Capítulo I, La caverna
Sangre sobre la nieve
(Edición especial)
Cuando leemos o vemos una historia de misterio, esta nos va soltando fragmentos de nueva información, esporádicamente, para mantener nuestra atención y que sigamos pendientes de los acontecimientos, de los personajes, de la verdad y la mentira, pero, ¿Qué pasa cuando el lector pierde el interés? ¿Qué pasa cuando ya nadie quiere saber la verdad?
“Eres libre, y por eso estás perdido”
-Franz Kafka
Capítulo I
La caverna
-Los prisioneros que habían estado ahí desde que nacieron, tenían el cuello y los pies sujetados con cadenas, así que no podían girar su cabeza,solo ver el fondo de la caverna, detrás de ellos había otro muro, y detrás de ese muro una hoguera con fuego, y detrás del fuego la salida de la caverna, sin embargo, frente al fuego y detrás de la pared, caminaban unos hombres con toda clase de objetos que alcanzaban a salir y proyectarse en la pared frente a los prisioneros, para ellos, se trataban de toda clase de monstruos y bestias que acechaban desde afuera, sin embargo, un día, uno de ellos fue liberado, caminó hacia la hoguera, contemplando una nueva realidad, y cuando caminó aún más, se encontró con el sol, el césped, el viento que corría por su cuerpo, y sobretodo, encontró libertad-
Vyke pensaba seguir narrando, sin embargo, en sus brazos se encontraba su pequeño hijo Vin, quien dormía con profunda tranquilidad, al haber escuchado esa historia, que su padre solía contarle, incompleta, con regularidad, de la misma forma, sosteniéndolo en brazos, mientras la chimenea los calentaba en el taller de herrería.
En el piso había una cama que era más bien un montón de capas de paja y heno , que, anteriormente solía venir con algunas chinches, sin embargo, ambos habían aprendido a hacer algunos brebajes para eliminarlas; con el tiempo y el sudor del arduo trabajo en el taller, Vyke había conseguido algunas mantas de lino para cubrir su rudimentaria cama y mantener a su hijo caliente durante la noche, solían turnarse, como todas las familias, pero en la mayoría de las noches, el herrero dejaba que su hijo durmiera la noche completa.
Dicha actividad nocturna, al igual que el resto de funciones de una vivienda, era realizada en el mismo taller,ya que era una familia compuesta únicamente por ellos dos; la madre de Vin y único amor de su padre, había muerto durante el parto, el cual ya había sido prematuro y poco asistido, esto había ocasionado que Vin fuera un poco más frágil que el resto de los niños de su edad, además de un poco más pequeño, un poco más enfermizo y un poco de muchas cosas.
A la edad de diez años, había aprendido a leer parcialmente, cosa que solo la aristocracia de la aldea y muy pocos campesinos desempeñaban, Vyke le había impartido el poco conocimiento que había adquirido durante su adultez temprana, sin embargo le pedía con regularidad que guardara esto en secreto.
La razón era, que, aunque dicha aldea no estaba dominada por un rey absoluto, si lo estaba por una teocracia absolutista, refiriéndonos con absolutista, a un uso desmedido de “las palabras de dios” en las severas y contradictorias normas de la comunidad
Las cuales iban desde prohibir el asesinato entre los campesinos, para castigar el mal uso o desobediencia de dichas normas con el mismo asesinato público, el cual era, en algunas ocasiones, efectuado entre los campesinos.
Estas “normas para la vida eterna” no eran más que reinterpretaciones de la biblia con muchas libertades creativas, las cuales eran repetidas una y otra vez en las asambleas que se efectuaban en la enorme y puntiaguda iglesia del pueblo, construida por manos campesinas, bloque a bloque, esta, tenía toda clase de coloridos vitrales, contenidos es arcos ojivales de gran tamaño. No obstante, esta estructura eclesiástica no era la única que contaba con tan pintoresco detalle arquitectónico, era también la casa de los clérigos y paladines que residían en el área limítrofe de la aldea, esta área era una clase de muralla alta y de gran grosor, cuya salida constaba de siete arcos aparentemente como los anteriores, no obstante, los “vitrales” eran en realidad una barrera indescriptible en el mundo físico, los paladines la llamaban “los portales del edén” en alusión a la tierra prometida, que en este caso, se trataba de la pequeña comuna que contenían.
Estos muros de contención no eran los únicos símbolos de magia dentro del pueblo, también los habitantes mismos, todos tenían dentro de sí, un poco de esta “magia” inexplicable, a la que solían llamar “regalo de dios” que consistía en unas cuantas habilidades sobrehumanas relacionadas a la nieve. Iban desde controlarla, hasta ser resistentes por completo a las bajas temperaturas.
La aldea era un lugar bastante helado y, en invierno, solía haber grandes nevadas, así que les era bastante útil, su habilidad hacia las cosechas más prósperas y sus cuerpos no necesitarían calentarse, todos los habitantes contaban con esta característica, todos menos Vin, quien había sido “aceptado” así, por cierta “benevolencia” de los altos clérigos y paladines.
Sin embargo, la palabra “aceptar” podría ser, en estos casos bastante ambigua, ya que, Vin no dejaba de ser visto como un chico carente del regalo supremo, lo cual hacía que siempre, desde muy pequeño se le considerara un ser inferior, no al mismo nivel de los animales de carga o consumo, pero tampoco al de un campesino de la aldea.
Cuando este creció (siendo bastante generosos con el término) a una edad de aproximadamente dieciocho años, era un joven que continuaba con sus particularidades, un poco bajo y delgado para su edad, tenía el cabello largo, lacioyoscuro hasta poco más abajo de sus hombros, lo cual le daba una apariencia aún menos viril, su piel era blanca y sus ojos oscuros y afilados como si fuera una lechuza, lo cual también significaba un mal augurio para la comunidad, ya que las lechuzas y la mayoría de las aves que tenían la capacidad de volar eran consideradas un representante consolidado de la brujería y de todas artes oscuras que se pudieran imaginar. Esto hacía que Vin pudiera realizar sus actividades, como si se tratara de un foráneo, usaba unos pesados abrigos en un pueblo que nunca tenía frío, y cuando caminaba por las concurridas calles desniveladas, siempre era observado con desdén en el mejor de los casos, y con algo de desprecio en el peor.
Al paso de los años de su terrible infancia y comienzos de su tolerable adolescencia, había aprendido a sobrellevar esta situación con obligada indiferencia, mientras pudiera conseguir lo que buscaba en el día, poco le importaban las miradas odiosas de sus vecinos, quienes también, se habían acostumbrado al incómodo transeúnte “hijo del herrero” como solían llamarlo.
Vyke tenía como empleado y aprendiz a su único hijo, así que tenía que hacerlo “rendir”, sin embargo, era consciente de que este, no era de fuerza o habilidad excepcional, de hecho, podría considerarlo, en estos aspectos inferior al resto de hombres de su edad, y, siendo justos, algunas mujeres. No obstante esto no era razón suficiente para “despedirlo” u obligarlo a emprender su vuelo, que tuviera sus propias dificultades para obtener refugio y comida, no, al contrario, le permitía tener una sólida y confortable excusa para no tener que realizar tal natural pero doloroso acto.
Así bien, era como siempre un hogar de dos, Vyke trabajaba el hierro para hacer herramientas como azadas, cuñas, marros etc., y Vin conseguía la leña, preparaba la comida y realizaba las tareas del hogar.
Era una vida feliz y apacible a pesar de todo, ninguno tenía ningún inconveniente si era así hasta el fin de sus días.
Una nevada mañana esa postura firme y apacible, cambiaría por completo.