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Black and White

Sinopsis

¡Hola! Esta es una serie de historias auto conclusivas (o eso pretendo) SebastianxGrey, o SebasGrey. -Algunos capítulos son extensos y otros bastante breves. -Pueden estar ambientadas en diferentes épocas, es decir, una podría ser en la era victoriana como el canon, otra en la era moderna, etc. -Contiene NSFW, (no todos los capítulos). -Cualquier crítica es bienvenida. Desde ya, gracias por pasarte a leer. (También se encuentra en FF.net, y AO3).

Genero:
Romance
Autor/a:
Matecitu
Estado:
hace un mes
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Primer amor y primera vez

El aroma salado del mar inundaba su olfato, y el agua brillaba como si hubiera estrellas flotando. Era la luz de la luna la que creaba tal efecto. Admirando la belleza del momento, Grey se quedó mirando el azul oscuro y profundo en la penumbra.

Bueno… para ser exactos, no estaba completamente oscuro donde él se encontraba: las luces LED de los postes iluminaban bastante bien la vereda y los alrededores.

De vez en cuando, la brisa le movía el pelo agradablemente, y Grey se agarraba con fuerza de la barandilla, como si así todo lo que le causaba vergüenza desapareciera. Pero ejercer fuerza bruta sobre un cilindro de metal no haría que volviera a ser la persona de siempre, ni tampoco que las emociones que no quería sentir se esfumaran como espuma de mar.

De repente, cayó en cuenta de que estaba completamente solo, en una noche fría de luna llena, en un país desconocido, y con el corazón pesándole en el pecho.

Incapaz de dormir con esta clase de sentimientos, se había escabullido del hotel, huyendo absurdamente de esa persona que, como todo el mundo, seguramente estaría durmiendo en su respectiva habitación y, por lo tanto, ignorante de su sufrimiento.

La Weston College no había reparado en gastos para su excursión anual, acomodando a los estudiantes en los mejores hoteles de la zona. Para su desgracia, Sapphire Owl compartiría hotel con Green Lion, y eso significó que Grey tendría que ver a esa persona todos los días.

Era ciertamente difícil pretender que todo estaba bien, que por dentro nada había cambiado, que estar a su lado no significaba que su corazón latiera como loco, o que su pecho se oprimiera, y su mente se volviera una vorágine, con un sinfín de pensamientos de angustia, irritación y, sobre todo, confusión devorándolo por dentro.

Interpelándose a sí mismo, buscando respuestas a preguntas cómo:

¿Por qué él y no otra persona?

¿Cómo puedo dejar de sentirme así?

Y la más frecuente: ¿Sería posible que él me mirara de la misma forma?

Por supuesto, más de una vez Grey se preguntó si no estaba confundiendo sus sentimientos, creyendo lo que no era —dada la pubertad—. Sin embargo, no se trataba solo del libido propio de su edad.

Podía decir con toda seguridad que amaba a esa persona y que sufría por ello sabiendo que nunca sería correspondido. Era como empezar perdiendo: sin que Grey diera el primer paso hacia adelante, ya había caído al abismo.

Lo más doloroso era que, de alguna u otra forma, las esperanzas volvían a aparecer cuando sus miradas se cruzaban y él le dedicaba una sonrisa, o cuando lo agarraba de la mano con entusiasmo para mostrarle algo que le había llamado la atención, o cuando demostraba cuánto pensaba en él, regalándole los dulces (o comida en general) que le gustaban.

—Vi esto y pensé que te gustaría —sería su justificación.

Grey no podía evitar sentir una oportunidad. ¿Será que siente lo mismo que yo?, pensaba.

Hasta que comenzaba a hablar de la persona que le gustaba y describía su encuentro con felicidad, incluso cuando no había pasado nada que significara un avance en su relación.

Ah, a veces pensaba que si se hubiera percatado de sus sentimientos antes de este viaje, tal vez tendría una chance. Así, entonces, Sirius no se habría encaprichado con aquel chico de la pastelería y tendría los ojos puestos en Grey.

Pero… ¿realmente habría sido así?




No supo cuánto tiempo transcurrió, pero ya sentía la cara y las manos heladas. Y, a pesar de los pensamientos angustiosos —y de que probablemente no dormiría—, Grey quería volver a la calidez de su cama.

