Capítulo 1: El lado oscuro de ser diferente
Año 1775. Inglaterra.
Siempre me han odiado desde que tengo memoria. ¿La razón?, mi cabello rubio.
Mi familia es tan machista que odian el hecho de que yo, un hombre, haya heredado el cabello de mi madre, catalogándome de tener sangre débil y tildándome de inútil por más esfuerzos que haga.
Soy hijo de escandinavos que se asentaron hace mucho tiempo en los campos de Liverpool, mi madre es inglesa, no se sabe su procedencia porque fue adoptada por mis abuelos, criada con sus cinco hermanastros y terminando por desposar a uno de ellos. Mi padre.
Para cualquiera esta sería una unión loca, yo aún no la entiendo, pero casarse con mi padre fue su primera mala decisión.
Él esperaba un primogénito que pusiera su nombre en alto, que tuviera una sangre fuerte como la de nuestros ancestros vikingos, pero cuando yo nací, no fui sino objeto de burlas y maldiciones a lo largo de mis 15 cortos años.
Mi padre me repudia en secreto aunque lo niegue, mi madre es la única que me ama; yo odio a mi padre y amo a mi madre como nunca.
Pero el mayor problema no es él, su indiferencia y decepción por mí no tienen tanto peso, no. El problema son mis tíos y mis primos.
Vivimos en una pequeña granja al este de Liverpool, es una casa grande y lamentablemente una familia numerosa.
Todos los hijos de mis abuelos viven allí, lo que lo hace un caos y un martirio para mí.
Mi padre no me golpea si no me porto mal, mis primos me golpean si respiro y mis tíos los apoyan.
Y obvio, también me golpean.
Mi madre es la única que trata de defenderme, pero nadie la escucha por ser mujer. Mi padre no hace nada, le da igual si me matan.
Todas las noches sueño con salir de aquí.
El día comienza temprano, como todo y me toca ayudar a mi padre en el trabajo. Tengo que lidiar con él en el mercado y aunque parezca algo horrible, en realidad ni nos hablamos.
El alboroto de la ciudad siempre es grande, la gente compra al mejor postor y nosotros luchamos por ofrecer las mejores verduras del mercado.
Nos va muy bien pese a todo, el negocio de mi familia es bastante grande, otros de mis primos venden frutas, carnes, jaleas y lácteos y siempre nos alcanza el dinero para todos.
Gracias a nosotros, muchas familias de bajos recursos pueden comer bien, ya que alimentos como los que vendemos cuestan una fortuna y sólo los aristócratas pueden adquirirlos.
El único detalle, la única piedra del zapato, son los gemelos delincuentes Phillips.
Ambos hermanos pasaban en la mañana a robar algo de comer y todos los mercaderes les tenían miedo porque los malditos canallas eran peligrosos.
O al menos el chico, la chica era inofensiva.
Me costaba verlos como seres peligrosos, sólo eran dos jovencitos que tuvieron la desdicha de terminar en la calle.
Verlos correr tan libremente, reír al lograr sus cometidos poco honestos, me generaba un anhelo de libertad que deseaba tener.
Ellos podían ser delincuentes, pero a diferencia de mí, sí eran libres.
—Chico —Una mujer con un vestido tinto y un sombrerito del mismo color me habló mientras sonreía—. ¿Cuál es el precio del kilo de tomates?
—Son 30 peniques, señorita —Ella asintió y me volvió a sonreír, pero así como apareció, terminó por retirarse.
—Gracias —No sin antes agradecer.
Se me hizo rara la actitud de la chica, ya que no sabía por qué preguntaba y no se llevaba nada. Los tomates estaban en un buen precio y se veían bonitos.
—Shelton —Mi padre me habló al llegar, llamando mi atención—. ¿Con quién hablabas?
—Con la señorita del vestido tinto —La señalé a lo lejos, pero él frunció el ceño—. ¿No la ves?
—¿Cuál señorita, Shelton? —Me miró con duda y yo no lo entendí—. No hay ninguna mujer vestida así, ¿Te sientes bien?
Me quedé callado al escuchar lo que decía, sintiendo un escalofrío recorrer todo mi cuerpo. Yo estaba viendo a una mujer justo allí, pero él parecía no verla. Eso era raro, demasiado raro.
La chica me volvió a sonreír y con un gesto de despedida que me hizo con su sombrero, terminó por alejarse, perdiéndose entre el gentío que caminaba apresurado por las calles del mercado.
Nadie parecía verla, mi padre no la vio, yo era el único que parecía un loco, y todo esto, de un momento a otro, me erizó la piel.
¿Y si esa jovencita no estaba viva?
No dije más nada ni quise hablar del tema. Si decía que había visto un fantasma, toda mi familia haría el papel de la inquisición.
Y ganas no les faltaban para hacerme arder.
Yo era raro, todo en mi vida era tan extraño, pero a estas alturas detestaba ser un fenómeno cuando cada cosa rara que se me atribuyera me jugaría en mi contra.
Traté de no pensar mucho en ello, pero si ver fantasmas era el caso, debía tener cuidado para que nadie se diera cuenta.
¿Pero cómo diferenciar a un fantasma de un vivo?
La luna menguante iluminaba débilmente los campos de trigo, una suave brisa acariciaba mi rostro mientras observaba a lo lejos los bosques de manzanos de los cuales estaba pronta su cosecha.
Mi familia se había ido a dormir y yo era el único idiota que estaba afuera tan tarde a sabiendas de que mañana debía trabajar temprano.
