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El Legado roto , ecos antes de la sombra

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Sinopsis

Antes de que la galaxia ardiera en una guerra abierta, dos legados comenzaron a quebrarse bajo estrellas distantes. En la fría y ordenada Orbithar, Sombra, un huérfano de las forjas con ojos grises calculadores, ingresa a la brutal Academia de Hierro no por lealtad, sino por pura supervivencia, ocultando un odio creciente hacia el sistema y un peligroso secreto tecnológico. Mientras tanto, en la mágica pero decadente Elarion, capital de Noctyra, el joven Tharion ve cómo la corrupción de los Autócratas envenena su mundo, asesina a su padre y marchita la luz ancestral del Éter, obligándolo a forjar una resistencia desde las sombras junto a sus leales amigos. Sé testigo de la formación de los Lanceros de Hierro bajo la férrea disciplina de Voryn, de la ambición de Kaedra que sacrifica la inocencia en una Noctyra fracturada, y de la forja de lealtades que serán brutalmente traicionadas. Descubre cómo las semillas del conflicto se siembran en pasillos de acero y jardines luminosos, convergiendo inexorablemente hacia la masacre de Cenagal Gris: la infame batalla orquestada que destruirá vidas, creará monstruos y encenderá el odio eterno que definirá la guerra venidera. El Legado Roto revela el origen de la oscuridad, los ecos de dolor y traición que precedieron a la sombra.

Genero:
Scifi,Action
Autor/a:
Esraderey
Estado:
hace 4 horas
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1: La Sombra Bajo el Titanio

Capítulo 1

La Sombra Bajo el Titanio

Ciclo Estelar ~1990 — Sub-Niveles de Lunareth, Orbithar

El aire del Sub-Nivel Kresh-7 sabía a óxido, refrigerante podrido y miedo viejo.

El oxígeno reciclado pasaba tantas veces por filtros obstruidos, pulmones enfermos y conductos corroídos que terminaba adquiriendo sabor. Cada respiración raspaba la garganta como una limadura metálica. Esta noche Vael la contenía, porque respirar hondo hacía ruido, y el ruido, en este corredor, costaba caro.

Bajo la chaqueta llevaba su premio: un bloque denso, envuelto en plástico opaco, robado del contenedor de rechazos detrás de una cantina de obreros. Un gris. La misma palabra servía para la ración y para la gente sin sello, sin registro, sin nombre que el sistema reconociera. Comerse un gris siendo uno gris. Aritmética del Hueco.

No era para él. Esa era toda la diferencia entre robar y trabajar.

Dos niveles más abajo, en un cubículo de mantenimiento que la placa del conducto mantenía tibio, había un crío dormido con las rodillas contra el pecho, al que le había enseñado a no llorar por hambre porque el llanto se oía y lo que se oye se cobra. El crío aguantaba. Aguantaba tan bien que a Vael le entraban ganas de romper algo cada vez que lo veía hacerlo.

El turno cambiaba en poco. Después del cambio, los conductos se llenaban de forjados que volvían tosiendo, y entre tantos cuerpos un niño con un bulto bajo la chaqueta dejaba de ser invisible.

El problema nunca era la ración. El problema era por dónde había que sacarla.

Muy por encima, en los niveles nobles, Orbithar respiraba otro aire. Allí hablaban de progreso. De unidad. De gloria. Aquí abajo el progreso goteaba del techo en forma de residuos, y los charcos brillaban con reflejos iridiscentes bajo las lyr amarillentas, como si hasta la podredumbre quisiera fingir belleza.

Un proyector de propaganda averiado chisporroteaba sobre una pared manchada de aceite. La imagen volumétrica mostraba las forjas de aleación de los niveles superiores: obreros sonrientes, metal fundido como ríos de luz, un lema grabado en Vahrek y traducido debajo.

KHALEN MAHNOS SOLENITHAR. Cada mano sirve al todo.

Su madre había servido al todo. Volvía de las forjas con un olor acre pegado a la ropa y una tos que empezó como un carraspeo y acabó siendo otra cosa. Vael pasó de largo sin mirar el cartel. Se lo sabía de memoria, y las cosas que uno se sabe de memoria dejan de tener imagen.

El estruendo de la maquinaria pesada no se oía tanto como se sentía: una vibración incrustada en los huesos, en los dientes, en el pecho. Para los de Kresh-7 aquel sonido no era ruido. Era recordatorio.

El sistema seguía funcionando.

Ellos eran los que se oxidaban.

