El nuevo vecino.
El ventilador de mi habitación giraba con un zumbido constante, un ruido blanco que se mezclaba con el clic-clac de mi teclado mientras mis dedos se movían con una precisión casi automática. Estaba descargando la última actualización de World of Warcraft, una excusa perfecta para encerrarme en mi pequeño universo donde las reglas eran claras y las victorias dependían de estrategia, no de cuánto peso podías levantar en un gimnasio. La barra de progreso avanzaba a paso de tortuga, como si el internet de este suburbio olvidado quisiera castigarme por no tener planes un sábado por la tarde. No es que me importara mucho. Mi vida social estaba en línea, en servidores de Discord donde nadie me veía la cara ni se reía de mis camisetas de bandas indie que nadie más conocía.
Me recosté en mi silla, estirando los brazos hasta que mis articulaciones crujieron. Mi habitación era mi fortaleza: paredes cubiertas con posters de El señor de los anillos —el de Gandalf con su bastón era mi favorito—, una estantería desordenada con figuras de Star Wars que había pintado yo mismo, y mi escritorio, un caos organizado de cables, manuales de Dungeons & Dragons y latas vacías de refresco. La pantalla de mi PC, mi orgullo y alegría, parpadeaba con la luz azulada del cliente de Blizzard. La había armado pieza por pieza con el dinero que ahorré trabajando medio tiempo en la librería del centro comercial, y aunque no era la más potente del mundo, era mía. Un refugio donde podía ser un paladín invencible en lugar de… bueno, yo.
Un movimiento fuera de mi ventana me sacó de mis pensamientos. Me incliné hacia adelante, ajustando mis lentes que se deslizaban por mi nariz sudorosa. Desde mi posición en el segundo piso, tenía una vista perfecta del frente de la casa vecina, esa que había estado vacía desde que los Ramírez se mudaron a Ohio hace meses. Una camioneta blanca, vieja pero con carácter, se estacionó justo al lado. El motor se apagó con un gruñido, y la puerta del conductor se abrió. Entonces lo vi.
Un chico salió de la camioneta, alto, con una postura que exudaba confianza sin esfuerzo. Llevaba una camiseta gris que se le adhería al cuerpo de una manera que hizo que mi boca se secara un poco. Sus hombros eran anchos, sus brazos definidos, y el sol de la tarde rebotaba en su piel morena como si quisiera asegurarse de que todos lo notaran. Su cabello oscuro estaba despeinado, pero de esa forma perfecta que parecía planeada, y unos jeans oscuros completaban el cuadro. ¿Quién era este tipo? Mi vecindario no era precisamente un desfile de chicos que parecían sacados de un anuncio de ropa deportiva. Aquí lo más emocionante era cuando el señor Thompson sacaba su cortadora de césped los domingos por la mañana.
Me quedé quieto, casi conteniendo la respiración, como si moverme fuera a hacer que desapareciera. Él rodeó la camioneta y abrió la parte trasera, sacando una caja de cartón que cargó bajo el brazo como si no pesara nada. Había algo en su manera de moverse —una mezcla de gracia y despreocupación— que me tenía atrapado. No estaba espiando, claro. Solo… observando. Como un naturalista estudiando una especie rara. Sí, eso sonaba menos creepy.
—Jasper, ¿ya terminaste tu tarea? —La voz de mi mamá subió desde la cocina, cortante como un látigo. Me sobresalté tanto que mi rodilla chocó contra el escritorio, haciendo temblar mi colección de dados.
—¡Sí, casi! —respondí, girándome hacia la puerta cerrada de mi habitación. Una mentira descarada, por supuesto. La hoja de cálculo seguía intacta en mi mochila, pero no iba a admitirlo. No cuando había algo mucho más interesante pasando afuera.
Volví a la ventana, apoyando los codos en la cornisa. El vecino nuevo —porque eso era, ¿no?— estaba sacando más cosas: una lámpara de pie con un diseño retro, una bolsa de lona que parecía pesada, y algo que parecía un balón de fútbol gastado. Cada movimiento suyo era como una escena de una película que no podía dejar de ver. Mi mente ya estaba en modo historia, tejiendo teorías ridículas. Tal vez era un atleta universitario que se había perdido camino al campus. O un músico indie buscando inspiración en los suburbios. O, no sé, un espía encubierto con una identidad falsa. Sonreí para mí mismo, imaginándolo con un maletín lleno de gadgets en lugar de esa caja de cartón.
