La reina marcada

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Sinopsis

🌶️ Necesitaba casarse con el MONSTRUO. —Lo amo —susurré. Las palabras cortaron el silencio, afiladas e implacables. La mandíbula de Caelum se tensó, sus ojos verdes clavándose en los míos. —Lo sé. —Entonces, ¿por qué actúas así? Su risa fue oscura. Áspera. —Porque yo también te amo, Eve. Y me está matando. Se suponía que Eve Montrose, hija de un poderoso Alfa, jamás debía casarse con Caelum Alaric, el despiadado Alfa temido como el Monstruo. Pero cuando la guerra amenazó a su manada, no tuvo otra opción. Forzada a un vínculo con un hombre al que despreciaba, juró odiarlo para siempre. Hasta que dejó de hacerlo. Porque, en algún lugar entre su contacto brutal y su inesperado instinto protector, entre la guerra que libraban y las noches que él pasaba susurrando su nombre, Eve se enamoró de él. Se convenció de que era el destino. De que su true mate —aquel destinado para ella— estaba muerto. Pero el destino es cruel. Porque Gavriel Thorn, el mate que creía perdido, está vivo. Y ahora, ella está atada a ambos. Dividida entre el deber, el amor y una profecía que exige sacrificios, Eve debe decidir: romper el vínculo, elegir a uno… o desafiar al destino y reclamarlos a ambos.

Genero:
Fantasy/Romance
Autor/a:
B E Harmel
Estado:
Completado
Capítulos:
50
Rating
4.8 12 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Chapter 1

POV: Eve

«No». Mi voz apenas es un susurro, pero retumba en el despacho de mi padre como una sentencia de muerte.

Él no se inmuta. Ni siquiera parpadea. Solo me mira con esa mirada inflexible y calculadora; la mirada de un hombre que ya ha tomado su decisión.

«No», digo de nuevo, esta vez más alto, con el pecho tan oprimido que apenas puedo respirar. «No puedes obligarme a hacer esto».

«Ya está hecho».

Las palabras me golpean más fuerte que una bofetada. Las rodillas casi me flaquean.

«No». Sacudo la cabeza con violencia, como si la pura fuerza pudiera deshacer su decisión. «No, no entiendes, no puedes...».

«Lo entiendo perfectamente», dice con voz fría como el acero. «Eres mi hija y harás lo necesario por esta manada».

El estómago se me revuelve. Me tiemblan las manos. Siento que el suelo se desmorona bajo mis pies y, por más que intento agarrarme a algo —a lo que sea—, sigo cayendo.

«Me estás vendiendo», digo con voz ronca y entrecortada. «Me vendes a un monstruo».

Un destello cruza su rostro; quizá culpa, quizá arrepentimiento. Pero desaparece tan rápido como apareció. «Estoy asegurando nuestro futuro».

Suelto una risa ahogada, aguda y rota. «¿Nuestro futuro?». Mi corazón late tan rápido que duele. «No, esto es sobre ti. Sobre tu alianza, tu poder y tu maldita mina de plata».

Aprieta la mandíbula. «Se trata de mantenerte con vida».

Algo afilado y helado se clava en mis costillas. «Mientes».

«¿Eso crees?». Su voz baja, firme y despiadada. «¿Tienes alguna idea de lo que se avecina? ¿Qué pasará si no aseguramos esta alianza?».

«¡No me importa!». Las palabras salen de mí y ni siquiera me doy cuenta de que estoy gritando hasta que me arde la garganta. «No me importa lo que le pase a esta manada si eso significa entregarme a él».

Caelum Alaric.

El simple nombre hace que se me suba la bilis a la garganta.

El alfa de la manada Shadowfang. Un hombre del que se habla con miedo. Un hombre cuyo nombre está empapado en sangre.

Un hombre que mató a su propia compañera.

Mi respiración se entrecorta.

Esto no está pasando. Esto no puede estar pasando.

«Me iré», susurro, apenas capaz de articular las palabras. «Me marcharé antes de que puedas...».

«No lo harás».

Su seguridad me revuelve el estómago.

Giro hacia la puerta, pero antes de que pueda dar un solo paso, dos guardias entran y bloquean mi camino.

Una jaula. Estoy en una jaula.

Y no hay salida.

Un sollozo escapa de mi pecho, pero lo reprimo. No voy a romperme. No lo haré.

Miro a mi padre con la vista borrosa por las lágrimas contenidas. «Nunca lo amaré».

Él exhala, con una sombra de tristeza en la mirada. «No te estoy pidiendo que lo hagas».

Eso debería ser un alivio.

No lo es.

Porque el amor no es lo peor que podría pasar en un matrimonio como este.

