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La niña de mamá y papá

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Sinopsis

A sus 17 años, Erlea ha perdido a sus padres y, con ellos, el calor de un hogar. Su única familia ahora es Julieta, su novia, su refugio en medio del dolor. Pero mientras el mundo a su alrededor rebosa de familias sonrientes y momentos compartidos, Erlea no puede evitar sentir una punzada de envidia. ¿Por qué los demás tienen lo que a ella le fue arrebatado? Mientras intenta sobrellevar su pérdida, su amor por Julieta se convierte en su única certeza. Pero la envidia es un sentimiento oscuro que amenaza con consumirla. En su lucha por encontrar su lugar en un mundo que le parece injusto, Erlea deberá decidir si se deja arrastrar por la tristeza o si encuentra una nueva forma de construir su propia familia, con el amor como cimiento. Una historia de duelo, amor y la búsqueda de pertenencia en un universo que no siempre parece justo.

Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

La lluvia golpeaba el parabrisas con furia, formando un velo de agua que dificultaba la visibilidad. Erlea iba en el asiento trasero, sujeta por el cinturón de seguridad, viendo las luces borrosas de la carretera mientras su madre y su padre discutían sobre algo trivial.

Si habían apagado la cafetera antes de salir.

Nora- Te digo que sí lo hice.

Insistió su madre, con una risa cansada.

Gavrel- Ya veremos cuando regresemos.

Contestó su padre, girando el volante con cuidado en la carretera mojada.

Erlea- Mamá, ¿Tu crees que a Julieta le guste lo que le compre?

Dijo con un tono rojizo en sus mejillas.

Nora- Claro que sí, es un hermoso collar.

Gavrel- Mi hija es una gran alfa, así que todo lo que le compre a Julieta, ella lo amara.

Con un tono sarcástico y burlón.

Nora- Y tu decias que algo mas caro seria mejor.

Riendose.

Gavrel- ¿Eh?, es que mis consuegros también merecen un regalo. Por hacer a la mujer que hace que nuestra hija sonría.

Erlea- No digas esas cosas, papá.

Avergonzada.

Nora- No sé qué haré con ustedes, cierto. prepararé un pastel de zanahoria, preguntale a Julieta si quiere un poco.

Erlea- Le preguntare cuando lleguemos a casa, no tengo pila en el celular

Pero nunca volvieron a su dulce hogar.

Todo sucedió en un parpadeo. Unos faros aparecieron de la nada, una sombra gigante devorando la carretera. El impacto fue brutal. Un sonido ensordecedor de metal retorcido, el crujido de cristales quebrándose y el grito de su madre ahogado por el estruendo.

El mundo dio vueltas. Un segundo estaban en la carretera, al siguiente flotaban en un caos de luces y oscuridad. Luego, el silencio.

Erlea despertó con el cuerpo atrapado entre los asientos, el sabor metálico de la sangre en la boca y el pitido agudo en sus oídos. Quiso hablar, pero un dolor agudo le perforó el pecho. Sus ojos se movieron con desesperación entre los restos del auto.

Erlea- ¿Mamá, papá?

Su voz apenas fue un susurro.

Pero no hubo respuesta.

Las luces rojas y azules de las ambulancias llegaron demasiado tarde.

El frío de la lluvia se filtraba por los restos del auto destrozado. Cada gota que tocaba la piel de Erlea la hacía estremecerse, pero el dolor en su pierna era mucho peor. Algo la atravesaba. Un fierro retorcido, salido de los escombros del vehículo, le perforaba el muslo derecho. Cada latido hacía que la herida ardiera como fuego vivo.

Quiso moverse, pero el dolor la paralizó. Su respiración se volvió errática, entrecortada por sollozos silenciosos. Entonces los vio.

A escasos centímetros de ella, los cuerpos de sus padres yacían sin vida. Su madre, Nora, tenía los ojos abiertos, su expresión congelada en una mezcla de terror y sorpresa. Su padre, Gavrel, estaba desplomado sobre el volante, la sangre corriendo en delgados riachuelos desde su sien.

