Prólogo
LUCIEN
El aire otoñal mordía el pelaje de Lucien. Era frío, cortante y traía consigo el olor a tierra húmeda y hojas muertas. La estación estaba cambiando, pero el frío no bastaba para frenarlo. Nada lo hacía.
Sus enormes patas golpeaban el suelo del bosque. Sus músculos se movían con soltura mientras se abría paso entre los árboles. Correr así, en cuatro patas, en su verdadera forma, se sentía más limpio, más puro. Sin mentiras, sin juegos de poder, sin tratos de mierda que negociar. Solo la fuerza bruta del instinto y el poder; un depredador en la cima de la cadena alimenticia.
Pero esta noche no era para disfrutar.
Esta noche era para encontrar a Skoll.
El muy cabrón llevaba demasiado tiempo fuera del mapa. Ignorando llamadas, evitando al mundo, ahogándose en su propia rabia como solo un puto Skoll Ulfric podía hacerlo. Pero ahora, con otros luchadores mostrando los mismos síntomas de la enfermedad que mató a Kane, el hermano de Skoll, Lucien no tenía tiempo para su exilio autoimpuesto.
Tenía que volver. Y si se negaba, Lucien lo arrastraría de vuelta él mismo.
El viento cambió y trajo consigo un olor pesado y acre.
Sangre.
No una sangre cualquiera, sino la de las presas de Skoll. En cuanto el olor le llegó, vio los cadáveres de demasiados linces. Sus cuerpos estaban esparcidos a kilómetros, pero habían sido abiertos y destrozados de una forma que no parecía de caza.
Esto no era supervivencia. Esto era una carnicería.
El primer lince estaba deshecho; sus patas y su torso estaban separados por un montón de entrañas destrozadas, con las tripas enredadas en las raíces de un árbol cercano. La matanza era cruel e innecesaria; no era caza, era destrucción.
Otro yacía cerca, con la garganta abierta y una herida irregular. Era como si Skoll ni siquiera hubiera esperado a que muriera antes de ir a por el siguiente. La forma en que la sangre se acumulaba bajo él, aún brillando bajo la luz de la luna, le decía a Lucien que había muerto hace apenas unos instantes.
Y el último… el peor de todos.
El alce estaba sentado, hecho un amasijo; su pelaje estaba apelmazado de tierra y sangre, pero sus ojos… seguían abiertos. Congelados por el terror, atrapados en el último momento de desesperación antes de encontrarse con el monstruo del bosque.
Lucien soltó un fuerte resoplido; su aliento se convirtió en vaho por el frío.
—Joder, Skoll —murmuró, sacudiendo la cabeza—. ¿Estamos declarándole la guerra a todo el puto bosque?
Lucien disminuyó el paso e inhaló profundamente, dejando que la noche le dijera lo que sus ojos aún no podían ver. Su Alfa estaba cerca.
Y ahí estaba: el fuerte olor a almizcle de su amigo. Lucien volvió a arrancar, internándose en el denso bosque, con sus poderosas patas devorando la distancia. Cada aliento atraía más el aroma de Skoll, ese almizcle pesado de sudor, sangre y algo salvaje.
El viento le mordía el pelaje, fresco y frío, portando los últimos rastros del otoño antes de que el invierno se adueñara de la tierra. El aire sabía a lluvia, a muerte. A las secuelas de una matanza.
Sus garras se clavaron en la tierra, cada paso era deliberado, dejando que el instinto tomara el mando.
Encuéntralo.
El bosque se había quedado en silencio a su alrededor; nada de búhos, nada de pequeñas presas moviéndose entre la maleza. Nada más que el susurro de las hojas y el golpe constante de su propio avance. Los animales sabían lo que hacían.
Había algo ahí fuera con lo que no querían cruzarse.
Algo más grande. Algo peor.
Lucien se apresuró, adentrándose más en la espesura. El olor se hacía más intenso con cada respiración; Skoll estaba cerca.
Entonces, en el claro, bañado por la luz de la luna y la sangre, Lucien lo encontró.
Skoll estaba sobre un enorme oso negro que tenía la garganta arrancada. El vapor subía de su cadáver aún caliente.
Su pelaje, que antes era negro medianoche y brillante, estaba empapado de rojo y goteaba sobre las hojas muertas. Sus ojos, de un verde salvaje incluso en su forma de licántropo, brillaban bajo la luna, fijos en su presa como si fuera a darle otra vuelta solo por el puto placer de hacerlo.