Sin embargo, por el rabillo del ojo, vio cómo una persona se acercaba: un chico vestido con un abrigo negro. Se apoyó en la barandilla, a unos pasos de Grey, sacó un cigarro de su bolsillo y procedió a encenderlo, fumando con despreocupación.

Grey se metió las manos en los bolsillos para calentarlas, pero continuó observando al chico, cuya figura —bajo la buena iluminación de los postes— podía apreciarse con claridad: pelo corto y negro, rostro hermoso y ojos color granate.

El chico, notando la mirada persistente de Grey (quien desvió la vista hacia el mar al ser descubierto), comenzó a hablarle entre caladas, con total indiferencia:

—Tú eres uno de esos niños que vienen de Inglaterra, ¿no?

Fumó, y el humo se arremolinó alrededor antes de que el viento lo esparciera más allá del mar.

Aunque no era buena idea charlar con un extraño en un país desconocido —y menos con alguien que, de alguna forma, sabía que era estudiante de la Weston—, Grey se dio cuenta de que quería hablar con alguien. Siempre le había disgustado estar solo, y parecía que no importaba si era con un desconocido que, tranquilamente, podría robarle, secuestrarlo o incluso matarlo.

Aunque, teniendo dos dedos de frente, primero lo miró con desconfianza.

El chico levantó ambas manos en gesto de paz:

—No te preocupes, no soy ningún criminal. Trabajo en el hotel.

Grey guardó silencio un largo minuto antes de responderle.

—No soy un niño —respondió malhumorado, arqueando una ceja.

Lo miró directamente y notó que…

—Tú tampoco pareces muy mayor —señaló el cigarro con el dedo. —¿Tienes edad para fumar?

Aunque, en realidad, la edad nunca había detenido a nadie que quisiera fumar, beber o hacer otras cosas de adultos.

El joven soltó una risita.

—Soy mayor de edad. Diecinueve años, en realidad —aclaró.

Ahora fue Grey quién rió.

—Solo me llevas dos años.

—Pero sigues siendo menor —señaló el extraño.

Y no solo eso, Grey debería estar en el hotel, durmiendo como sus demás compañeros.

Pero se había escabullido de su habitación, escapando del control de los docentes, aunque éstos dormían tan profundamente que no notaron su ausencia.

Grey se encogió de hombros sin responder.

—¿Qué haces aquí? —preguntó el joven.

—No es de tu incumbencia —replicó hosco.

El otro asintió, pero Grey agregó, más suave:

—No podía dormir.

—¿Y por qué?

El chico apagó lo que quedaba del cigarro en la barandilla y tiró la colilla al basurero más

cercano con un lanzamiento preciso. Luego, clavó los ojos en él, esperando una respuesta.

Grey, por supuesto, mintió:

—No lo sé. Igual, ya estaba por regresar.

El joven asintió. Grey comenzó a caminar hacia el hotel, que estaba a solo una cuadra. No tenía prisa; después de todo, si el tipo quisiera robarle o hacerle algo, había una caseta policial cerca. Con solo un grito, vendrían a ayudarlo.

Pero no sucedió nada, y Grey regresó sano y salvo al hotel.

Se metió a la cama, y miró el techo hasta que en algún momento de la noche, se durmió.




Miró la hora en su celular: las 2 de la madrugada.

Nuevamente, Grey no podía dormir.

Suspiró, se levantó de la cama, se abrigó bien —ya sabía que las noches en ese país eran frescas— y se escabulló del hotel otra vez. Fue fácil, el encargado de vigilar roncaba en su silla, y el recepcionista miraba vídeos en su celular, riendo a todo pulmón.

De todas formas, Grey evitó hacer ruido y salió a la calle, dirigiéndose al mismo lugar de la noche anterior.

El joven también estaba allí, apoyado en la barandilla, fumando.

Grey podría haberse dado la vuelta y buscar otro sitio, pero descubrió que no quería.

—¿Vienes siempre aquí? —preguntó desde atrás.

El joven volvió apenas la cabeza, sin sobresaltarse.

—Oh —dijo simplemente—, eres tú.

