Las Horas del Eclipse. AU [Yoonmin.]✔

Sinopsis

En un reino donde los astros dictan el destino de las almas, Min Yoongi es un Custodio del Tiempo -una figura sagrada que no envejece, encargado de mantener el equilibrio entre los días y las noches, el olvido y la memoria. Vive en soledad dentro del Observatorio Astral, suspendido entre las constelaciones y el silencio eterno. Pero todo cambia cuando aparece Park Jimin: un joven humano con la capacidad prohibida de detener el tiempo a voluntad. Ha sido perseguido y condenado por las autoridades del reino, acusado de alterar el curso natural de las cosas. Herido, perdido y desesperado, Jimin se refugia en el Observatorio, donde Yoongi lo encuentra y, contra todo mandato, decide protegerlo. Jimin le devuelve a Yoongi la noción de deseo, de sentir. Día a día, mientras los relojes callan a su paso, construyen un amor que desafía lo sagrado. Pero el eclipse se acerca: un evento celestial que ocurre solo cada mil años, donde se reajustan los hilos del tiempo... y todo lo que no pertenece debe ser purgado. Yoongi, siendo parte del tiempo mismo, no puede existir si lo altera. Jimin, siendo su contradicción, no puede quedarse. Para que el mundo no colapse, uno de los dos debe desaparecer. *Se prohíben adaptaciones.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
GeniusJB
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Las Horas del Eclipse.

Donde el tiempo no existe.

El Observatorio estaba suspendido en la quietud del firmamento, lejos de los reinos que conocían el paso de las horas. Construido con piedra lunar y columnas de obsidiana viva, parecía flotar entre los hilos del cosmos, intacto al viento, al tiempo, a la muerte.

Allí vivía Min Yoongi.

No como viven los hombres, sino como existe el recuerdo de un dios caído: inmóvil, inmortal, irrevocable. Su cuerpo no había sentido el paso de los años, pero su mirada arrastraba la fatiga de los siglos. Él era el Custodio del Tiempo, el único autorizado a leer los mapas celestes y sostener la delicada armonía de los días. No hablaba con nadie. No dormía. No soñaba.

En el Observatorio, el tiempo no existía.

Solo el cielo, inmenso y eterno, con sus constelaciones mecidas por leyes que nadie más entendía.

Hasta que, una noche, lo vio.

Fue un error del destino o una grieta en el tejido de las cosas. Pero allí estaba, descalzo sobre la plataforma celeste, con el cabello desordenado y una herida abierta en el costado. Un humano. No debía estar allí.

—¿Quién eres? —preguntó Yoongi con voz grave, la lengua antigua de los relojes.

El joven alzó la mirada. No respondió.

Sus ojos eran claros. No como el cielo, sino como la orilla de un sueño que se desvanece antes de tocar el alma. Su presencia alteraba todo: los astros vacilaron, el péndulo central del Observatorio se detuvo por primera vez en mil años.

—No deberías estar aquí —repitió Yoongi, más bajo esta vez.

El joven sonrió. Sangraba.

—Me escapé.

—¿De dónde?

—De donde el tiempo corre demasiado rápido —respondió, y cerró los ojos como si eso fuera suficiente explicación.

Yoongi supo que no era un mortal común. Había algo en su aura que desafiaba la estructura del universo. Y, sin embargo, no lo expulsó.

Lo llevó al interior del Observatorio, donde la luz no proyectaba sombras y las paredes cantaban en voz baja. Lo acostó en una cama hecha de silencio y lo observó mientras dormía. Algo dentro de él —algo viejo, enterrado y olvidado— palpitó.

Cuando el joven despertó, horas o siglos después (allí no había forma de saberlo), habló por fin:

—Me llamo Jimin.

Yoongi no lo dijo, pero ya lo sabía. Ese nombre estaba escrito en una estrella que había comenzado a temblar en el cielo la noche anterior.

—Yo soy Yoongi.

—Lo sé —respondió Jimin, como si también lo hubiese leído en el cielo.