Erlea sintió que algo dentro de ella se rompía en mil pedazos.

Erlea- No, no.

Su voz era apenas un jadeo.

El mundo alrededor se volvió un murmullo lejano. Los relámpagos iluminaban por breves instantes la escena, como fotografías macabras que quedaban grabadas en su mente.

La sirena de una ambulancia a lo lejos. Voces. Pasos apresurados.

Jin- ¡Tenemos una sobreviviente!

Gritó alguien.

Luces cegadoras la envolvieron. Aquellas manos la tocaron, intentaron moverla, pero el dolor fue insoportable. Un grito escapó de su garganta antes de que la oscuridad la reclamara.

El sonido de un monitor cardíaco fue lo primero que percibió al despertar. Un pitido constante y rítmico que perforaba el denso vacío en el que había estado sumida. Sintió su cuerpo pesado, entumecido, como si no le perteneciera.

Abrió los ojos con esfuerzo. La luz blanca del hospital la cegó por un instante. Un techo impoluto, una lámpara encendida, cortinas pálidas rodeándola. Olía a desinfectante y a algo metálico.

Intentó moverse, pero un dolor agudo la hizo jadear. Miró su pierna. Vendajes gruesos cubrían la zona donde el fierro la había atravesado. Su brazo también estaba vendado y tenía un moretón oscuro en la clavícula.

Parpadeó varias veces. Su mente era un torbellino. Imágenes fragmentadas del accidente volvieron de golpe, la lluvia, los faros, el grito de su madre, la sangre.

La sangre.

Un escalofrío la recorrió. Sus padres.

Se incorporó de golpe, ignorando el ardor que le atravesaba el cuerpo. Sus labios se entreabrieron para pronunciar sus nombres, pero ningún sonido salió de su garganta. No quería decirlo. No quería preguntar. Porque una parte de ella ya sabía la respuesta.

Entonces, la puerta se abrió.

Una enfermera entró, sorprendida de verla despierta.

Diana- Oh, señorita, no te esfuerces. Acabas de despertar.

Pero Erlea apenas la escuchaba.

Erlea- Mis padres ¿Dónde están?

La enfermera titubeó. Bajó la mirada, y en ese gesto, Erlea lo supo.

No necesitaba que se lo dijeran. Lo había visto con sus propios ojos. Pero escucharlo haría que todo fuera real, definitivo.

El pecho se le oprimió. El mundo a su alrededor comenzó a cerrarse en una burbuja sofocante.

Diana- Lo siento mucho

Murmuró la enfermera, con una tristeza genuina en los ojos.

Y entonces, la realidad la golpeó como una ola helada.

Un grito desgarrador resonó en el pasillo.

Julieta- ¡Déjenme pasar! ¡Han pasado 2 meses y no me dicen nada!

La voz de Julieta era una mezcla de desesperación y furia.

Erlea parpadeó, confundida. Su corazón, adormecido por el dolor, dio un vuelco.

Pov Erlea- ¿Julieta?

La enfermera también escuchó el alboroto y se giró hacia la puerta con preocupación.

Erlea- ¿Qué pasa ahí afuera?

Preguntó Erlea, aunque ya conocía la respuesta.

Diana- Una chica que ha estado aquí por una paciente. Pero no la dejan entrar porque no es familia. Pero lleva horas insistiendo, viene todos los días a la misma hora, desde hace 2 meses.

Otro grito retumbó.

Erlea- ¿Chica?

El sonido de forcejeos y voces firmes de los guardias llegaron hasta la habitación. Erlea sintió un nudo en la garganta. Julieta estaba ahí. Julieta estaba peleando por verla.

Erlea- Quiero verla.

Susurró.

Diana- No creo que debas moverte mucho.

Erlea- ¡Por favor!

Algo en su mirada hizo que la enfermera suspirara y asintiera.

Diana- De acuerdo, pero iremos con cuidado.