Grey se acomodó en la barandilla, en el mismo lugar que antes.

—¿No pudiste dormir? —inquirió el joven.

Grey se encogió de hombros. —No respondiste mi pregunta.

—Vengo aquí seguido a ver la vista —le contestó vagamente. —Me relaja.

El chico se quitó el cigarro de los labios y se lo ofreció a Grey.

—¿Fumas?

Grey no fumaba, pero lo aceptó de todos modos. Dio una calada —imitando lo que había visto— y terminó tosiendo como un idiota. Le devolvió el cigarrillo al joven, quien solo sonrió con diversión y siguió fumando.

—Si no puedes dormir —comenzó—, es porque algo te preocupa.

Lo miró de reojo.

—Eres muy joven para tener tantas preocupaciones. ¿Qué es? ¿La escuela? ¿El amor?

—¿Y tú qué? —replicó Grey, evadiendo la pregunta. —Hablas como si fueras tan mayor. Solo tienes 19.

—Las cosas cambian drásticamente en dos años. Cuando terminas la secundaria, crees que puedes comerte el mundo… pero el mundo es cruel.

Al menos para una persona común. Grey no lo era; su futuro estaba asegurado.

—Tú… —titubeó, inseguro de confesar su preocupación. Pero entonces miró al chico y recordó que era un desconocido, alguien a quien probablemente no volvería a ver después de regresar a Inglaterra. Podría desahogarme, pensó. Tal vez sus palabras sirvan de algo… o al menos serán una distracción.

El joven le ofreció el cigarro otra vez. Grey lo tomó y, esta vez, entendió el truco y fumó correctamente.

—Tú… ¿qué sabes del amor? —preguntó de repente, rompiendo el silencio cómodo.

—Realmente, poco y nada.

Las expectativas de Grey se esfumaron. Ah, al diablo, pensó. Ya había empezado; podía seguir.

—Me gusta alguien —confesó, pasando el cigarro al joven de vez en cuando—, pero a esa persona le gusta otro.

—Un amor no correspondido —dijo el joven, y Grey no tuvo más remedio que asentir. Así era. Luego lo miró, esperando una respuesta.

—Bueno, para mí es simple: busca a alguien más.

Grey arqueó una ceja.

—¿Cómo?

—Es fácil. Hay mucha gente en el mundo.

—Sí, pero no es tan sencillo…

—En realidad, sí lo es —afirmó el joven. —Si esa persona no siente lo mismo, mira hacia otro lado. No sufras esperando algo que no pasará. Como dije, hay millones de personas en el mundo. Conocerás a otra que sí te valore, y olvidarás este desamor pronto.

¿Era realmente así de fácil? Grey lo dudaba, especialmente sintiéndose tan devastado.

—El mundo no se acaba porque tú sufres —agregó el joven. —Ánimo, pasará.

Le dio una palmadita en el hombro, apagó el cigarro, lo tiró al basurero y se preparó para irse.

—Buenas noches. Espero que descanses hoy.

Grey asintió.

—Sí, gracias. Buenas noches.

Pero lo dijo distraído, aún pensativo.

—¿Es así de fácil? —murmuró.

No estaba convencido…




Había estado reflexionando sobre las palabras de ese chico durante todo el día, pero no lograba decidir si eran ciertas o no.

Para Grey era difícil. Tomar la decisión de buscar a otra persona en la cual depositar todos sus afectos era imposible, no podía mirar a nadie más. Y hoy Sirius había estado particularmente hermoso, no había podido sacarle la vista de encima.

Así que, una vez más, en la noche no pudo conciliar el sueño.

Volvió al lugar habitual, esperando encontrar al mismo chico, y allí estaba, con un cigarro apagado entre los dedos.

—Hola de nuevo —saludó Grey, con una alegría que ni sabía de dónde había salido.

El chico lo miró y sonrió.

—Buenas noches. Veo que otra vez no puedes dormir.

—¿Y tú? Siempre estás aquí cuando vengo.

—Es mi tiempo de descanso. Me gusta venir por la vista —añadió, señalando el mar con un gesto.

Grey se colocó a su lado, más confiado, y observó el agua. Esa noche, la luna estaba casi oculta, y solo se distinguía la inmensidad del océano en la penumbra.

