Personalizar legibilidad
Aa

Entre apuntes y prejuicios. - editorial versión -

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Sinopsis: Thiago Dixon, 23. Estudiante de Derecho, UBA. Nieto de Aníbal Ross, ex militar implicado en la última dictadura; hijo de Eduardo Dixon, financista y operador político en las sombras, y de Isabela Dixon Banegas, exreina de sociedad devenida en ama de casa funcionalmente perversa, junto con su hermano mayor Bautista Dixon “patota” de clase alta: ese tipo de heredero que sabe que la ley está diseñada para protegerlo y que utiliza la violencia física, económica y psicológica como un deporte de dominación y Anna, hermana menor. Thiago, criado para heredar poder, no para sentir nada que no pueda controlarse con una rutina de gimnasio. Su arco no es "el chico malo que se ablanda por amor": es el heredero que descubre, demasiado tarde, que el privilegio no lo protegió de nada, solo le dio herramientas más caras para autodestruirse. Artemis González, 25. Estudiante de Psicología, UBA, casi recibido. Vive en Villa 31 con su padre Raúl González (albañil, recién operado de una hernia) y su hermana María González, 17. Trabaja de mesero en un bar de Palermo cada vez más gentrificado. Queer, ácido, políticamente formado por necesidad más que por elección. Su arco tampoco es una redención: es la historia de alguien que aprende a sobrevivir a costa de ir apagando, una por una, las partes de sí mismo que todavía creían que el mundo podía cambiar.

Genero:
Lgbtq
Autor/a:
narciso
Estado:
Completado
Capítulos:
6
Rating
4.9 8 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capitulo 1: Choque frontal en el aula 305.

El aula 305 de la Facultad de Ciencias Humanas olía a una mezcla de humedad persistente, tiza pulverizada y el perfume industrial del limpiador de pisos que usaban los conserjes. Las paredes, de un blanco que había claudicado hace años ante un tono amarillento, estaban salpicadas de carteles académicos con las esquinas rizadas y cintas adhesivas ennegrecidas por el tiempo. “Derechos Humanos en el sistema penal”, “Protocolo psicológico de entrevista”. El reloj sobre la pizarra marcaba las 8:55 con un tic-tac que sonaba como un latido enfermizo. Afuera, los plátanos del campus sacudían sus hojas como si supieran que adentro, entre esas paredes amarillentas, se iba a librar una guerra. Era la primera clase de Psicología Jurídica, esa materia que los rumores pintaban como un filtro: se podía aprobar fácilmente, o se podía aprender a luchar por una idea.

Thiago Dixon atravesó la puerta con la precisión de un reloj suizo: cinco minutos antes de la hora. Su postura erguida y sus hombros anchos ocupaban el espacio con una confianza que parecía innata. La camisa celeste cara, perfectamente planchada, se tensaba sobre sus músculos desarrollados por años de tenis y rutinas intensivas de gimnasio. Su cabello rubio castaño, cortado con precisión militar en los laterales pero con volumen estudiado en la parte superior, brillaba con el toque justo de gel. El reloj en su muñeca —un Rolex de regalo al ingresar a la carrera— captaba destellos de luz con cada movimiento. Eligió un asiento en la tercera fila: ni muy adelante para llamar la atención, ni muy atrás para pasar desapercibido. Como siempre, el punto exacto donde el mundo giraba a su alrededor sin exigirle nada. Sobre el pupitre, su iPad Pro brilló como un desafío silencioso a la austeridad del aula.

Mientras sacaba sus materiales, captó los murmullos a su alrededor. "Es Dixon". "Su padre es un transa radical que le dio todos los poderes al enano incestuoso", "Siempre son los vendidos de la UCR los que juegan a ser del pueblo y luego se reparten el país", “Por fin un argentino de bien”. Los comentarios no le molestaban; estaba acostumbrado a ellos desde la primaria. A veces venían con admiración, otras con envidia, pero siempre con reconocimiento del linaje que llevaba en la sangre. El apellido Dixon era sinónimo de influencia, de puertas que se abrían antes de siquiera tocarlas.