Con paciencia, la ayudó a ponerse de pie. Un dolor punzante recorrió su pierna, pero se sostuvo en la enfermera. Con pasos temblorosos, avanzó hasta la puerta y, en cuanto la abrieron, la vio.

Julieta forcejeaba con un guardia, su rostro enrojecido por la ira y los ojos llenos de lágrimas.

Erlea- ¡Julieta!

La voz de Erlea la detuvo de golpe. Julieta giró la cabeza y, al verla de pie, se cubrió la boca con ambas manos.

Julieta- Erlea.

El guardia la soltó, sorprendido por la escena. Pero Julieta ya no se preocupó por él. Corrió hacia Erlea y la atrapó en un abrazo desesperado.

Julieta- Pensé que te había perdido.

Susurró contra su cuello, su voz quebrada.

Erlea cerró los ojos y se aferró a ella con todas sus fuerzas, sintiendo por primera vez desde el accidente que no estaba completamente sola.

El abrazo de Julieta era cálido, desesperado, como si aferrarse a Erlea fuera la única manera de asegurarse de que estaba realmente viva. Los sollozos de ambas se mezclaron en el silencio del pasillo del hospital.

Julieta- No vuelvas a asustarme así.

Susurró Julieta, con la voz rota.

Erlea- No era mi intención.

Respondió Erlea, sintiendo cómo su propia garganta se cerraba.

Se separaron lo suficiente para mirarse a los ojos. Las pupilas de Julieta estaban cristalinas por las lágrimas, pero en ellas ardía una emoción más profunda. Con suavidad, levantó una mano y acarició la mejilla de Erlea con la punta de los dedos.

Julieta- Te juro que cuando supe lo del accidente, sentí que el mundo se acababa. No podía perderte, Erlea. No a ti.

Erlea sintió su corazón latir con fuerza. Había algo en la manera en que Julieta la miraba, en la forma en que su mano temblaba sobre su piel. Su respiración se volvió más lenta, consciente de la cercanía, del calor compartido entre ellas.

Julieta bajó la mirada a los labios de Erlea, y por un instante, la distancia entre ambas pareció desvanecerse.

Pero entonces, la tensión se rompió con un sonido seco: el golpe de unos tacones resonando en el pasillo.

Kitsu- Vaya, vaya. No me esperaba este espectáculo tan conmovedor.

Ambas se giraron de golpe. En el umbral de la puerta estaba Kitsu, con una expresión de superioridad dibujada en el rostro.

Llevaba un abrigo largo, oscuro, con detalles de cuero en las mangas. Su cabello, lacio y perfectamente peinado, marcaba unos ojos afilados y calculadores. Todo en ella destilaba autoridad, desde la forma en que se mantenía erguida hasta el leve desdén en su sonrisa.

Los guardias, que minutos antes se habían negado a dejar entrar a Julieta, ahora ni siquiera se atrevían a respirar sin su permiso.

Julieta- ¿Quién es usted?

Erlea- Kitsu.

Susurró Erlea, aún con la voz débil.

La recién llegada inclinó la cabeza y chasqueó la lengua.

Kitsu- Me sorprende que me recuerdes. Han pasado meses.

Erlea- ¿Qué haces aquí?

Kitsu se acercó con paso lento y meticuloso.

Kitsu avanzó con su típica elegancia, su rostro sereno y su mirada fija en Erlea. Su sola presencia imponía respeto, pero en cuanto cruzó la puerta y la vio realmente de cerca, su expresión cambió por completo.

Kitsu- Tienes un aspecto horrible.

Murmuró, mientras entraban a la habitación de Erlea.

Erlea no tuvo tiempo de responder antes de que Kitsu rompiera la distancia entre ellas y la abrazara con fuerza. No con su frialdad habitual, no con la superioridad con la que solía dirigirse a todos. La sujetó con desesperación, como si temiera que si la soltaba, Erlea desaparecería.

Kitsu- Estaba tan preocupada.

Susurró, con la voz temblorosa.