Lucien había visto muchos monstruos en su vida, pero pocos se veían tan jodidamente salvajes como Skoll en ese momento. Pensó que el terror que Skoll había desatado en aquellos fosos de pelea años atrás era malo; romper hombres como si fueran de papel, ahogándose en su propia rabia.
¿Pero esto?
Esto era una jodida espiral fuera de control.
—Esa cosa estaba muerta hace cinco minutos —dijo Lucien con voz ronca mientras se dejaba ver—. Ya solo estás jugando con la comida.
Skoll no se movió, ni pestañeó. Ni siquiera lo reconoció.
Jodidamente típico.
A Lucien se le erizó el pelaje, pero esta vez, algo inquietante se instaló en sus tripas. ¿Cuánto tiempo llevaba Skoll así?
El olor a sangre vieja se le pegaba, espeso y rancio bajo la caza reciente.
¿Días? ¿Una semana? Demasiado tiempo.
Mantenerse en forma de licántropo durante largos periodos los hacía más fuertes y rápidos, pero también los volvía más animales que humanos. Más instinto. Más violencia. Menos control. Y Skoll no era un licántropo cualquiera. Era el puto Alfa.
Lucien soltó un resoplido; sabía que si Skoll había perdido el juicio… joder. Eso sería un problema. Un gran y jodido problema.
Pero dudar no era una opción. Ya había peleado con su amigo antes y lo había sacado del abismo más veces de las que podía contar. Si esta noche era otra de esas noches...
Entonces que así fuera.
—Skoll. —Su voz ahora tenía un matiz de advertencia.
Nada.
Lucien enseñó los colmillos. Muy bien. Lo harían por las malas. Se lanzó sobre él.
Skoll giró rápidamente, más rápido de lo que cualquier licántropo normal debería ser capaz, y lo recibió con un gruñido. Sus cuerpos chocaron en una mancha de pelaje negro y fuerza bruta.
Los dientes chasquearon. Las garras rasparon contra el grueso cuero. Lucien sintió la fuerza del peso de Skoll lanzándolo contra la tierra; aquel cabrón peleaba como una bestia salvaje.
Bien.
Eso significaba que no estaba completamente perdido.
Lucien rodó, inmovilizando a Skoll, con los colmillos al descubierto. —¡Basta!
Skoll gruñó, hundiendo sus enormes patas en los hombros de Lucien, con los músculos tensos. Su fuerza seguía siendo brutal, pero Lucien no lo soltó.
No se trataba de dominio. Se trataba de recordarle quién demonios era.
—¿Has terminado ya? —preguntó Lucien con voz ronca mientras sus dientes se clavaban en el pelaje, aferrándose a la garganta de Skoll, no para desgarrar ni romper la piel, solo para sujetarlo.
Para recordárselo.
Skoll gruñó, sus músculos preparándose para luchar, pero Lucien no cedió. Esto no era por dominio. Era para sacarlo del abismo antes de que se hundiera demasiado.
Una advertencia. Un ancla.
—Puto cabrón. Runa se avergonzaría de ti, actuando como un perro callejero rabioso y acosando al puto ecosistema.
El gruñido de Skoll retumbó a través de los colmillos de Lucien, una advertencia primitiva por haber mencionado a su hermana muerta. El instinto de pelear, de desgarrar, de recuperar el control, estaba al límite, a punto de estallar. Por un segundo, Lucien pensó que lo haría.
Entonces, por fin, la tensión abandonó el cuerpo de Skoll.
Lucien exhaló por la nariz, manteniendo la presión un segundo más antes de soltar a su amigo.
Sin palabras. Sin disculpas. Solo el aliento formando vaho en el frío y el peso silencioso del entendimiento.
Por ahora, fue suficiente. Observó cómo Skoll daba un paso atrás y entonces comenzó.
Los huesos crujieron, el pelaje se retrajo, los músculos se retorcieron hasta recuperar la forma humana. La agonía grotesca y constante de la transformación; un proceso que debería ser doloroso, pero que para ellos se sentía algo natural.
Un instante después, Skoll estaba frente a él, siendo hombre otra vez: desnudo, cubierto de sangre y completamente indiferente.
El aire entre ellos estaba espeso, cargado de cosas no dichas.
Lucien lo siguió mientras sus propios huesos crujían y se reformaban, reduciéndose hasta recuperar su forma humana. Cuando se enderezó, su aliento se perdió en el aire frío, con una tensión entre ambos que se sentía como un cable de alta tensión.
