Prólogo.
Tres años después…
Corro, corro y sigo corriendo, sin importarme empaparme por la lluvia.
Escapando de lo que pensaba que era mi familia, personas que conocía de toda la vida, personas en las que confiaba.
Tengo que ir a donde Harry. Necesito contárselo a alguien y él es el único al que puedo acudir ahora… antes de que ellos puedan hacer algo para evitarlo.
Todo el tiempo que pensé tener una vida “normal”, incluso para algunos “perfecta” se han ido completamente a la mierda.
Sigo corriendo, intento ir más rápido sin importarme la posibilidad de resbalar, corriendo por las calles que un día disfruté, me gano una que otra mirada extraña de los vecinos, pero no me importa, no me detengo. No puedo.
En este momento agradezco que no vivimos tan lejos el uno del otro.
Alcanzó a ver a lo lejos la casa del chico de ojos grises y aunque ya estoy cansada de hacerlo, corro hacia la residencia lo más rápido que puedo.
Toco la puerta como si de eso dependiera mi vida, porque tal vez, sea de esa manera.
Por suerte, él es la persona que abre la puerta – Hey, ¿qué te pasó? ¿Qué haces aquí? – apenas lo dice se va hacia alguna parte de su casa mientras yo entro y me siento en el suelo tratando de procesar lo que está pasando – Ten, tranquila… – dice preocupado mientras pone una toalla alrededor mío y se sienta junto a mí.
-Perdón por llegar así… pero… – murmuro y tapo mi rostro con mis manos al sentir que mis ojos se llenan de lágrimas empiezan a bajar de mis ojos.
-Haya pasado lo que haya pasado, yo estoy aquí, ¿si? ¿Puedes decirme qué pasó? Parece que acabaras de ver un fantasma – el tono de voz de Harry me hace entender lo preocupado que está, alzo mi mirada quitando mis manos de mi rostro para poder verlo.
Y no está muy lejos de la realidad con lo que dijo.
-Perdón por venir a esta hora a tu casa sin avisar, es que... no supe a donde ir, no sé... no sé nada, Harry... – digo con la mirada fija él y suspiro, me recuesto a la pared negando varias veces.
-Espera, espera, cálmate, ¿sí? – siento como me abraza dejando mi cabeza en su pecho – Si no quieres decirme que sucede, está bien, pero quiero que sepas que puedes confiar en mí…
-Okey, lo haré – me separo de él volviendo a fijar mi mirada en sus ojos y él me mira un poco sorprendido – Por favor júrame que jamás le dirás a nadie lo que te diré, por favor.
Ese día no teníamos la más remota idea de todo lo que iba a cambiar, más para mal que para bien. No sabía por dónde empezar a contarle las cosas, lo que sí le conté de primero es que ellos no habían notado mi presencia en ningún momento, o eso pensaba yo... En ese sentido todo estaba bien, solo en aquel pequeño instante; pero no sabía hasta cuando podía mantenerlo de esta forma.