Cuando el profesor titular de la materia, el Dr. Mauricio Santoro, entró al aula acompañado de la jefe de trabajos prácticos que traía un proyector, los murmullos se disolvieron en un silencio expectante. Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, con el pelo gris acero peinado hacia atrás y una barba recortada con precisión, que enmarcaba un rostro de ángulos severos. Su traje, aunque no era de diseñador, tenía la dignidad de quien conoce el poder de la presencia.

—Psicología Jurídica —anunció como sí fuera su manera de decir buenos días, dejando caer una carpeta gastada sobre el escritorio con un sonido seco y definitivo—. Para algunos de ustedes, esta será solo una materia más en su expediente. Para otros, podría definir su carrera. Pero déjenme ser claro desde el principio: acá no hay respuestas fáciles. Esta materia trata sobre entender al ser humano dentro del sistema judicial, con todas sus complejidades, contradicciones y, sobre todo, zonas grises. Si vinieron buscando una clase para relajarse entre cuatrimestre y cuatrimestre... —hizo una pausa, su mirada recorriendo la sala— todavía están a tiempo de irse.

Algunas risas nerviosas salpicaron el silencio pero nadie se movió.

—Bien —continuó Santoro, ajustándose las gafas de lectura—. El formato del curso es simple pero exigente. Van a trabajar en grupos de dos. Casos reales, expedientes actuales. Y sí, antes de que lo pregunten, los grupos los armamos por sorteo. Porque en la vida real, señores y señoras, no elegimos con quién nos toca colaborar en un caso. El juez asigna, el sistema decide, y ustedes se adaptan.

Thiago contuvo un suspiro de fastidio. Si le tocaba alguien incompetente, ya se veía cargando con todo el trabajo. No sería la primera vez, ni probablemente la última. La pantalla detrás del profesor cobró vida, proyectando una lista de nombres pareados.

Grupo 12: Dixon, Thiago y González, Artemis.

Thiago Dixon levantó la vista del teléfono con la lentitud de alguien acostumbrado a que las cosas lo esperen. Miró alrededor del aula 305 buscando una cara que respondiera a ese apellido y no encontró ninguna que le sirviera.

Sin embargo, el chirrido prolongado y agudo de la puerta al abrirse interrumpió sus pensamientos. Las bisagras oxidadas protestaron como si anunciaran el ingreso de un intruso y todas las cabezas giraron hacia la entrada.

Un chico bajito, de complexión delgada y facciones angulosas, apareció en el umbral. Su respiración agitada y las gotas de sudor en su frente mostraban claramente que había corrido para llegar. Sus ojos grandes y negros, enmarcados por ojeras violáceas, escanearon la sala con una mezcla de ansiedad y determinación. El cabello oscuro, ondulado que caía en su frente, contrastaba con su piel morena clara. Vestía una campera de jean con peluche por dentro bastante vieja y con pin del colectivo LGTBQ+. Debajo, una sweater negro desgastada con el logo borroso de The Neighborhood. Sus jeans negros, ajustados y rotos en las rodillas, terminaban en unos borcegos gastados.

—Disculpen... —murmuró con una voz muy clara a pesar de su volumen bajo.

El Dr. Santoro lo miró por encima de sus gafas.

—¿Nombre?

—Artemis González, profesor. El colectivo...

—Ahórrese las explicaciones, Sr. González. Esta es la única tardanza que toleraré en mi clase. Tome asiento. Anotelo señorita Gil.

Artemis asintió, deslizándose hacia el único lugar disponible en la última fila. Su mochila, una vieja, parcheada y remendada, cayó de su hombro con un ruido sordo. A diferencia de los materiales prístinos de Thiago, Artemis sacó un cuaderno espiral con las esquinas dobladas y un bolígrafo mordisqueado, junto con un teléfono cuya pantalla mostraba varias grietas como una telaraña.

Thiago lo observó con una mezcla de desdén y curiosidad. Todo en ese chico gritaba 'pobre': desde su ropa hasta su apariencia exhausta. 'Uno más que entra por cuota social y termina abandonando a mitad de carrera', pensó, aunque algo en la determinación de esos ojos oscuros lo hizo dudar.