* * *

Una cámara parpadeaba al fondo del corredor, girando con tres pulth de retraso cada vez que el cable principal chisporroteaba. Una tubería goteaba en intervalos irregulares. A dos pasillos, unas botas golpeaban el metal con ritmo pesado y disciplinado —Vahrkin, los llamaba el régimen; khorritas, la gente de Kresh, cuando se atrevía a nombrarlos, con la misma falta de respeto con que se nombra una plaga—.

Vael lo escuchó todo. Contó la cámara. Esperó el goteo. Cruzó.

Los pasos que oyó después no eran de botas disciplinadas. Eran torpes, confiados, con risas ásperas y tintineo de metal barato.

Tres figuras doblaron la esquina. Chaquetas raídas. Nudilleras de tubo. Mandíbulas marcadas con implantes oxidados.

Dientes de Acero. Y este era su corredor.

Vael no corrió. Correr era ruido; ruido era atención. Se deslizó al hueco negro detrás de un generador auxiliar que zumbaba y escupía calor suficiente para tapar una respiración. Se dobló, pegó la espalda al metal caliente, se hizo pequeño entre cables y hollín.

Los tres pasaron a menos de dos metros.

—Te juro que vi algo, Drokk.

—Viste tu propio reflejo.

El más alto se detuvo. No por instinto: por costumbre. Olfateó el aire como quien sabe que hay algo cerca y no piensa molestarse en buscarlo.

—Ratón de cable —dijo, hacia ningún sitio—. Tienes hasta que cuente cinco para acordarte de que este pasillo tiene dueño.

Vael calculó. Quieto, lo encontraban al segundo barrido y perdía el gris, y con el gris la única cena del crío en dos jornadas. Corriendo, lo alcanzaban en la curva. Le quedaba lo tercero, lo que no se le ocurría a nadie con el pulth alto.

Salió a la luz.

—Traigo cambeo —dijo.

Drokk se rio con la boca, no con los ojos. De cerca era más joven de lo que sonaba y tenía la mandíbula sin arreglar, los implantes torcidos, de los que se ponen por lo que cuestan y no por lo que sirven.

—Los grises no tienen nada que cambear.

—Yo tengo pasillos.

—Tienes eso de ahí debajo. —Señaló la chaqueta con la barbilla—. Y me lo vas a dar igual.

—Te doy eso y comes una noche. —Vael no soltó el bulto. Hablaba despacio, sin subir la voz, porque abajo el que sube la voz es el que ya perdió—. Te doy el velkanal del 9 y comes tres turnos de cada cuatro, hasta que a alguien de arriba le dé por mirar. La cámara del 9 lleva medio khron muerta y el registro dice que gira. Los cargamentos de la cantina bajan por ahí a la hora del relevo.

Uno de los otros dos empezó a decir algo. Drokk levantó dos dedos y se acabó.

—¿Y tú por qué me das eso?

—Porque el 9 es mío y me lo acabas de quitar.

Fue la primera cosa verdadera que se dijo en aquel corredor. Drokk masticó el aire un momento, y por debajo de la sonrisa se le vio lo otro: que él también le debía algo a alguien, más arriba, y que el pasillo no era suyo tampoco, y que llegar con carga a fin de turno le importaba más de lo que un Diente puede admitir delante de dos.

—Tres turnos de cada cuatro —repitió, probándolo—. ¿Y el cuarto?

—El cuarto lo quiero yo.

—El cuarto lo quiero yo, sangre —corrigió Drokk, sin ninguna dulzura, enseñándole cómo se pedía—. Hecho. Pero óyeme una cosa, sombrita.

Se agachó hasta ponerse a su altura. Olía a grasa dulce y a metal.

—Si te encuentro otra vez en el mío, no te pego. Aprendo tu nombre. Y luego lo digo por ahí. Los grises como tú duran poquísimo después de que alguien se lo aprende. ¿Entiendes?

—Entiendo.

—Ya lo creo. —Se enderezó, escupió al suelo, cerca de su bota, y le dio la espalda—. Otro lut, ratón.

Se fueron. Las risas se perdieron en el laberinto industrial.

Vael se quedó de pie en el corredor, respirando, con la ración intacta bajo la chaqueta. Acababa de vender su ruta de reserva para conservar la cena del crío, y el trato era bueno; eso era lo que más le costaba tragar. Le quedaban dos pasillos con dueño y ningún tercero.

Sombrita.

