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2032, Santiago del Estero

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Sinopsis

Año 2032. Santiago del Estero ha dejado de ser la provincia cálida y festiva que alguna vez fue. Tras el colapso del embalse de Termas de Río Hondo, las aguas envenenadas han devorado la tierra, convirtiéndola en un páramo tóxico donde la vida humana es apenas una posibilidad. Entre ruinas y sombras, los sobrevivientes han formado clanes. Algunos intentan preservar lo poco que queda de la cultura santiagueña; otros han abandonado la razón, entregándose a la barbarie. En este mundo sin electricidad, sin ley y sin esperanza, un joven llamado Matías Corvalán busca algo más que sobrevivir: busca entender si todavía queda algo de humanidad en este infierno. Pero cuando un culto liderado por un hombre que se proclama dios comienza a expandirse, Matías se verá atrapado en una lucha más grande que él. Entre enemigos implacables, aliados inesperados y el peso de su propia culpa, deberá decidir si la redención es posible en un mundo que ha olvidado lo que significa vivir. Si te impactó The Last of Us, Breaking Bad o Blade Runner 2049, este relato distópico es para vos.

Genero:
Scifi
Autor/a:
LucasHerrera28
Estado:
Completado
Capítulos:
29
Rating
5.0 1 reseña
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1: Disolución

Matías Corvalán nunca creyó que el fin del mundo llegaría en silencio. Siempre imaginó que la civilización se apagaría con estruendo: el rugido de explosiones, gritos desgarrados, el estrépito de edificios colapsando. Pero no. La muerte del mundo no fue un grito; fue un susurro.

Todo empezó con el apagón.

Nadie supo exactamente qué lo causó. Algunos decían que fue una tormenta solar, otros hablaban de un sabotaje global, pero la verdad es que simplemente ocurrió. De un momento a otro, las luces parpadearon, los motores se detuvieron y las pantallas se apagaron. Un silencio denso se posó sobre Santiago del Estero, como si la ciudad hubiese conteniendo la respiración.

Para la mayoría, fue solo una molestia. Para su padre, fue el principio del fin.

Él era técnico en el embalse de Termas de Río Hondo. Sabía que la represa no era solo una muralla de concreto conteniendo agua; era un organismo vivo, sostenido por un delicado equilibrio químico mantenido gracias a impulsos eléctricos. Sin esa energía, el corazón del embalse dejaba de latir.

Apenas cayó el sistema, su padre notó el peligro. Las alarmas internas del protocolo de seguridad, diseñadas para situaciones críticas, también habían muerto con el apagón. Pero él no necesitaba una alarma para saberlo. Lo entendía en cada cálculo mental, en cada ecuación que había repetido durante años sin que nadie escuchara.

Se desesperó. Intentó comunicarse con las autoridades, con los encargados del gobierno, advirtiéndoles que, sin el proceso de purificación activo, el pH del agua —ya corroído por décadas de contaminación industrial de manufacturas, plantas de microchips y superaleaciones de titanio— se volvería letal. Les explicó que la acidez no era un enemigo que se podía ver venir; era invisible, silenciosa, paciente.

Pero lo ignoraron.

“No hay forma de que eso ocurra”, le dijeron. “El embalse está diseñado para resistir.”

Sus palabras se estrellaron contra la arrogancia de quienes preferían la comodidad de la negación antes que enfrentar la fragilidad de su mundo. Desesperado, dejó de lado los canales oficiales y se concentró en lo único que importaba: su familia.

Solo alcanzó a avisar a Matías, quién también trabajaba allí.

Una llamada breve, entrecortada por las interferencias de un mundo que se desmoronaba. “Salí de ahí, Matías. No esperes a nadie. Corre. El agua no va a esperar.”

Eso fue todo.

Matías nunca supo si su padre logró salir de la capital.

Al principio, no hubo señales evidentes. El agua seguía retenida, quieta, como un animal dormido. Pero en su interior, la reacción química que antes se contenía con descargas eléctricas continuó su curso natural. Sin regulación, el pH descendió. La acidez, contenida durante años, empezó a hacer lo que mejor sabía hacer: disolver.

Las paredes internas de la represa, recubiertas con aleaciones resistentes, comenzaron a desgastarse. Primero, micro fisuras. Luego, grietas. La corrosión avanzó como una enfermedad, carcomiendo los cimientos de una estructura que nadie había pensado que fallaría. Los ingenieros confiaban en que el embalse era indestructible. Pero lo que no comprendieron es que la muerte nunca llega de golpe. Llega en fragmentos, en partículas invisibles que se acumulan hasta el punto de quiebre.

Y entonces, colapsó.

No hubo explosión. No hubo advertencia. Solo un gemido profundo, un crujido que resonó en el aire, y luego, el rugido del agua liberándose. Un torrente de líquido oscuro, espeso, ácido como el veneno, se precipitó sobre la provincia con una furia silenciosa.

No fue solo una inundación. Fue una disolución.

El agua no arrastró ciudades, las devoró. Las estructuras colapsaron como si estuvieran hechas de papel mojado. El concreto se volvió frágil, las vigas metálicas se oxidaron en cuestión de horas, las calles se llenaron de un barro corrosivo que impregnaba todo lo que tocaba.

Y en medio de eso, la gente.

Los que no murieron ahogados, murieron de otra manera. Porque el agua no solo quemaba la piel. También alteraba. Algo en sus contaminantes hacía que la mente se fragmentara. Al principio, era solo un leve mareo. Luego, las alucinaciones. Después, la locura. Algunos corrían desnudos por las calles, riendo y llorando al mismo tiempo. Otros se arrancaban la piel con las uñas, convencidos de que algo crecía dentro de ellos.

Matías lo vio todo.

Desde el espejo retrovisor de su aerodeslizador, observó el agua devorar su ciudad.

Y comprendió que la ayuda nunca llegaría.

El apagón era global. No había electricidad, ni comunicaciones, ni rescates. El mundo entero había caído, y Santiago del Estero era solo un pedazo de tierra más de un planeta condenado.

Lo único que quedaba era saber de su familia.

Y eso era lo que haría.

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