Cuando la profesora Gil, terminó la introducción y les indicó que se reunieron con sus compañeros asignados, Thiago no se levantó. Observó cómo los demás estudiantes se agrupaban, algunos con entusiasmo, otros con resignación. No se movió de su banco. Que se acercara él.

Artemis, que había estado hojeando ansiosamente el programa de estudios fotocopiado el año anterior, levantó la vista y comenzó a buscar a su pareja asignada. Sus ojos recorrieron el aula hasta detenerse en Thiago, el único que permanecía solo. Por un brevísimo instante, una sombra de reconocimiento cruzó su rostro. Pensó que lo había visto en algún lado, pero no sabía dónde.

Se acercó con pasos decididos aunque cautelosos, como todo el que se aproxima a lo desconocido.

—¿Thiago? —preguntó Artemis, con un tono que intentaba sonar profesional pero que no podía ocultar completamente una pátina de recelo.

—Sí —respondió Thiago, evaluándolo de pies a cabeza con una mirada rápida pero exhaustiva—. ¿Vos sos Artemis?

—Sí —confirmó con una sonrisa nerviosa, y extendió una mano con uñas cortas pintadas de negro mate—. Artemis González. Psicología, quinto año.

Thiago lo miró con la parsimonia de alguien que nunca tuvo que apurarse por nada —ni por un profesor, ni por un padre, ni por una fila—; estrechó la mano ofrecida con un apretón firme pero breve, notando las suaves y delicadas manos de Artemis. Aunque eran manos trabajadoras, no de académico.

—Perfecto —dijo Thiago con un tono neutro, indicándole un banco cercano con un gesto de la cabeza—. Sentémonos, así no perdemos más tiempo. —Fue cortante, y directo.

Bajo la atenta mirada de Artemis, Thiago jamás se levantó, ni fue a buscarlo. Este chico venía del privilegio y su interacción con su compañero no parecía importarle, o eso era lo que Artemis intuía. Aun así decidió continuar con su empatía natural, porque jamás es bueno juzgar un libro por su portada.

El caso que les asignaron llegó en una carpeta sellada. Al abrirla, encontraron documentos oficiales, informes psicológicos y transcripciones de entrevistas. Thiago desplegó los papeles con eficiencia metódica: un joven de 17 años acusado de homicidio agravado. Historial de violencia familiar, institucionalización intermitente desde los 7 años, tres diagnósticos psiquiátricos contradictorios y un test de Rorschach que había sido calificado como "inquietante" por el evaluador.

Un caso bomba. Definitivamente.

—Bueno —dijo Thiago, apoyando los codos en el banco, sosteniendo algunos documentos en la manos—. ¿Vos ya leíste la bibliografía o hacemos como que la leímos los dos?

—Yo la leí, tengo un poco de conocimiento en la materia, el año pasado la curse.

—Genial. —Intentó cortar la charla. —Entonces contame de qué se trata mientras yo pienso el título.

Lo dijo sin maldad, o con la maldad automática de quien nunca tuvo que medir sus palabras porque nunca hubo consecuencias reales para ellas. Artemis lo miró un segundo de más, midiendo si valía la pena gastar energía en la respuesta.

—Bueno, esto es bastante claro —dijo Thiago, después de hojear el expediente, con la confianza de quien ya ha llegado a una conclusión—. El pibe es culpable, sin lugar a dudas. Tiene todos los indicadores clásicos: violencia previa, evasión de responsabilidad, falta de empatía, entorno hostil... Dejarlo libre sería un desastre para la sociedad.

Orden, responsabilidad, consecuencias, le había repetido su padre desde pequeño. Y este caso no era la excepción.

Artemis, que había estado leyendo concentradamente el informe psicológico, levantó la vista. Sus ojos, que bajo la luz fluorescente revelaban matices de ámbar, se clavaron en Thiago.

—¿Ah, sí? ¿Y vos qué título le ponés al diagnóstico? —Artemis deslizó el cuaderno hacia el centro del banco, señalando con el dedo las fechas de institucionalización—. Porque acá hay tres diagnósticos diferentes: ¿cuál elegís, el que viene con foto familiar o el que viene con certificado del hospital?