Erlea sintió el cuerpo de Kitsu temblar ligeramente. Era la primera vez que la veía así: vulnerable, sincera, sin la máscara de la jefa intocable que siempre mostraba al mundo.

Erlea- Kitsu.

Erlea parpadeó, sorprendida.

Kitsu- No vuelvas a hacerme esto.

Le exigió, separándose apenas para mirarla a los ojos.

Kitsu- Cuando supe lo que pasó, cuando me enteré de que estabas aquí, pensé lo peor. No lo soporté.

Kitsu llevó una mano al rostro de Erlea y acarició su mejilla con el pulgar, como si necesitara asegurarse de que era real.

Julieta, aún de pie junto a ellas, las observaba con una mezcla de desconfianza y sorpresa.

Julieta- ¿Ustedes se conocen bien?

Preguntó, sin ocultar su desconfianza.

Kitsu suspiró y se apartó con delicadeza de Erlea, aunque aún mantenía una mano sobre su hombro.

Kitsu- No somos familia de sangre, pero siempre he considerado a Erlea como mi hermana menor.

Admitió, girándose hacia Julieta.

Kitsu- Tu debes ser mi querida cuñada, ¿Verdad?

La última vez que vi a Erlea, me pasó hablando sobre ti.

Julieta sintió su rostro arder de inmediato.

Julieta- ¿Cuñada?

Balbuceó, mirando a Erlea con los ojos bien abiertos.

Erlea, que ya estaba colorada desde antes, ahora parecía un tomate.

Erlea- ¡Kitsu!

Protestó en voz baja, evitando la mirada de Julieta, pero Kitsu solo sonrió con malicia y cruzó los brazos.

Erlea- ¿Qué? Es la verdad.

Me pasé meses escuchando tu nombre cada vez que hablaba con Erlea. Que si “Julieta esto”, “Julieta lo otro”, “Julieta es increíble”.

Kitsu puso una voz exagerada y dramática, imitando a Erlea de forma burlona.

Kitsu- Y ahora resulta que apenas llevan cinco meses. Me siento engañada, ¡pensé que ya estarían casadas o algo!

Julieta no sabía qué hacer con tanta vergüenza. Se cubrió la cara con ambas manos mientras Erlea murmuraba algo incomprensible, claramente deseando desaparecer en ese momento.

Erlea- ¡Deja de decir tonterías, Kitsu!, Tenemos 17 años.

Soltó Erlea, sin poder levantar la mirada.

Kitsu se llevó una mano al pecho, fingiendo ofensa.

Kitsu- ¿Tonterías? Solo digo la verdad. Es más, me sorprende que hayas tardado tanto en confesarle tu amor a Julieta después de tanto hablar de ella.

Julieta- ¿Qué?

Erlea golpeó ligeramente a Kitsu en el brazo, avergonzada, mientras Julieta parecía querer enterrarse en el suelo.

Erlea- ¡Cállate ya!

Kitsu soltó una carcajada, completamente divertida con la situación.

Kitsu- Deberían verme ahora mismo. Sus caras están tan rojas que casi combinan con las cortinas de la habitación.

Antes de que pudiera seguir molestandolas, la puerta de la habitación se abrió de golpe.

Naoki- ¡Kitsu!

Un hombre de cabello castaño y ojos verdes entró con paso firme. Su expresión estaba llena de desaprobación, y antes de que Kitsu pudiera siquiera girarse del todo, él ya le había dado un golpe en la cabeza con la palma de la mano.

Naoki- ¡¿Pero qué demonios estás haciendo?!

Kitsu soltó un quejido y se frotó la cabeza, volteando hacia él con una mueca.

Kitsu- ¡Naoki! ¿Qué haces aquí?

Naoki, sin inmutarse, suspiró con exasperación antes de dirigirle una mirada disculpándose a Erlea y Julieta.

Naoki- Lo siento mucho por el comportamiento infantil de mi esposa. A veces no sabe cuándo parar.

Kitsu- ¡Oye!