—¿En qué trabajas en el hotel? —preguntó, intentando mantener la charla.

Aunque el chico le había dicho que trabajaba allí, Grey no lo había visto en ningún turno. Además, no vestía como empleado… aunque eso no significaba mucho; no conocía a todo el personal. El hotel era grande, y contaba con varios restaurantes.

El chico jugueteó con el cigarro antes de encenderlo. Dio una calada y se lo ofreció a Grey, como la noche anterior.

Grey lo tomó con naturalidad, como si ya fuera un experto. En realidad, había creído que sería cosa de una sola vez, le habían enseñado a evitar vicios, y siendo menor, no esperaba que el joven se lo siguiera compartiendo.

El chico tenía 19 años. No había mucha diferencia, y aunque él podía fumar legalmente, Grey no. Pero eso nunca lo había detenido; siempre hizo lo que quiso, incluso lo prohibido.

—Trabajo en las cocinas —respondió el chico, observando cómo el humo los envolvía antes de dispersarse con el viento.

De cerca, el chico parecía agotado: ojeras oscuras, pelo revuelto por la brisa. Se veía mayor de lo que era. Aun así, se veía bien.

—Hago doble turno —añadió. Cuando Grey le devolvió el cigarro, fumó y se quedó pensativo.

—Eso suena duro.

—Sí —sonrió—, pero las facturas no se pagan solas.

—Entiendo.

Mentira. Con su vida cómoda, Grey nunca había tenido que preocuparse por pagar facturas. Si el chico lo sabía, no lo demostró; solo miró el mar, fumando con calma.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Grey.

—Sebastián. ¿Y tú?

—Charles, pero prefiero que me digas Grey —aclaró rápido. —Es mi apellido.

—¿No es demasiado formal?

—Sí, pero no es por ser inglés. Es costumbre —explicó, dando la última calada al cigarro, ya casi consumido. —Mi primo se llama igual, y para evitar confusiones, nos llamamos por los apellidos. Así quedó la costumbre.

—Ya veo.

Grey, demostrando su puntería, lanzó la colilla al basurero desde donde estaba. Sebastián alzó las cejas, impresionado, y Grey se encogió de hombros, como diciendo: «¿Qué puedo decir? Soy talentoso».

—No pude evitar notar —dijo Grey— que tienes acento inglés. ¿Eres de Inglaterra?

Luego, corrigiéndose:

—Si no es molestia preguntar.

No quería tocar un tema delicado.

—Sí. Estoy aquí por trabajo. La experiencia es importante en la cocina.

Sebastián le contó que quería ser chef desde niño, que había ahorrado en pequeños trabajos para viajar al extranjero, aprender nuevas técnicas y conseguir un mejor empleo.

Cuando le tocó a Grey hablar sobre sus planes después de la escuela, una alarma de celular sonó, interrumpiéndolos.

—Es mía —dijo Sebastián, sacando el teléfono y desactivando la alarma. —Se acabó mi descanso.

Se apartó de la barandilla, listo para irse, pero al ver bostezar a Grey, lo miró.

—Te acompaño al hotel. Deberías dormir.

Grey quiso quedarse, pero sabía que terminaría volviendo. Así que asintió, aceptando el consejo.

Caminaron en silencio. Al llegar, Sebastián lo dejó en la entrada.

—Los empleados entramos por otro lado —explicó. —Espero que descanses. Buenas noches.

Grey le agradeció. Ambos sonrieron brevemente antes de separarse.

Mientras Grey se colaba de vuelta a su habitación, se tiró en la cama y cerró los ojos.

Pensó: Sebastián me cae bien.




Al día siguiente, Grey despertó de buen humor, algo completamente nuevo considerando que la amargura había protagonizado sus días desde que descubrió sus sentimientos por Sirius. Se sintió el doble de alegre, pensando que tal vez había superado esas emociones.

Pero al sentarse a su lado en el comedor y hablar como todas las mañanas, se dio cuenta de que todavía deseaba desesperadamente que Sirius lo mirara de la misma forma. Sin embargo, con tantos temores acumulados en el pecho, prefirió tomar la opción cobarde y, por lo tanto, la más dolorosa: fingir que todo seguía igual, que en su interior nada había cambiado.