Thiago, quien ya iba por la respuesta evidente, titubeó un segundo. No le gustó que le movieran el terreno. Alzó las cejas, sorprendido por la audacia. Normalmente, la gente no lo desafiaba, y menos alguien que claramente estaba en desventaja social como Artemis.

—Tengo algo que a veces es más valioso: sentido común —respondió con soberbia, y una media sonrisa que no llegaba a sus ojos pero trasuntaba una buena cuota de arrogancia—. Algo que no todos acá parecen tener.

—Sentido común —repitió Artemis, saboreando las palabras como si fueran algo amargo—. Qué concepto tan útil para justificar prejuicios estructurales y saltarse el proceso científico.

El aire entre ellos se congeló un momento. Thiago apoyó los codos en la mesa e inclinó su cuerpo hacia adelante, invadiendo sutilmente el espacio personal de Artemis.

—¿Vos sos de los que creen que todo criminal es una víctima de la sociedad y que todo se arregla con un abrazo y terapia gratuita? —Su tono era tan suave como una caricia pero cargado de condescendencia venenosa.

Artemis no retrocedió ni un milímetro. En lugar de eso, se inclinó también hacia adelante, reduciendo aún más la distancia. El aroma a perfume barato y vaper de sandía se mezclaba con la fragancia costosa de Thiago.

—¿Y vos sos de los que creen que todo se resuelve con mano dura y punitivismo de manual? ¿Que la justicia es sólo un martillo para aplastar a los que ya están aplastados?

Thiago esbozó una sonrisa maliciosa.

—Zurdo empobrecedor —murmuró lo suficientemente bajo para que sólo Artemis lo escuchara. No se daba cuenta de que era una forma de faltarle el respeto a las personas.

O sencillamente las redes sociales habrían arruinado por completo las interacciones humanas. Ahora, cualquier sujeto se sentía con la libertad moral de insultar a quien no compartiera su misma ideología, como si el odio se hubiera vuelto moneda corriente estos últimos tiempos.

Sin embargo, Artemis, lejos de sentirse incómodo, devolvió la sonrisa, pero estaba cargada de un veneno refinado por años de práctica. Desde el jardín, la escuela, el colegio... La homofobia que había respirado solamente hizo que tuviera la piel gruesa para recibir insultos y filtrarlos.

—Nazi de clóset —respondió en el mismo volumen íntimo, casi como un secreto compartido.

Un silencio de doscientos veinte voltios se instaló entre los dos. El Dr. Santoro, que pasaba cerca supervisando los grupos, se detuvo un momento junto a ellos, percibiendo la hostilidad que vibraba en el aire.

—Bueno, bueno, caballeros —dijo con tono neutro pero con las cejas arqueadas—. Me alegra ver que hay... entusiasmo en este equipo. Pero traten de canalizarlo en el trabajo constructivo, ¿sí? Este no es un ring de boxeo, es un ejercicio académico.

Cuando el profesor se alejó, Artemis abrió su carpeta arrugada y sacó un resaltador que chorreaba tinta amarilla.

—¿Tenés algún problema sí trabajamos principalmente desde casa? —preguntó sin levantar la vista del expediente—. Tengo un trabajo y vivo en Villa 31. No soy muy fan del tren a las seis de la mañana.

—¿También me vas a pedir comprensión social, compañero? —replicó Thiago, alzando una ceja con sarcasmo. Él no usaba la palabra compañero.

Artemis levantó la mirada. Sus ojos reflejaban una dureza que contrastaba con su apariencia frágil.

—No. Te estoy avisando para que no me rompas las bolas con reuniones innecesarias a las que no voy a poder asistir. No te estoy pidiendo consideración; te estoy ofreciendo eficiencia.

Thiago lo estudió por un momento, recalculando. Quizá estaba subestimado a este chico. Aun así, intercambió su número de contacto porque no quería perder la materia, y mucho menos tirar un año a la basura, como este individuo ya lo había hecho.