En los días que siguieron —si se les puede llamar días—, Jimin comenzó a explorar el Observatorio. Tocaba las constelaciones con la yema de los dedos, jugaba con las líneas del calendario celeste, bailaba en la cúpula superior donde las luces bailaban con él. El péndulo no volvió a moverse. Las leyes antiguas comenzaron a resquebrajarse.

—¿Por qué no puedo escuchar los relojes? —preguntó Yoongi una tarde, mientras lo observaba girar sobre sí mismo como una estrella fugaz.

—Porque yo los silencio cuando estoy cerca —dijo Jimin. Lo dijo con ternura, como quien admite un pecado que no puede evitar.

—Eres una aberración —dijo Yoongi.

—Lo sé —respondió Jimin—. Por eso todos me temen.

Hubo una pausa larga. Una eternidad breve.

—Pero tú no.

Yoongi lo miró. Había estado solo durante tanto tiempo que su alma se había convertido en piedra. Pero Jimin, con cada paso, parecía arrancarle fragmentos y devolverle algo que ni siquiera sabía que había perdido.

—Yo no tengo miedo del tiempo. —La voz de Yoongi fue suave, casi humana—. Ni de ti.

—Entonces... ¿puedo quedarme?

Yoongi no respondió de inmediato. Miró el cielo. Una sombra se deslizaba entre las estrellas.

—El eclipse vendrá —susurró—. Y cuando lo haga, no podremos quedarnos ninguno de los dos.

—Lo sé —repitió Jimin, sin miedo—. Pero mientras no llegue... ¿puedo?

Fue entonces que el Custodio del Tiempo bajó la guardia por primera vez. Asintió.

Y el universo, por un instante, contuvo la respiración.


Lo que el silencio intenta decir.

Las estrellas comenzaron a temblar de manera inexplicable. Aunque Yoongi no podía explicar el fenómeno, se dio cuenta de que, por primera vez en su existencia, había algo más que el sonido constante del reloj. Un murmullo. Como si las constelaciones, los días y las horas, todo, estuviera esperando algo.

Jimin ya no era un extraño para el Observatorio. Se había convertido en parte de sus paredes, de sus susurros. Y Yoongi, que había olvidado cómo era la cercanía, comenzó a comprender que esa palabra ya no estaba vacía. Porque Jimin no era solo un hombre que había roto el tiempo. Él era la razón por la que Yoongi ya no quería que el tiempo existiera.

En las primeras semanas, Jimin se levantaba antes que él. El brillo de la luna lo despertaba a través de la ventana, y él, con una gracia que Yoongi nunca había visto, salía al exterior a contemplar el universo.

—¿Qué ves? —le preguntó Yoongi una mañana, cuando lo encontró mirando al infinito, su rostro iluminado por la fría luz lunar.

Jimin lo miró, sus ojos iluminados por un fuego interno que Yoongi no entendía.

—Veo todo. Todo lo que fue, lo que es, lo que será. Cada estrella es una historia, cada sombra una posibilidad.

Yoongi no dijo nada. No entendía, pero había algo en las palabras de Jimin que despertaba algo dormido en su corazón. No era solo el brillo en su mirada o la forma en que hablaba del futuro. Era la esperanza.

Y así, los días fueron un eco repetido de momentos compartidos, silencios llenos de palabras no dichas. Jimin caminaba por el Observatorio, tocando los mapas estelares con la misma delicadeza con que un amante acaricia la piel de su ser querido. Yoongi lo observaba en silencio, sabiendo que cada uno de esos movimientos debía estar escrito en las estrellas, que la historia de Jimin estaba sellada en las constelaciones.

El tiempo, al principio, parecía detenerse. El reloj nunca avanzaba, los días se estiraban como si fueran hilos de seda. Y cuando estaban juntos, las palabras se desvanecían, pues había algo más allá de lo que podían decir. Un entendimiento tácito, que solo Jimin y Yoongi compartían, en sus miradas furtivas y sus gestos callados.

