mi padre. Me dio un beso en la frente antes de retirarse. Mi madre me dio otro abrazo y lo siguió fuera.
Y entonces nos quedamos solo Darius y yo.
Solos.
En cuanto mis padres salieron, el despacho pareció hacerse más pequeño. La presencia del Alfa Darius era abrumadora. Su olor, una mezcla de pino y algo muy suyo, llenaba el aire. Me puse derecha para mantener el profesionalismo. Sin embargo, su mirada seguía fija en mí, afilada y atenta.
—¿Vamos? —dijo señalando la puerta.
Asentí y caminé a su lado al salir del despacho. La Casa de la Manada estaba llena de actividad, pero al llegar al pasillo, el ruido pareció esfumarse. Todos los que pasaban se detenían y bajaban la cabeza con respeto ante el Alfa. Sentí sus miradas sobre mí: curiosas y expectantes.
—Has causado un gran revuelo, doctora D’Lara —dijo Darius. Su tono era ligero, pero escondía algo más profundo—. La manada está ansiosa por ver qué traerás al hospital.
—Espero cumplir con sus expectativas —respondí con voz firme.
Me miró de reojo con una leve sonrisa. —Por alguna razón, dudo que eso sea un problema.
Salimos fuera y el aire fresco me golpeó. Fue un alivio ante la tensión que sentía. El hospital no estaba lejos. Era un edificio moderno y elegante que contrastaba con el estilo tradicional de la Casa de la Manada.
—Impresionante, ¿verdad? —dijo Darius siguiendo mi mirada—. Hemos hecho muchos cambios desde que te fuiste.
—Es... diferente —admití—. Pero se ve que la manada está prosperando.
—Así es —dijo con orgullo—. Pero siempre se puede mejorar. Por eso te quería aquí.
Lo miré sorprendida por su sinceridad. Por un momento, su fachada de Alfa arrogante desapareció y dejó ver algo más vulnerable. Pero se esfumó rápido y volvió a su confianza habitual.
Darius me llevó dentro. La eficiencia del hospital me impactó de inmediato. Las enfermeras se movían con decisión y el equipo era de última generación. Me enseñó varios departamentos y me presentó al personal clave. Finalmente, se detuvo ante un despacho amplio con grandes ventanales que daban a las tierras de la manada.
—Este será tu despacho —dijo—. Hice que lo rediseñaran según tus especificaciones.
Entré y pasé los dedos por el escritorio pulido. La habitación era perfecta. Era funcional pero elegante, con estanterías para mis libros y una zona cómoda para las consultas.
—Gracias —dije, emocionada de verdad—. Es... perfecto.
Él se apoyó en el marco de la puerta observándome con una expresión indescifrable. —Me alegra que te guste. Quiero que te sientas como en casa.
Había algo en su tono, un toque de posesividad, que me aceleró el pulso. Me giré hacia él decidida a mantener la charla en lo profesional.
—Haré todo lo posible por estar a la altura —afirmé.
Se separó de la puerta y dio un paso hacia mí. Sus ojos verdes se clavaron en los míos. —No tengo ninguna duda de que lo harás, Leah.
La forma en que dijo mi nombre, baja e íntima, me dio un vuelco al corazón. Me obligué a sostenerle la mirada. No quería que viera lo mucho que me afectaba.
—¿Necesita algo más, Alfa? —pregunté, manteniendo la voz firme a pesar del lío de emociones que sentía.
Por un momento no respondió. Luego retrocedió y volvió a sonreír de lado. —Por ahora no. Te dejo para que te instales. Pero no olvides que la ceremonia de esta noche es importante. La manada estará observando.
—Allí estaré —dije.
Él asintió. Se quedó mirándome un segundo más antes de darse la vuelta y marcharse.
Solté el aire poco a poco y me dejé caer en la silla tras el escritorio. Su presencia se había ido, pero la tensión seguía ahí. No podía quitarme la sensación de que algo había cambiado entre nosotros, algo que aún no estaba lista para afrontar.
Pero no tenía tiempo para darle vueltas. El hospital era ahora mi responsabilidad y tenía trabajo que hacer.