Prólogo
—Queridos hermanos, hoy estamos reunidos en este camposanto para darle el último adiós a un jovencito excepcional, un gran ejemplo para su comunidad, y sobre todo, un hombre que dejará una marca perpetua en la vida de todos aquellos que lo amaron —dijo el sacerdote al pie de la tumba aún abierta de Carlos.
—Ridículo, seguro dice lo mismo en todos los funerales. Como si lo hubiera conocido —murmuró Jonas, en un fallido intento de discreción que interrumpió el sermón.
—Habla más bajo, te escucharon todos —le espetó su prima Alice, quien estaba parada a su lado, tomándole la mano.
—Ahora que está en el cielo, podrá descansar por la eternidad en los amorosos brazos de sus padres —continuó el religioso.
—Él preferiría el infierno a tener que lidiar de nuevo con su maldito padre —volvió a interrumpir Jonas, provocando murmullos y la mirada condenatoria de la tía de Carlos.
Sus miradas se cruzaron con evidente odio mutuo. Las últimas horas habían sido muy conflictivas entre ellos, desde el momento en que la tía llegó queriendo hacerse cargo de todo, porque según ella, solo su “familia real” podía decidir lo mejor para él. Y ahora estaba ahí, frente a Jonas, abrazando a la última noviecita de su fallecido amigo.
—Nuestro hermano Carlos no llegó a ese momento en la vida de todo hombre en que siembra la semilla de una nueva vida; sin embargo, deja un profundo dolor en la gente que él decidió llamar familia.
Esta vez no hubo comentario pasivo-agresivo. La aseveración del sacerdote era correcta. La familia de Carlos eran todos aquellos a los que él eligió llamar así. Muchos amigos en su vida, pero principalmente lo era Jonas.
Hace ya casi ocho años que se conocieron, en su primer año de secundaria. Él y su abuela acababan de mudarse a esa colonia y buscaban iniciar una nueva vida lejos de los vecinos conflictivos y del acoso que Jonas había sufrido en su antigua escuela al enterarse de sus preferencias.
Aún recuerda aquel primer día en que lo vio, en el patio de la escuela, rodeado de varias niñas de tercer año que no dejaban de coquetearle. No paraban de decirle lo lindo y tierno que se veía. Mientras tanto, Jonas lo miraba desde lejos, sentado en las escaleras del edificio escolar, intentando no observar tanto para no levantar sospechas... pero sí, realmente era un chico muy lindo.
Ya en la última hora de esa primera semana de escuela, tocaba clase de historia con el profesor Cabello —apellido irónico para un calvo bonachón—. Surgió en clase el tema de las fechas de nacimiento y así, después de enterarse que ambos cumplían años el mismo día, comenzaron a hablar. A la salida, después de que Carlos lo invitara a su casa a ver la televisión juntos, nació su gran amistad.
Carlos y su mamá también estaban comenzando de nuevo. Meses antes de conocerse, su padre había muerto junto a su amante en un accidente automovilístico. Era un típico macho mexicano, que solo estaba en casa para discutir con su esposa y maltratar a su hijo. Pero al menos hizo algo bueno antes de morir: dejarles suficiente dinero para vivir cómodamente el resto de su vida.
Jonas disfrutaba mucho ir a casa de Carlos. Tenía una enorme pantalla y una consola de videojuegos. Podían pasar horas y horas jugando. También salían a los parques cercanos a dejar volar su imaginación, creando mundos extraños llenos de magia y aventuras. O, muy a su pesar, en ocasiones complacía a Carlos jugando fútbol con él.
En la escuela todo fue mucho más fácil teniendo a Carlos como amigo. Su extroversión lo hizo muy popular, tenía muchas novias y le caía bien a los maestros. Por eso Jonas también era respetado por estar siempre a su lado. Incluso aquella ocasión en que tomó el valor suficiente para salir del clóset, nadie lo atacó o discriminó.