Una tarde, cuando el sol comenzaba a morir en el horizonte, Jimin se acercó a Yoongi, su rostro teñido por la luz crepuscular.

—Yoongi... —dijo, la voz un susurro entre las sombras—. ¿Qué pasa cuando el tiempo ya no se puede medir?

Yoongi, que nunca había hablado de su carga, que nunca había compartido sus miedos, miró a Jimin como si fuera la última persona a la que podría confesar sus pensamientos más profundos.

—El tiempo no se mide. Se vive —respondió en voz baja, como si le estuviera revelando un secreto ancestral.

Jimin lo observó con una intensidad que desbordaba cualquier explicación lógica.

—Entonces, ¿qué pasa cuando dejamos de vivir?

Yoongi no pudo responder. En su mente, todo se dispersó como un mar de recuerdos inalcanzables. La verdad era que él había existido por siglos, pero nunca habíavivido.

Jimin, al ver la vacilación en sus ojos, tocó su mano suavemente, un gesto tan sencillo pero tan lleno de peso que Yoongi sintió su alma encogerse.

—No pienses en eso —dijo Jimin—. Solo quédate conmigo, aunque sea un segundo más.

El observatorio parecía distorsionarse a su alrededor. El silencio crecía entre ellos, pero esta vez no era incomodidad. Era la promesa de algo que ninguno de los dos podía definir. Y sin embargo, ambos sabían que su unión, aunque fugaz, valdría más que todo el tiempo que Yoongi había guardado.

Pero el tiempo no se detendría. No podía.

La noche antes de que el eclipse llegara, Yoongi miró a Jimin desde lejos, como siempre lo hacía, con una mezcla de deseo y desconfianza. El amor que crecía entre ellos era peligroso, en todos los sentidos. Porque si algo sabía Yoongi, era que el tiempo nunca perdonaba.

Jimin lo había convertido en una paradoja, una contradicción que le desgarraba por dentro. No podía amarlo. Era imposible. Pero, por alguna razón, no quería que se fuera.

—Jimin —susurró.

El joven se acercó, como siempre lo hacía. Pero hoy, algo en su rostro era diferente. Había una calma extraña, como si estuviera esperando algo más allá de la separación que ambos sabían que se aproximaba.

—Dime que todo esto no es un sueño —dijo Jimin con una sonrisa triste, casi como una despedida que no se atrevía a ser dicha.

Yoongi, por primera vez, no pudo ocultar el miedo que sentía. No podía decirle que todo estaría bien, porque sabía que no lo estaría. No podían estar juntos. No era solo una cuestión de destino; era una cuestión de existencia misma.

—No es un sueño, Jimin —respondió, aunque su voz temblaba—. Pero todo esto... todo esto es efímero.

Jimin no contestó. En lugar de eso, abrazó a Yoongi con la intensidad de quien sabe que la despedida está cerca, pero no quiere que llegue. Y Yoongi lo sostuvo, sin poder articular palabra.

Por un momento, todo estuvo en silencio.

Un silencio lleno de promesas rotas, de sueños nunca cumplidos.

Y en ese momento, Yoongi comprendió que el tiempo, al final, solo era una ilusión que se desvanecería cuando el eclipse llegara.


Donde el sol se esconde del cielo.

Había una vibración en el aire. Invisible, pero insistente. Como si el mundo respirara más lento, como si los segundos se negaran a caer en su lugar. El eclipse se aproximaba, y con él, una sombra sobre todo lo que había sido dicho y sentido.

El Observatorio, ese lugar detenido en el tiempo, comenzó a ceder. Las paredes crujieron en la madrugada, y los relojes, todos ellos —desde el péndulo más antiguo hasta el cronómetro más moderno— dejaron de sonar. Como si supieran que el momento que tanto temían había llegado.

Yoongi no dormía. Desde hacía días no lograba cerrar los ojos. Algo dentro de él estaba comenzando a romperse, no con estruendo, sino con la delicadeza cruel del silencio.

Jimin, en cambio, parecía en paz.

—¿Temes al eclipse? —le preguntó una mañana, mientras ambos compartían un desayuno al que ninguno había tocado.