Protestó Kitsu, pero Naoki la ignoró.

Se giró hacia Erlea y Julieta, inclinando ligeramente la cabeza en señal de disculpa.

Naoki- Lamento que hayan estado molestadas. No tienen porqué soportar sus tonterías.

Julieta, aún roja como un tomate, apenas pudo responder.

Julieta- No pasa nada.

Erlea, aunque aún avergonzada, dejó escapar una pequeña risa al ver la forma en que Naoki regañaba a Kitsu como si fuera una niña traviesa.

Erlea- Está bien, Naoki. Aunque sí podrías controlarla un poco más.

Naoki suspiró, mirando de reojo a su esposa.

Naoki- Créeme, lo intento. Pero es más difícil de lo que parece.

Kitsu bufó, cruzándose de brazos con una sonrisa divertida.

Kitsu- Vamos, amor, solo estaba divirtiéndome un poco.

Naoki la fulminó con la mirada.

Naoki- Deja de hacerlas pasar vergüenza.

Kitsu levantó las manos en señal de rendición, aunque su sonrisa traviesa no desapareció.

Kitsu- Está bien, está bien. Pero sigo diciendo que fue adorable.

Erlea y Julieta se miraron por un segundo antes de desviar la mirada rápidamente, aún sintiendo el calor en sus mejillas.

Naoki suspiró nuevamente y se giró hacia ellas.

Naoki- De nuevo, lo siento.

Erlea solo sonrió levemente.

Erlea- Gracias por preocuparte, Naoki. Y gracias por venir, Kitsu.

Kitsu le guiñó un ojo.

Kitsu- Siempre. Aunque no he terminado de molestarlas, por ahora.

Naoki le dio otro golpe en la cabeza.

Kitsu- ¡Auch! ¡Naoki!

Naoki- Compórtate.

Kitsu chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, mirando a Naoki con fingida indignación.

Kitsu- Eres un aguafiestas, amor.

Naoki la miró con cansancio, pero luego soltó un suspiro resignado y le revolvió el cabello con cariño.

Naoki- Alguien tiene que ser el adulto en esta relación.

Erlea y Julieta observaron la escena con curiosidad. A pesar de la actitud traviesa de Kitsu y el aparente regaño de Naoki, estaba claro que había una dinámica especial entre ellos. Eran una pareja equilibrada de una manera extraña pero armoniosa.

Julieta, todavía sintiendo el calor en sus mejillas, intentó cambiar de tema antes de que Kitsu retomara su molesta conversación sobre confesiones y matrimonios.

Julieta- ¿Cómo es que ustedes dos se conocieron?, Digo, es porque es la primera vez que los veo a ambos juntos.

Preguntó, más por distracción que por verdadera curiosidad.

Naoki levantó una ceja y sonrió con un dejo de nostalgia.

Naoki- Nos conocimos, debido a que nuestro matrimonio fue arreglado. Pero les podría contar de como me enamoré de ella.

Fue en una reunión de negocios. Kitsu se metió en problemas, como de costumbre.

Kitsu rodó los ojos.

Kitsu- Por favor, eso es una exageración. Solo hice enojar a algunas personas influyentes.

Naoki le lanzó una mirada significativa.

Naoki- Le aventaste una copa de vino encima a un CEO.

Erlea y Julieta parpadearon al mismo tiempo.

Erlea- ¿Qué?

Soltó Erlea, sorprendida.

Kitsu se encogió de hombros, restándole importancia.

Kitsu- Se lo merecía. Intentó tocarte.

La expresión de Naoki se endureció por un segundo, pero luego suspiró.

Naoki- Después de eso, tuve que intervenir para evitar que la echaran a patadas del evento.

Kitsu sonrió con diversión y se inclinó hacia Naoki, dándole un beso rápido en la mejilla.

Naoki- Y así fue como conocí al amor de mi vida.

Naoki desvió la mirada con un leve sonrojo y se aclaró la garganta.

Erlea- No fue tan romántico como lo haces parecer.