Se quedaron allí, desnudos, sin vergüenza, dos bestias que habían vuelto a su piel.
Lucien movió los hombros, dejando que el último dolor del cambio se asentara en sus huesos, antes de entrecerrar los ojos.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí fuera? —Su voz era un gruñido bajo, teñido de desaprobación.
Skoll se encogió de hombros, estirándose, con los músculos tensos bajo la piel ensangrentada. —No empieces —ordenó, y Lucien soltó un suspiro lento.
Paciencia.
Jodida paciencia. —Has estado evitando mis llamadas.
—Tienes el Apex Pit bajo control.
—Sí, pero eso no impide que otros se pregunten dónde desapareció el Alfa Apex de Toronto. Durante cinco putos años.
Las palabras golpearon como un puñetazo en las costillas, más fuertes de lo que Lucien pretendía. Demasiado fuertes. No quería haber estallado así; no contra Skoll, no de esa forma. Pero joder… *Cinco años*.
Cinco años manteniendo el Apex Pit a flote con sangre y huesos. Cinco años lidiando con luchadores, traficantes y juegos de poder, asegurándose de que todo el puto imperio no se derrumbara bajo su propio peso.
Lucien no se quejaba. Tuvo suerte de que los luchadores y otros seres sobrenaturales lo respetaran lo suficiente como para no desafiarlo. Tuvo suerte de que el miedo fuera tan efectivo como la lealtad.
Pero aun así, cinco años era mucho tiempo para dirigir un reino que no era suyo. Y ahora, después de todo, Skoll finalmente había vuelto.
O, al menos, lo que quedaba de él.
—No tenía ganas de hablar —dijo secamente, moviendo los hombros como si la última década no fuera más que un detalle sin importancia.
Lucien exhaló con fuerza, apretando la mandíbula. Por supuesto. —Sí, bueno, ese no es mi problema. —Se cruzó de brazos, sintiendo la tensión recorrer su columna—. Tenemos una situación.
Skoll levantó una ceja. Desinteresado y distante.
Lucien conocía esa mirada. La misma puta mirada que le dio al mundo hace cinco años antes de desaparecer en la naturaleza. Pero ya no era hace media década. Y Lucien no iba a dejar que se largara otra vez.
Sus siguientes palabras impactaron como un disparo. —La droga, Skoll. —Su voz bajó de tono, más afilada—. Ha vuelto.
Skoll se quedó inmóvil. Solo una pequeña tensión en su mandíbula y un destello oscuro en su mirada.
Lucien lo vio: el cambio. Esa cosa que acechaba bajo la superficie, enroscándose, esperando.
La voz de Skoll fue más silenciosa ahora, más letal. —¿Qué has dicho?
—Ya me has oído.
Lucien sostuvo su mirada. No se acobardó. No se suavizó. —Los luchadores están cayendo, Skoll. Tienen los mismos síntomas que Kane.
Ese nombre fue una puta bomba; un músculo en la mandíbula de Skoll se tensó. Sus dedos se contrajeron. La tensión se cerró sobre sus hombros, en la forma en que su pecho se movía de manera lenta y medida.
Lucien también conocía esa mirada. La que ponía antes de que la sangre se derramara.
Kane, el hermano de Skoll. Runa, su hermana… Cinco años no eran suficientes para enterrar la rabia. Ni de lejos.
La voz de Skoll era baja, peligrosa. —¿Quién la suministra?
—Aún no lo sabemos —dijo moviendo la cabeza—. Pero lo sabremos. Es solo cuestión de tiempo, teniendo en cuenta que se está volviendo más popular.
Lucien dudó. Sabía que lo que estaba a punto de decir enfurecería a Skoll, pero no estaba allí para mimarlo. —Cyrus Ramirez se puso en contacto conmigo.
Eso provocó una reacción. La mirada esmeralda de Skoll se agudizó, letal como una cuchilla. —¿El puto chupasangre? No le importó un carajo antes.
—Porque irrumpiste en su Blood Lounge y lo acusaste de fabricar la droga misteriosa que mató a Kane —replicó Lucien—. Pero sabe algo. Quiere reunirse.
Silencio.
La tensión entre ellos se espesó, se oscureció. Entonces, finalmente, Skoll exhaló lentamente, moviendo los hombros como si se sacudiera el último resto de contención antes de que esta se rompiera.
Entonces llegaron las palabras que Lucien había estado esperando.
Skoll se hizo crujir el cuello, movió los hombros y exhaló. —Entonces, vamos a cazar.
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