La supervivencia lo es.

«¿Por qué él?». Mi voz tembló, pero no me importó.

Me puse frente a mi padre con las manos cerradas en puños, clavándome las uñas en las palmas como si el dolor pudiera anclarme a la realidad. Porque, seguramente, esto no podía ser real.

«¿Por qué el monstruo?». Escupí la palabra como si fuera veneno mientras negaba con la cabeza. «Caelum Alaric mató a su compañera, la que la Luna eligió para él. ¿Cómo esperas que crea que esto no es una sentencia de muerte?».

Mi padre exhaló y se frotó el rostro cansado. Había envejecido en los últimos meses: más arrugas, más sombras bajo los ojos. Pero su compasión no me haría cambiar de opinión. No cuando me estaba vendiendo a un hombre temido en todas las fronteras.

«No es una sentencia de muerte», dijo con voz baja y controlada, como si se guardara algo. «Es una alianza. Una que nos mantendrá a ti, y a todos nosotros, con vida».

Solté una risa amarga y di un paso atrás. «¿Con vida? ¿Crees que seguiré viva atada a él? ¡No me quiere, padre! Para él no seré nada».

Él suspiró. «Me dio su palabra...».

«¿Su palabra?». Le interrumpí con la sangre helada. «Su palabra no significa nada. Un hombre como él no hace promesas. Él toma. Él destruye».

La mirada de mi padre se volvió más dura, su paciencia se agotaba. «No lo conoces, Eve».

«¡Y tú tampoco!». Le respondí con el pecho agitado. «¿Con qué te amenazó? ¿Qué te ofreció para que me arrojaras a él de esta manera?».

Su expresión se endureció y su mandíbula se volvió piedra. «Hice esto para protegerte».

«Entonces déjame rechazarlo», susurré. «Déjame negarme. Tengo elección...».

«No la tienes».

La rotundidad de su tono me dejó sin aliento.

«No lo entiendes, Eve», dijo, esta vez más suave, pero igual de firme. «Rechazarlo es la sentencia de muerte. No solo para ti, sino para nosotros. Para todos nosotros».

Negué con la cabeza, con la mente a mil por hora. «¿Crees que Caelum Alaric masacraría a una manada entera por ?».

Mi padre no parpadeó.

Y en ese momento lo supe.

En ese momento entendí el peso de mi destino.

Caelum lo haría.

Podría hacerlo.

Y lo haría sin parpadear.

Un miedo lento y aplastante se instaló en mi pecho, presionando, apretando, haciéndome imposible respirar. No había escapatoria. No había salida.

Podía negarme y ver cómo mi familia, mi gente, toda mi manada ardía.

O podía casarme con el monstruo y rezar para que no me destruyera.

Sentí la mano de mi padre en mi hombro, un gesto cargado de palabras no dichas. «Sé que no es justo. Pero es la única manera».

Las lágrimas me quemaban los ojos, pero me negué a dejarlas caer. Si este era mi destino, no me rompería, no aquí y no ahora.

Levanté la barbilla y tragué el sollozo que tenía en la garganta.

«Entonces espero que tengas razón», susurré. «Porque si te equivocas, acabas de condenarme a un destino peor que la muerte».

Y, dicho esto, me di la vuelta; porque si lo miraba un segundo más, me haría pedazos.

La puerta de mi habitación está cerrada con llave.

Lo sé porque lo intenté. Sacudí el picaporte hasta que me dolieron los dedos y golpeé la pesada madera con los puños hasta que me quedaron flojos los brazos. Nadie vino. Nadie escuchó.

Soy una prisionera en mi propia casa.

Mi cama está cubierta de vestidos, capas y pieles, doblados con esmero por los sirvientes que mi padre envió antes. Empaca tus cosas. Te vas hoy.

Hoy.

Un vacío retorcido se apodera de mi pecho. Esta mañana pensaba que tenía tiempo. Tal vez días, tal vez semanas. Una oportunidad para contraatacar. Pero mi padre nunca tuvo la intención de dármela. Mi destino estaba sellado mucho antes de que me llamaran a ese salón.

Trago el nudo que tengo en la garganta y aprieto los puños. No empaco porque quiera irme. Lo hago porque me niego a dejar que alguien más lo haga por mí.

Llaman a la puerta.

No es una llamada vacilante. Es una orden.

El picaporte gira y, esta vez, la puerta no está cerrada. Dos guardias entran con expresión impasible.

«Es la hora», dice uno de ellos.

No me muevo. El corazón me martillea con tanta fuerza que duele.

No quiero irme. Quiero pelear, arañar y gritar hasta que me quede sin voz. Pero sé la verdad. La he sabido desde el momento en que mi padre tomó su decisión.