Naoki- Para mí sí lo fue.

Sonriendo ampliamente.

Julieta y Erlea se miraron con sorpresa ante la escena. Era extraño ver a Naoki tan afectuosa después de haberla conocido como alguien tan molesta y burlona.

Pero antes de que pudieran hacer otro comentario, Kitsu giró su mirada traviesa hacia ellas de nuevo.

Kitsu- Pero bueno, ya que estamos hablando de romance.

Su sonrisa se amplió.

Kitsu- Volvamos a nuestra adorable parejita.

Erlea y Julieta se pusieron tensas de inmediato.

Naoki- No tienes remedio.

Erlea dio un suspiro.

Erlea- ¿Pudieron recuperar algo de lo que llevaba?

Naoki dejó escapar un leve suspiro y asintió.

Naoki- La mayoría de las cosas se quemaron.

Julieta y Erlea se quedaron en silencio, sintiendo el peso de esas palabras. Kitsu, sin su usual tono burlón, sacó algo de la bolsa que llevaba y lo puso sobre la mesa.

Kitsu- Pero logramos recuperar algunas cosas.

Erlea bajó la mirada hacia el pequeño paquete envuelto en una tela oscura. Sus dedos se crisparon por un momento antes de extender la mano para tomarlo. Era más ligero de lo que esperaba.

No lo abrió.

Sabía que dentro podían estar las últimas piezas de algo que ya no existía. No estaba lista.

Julieta la observó con el ceño fruncido, pero no dijo nada. Sabía que si Erlea no lo abría ahora, era porque aún no estaba preparada para enfrentarlo.

El silencio fue interrumpido por la voz de Kitsu, que volvió a sonar más relajada, aunque aún con un tono sombrío.

Kitsu- En una semana me darán el alta. Y ese día, te entregarán las cenizas de Gavrel y Nora.

La mandíbula de Erlea se tensó apenas, pero no bajó la mirada. No lloró. Solo se quedó en silencio.

Julieta la miró de reojo, sintiendo una presión en el pecho.

Era la primera vez que Erlea escuchaba esa noticia, y sin embargo, no mostró una sola emoción en su rostro.

Kitsu desvió la mirada, cruzándose de brazos.

Kitsu- Bueno, solo quería que lo supieras.

Naoki observó a Erlea con detenimiento, pero no hizo preguntas.

El silencio se alargó entre ellas, pesado, denso.

Hasta que Erlea, finalmente, habló.

Erlea- Entiendo.

Julieta apretó los labios. Quería decir algo, cualquier cosa que pudiera aliviar la tensión en el aire, pero no encontró palabras que no sonarán vacías.

Kitsu suspiró y se recostó contra el respaldo de la silla, jugando con una hebra suelta de su chaqueta.

Kitsu- Bueno, al menos tendrás tiempo para prepararte.

Erlea asintió lentamente, pero no respondió. Sus dedos aún apretaban la tela oscura que envolvía lo que le habían entregado. No se atrevía a soltarlo, pero tampoco podía reunir la voluntad para abrirlo.

Naoki miró de reojo a Kitsu, advirtiéndole en silencio que no siguiera insistiendo. Luego, volvió la vista a Erlea.

Naoki- Si necesitas ayuda con cualquier cosa, avísanos.

Erlea apenas inclinó la cabeza en un gesto de agradecimiento.

Julieta sintió un nudo en la garganta. No era justo. No era justo que Erlea tuviera que cargar con tanto dolor y aun así se obligará a mantenerse firme.

El viento sopló suavemente desde la ventana, moviendo las cortinas con una brisa fría. En el fondo, se escuchaban los murmullos de otros pacientes y el sonido lejano de una ambulancia.

Kitsu rompió el silencio con un suspiro cansado.

Kitsu- Bueno, nosotros tenemos que seguir trabajando.

Pero su voz no tenía su tono usual de burla.

Naoki- Sí, será mejor que nos vayamos.