Al pasar sus dieciséis años, la primera tragedia llegó a sus vidas: la madre de Carlos perdió la batalla contra el cáncer. Fue entonces que Vanessa, la hermana de su padre, entró en escena como la bruja malvada del cuento. Ella y su odioso hijo Sebastián se apropiaron de la casa. Como aún era menor de edad, Carlos necesitaba un tutor.
Ir a su casa ya no era divertido. La gran pantalla donde solían jugar, siempre tenía puesto golf o algún otro deporte “de gente de clase”, como decía su tía. Poco a poco, ya no le permitían tener visitas y lo habían relegado al cuarto de servicio. Aprovechaba cada oportunidad para escaparse todo el día o simplemente no llegar. Prácticamente empezó a vivir con Jonas y su abuelita, quien siempre lo recibió cariñosamente como un nieto más. Tal vez no podían ofrecerle lujos, pero al menos se sentía como en familia.
Al cumplir los dieciocho, Carlos ya no volvió a poner un pie en lo que antes fue su hogar. Con mucho esfuerzo lograron terminar la preparatoria. Eran inseparables. Incluso el desfile de novias de Carlos jamás logró separarlos, aunque cada vez que Jonas lo veía besarse con alguna chica, su corazón se retorcía de celos.
Una vez más la vida los puso a prueba. Poco después de su graduación, la abuelita de Jonas también partió de este mundo. El amor que ella les dio fue siempre un gran pilar para ellos, pero ahora debían luchar por su cuenta. Afortunadamente, habían hecho un pequeño grupo de amigos que los respalda.
Después de la muerte de su mamá, Carlos había decidido no entrar en conflicto con su tía. Pero ahora que era mayor de edad y habían quedado desamparados tras la partida de la abuela, no hubo más remedio que hacer un trato con Vanessa: él reclamaba la herencia de su madre, y ella podría seguir gozando de la de su padre. Así pudieron comprar un pequeño departamento y, para todo lo demás, tuvieron que suspender sus estudios y comenzar a trabajar.
Probaron en distintos trabajos: restaurantes de comida rápida, supermercados, hasta una tienda de artículos para adultos. Lugares donde muchos jóvenes mexicanos intentan iniciar su vida laboral, aunque pocos logran desarrollarse.
Así llegaron a un invernadero. Carlos mostró un talento natural para las plantas, cualquiera diría que se comunicaba con ellas. Jonas, por su parte, era bueno con las computadoras, así que, le propusieron al dueño del invernadero dar el salto a ventas por internet y además comenzaron su propio negocio de diseño de jardines.
El negocio iba bastante bien. El talento de Carlos para los jardines comenzó a correr de boca en boca entre la gente rica de la ciudad. Y fue justo entre esa gente que apareció Sonia, la última noviecita de Carlos.
Aquella que hoy está abrazada al regazo de la bruja malvada, envuelta en llanto, cual viuda destrozada. —Hipócrita —murmuró Jonas, al escuchar el llanto exagerado de Sonia.
Cinco meses atrás, en una casa de ricos donde Carlos diseñaba un jardín, conoció a una chica de mirada triste, muy delgada y de tez blanca como la porcelana. Su cabello rizado y pelirrojo le cubría toda la espalda, enmarcando unas caderas bien definidas que encantaron a Carlos al instante.
Sonia Beauregard: niña de la alta sociedad mexicana, influencer de vida extravagante y modelo de cabelleras. Además, hija del Decano de la Universidad Amatista, una prestigiosa institución donde los más ricos mandan a sus hijos para aprender cómo ser aún más ricos. O al menos así lo veía Vanessa, quien no perdió el tiempo al enterarse de que su sobrino favorito salía con tan importante muchacha.
Mágicamente, estos últimos meses, se convirtió en la tía modelo. Jamás había sido tan amorosa con Carlos. Incluso organizó un par de banquetes elegantes para que invitara a su también elegante novia. Y de preferencia, claro, al Decano, para presentarle a su prometedor hijo Sebastián.