El silencio entre ellos no era cómodo ni neutral. Era el tipo de silencio que vibra con palabras no dichas, con juicios formados demasiado rápido y con el zumbido de dos mundos en colisión. Artemis guardó su cuaderno con movimientos secos. Thiago no apartó la mirada del expediente, pero algo en su pecho se había movido. Una molestia. Una incomodidad que no sabía nombrar.

—Mientras hagas tu parte del trabajo, me da igual dónde lo hagas —concedió por fin, pero su voz sonó más cortante de lo que había planeado.

Artemis no respondió. Se levantó, ajustó la mochila en el hombro y se fue sin mirar atrás. Thiago lo siguió con la mirada, sintiendo algo parecido a una descarga eléctrica en la nuca. No era deseo. No podía serlo. Era... otra cosa. El reconocimiento de que aquel chico de Villa 31 lo había visto. No a Thiago Dixon, el heredero. A él. Al que estaba detrás del apellido. Al que no sabía si quería ser visto.

Afuera, en el pasillo, Anna Dixon se hizo a un lado para dejar pasar a Artemis. Lo miró un segundo de más, como si reconociera algo en él. Luego entró al aula, directo hacia su hermano.

—Papá necesita tu firma.

Thiago no levantó la vista. —Ahora no, Anna.

Pero Anna no se fue. Se quedó parada, mirando la puerta por donde Artemis había salido.

—Ese chico te va a dar problemas, hermano.

Thiago levantó la cabeza. La miró con esa mezcla de fastidio y sorpresa que solo ella lograba provocarle.

—¿Por qué decís eso?

Anna se encogió de hombros.

—Porque lo miraste como si ya lo hubieras perdido.

Y se fue, dejando a Thiago solo con el expediente abierto, el Rolex brillando bajo la luz fluorescente y una pregunta que no quería hacerse.

Afuera, en la televisión encendida del hall, una reportera mostraba cómo Chubut se incendiaba. El país ardía. Y en el aula 305, algo también empezaba a quemarse.

¡Cuéntale a narciso lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

27

Me encanta

Divertido

5

Divertido

Picante

7

Picante

Suspense

9

Suspense

Emotivo

4

Emotivo

Profundo

3

Profundo

Alentador

2

Alentador

Impactante

6

Impactante

Bien escrito

7

Bien escrito

Trama absorbente

3

Trama absorbente

Buenos personajes

6

Buenos personajes

Diálogos potentes

6

Diálogos potentes

Ver 2 comentarios anteriores...
author

🧑🏾‍🤝‍🧑🏻🙌🙀🙌

8 meses
author

team Artemis oshi oshi

6 meses
author

cuando actualizas

5 meses
1

Otras recomendaciones

Más oscura que tu conciencia

1409san: Muy bonito no estuvo repetitivo los diálogos de l8s personajes eso me gusto

Leer ahora
El rey de la mafia y el chico de primer año

Aloha: El libro en general es muy bueno, es ligero y tranquilo. Me gustó la historia en general, quizás hubiese eliminado las escenas de drama, y simplemente leer una historia linda. A Lucian lo ponen como un personaje temido y frío, me encantó que la historia no se enfoque en la mafia y sus problemas, sin...

Leer ahora
A Birthday Wish [Kookmin]

Carmen: Creo que detallas lo que su relación pasa por los prejuicios

Leer ahora
   BAJO LAS SOMBRAS DEL PODER

Yami : Exelente novela me gusta

Leer ahora
HOTEL FEMBOY

devilverse: Esta bueno. Aunque tengo preferencia por femboys pasivos y evado por completo a los activos. Pero fuera de eso, esta bueno. 10 de 10.

Leer ahora
Casado con el Omega 🌑 Kookmin Adap.

Laura: Senti que algunos capitulos eran muy largos y eso fue lo que me encantó no quería que acabará además los personajes demuestran un símbolo de compromiso amor pasión y respeto. Estoy ansiosa por leer el segundo libro

Leer ahora
El Novio Del Dragón

yal: Estoy totalmente enamorada del dragón y yin 🥰🥰🥰🥰🥰🥰 los amo

Leer ahora
The BodyGuard.

andromeda1993: Me ha encantado, en ella ha reflejado parte del abuso que sufren los idols. Es increíbleGracias.

Leer ahora