Erlea asintió, aunque no hizo ningún esfuerzo por despedirse primero. Julieta, sin pensarlo demasiado, deslizó su mano sobre la de Erlea por debajo de la mesa y la apretó suavemente.

Erlea no reaccionó al principio. Pero después de un momento, entrelazó sus dedos con los de Julieta, aferrándose a ella como un ancla en medio de la tormenta.

Y así la semana pasó.

El hospital estaba sumido en un silencio inquietante. La brisa helada que se colaba por los pasillos hacía que los fluorescentes parpadeabán de forma errática, como si todo el edificio estuviera reteniendo la respiración.

Erlea estaba sentada en el borde de la cama, observando la bolsa de papel marrón sobre la mesita junto a ella. Dentro estaban las cenizas de Gavrel y Nora. Un peso invisible parecía haber caído sobre sus hombros desde el momento en que se las entregaron.

No había llorado.

No había dicho nada.

Julieta estaba junto a la puerta, apoyada contra la pared con los brazos cruzados, observándola con cautela. Había intentado hablar con ella durante la última semana, pero Erlea se mantenía distante, atrapada en un limbo entre la realidad y un vacío insondable.

El sonido de pasos en el pasillo las hizo levantar la mirada.

Naoki y Kitsu aparecieron en la puerta. Kitsu llevaba su chaqueta negra, su postura más rígida de lo normal. Naoki la seguía de cerca, con una expresión seria, diferente a su actitud relajada habitual.

Kitsu- ¿Lista?

Su voz era más suave de lo esperado.

Erlea asintió.

Se puso de pie, tomando la bolsa con ambas manos, sintiendo cómo la textura del papel se arrugaba bajo su agarre.

Julieta tragó en seco.

Julieta- Erlea, ¿Estas bien?

Pero Erlea ya había comenzado a caminar.

El grupo se movió en silencio a través de los pasillos del hospital. La sensación de algo oscuro y denso flotaba en el aire, como si la muerte aún no hubiera terminado con ellas.

Cuando salieron del hospital, el frío era aún más intenso. El cielo estaba cubierto por una densa capa de nubes grises, como si el sol hubiera decidido no aparecer ese día.

Kitsu metió las manos en los bolsillos de su chaqueta, observando a Erlea con disimulo.

Kitsu- ¿Quieres que te llevemos?

Erlea negó con la cabeza.

Erlea- Yo me encargo.

Su voz era un hilo, pero firme.

Julieta la miró con inquietud. Algo estaba mal.

Julieta sintió que su pecho se apretaba con fuerza. No podía dejar que Erlea hiciera esto sola.

Sin pensarlo dos veces, se apresuró tras ella.

Julieta- Voy contigo.

Erlea se detuvo por un instante, como si estuviera decidiendo si rechazar su compañía, pero al final solo asintió y siguió caminando.

Julieta no dijo nada más. Solo caminó a su lado, sus pasos en perfecta sincronía con los de ella.

El camino hasta la playa fue silencioso, acompañado solo por el murmullo lejano de la ciudad y el crujido del viento contra los árboles. Cuando finalmente llegaron, el aroma salado del mar las envolvió, y la brisa fría revolvió sus cabellos.

Erlea se detuvo en la orilla, dejando que el viento le azotará su rostro.

El sol comenzaba a descender en el horizonte, tiñendo el cielo con tonos naranjas y púrpuras. Las olas rompían suavemente en la orilla, un sonido rítmico y constante, casi hipnótico.

Después de un largo minuto, Erlea caminó hasta un banco de madera cercano y se dejó caer sobre él. Julieta la siguió, sentándose a su lado sin decir una palabra.

Las manos de Erlea temblaban ligeramente cuando abrió la bolsa y sacó las dos pequeñas urnas. Las sostuvo sobre su regazo, mirándolas en silencio, para luego abrazarlas y dejarlas al lado de ella, poniendo su mano sobre la urna de su madre.

Julieta la observó de reojo. La expresión de Erlea era inescrutable, pero en sus ojos oscuros brillaba algo que no había estado ahí antes.