Sus esfuerzos rindieron frutos en la celebración del 15 de septiembre. Después de que su hijito cantó, frente a un decano pasado de copas, “Pelea de gallos”, la ranchera de su natal Aguascalientes, en el entusiasmo del momento le ofreció un lugar para acudir al campamento especial que la Universidad Amatista ofrece al público general como puerta de ingreso. Solo puso una condición: Carlos debía entrar con él al curso. Pero Carlos también puso otra condición: si él entraba, Jonas iba con él. Y así, gracias al tequila, los tres se ganaron la posibilidad de cambiar por completo sus vidas.
—Te rogamos, oh Dios, que recibas en tu lecho el alma buena y devota de nuestro querido hermano Carlos —continuó el sacerdote elevando una oración.
—¿Devoto? —preguntó irónicamente Jonas, dirigiéndose en aparente discreción hacia su prima—. Carlos no creía en el Dios de hombres con falda.
—¿Y entonces qué? ¿Seguramente el único hombre con falda que puede hablar de él eres tú, no? ¿Porque solo podía ser tuyo, no? —reclamó Sonia, desatando toda la tensión del ambiente, harta de sus comentarios sarcásticos—. Explícame entonces, ¿por qué lo abandonaste? ¡Lo amabas y lo abandonaste!
Todos los presentes se quedaron expectantes. Un silencio profundo los envolvió, tan denso que Jonas sintió como si él mismo fuera ya residente de ese panteón. Miró a su alrededor. Sebastián desvió la mirada. Sus ojos comenzaron a arder; venía más llanto de camino. No sabía si de tristeza, frustración o ira.
Justo cuando una diarrea verbal estaba a punto de brotar de su boca, sintió los brazos largos de su amigo Bin, tomándolo por la cintura y la nuca, lo acercó a su pecho y le susurró que se calmara, que lo mejor era irse de ahí. Su cuerpo estaba demasiado agotado como para resistirse. Bin lo sostuvo en brazos como a un bebé, alejándose del lugar.
Alice le quitó el paraguas y lanzó un torpe gesto de disculpa a los presentes. Los tres comenzaron a caminar hacia la salida, acompañados por frías gotas de lluvia que comenzaban a caer sobre sus cabezas. Con un leve forcejeo, Jonas logró liberarse de los brazos de su amigo. Resignado, siguió caminando por su cuenta hacia la salida.
Las piernas le temblaban, su respiración era agitada. El nudo en su garganta era tan grande que parecía a punto de morir en la horca. Finalmente, cayó de rodillas frente a una tumba abandonada. La lluvia caía con más intensidad.
El frío del agua era casi tan intenso como el del lago donde metió la mano hace cuatro días, durante la competencia de canotaje. Era el tercer día del campamento de inducción de la Universidad Amatista. Jonas dejó correr el agua entre sus dedos, dudando de lo que estaba a punto de hacer.
Una mano tomó su barbilla y levantó su rostro hasta encontrarse con la odiosa y, a la vez, encantadora sonrisa de Sebastián, que intentaba convencerlo de que hacía lo correcto. Jamás había sido bueno en deportes. Era la primera vez que ganaba una competencia, y fue una victoria agridulce.
Los brazos que lo levantaban en el podio ganador y los labios que se posaban en su frente no eran de la persona que él amaba. De aquel que nunca lo amará. Y menos ahora que lo había traicionado por unas caricias falsas. Tal vez estaba destinado a no ser amado nunca. La lluvia era cada vez más intensa.
Ahí, tirado frente a esa tumba olvidada, Jonas sintió como si su mundo se hiciera cada vez más pequeño, nada tenía sentido ya para él, ni siquiera pudo despedirse, jamás tendrá la oportunidad de explicarle lo que paso, de pedirle perdón por ser tan débil, por haber sido tan estúpido para dejarse engañar por migajas de amor, cruel y falso amor.
Fue entonces cuando logró ver entre la lluvia lo que quedaba del epitafio, un par de fechas y dos palabras que parecían como una burla del destino. O tal vez, un presagio.
Esbozó una tétrica risita mientras leía en voz alta:
—1980 - 2000... Sin… amor.