En eso vi una sombra encapuchada acercarse a los manzanos. Ello me heló la sangre.
Mi cabeza estaba entre si ir a ver si se trataba de un ladrón o si quedarme en mi casa ante una posible alucinación espiritual.
Tomé mi escopeta y decidí ir por lo lógico, probablemente era un ladrón.
Me acerqué con cuidado por si escuchaba algo, sentía miedo conforme avanzaba y trataba de diferenciar los ruidos de la noche con cualquier sonido que fuese anormal. Finalmente oí el crujido provocado por morder una manzana.
—¿¡Quién anda allí!? —Hablé en voz alta mientras esperaba una respuesta. Escuché una leve risa y al momento otro mordisco. Sí había alguien físico aquí—. ¿Dónde estás? —Miraba para los lados y no veía nada.
En eso logré oír el sonido de algo que cayó contra el suelo y me giré de inmediato, apuntando a esa dirección con mi arma. El corazón de una manzana salió de detrás de un árbol y una silueta oscura lo rodeó hacia mi dirección.
Lo siguiente que vi me erizó la piel de pies a cabeza, los ojos de aquel sujeto que a leguas parecía más pequeño que yo brillaban en la oscuridad en un tono verde esmeralda único.
—Sólo soy un pobre hombre que tiene hambre —Me habló en un tono para nada serio, fingiendo tristeza mientras tomaba otra manzana del árbol y la arrancaba sin dificultad—. ¿Qué son unas dos manzanas faltantes en un árbol repleto de ellas?
—Mira, maldito —Me irritaba su forma tan despreocupada de hablar—. ¡Esas manzanas son nuestra mercancía!, ¡No tienes ningún derecho de venir a robarlas! —Lo apunté con la escopeta, pero ello pareció no afectarle en lo más mínimo, me miraba con una aparente inocencia que me preocupaba—. ¡Trabaja para que consigas dinero y puedas comprarlas!
—Esa es una buena idea —Asintió mientras sonreía como si de un niño se tratase y le metía un mordisco a la manzana en sus manos—. Pero lamentablemente, a los excluidos de la sociedad no les dan trabajo —Su semblante pasó de ser aparente inocencia a una expresión mucho más oscura. Eso me asustó—. Si eres diferente, mereces morirte de hambre, así es este mundo cruel —Habló con desdén mientras se paseaba por los árboles sin miedo alguno de que le disparara—. Sangre pura, un buen apellido, los bolsillos llenos, trajes extravagantes, piel de porcelana; esos son los que tienen privilegios. Si eres inglés, te salvas de estar en la lista de los excluidos, sólo que yo no soy así y mi hermana no es así —Siguió recolectando más manzanas y ante la mención de su hermana recordé a los gemelos Phillips que eran en extremo peligrosos, sobre todo el sujeto que tenía enfrente—. Para ellos sólo somos aberraciones de sangre esclava y monstruos como nosotros no merecen vivir, ¿Sí entiendes el contexto? —Su forma de hablar, pese a ser un delincuente, era elegante, limpia y sabía manejar una buena dicción comparable a la de un aristócrata. Aquello me hacía sospechar de los orígenes de éste, pero eso no importaba, no tanto como el percatarme del arma blanca que cargaba en su correa que se ataba en su cintura.
Si no me cuidaba, ese sujeto me iba a matar.
¿Pero de qué servía vivir en un mundo donde los iguales condenan al diferente? El chico tenía razón, más de la que yo había pensado.
Si eres diferente mereces la muerte, no encajas, deberías dejar de existir. Esa era la ley contemplada en Inglaterra y esa era la ley que llevaba todo blanco de raza pura.
El único problema era que tanto el chico frente a mí como yo éramos de piel clara.
¿Pero entonces qué nos hacía aberrantes ante el mundo?
Mi cabello rubio era mi condena, también estaba mi debilidad y mi frágil salud.
El chico frente a mí tenía rasgos orientales, ojos brillantes y una asombrosa palidez. Casi se comparaba con un cadáver.
¿Acaso merecíamos el destino que nos tocó?, ¿Merecíamos nosotros tanto odio?
—Si por mí fuera, te dejaría llevarte un puñado de manzanas, pero no puedo, si mi padre se entera... —Dejé de hablar al saber que si mi familia se daba cuenta de que dejé a un ladrón robarse las manzanas, la paliza que me darían sería brutal.
—¿Te harán daño? —Me preguntó mientras alzaba las cejas. Yo tragué en seco y asentí—. Deberías escapar...
—No puedo... —Mi respuesta fue imprudente y para nada la pensé. El delincuente frente a mí me miró con duda—. O sea, sí puedo, pero si mi familia me atrapa, me van a matar.
—Entiendo —Él me miró con compasión y dejó de agarrar más manzanas—. Pero si tanto daño te hacen, ¿Por qué no los matas?
La normalidad con la que habló más lo turbio de su comentario me hicieron abrir los ojos como platos.
—¿Por qué no los matas? —La frase se quedó grabada en mi cabeza mientras se repetía constantemente. ¿Por qué habría de hacer algo tan horrible como eso? Esa era la acción de un asesino.
—No voy a matar a nadie, no soy como tú —Le hablé con miedo disfrazado de desdén y él me miró con seriedad—. No soy un asesino.
—Repítelo hasta que te lo creas —El muchacho se fue, dejándome con un mal sabor en la boca.
¿Qué había querido decir con eso?