La palabra se le quedó dentro como una astilla. No por el insulto —al insulto uno se acostumbra—, sino por cómo la había dicho: con la indiferencia del que nombra un objeto. Sombra era lo que se proyecta sin querer. Sombra era la prueba de que algo pequeño existe entre algo grande y la luz.

Decidió quedárselo. Un matón se llevaba un pasillo y le dejaba un nombre; ninguno de los dos sabía cuál de las dos cosas valía más.

Vael era el nombre que le había puesto su madre, de cuando la familia vivía tres niveles más arriba y tenía sello y tenía cuenta. Ese nombre no pertenecía a este corredor y no iba a gastarlo aquí.

Así que bajó.

* * *

Nadie bajaba a una cavidad estructural marcada como inestable en los mapas de mantenimiento. Nadie salvo los desesperados, y los desesperados no solían mirar hacia arriba. Por eso el sitio era suyo.

Sombra —porque desde aquel corredor ya era Sombra, en los únicos registros que importaban, los suyos— se sentó contra el esqueleto oxidado de un droide de carga y sacó de una bolsa de tela un sekkari antiguo. Datapad, lo habrían llamado arriba; instrumento del saber, en los archivos imperiales. Carcasa rajada, pantalla surcada de líneas negras, batería que se recalentaba enseguida.

Funcionaba. A veces.

No lo encendió para juegos ni para música. Lo enganchó al nodo muerto del mamparo, como cien noches antes, y bajó a lo de siempre: rutas de patrulla, manifiestos de carga, qué puertas se abrían en los relevos, qué corredores figuraban vacíos en los registros aunque estuvieran llenos de gente. Necesitaba un pasillo sin dueño antes del cambio de turno. En Kresh-7, saber esas cosas era seguir respirando.

El nodo estaba trabajando.

Lo vio en el contador del índice, que caía solo, sin que nadie lo tocara: doce mil entradas. Once mil ochocientas. Once mil quinientas.

Saneamiento de registros. Arriba lo llamaban así. Abajo se decía barrida, la misma palabra que para cuando los khorritas bajaban a limpiar un nivel, y el Krescha, que no tiene gramática pero tiene ojo, hacía siglos que había decidido que las dos cosas eran la misma: algo que baja, y después ya no está lo que había.

Los nodos viejos se vaciaban una vez cada tantos khron. Nadie los miraba. Lo que había dentro no valía nada, y por eso mismo era lo único a lo que un gris podía llegar.

Diez mil novecientas. Diez mil seiscientas.

Sombra dejó de buscar rutas y se puso a mirar lo que caía, como quien ve pasar la corriente de un desagüe por si arrastra algo. Salían inventarios de válvulas. Turnos de un taller que ya no existía. Un censo de bajas por desgaste con las casillas de compensación vacías, todas. Hojas de reasignación con el destino en blanco: la primera palabra que Sombra había aprendido a traducir en aquella pantalla, y la única que el Hueco entero sabía leer sin diccionario.

Y entre la basura reindexada, algo que se quedó a medio cargar en la pantalla:

PROTOCOLO FÉNIX

Designación interna: PHAELALUTH.

Auto-reparación adaptativa basada en principios de —

Ahí se cortaba. Una franja de bytes corruptos se comía el resto. Bajo el corte sobrevivía un retazo de esquema. Los planos imperiales eran ángulos rectos, jerarquías, letra cuadrada; esto eran curvas, líneas que se ramificaban y volvían a juntarse como venas, como raíces, sin que se viera dónde empezaba el orden. No parecía dibujado. Parecía crecido.

La etiqueta del archivo, en cambio, era una que había visto mil veces: PHELTHOS, inestable, la marca de las cosas que el Imperio probaba y tiraba. Basura técnica. Iba a soltarlo.

Entonces vio el segundo sello. Al fondo del cabecero, en una línea que casi nadie habría leído. Más pequeño. Más reciente. Rojo.

[Reclasificado: THREV-VAHRKOS]

Ese sí lo conocía. El más raro de todos, y el único cuya sola posesión bastaba para mandar a un hombre al Hueco. No lo ponían sobre teorías muertas. Lo ponían sobre las cosas que arriba seguían temiendo.

Debajo del sello había una línea de autoridad, una cadena corta de designaciones que Sombra no supo leer y que no se parecía a las del Tribunato: demasiado limpia, demasiado breve, la clase de firma que no necesita explicarse. La miró tres pulth y la dejó pasar. Estaba muy por encima de él. Todo lo estaba.

Nueve mil doscientas.

El índice seguía cayendo, y el archivo estaba dentro del índice.

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