Chapter 1
Soy Juvaya, la heredera de Júpiter. Entre los titanes del cosmos, yo soy la que contempla las líneas del destino, la que comprende las fuerzas que unen el caos con el orden. Fui elegida no por mi poder, sino por mi visión. Mientras mis hermanos dominaban con fuego, hielo o luz, yo escuchaba el murmullo de la tormenta y sentía el pulso de la gravedad en el vacío. La tempestad respondía a mi llamado, y la estructura misma del universo se inclinaba a mi voluntad.
Júpiter es el coloso, el guardián del sistema. Ningún otro planeta se le compara, y sus lunas son su legado. Son en total 95, cada una con su propio susurro, su propia historia. Mientras mis hermanos se preocupaban por los reinos distantes, yo recorría estos mundos, conociendo sus tormentas, sus abismos y los secretos que ocultaban en su fría soledad. Ganimedes, la titánica; Europa, la misteriosa; Io, la fiera y Calisto, la antigua. Todas me pertenecen y sin embargo, nunca fueron una carga.
Eran mi devoción.
Pero hoy mi atención ha sido requerida en otro lugar.
Sateriel, el vidente entre los nuestros, ha hablado. Su voz resuena con la urgencia de un presagio. Un mundo que ya conoció el final, un mundo donde la tierra está acabada. Los únicos sobrevivientes no son los humildes ni los olvidados, sino aquellos que compraron su escape. Individuos de clase, de poder, que pagaron su salvación con monedas de oro y privilegio. Por décadas flotaron en el vacío, dormidos en sus cápsulas, mientras el planeta se desplomaba en cenizas y polvo. Ahora han despertado.
Y han regresado.
Antes, teníamos prohibido acercarnos a ellos. Aquellos que una vez vivieron en las estaciones espaciales, alejados de la destrucción que ellos mismos ayudaron a provocar, no merecían nuestra intervención. Pero esta vez es diferente. Sateriel ha visto algo. Ha visto un destino que me involucra.
Una visión en la que yo debo interceder.
No sé qué encontraré allá. No sé si lo que queda de la humanidad está más cerca de la redención o de la condena. Pero iré. Porque soy Juvaya, la heredera de Júpiter, y el destino me ha llamado.
Entre un salto entre el orden y el caos, una fractura en la continuidad de la existencia. Sentí la presión de los espacios plegarse a mi alrededor, la gravedad ceder y reforzarse en un latido cósmico. La tormenta me envolvió, y cuando la luz se disipó, estaba allí.
Bajo mis pies, la tierra era firme y húmeda. Me encontré rodeada de un bosque exuberante, la vida vibrando en cada hoja, en cada brisa cargada de aromas frescos. Árboles colosales se alzaban hacia el cielo, sus copas bailando con la brisa. Una cascada cercana rugía con poder, el agua cayendo en espirales cristalinas sobre un río que serpenteaba con un brillo plateado. Montañas imponentes se alzaban en la distancia, cubiertas de una neblina dorada por la luz del sol.
No era solo la belleza lo que me impactaba, sino lo que significaba. Terraine. Mi hermana había estado aquí. No necesitábamos hablar de nuestras misiones, pero cuando viajábamos a los mundos humanos, siempre reconocía su toque. Todo lo que tocaba florecía, todo lo que dejaba atrás se transformaba en maravilla.
Me sentí orgullosa de ella.
Y al mismo tiempo, me pregunté cómo era posible que los humanos, con toda su inteligencia, fueran capaces de destruir algo así. Esta tierra, que ninguna de sus manos podría jamás recrear, la habían devastado una vez. ¿Por qué no valoraban lo que tenían? ¿Por qué eran incapaces de ver la magnificencia que los rodeaba?
Un crujido interrumpió mis pensamientos.
Luego otro.
Giré levemente la cabeza. Diez figuras emergían de entre los árboles, sus ojos fijos en mí, sus cuerpos tensos. No vestían ropajes de reyes ni insignias de poder. Eran harapos, piel curtida por el sol, manos endurecidas por la supervivencia. Y en sus manos, armas primitivas: lanzas y piedras.
Me quedé inmóvil.
No huí.
No mostré temor.
Me mantuve erguida, con la serenidad de una líder.
Una voz cortó el silencio.
—Preséntate. Dinos quién eres.
Giré mi atención hacia quien había hablado. Y en el instante en que la vi, el mundo entero pareció detenerse.
Su rostro estaba sucio, manchado de polvo y sudor, pero sus ojos... Sus ojos eran un universo propio, un reflejo en el que me encontré perdida. La fuerza en su mirada era tan tangible como el viento que me rodeaba. Había algo en ella, algo que capturó toda mi atención sin esfuerzo.
—Soy Juvaya.
Carraspeé, apartando la sensación con la disciplina de una líder.
—¿Como llegaste?
—Hace mucho tiempo que estoy aquí —dije con calma.
Los murmullos se extendieron entre el grupo. Dudaban. Se miraban entre sí, inseguros.
—Eso es imposible —replicó ella, su tono firme—Hemos recorrido todo esto, y siempre hemos estado solos.
Mantuve mi mirada fija en la suya.
—¿Estás segura?
Los susurros crecieron, la incertidumbre extendiéndose entre ellos. Pero yo no aparté la vista. No me importaban los demás.
Solo ella.