—Deja de ser estúpido, Jasper —murmuré, sacudiendo la cabeza. No iba a salir a presentarme, eso seguro. ¿Qué iba a decir? “Hola, soy Jasper, el nerd de al lado que pasa sus días lanzando dados imaginarios y perdiendo en Overwatch. ¿Quieres charlar?” No, gracias. Me imaginé su reacción —una ceja arqueada, una sonrisa educada pero incómoda— y sentí un escalofrío de vergüenza anticipada. Mejor quedarme aquí, escondido detrás de mis cortinas desteñidas como el cobarde que soy.
La barra de descarga en mi PC finalmente llegó al 100%, y un ping alegre llenó la habitación. Suspiré, apartándome de la ventana con un esfuerzo que casi me dolió físicamente. Me dejé caer en mi silla, girándola para enfrentar la pantalla. El juego me esperaba, una mazmorra llena de orcos y tesoros que prometía unas horas de escape. Pero mi mirada seguía desviándose hacia afuera. El vecino nuevo estaba ahora apoyado contra la camioneta, revisando algo en su celular. La luz del atardecer le daba un brillo dorado, y por un segundo, me permití fantasear con que me miraba y sonreía. Ridículo, claro. Ni siquiera sabía que existía.
Miré mi reflejo en el borde oscuro del monitor. Pelo castaño revuelto, ojos grandes detrás de unos lentes cuadrados que me hacían parecer un búho, y un cuerpo que parecía diseñado para pasar desapercibido. Flaco, con brazos como palillos y una camiseta de Radiohead que me quedaba un poco grande. No era feo, supongo. Mi amigo Ethan, el único que me soportaba en la escuela, siempre decía que tenía “una cara de personaje secundario memorable”, lo que no sé si era un cumplido o un insulto disfrazado. Pero en un mundo donde todos parecían obsesionados con chicos musculosos, bronceados y seguros de sí mismos, yo era… un twink. Y no del tipo que posa en Instagram con filtros perfectos. Más bien del tipo que se pregunta por qué no puede ser un poco más como ellos.
—Basta, Jasper —me dije, frotándome la cara con las manos. No iba a caer en esa espiral otra vez. No hoy. Abrí el juego, dispuesto a perderme en una taberna virtual llena de aventureros, pero el ruido de la camioneta cerrándose con un golpe me distrajo. El vecino nuevo estaba entrando a la casa, desapareciendo de mi vista. Suspiré, una mezcla de alivio y decepción. Al menos ahora podía concentrarme.
O eso pensé. El sol seguía bajando, tiñendo el cielo de naranjas y rojos que se colaban por mi ventana. Mi estómago gruñó, recordándome que no había comido nada decente desde el tazón de cereal con leche tibia de la mañana. Abajo, mi mamá estaba cocinando algo que olía increíble —pollo al horno con ajo y romero, si mi nariz no me engañaba—. Pero antes de bajar, decidí hacer una última cosa. Saqué mi celular del bolsillo y abrí Grindr.
No es que fuera un experto en citas. La mayoría de las veces, abría la app por pura curiosidad, deslizando perfiles con una mezcla de esperanza y resignación. Vivir en este suburbio no ayudaba. Los chicos aquí eran o bien tipos mayores buscando algo rápido, o compañeros de la escuela que conocía demasiado bien como para querer hablarles. Pero esa tarde, algo me dijo que debía revisar. Tal vez era el aburrimiento. Tal vez era el vecino nuevo dando vueltas en mi cabeza.
Deslicé la pantalla con el pulgar, pasando por los perfiles de siempre. “Busco diversión, nada serio.” “A 5 km, ¿te animas?” Aburrido, aburrido, aburrido. Hasta que un perfil nuevo me detuvo en seco. Sin foto, como la mitad de los usuarios aquí, pero el mensaje inicial era diferente. “¿Alguien interesante por aquí?” Simple, directo, con un dejo de desafío que me hizo arquear una ceja. No era el típico “hola” seco que solía ignorar. Mis dedos dudaron sobre el teclado virtual. Tenía que responder algo bueno. Algo que no me hiciera sonar como un perdedor total.