Yoongi no respondió de inmediato. Miró por la ventana el cielo grisáceo, los astros confundidos, como si ellos también sintieran el peso del destino.

—No temo al eclipse —dijo al fin, con la voz baja—. Temo lo que viene después. Lo que dejará en nosotros.

Jimin asintió, como si lo hubiera sabido desde siempre.

—El eclipse no oscurece por odio. Oscurece por amor. Es la única forma en la que el sol puede abrazar a la luna.

La frase cayó como una plegaria. Como un presagio.

Y Yoongi sintió una punzada en el pecho que no provenía del cuerpo, sino de un rincón más profundo. Uno donde no se atrevía a mirar.

La víspera del eclipse llegó con un aire antiguo. Las aves no cantaron, los árboles no se mecían. Era como si todo el universo contuviera la respiración.

Jimin pidió ver el corazón del Observatorio, el lugar al que nadie entraba, donde se encontraba el reloj original, aquel que Yoongi había jurado proteger.

—¿Estás seguro? —preguntó Yoongi, con las manos temblorosas.

—Lo he estado desde el primer momento —respondió Jimin.

Entraron.

La sala era redonda, enorme, y cada centímetro estaba cubierto de constelaciones doradas, con inscripciones antiguas en lenguas ya extintas. En el centro, una esfera giraba lentamente, hecha de cristal negro, dentro de la cual fluía un líquido plateado que medía el tiempo con cada gota suspendida en gravedad invertida.

—Esto eres tú —susurró Jimin, acercándose—. Esto has sido siempre.

Yoongi se quedó en la entrada. No podía mirar. No podía tocar.

—Y tú... —dijo apenas audible—. ¿Quién eres tú, entonces?

Jimin se volvió hacia él con una sonrisa que dolía.

—Yo soy lo que no debiste encontrar. Soy la grieta en tu línea recta. El error en tu eternidad.

—¿Entonces por qué llegaste?

—Porque los eclipses no se planean. Solo ocurren.

El eclipse ya comenzaba. Afuera, los cielos se tornaban opacos. Las sombras se alargaban. Dentro, la luz del corazón del Observatorio parpadeaba.

—Si entras ahora —le dijo Yoongi—, ya no podrás volver.

Jimin dio un paso hacia él.

—No tengo a dónde volver. No si no estás tú.

Cuando el primer anillo del eclipse se formó, Jimin se acercó a la esfera. Su reflejo se fundía con el de Yoongi. Una luna y un sol. Una sombra y una luz.

—Todo lo que soy está aquí —dijo Yoongi, con un hilo de voz—. Cada error, cada pérdida. Si entras, serás parte de eso.

—No me importa. Prefiero desvanecerme en ti que vivir sin ti.

Yoongi quiso detenerlo. Gritar. Pedirle que se quedara como estaba, que no desafiara las reglas que ni los dioses se atrevían a romper. Pero no pudo. Porque su alma ya no le pertenecía. Era de Jimin.

El eclipse alcanzó su clímax.

La esfera se abrió como una flor.

Y entonces Jimin... entró.

Un destello. Un rugido.

El Observatorio se llenó de un viento antinatural, como si todas las eras de la historia hubieran gritado a la vez. Las estrellas temblaron, la tierra se curvó. Yoongi cayó de rodillas.

Y el tiempo... el tiempo se rompió.

No avanzó. No retrocedió. Se quebró en mil fragmentos.

Cuando el viento cesó, Yoongi estaba solo.

La esfera... vacía.

Jimin había desaparecido.

Pero su reflejo... aún estaba allí.

En las noches siguientes, Yoongi comenzó a verlo. No como un espectro, ni como un recuerdo. Sino como un eco dentro del tiempo. Cada vez que se acercaba al reloj, veía la silueta de Jimin caminando entre las constelaciones. Tocando las paredes. Cantando en voz baja.

Y comprendió: Jimin no había muerto. Se había fusionado con el tiempo. Era parte del eclipse.