Perdí antes de tener siquiera la oportunidad de luchar.

Así que levanto la barbilla, enderezo los hombros y salgo por esa puerta como si yo tuviera el control.

Como si esto no fuera mi ejecución.

El gran salón está frío cuando entro. El aire es denso por el silencio, cargado de algo no dicho.

Y entonces lo veo.

Caelum Alaric está cerca del centro del salón, con la postura rígida mientras mi padre le habla en voz baja. Al principio no me mira, pero su presencia es asfixiante, innegable.

Alto. Ancho. Un depredador en reposo.

Su túnica es negra, ribeteada con hilos de plata, y la pesada capa sobre sus hombros le da el aire de un gobernante al que el miedo no puede tocar. Una espada descansa en su cadera, con la empuñadura desgastada por el uso, pero no me cabe duda de que podría matar con sus manos con la misma facilidad.

Luego están sus ojos.

No son solo verdes. Son afilados. Crueles. Como cuchillas forjadas en hielo.

Algo se oprime en mi pecho.

Entonces, su mirada se desplaza hacia mí.

Y entiendo por qué la gente le teme.

Las historias lo han seguido como sombras: rumores de un alfa sin piedad, una bestia de guerra que sacrificó a su propia compañera y derramó la sangre de su amigo más cercano.

Y ahora, debo ser su esposa.

«Eve», dice mi padre. «Ven aquí».

Obligo a mis piernas a moverse. Cada paso es medido, aunque mi pulso tamborilea como tambores de guerra bajo mi piel. Cuando llego hasta ellos, levanto la barbilla y sostengo la mirada de Caelum.

«No quiero esto», digo. Mi voz es firme.

Un destello cruza su mirada, demasiado breve para identificarlo.

«Está... reacia», murmura mi padre. «Ya aprenderá».

Giro la cabeza hacia él bruscamente. «Dime, padre, ¿qué pasa con mi verdadero compañero? ¿Y si está ahí fuera?».

Silencio.

Caelum habla primero.

«No lo está».

La rotundidad de su tono hace que se me caiga el alma a los pies. «No puedes saber eso».

«Lo sé». Su voz es tranquila, inquebrantable. «Está muerto».

No debería doler. No debería importarme. Pero las palabras golpean como una cuchilla entre mis costillas.

«Mientes».

No hay emoción en su rostro. «No tengo motivos para hacerlo».

Se me cierra la garganta y la rabia hierve bajo mi piel. «¿Y qué hay de tu compañera, Alfa? Tú la mataste, ¿verdad?».

Un silencio agudo y asfixiante cae sobre el salón.

Caelum no se mueve. No se inmuta.

Entonces, lentamente, inclina la cabeza. «Sí».

Un escalofrío recorre mi espalda. Espero que mi padre intervenga, que me reprenda por atreverme a desafiar al hombre que ahora me posee. Pero no lo hace.

Es Caelum quien se acerca. No mucho, solo lo suficiente para que tenga que levantar más la barbilla y encontrar su mirada.

«Si la mataste», digo, forzando un tono de acero en mi voz, «entonces, ¿qué te impide matarme a mí?».

Espero que sonría con sarcasmo. Que se burle de mí.

En cambio, su expresión permanece indescifrable.

«No lo haré».

Dos palabras. Frías. Absolutas.

Una risa amarga escapa de mis labios. «¿Así, sin más? ¿Se supone que debo confiar en la palabra de un hombre que dejó que el mundo creyera que asesinó a su propia compañera?».

«Sí».

Mi pulso se acelera. No hay duda en su voz.

«Mi matrimonio contigo es una alianza, no una sentencia de muerte», continúa Caelum, con voz como de piedra tallada. «Eres valiosa para mí. No tengo razones para hacerte daño. Tendrás seguridad. Comodidad. Un lugar a mi lado».

Un escalofrío me recorre la espalda. No por miedo.

Por otra cosa.

Algo que me niego a nombrar.

«Es la hora», interrumpe mi padre.

Caelum extiende la mano.

Es grande, fuerte, con cicatrices en algunas partes, aunque el resto de él está perfectamente compuesto.

La miro. Luego lo miro a él.

Podría negarme. Podría dejar que este momento se convirtiera en una batalla de voluntades. Pero, ¿qué cambiaría?

Así que levanto mi mano.

En el momento en que nuestras palmas se tocan, una descarga recorre mi brazo y me quema el pecho como un fuego forestal.

Su agarre se aprieta, solo un poco. Lo suficiente para decirme que esto está ocurriendo.

Se me lleva con él.

Y no hay vuelta atrás.

Caelum