—Define “interesante” y te diré si califico —tecleé, mordiéndome el labio mientras enviaba el mensaje. Mi corazón dio un pequeño salto cuando vi los puntos suspensivos aparecer. Estaba escribiendo. Esto no pasaba casi nunca. Normalmente, mis intentos de coquetear se hundían en el silencio digital como piedras en un lago.
—Jaja, alguien con humor ya es un buen comienzo. ¿Qué haces un sábado por la noche? —respondió, y una sonrisa tonta se me escapó. Miré mi pantalla de PC, donde mi personaje esperaba pacientemente en una taberna virtual.
—Esperando que mi clérigo no muera en una mazmorra. ¿Y tú? —escribí, recostándome en la silla. La emoción me picaba en los dedos. Esto era lo más cerca que había estado de una conversación decente en semanas.
—Acabo de mudarme y estoy rodeado de cajas. Creo que mi vida es más caótica que tu mazmorra —contestó, y me quedé helado. ¿Mudarse? Mis ojos volaron a la ventana. La camioneta seguía ahí, pero él ya no estaba a la vista. No podía ser. ¿O sí? No, imposible. Las coincidencias así solo pasan en las comedias románticas malas que mi mamá ve los fines de semana.
—Suena como una aventura épica. ¿Necesitas un compañero para desempacar? —tecleé, medio en broma, medio deseando que dijera que sí. Mi pulso se aceleró mientras esperaba.
—Solo si sabes armar muebles sin instrucciones. Soy un desastre con un destornillador —respondió, y solté una risita que resonó en mi habitación vacía. Este tipo era divertido. Más que divertido. Peligrosamente encantador.
—No prometo milagros, pero soy bueno siguiendo órdenes. O improvisando —contesté, sintiendo una chispa de valentía que no sabía que tenía. La pantalla de mi PC seguía abierta, pero el juego ya no me importaba. Esto era mucho mejor.
—Improvisar es una habilidad subestimada. ¿Eres de por aquí? —preguntó, y dudé un segundo antes de responder. No quería sonar demasiado ansioso, pero tampoco aburrido.
—Sí, nací y crecí en este aburrido suburbio. ¿Tú eres el que acaba de llegar? —tecleé, tratando de mantener el tono casual aunque mi mente estaba gritando “¡DIME QUE ERES EL VECINO!”.
—Algo así. Todavía estoy descubriendo el lugar. ¿Algún consejo para un novato? —respondió, y sonreí otra vez. Podía darle una lista: evita la cafetería de la esquina si no quieres café quemado, no camines por el parque después de las nueve porque los perros se vuelven locos, y nunca dejes tu bicicleta sin candado porque el hijo del señor Thompson es un ladrón de medio tiempo. Pero fui por algo más personal.
—No te pierdas el atardecer desde el parque. Y evita a los vecinos raros… como yo —escribí, añadiendo un guiño virtual para que no sonara tan patético.
—Demasiado tarde, ya estoy hablando con uno —respondió, y juro que mi cara se puso roja como el tomate del guiso de mi mamá. Este tipo era bueno. Demasiado bueno.
Seguimos charlando, saltando entre bromas y preguntas tontas. Me contó que le gustaba el fútbol callejero, y yo le confesé mi obsesión con los dados de veinte caras y las campañas de D&D que nunca terminaba de escribir. No pedí su nombre ni una foto, y él tampoco lo hizo. Era como un juego, un acuerdo tácito de mantener el misterio. Pero mientras el cielo se oscurecía y el olor del pollo al horno subía por las escaleras, no podía sacarme una idea de la cabeza. ¿Y si era él? ¿Y si el chico de la camioneta, el que había estado mirando como un idiota desde mi ventana, era el mismo que me hacía reír en mi celular?
—Jasper, ¡baja a cenar ya! —gritó mi mamá, y rodé los ojos, guardando el teléfono.
—¡Ya voy! —respondí, apagando la PC con un clic. Bajé las escaleras con una sonrisa que no podía borrar, el corazón latiendo un poco más rápido de lo normal. Fuera quien fuera este tipo, este sábado acababa de volverse mucho más interesante de lo que esperaba.