El viento sopló con más fuerza, y Erlea entrecerró los ojos, como si estuviera tratando de encontrar las palabras correctas en la brisa salada.

Erlea- Nunca pensé que los perdería así, ese día era perfecto. Incluso compramos regalos para todos, te había comprado un hermoso collar, y mis padres unas joyas para mis suegros. Era tan bonito, pero todo se derrumbó.

Susurró de repente, su voz apenas audible sobre el sonido del mar.

Julieta tragó con dificultad.

Julieta- Nadie está preparado para algo así.

Erlea sonrió, pero no era una sonrisa feliz.

Erlea- Tienes razón, ellos de seguro no querrán que siga triste.

El silencio volvió a instalarse entre ellas.

El sol siguió bajando en el cielo, pintando el océano con reflejos dorados y violetas.

Después de un rato, cuando las últimas luces del atardecer comenzaron a desvanecerse, Erlea se levantó lentamente. Julieta la observó, notando cómo el peso de la situación parecía aliviarse en parte, aunque no completamente. No había lágrimas, solo un vacío que se había instalado en su interior.

Juntas caminaron de vuelta al auto. En el camino, la ciudad parecía más sombría que de costumbre. La oscuridad se cernía sobre ellas, pero Julieta permaneció cerca, sin dejar que Erlea estuviera sola en su dolor.

Cuando llegaron a la casa de Julieta, ella la acompañó hasta la puerta, aunque no dijo nada más. Sabía que Erlea necesitaba tiempo, y en ese momento, las palabras no podían hacer mucho por aliviar el peso que llevaba sobre sus hombros.

Julieta- Nos vemos pronto.

Fue lo único que Julieta dijo antes de despedirse con un abrazo silencioso.

Erlea asintió, su rostro inexpresivo pero agradecido por el gesto. Luego, subió al auto y se dirigió a su propia casa.

Al llegar, la casa le pareció aún más vacía de lo que recordaba. El eco de sus pasos resonaba en los pasillos, y cada rincón parecía estar marcado por la ausencia de sus padres. El silencio era abrumador, pesado, como una presencia invisible que la envolvía.

Cerró la puerta detrás de sí y se quedó un momento en la entrada, mirando alrededor. Todo seguía igual, pero ya nada parecía ser lo mismo.

Con una respiración profunda, se dirigió al pequeño salón. Allí, debajo de la foto de ella con sus padres, estaba una pequeña mesa de madera que había sido parte de su vida cotidiana. Decidió limpiarlo. Pasó un trapo por encima, sacando el polvo que había acumulado con el paso de los días. Cuando terminó, la superficie quedó limpia y reluciente, lista para recibir lo que había traído consigo.

Erlea sacó las urnas con delicadeza, sus manos temblando ligeramente mientras las sostenía. Colocó las dos urnas sobre el mesón, a un lado de la foto, con sus respectivas imágenes enmarcadas. Gavrel y Nora la observaban desde la fotografía, sonriendo en un momento feliz de su vida. Los recuerdos de esos momentos felices se mezclaban con el dolor del presente, creando una sensación de vacío y nostalgia que parecía imposible de llenar.

Erlea se quedó mirando las urnas por un largo rato. No había llanto, no había gritos. Solo el silencio, el mismo que había llenado su casa, que ahora parecía ser su única compañía.

Se sentó en el sofá, observando las urnas mientras la luz de la lámpara lanzaba sombras suaves sobre las paredes. La noche había llegado por completo, y el único sonido era el suave golpeteo de la lluvia contra las ventanas.

Erlea se permitió un suspiro. Había hecho lo que debía hacer, pero el dolor seguía ahí, con la misma intensidad que cuando recibió la noticia.

Permaneció allí durante lo que pareció una eternidad, sumida en sus pensamientos, hasta que el sueño finalmente la alcanzó, arrastrándola hacia un descanso que no traía consuelo, solo la promesa de que el mañana llegaría, y con él, otro día de silencio.

Continuará.



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