Una fusión perfecta. Dolorosa. Irrevocable.

Y Yoongi, con los ojos llenos de lágrimas que no sabía derramar, se sentó frente al reloj. Y habló.

—Yo también te elegí, Jimin. Aunque el precio haya sido mi eternidad.


La promesa que arde detrás de las horas.

El tiempo no volvió a ser el mismo tras el eclipse.

El Observatorio —aquel santuario de precisión y eternidad— comenzó a perder su lógica. Los relojes ya no marcaban la hora con exactitud. Algunos se detenían en los minutos donde Jimin solía reír. Otros giraban en reversa cuando Yoongi pronunciaba su nombre en voz baja.

Afuera, el mundo seguía su curso. Las estaciones llegaban y se iban, los visitantes hablaban del extraño fenómeno ocurrido en el cielo, pero nadie sabía qué había sucedido realmente en aquel recinto olvidado por los dioses.

Sólo Yoongi lo sabía.

Y el reloj maestro... también.

Él no dejó de escribir. Llenó libros enteros con sus observaciones, con notas de voz que nadie más podía escuchar. Hablaba con Jimin a través del tiempo, trazando su presencia entre las líneas de luz que dejaban las estrellas.

Las constelaciones comenzaron a cambiar.

Era sutil, pero real. Las figuras celestes, que desde siglos se habían mantenido fijas en su relato mitológico, comenzaron a moverse. Un pequeño giro aquí, una estrella nueva allá. Hasta que, una noche, Yoongi lo vio con claridad:

Dos figuras.

Una de cabello de luna, otra de ojos como la sombra antes del amanecer.

El eclipse, no como evento astronómico, sino como danza eterna.

—Eres tú —susurró, con la voz quebrada por la ausencia—. Y soy yo.

En las noches más silenciosas, cuando el cielo parecía contener la respiración del universo, Yoongi sentía una presión cálida sobre su hombro. A veces creía que eran recuerdos. A veces, que era su mente.

Pero entonces escuchaba el eco:

—Estoy aquí.

Pasaron los años. Las estaciones pasaron como suspiros.

El cuerpo de Yoongi comenzó a traicionarlo, pero su mente permanecía clara. Se negaba a abandonar el Observatorio. Porque era el último lugar donde Jimin aún existía, donde aún podía sentir la vibración de su alma fundida con el tiempo.

Un día, al amanecer, Yoongi subió al punto más alto del recinto. Llevaba en sus manos un cuaderno encuadernado en cuero, lleno de palabras escritas con manos temblorosas. Cada página era una conversación. Un “te extraño”, un “perdón por no detenerte”, un “si pudiera volver atrás...“.

Se sentó frente al horizonte, donde el eclipse había comenzado todo.

—Nunca me prometiste un para siempre —murmuró—. Pero me diste algo mejor. Me diste un instante eterno.

El cielo empezó a oscurecer.

No era un eclipse real. No esta vez.

Era la llegada del fin.

Yoongi cerró los ojos. Respiró profundamente. Y al exhalar, algo en él se deshizo con dulzura.

No fue muerte.

Fue liberación.

Los guardias encontraron su cuerpo al día siguiente, dormido frente al cielo, con el cuaderno aún entre sus brazos. El reloj maestro marcaba la hora exacta en que, años atrás, Jimin había desaparecido: el clímax del eclipse.

Lo enterraron al pie del Observatorio, bajo un árbol cuyas hojas brillaban débilmente de noche. Nadie supo cómo creció allí, en un suelo sin agua.

Pero tú y yo sabemos por qué.

Era su reencuentro.

Allí donde las sombras besan a la luz.

Las estrellas, desde entonces, bailan en un ritmo distinto.

Dicen que en las noches más claras, si uno mira el cielo desde el Observatorio, puede verlos. Dos figuras entre las constelaciones, girando en una órbita eterna.

Un eclipse perpetuo.

Una promesa cumplida.

Una fusión sin final.

Porque algunos amores no sobreviven al tiempo.

Otros... se convierten en él.