—Hoy vamos al museo —le contó Sirius.

Grey fingió un bostezo; tenían la costumbre de molestarse mutuamente.

—La casa azul siempre es tan aburrida.

Sirius arqueó una ceja.

—¿Y ustedes qué harán? ¿Patear un balón?

McMillan, que estaba en la misma mesa, soltó una carcajada al escuchar el comentario. Pero cuando Grey le lanzó una mirada fulminante, se tapó la boca y bajó la cabeza, fingiendo concentrarse en su desayuno.

Grey, sin embargo, se rió.

—Esa fue buena —le dio unas palmaditas en la cabeza a Sirius, quien seguía masticando un bocado de huevos revueltos, actuando como si nada pasara, ya acostumbrado al trato de Grey.

McMillan lo miró con incredulidad, como diciendo: «¿A ti te causó gracia, pero a mí me miras mal por reírme?»

Bueno, solo Sirius tenía permiso para burlarse de él y salir bien parado. Los demás no podían decir lo mismo. Incluso Ciel, el hermano mayor de Sirius, sufría consecuencias cuando se atrevía a molestar a Grey.

De repente, cuando Grey retiraba la mano después de palmearle la cabeza, Sirius lo agarró de la muñeca. Ese simple contacto hizo que la emoción le inundara el pecho.

—¿Qué harás más tarde? —preguntó Sirius, mirándolo fijamente con aquellos ojos azules tan hermosos que Grey tenía que evitar perderse en ellos.

Tragó saliva y se liberó del agarre rápidamente.

—No lo sé todavía.

—Si estás desocupado, me gustaría que me acompañaras a…

Grey ni siquiera necesitó que terminara para saber adónde quería ir. Se inventó una excusa al instante, solo para evitar acompañarlo.

—No puedo, acabo de recordar que tengo planes con un amigo.

Y al decirlo, la imagen de Sebastián apareció en su mente.

—Tch. —Sirius hizo un puchero. —Nunca puedes acompañarme.

—No me interesa verte coquetear con tu amorcito —añadió Grey, con tono venenoso.

Sirius se sonrojó por completo.

—¡Cállate!

—¿Cómo dijiste? —preguntó Ciel de repente, que hasta entonces había estado comiendo en silencio mientras miraba su celular.

Grey tuvo que aclarar las cosas para que Sirius no se enfadara con él, aunque en el fondo sabía que estaba diciendo la verdad.

El desayuno terminó, y los estudiantes se dividieron según sus dormitorios para dirigirse a sus respectivas actividades.

Si Grey hubiera estado prestando atención, se habría dado cuenta de la mirada miserable que Sirius le lanzaba mientras estaban en la fila para subir al autobús.

Era tan estúpido. Sirius se había inventado lo de que le gustaba alguien en esa pastelería solo para que Grey tuviera curiosidad y lo acompañara. Quería llevarlo para que probara los dulces del lugar, porque le habían parecido deliciosos. Pero siempre era rechazado, incluso en cosas tan simples como acercarse a hablar. Era como si Grey lo estuviera evitando.

¿Tal vez… Grey se había dado cuenta de lo que sentía y le repugnaba?

No, si fuera así, lo sabría. Grey siempre era directo con él.




Era tarde por la noche, y Grey otra vez no podía dormir.

Pero esta vez no era por los sentimientos que lo atormentaban, lo cual era raro. Simplemente, durante el día había tenido tanto sueño por no dormir lo suficiente que se había echado una siesta, y ahora, su cuerpo parecía haberse acostumbrado a trasnochar después de tantos días yendo a dormir tarde.

Con un resoplido de exasperación, Grey se levantó, se abrigó y repitió el ritual de escabullirse por el pasillo y luego por la recepción. Hoy el recepcionista parecía estar viendo alguna telenovela, con una expresión compungida como si se hubiera identificado demasiado con el drama de los personajes. Grey pasó sin problemas, caminando con naturalidad, sin necesidad de esconderse.

Mientras se dirigía al lugar de siempre, una expectativa crecía en su pecho. Como si esperara encontrarse con Sebastián otra vez, como todas las noches anteriores. Y cuando lo vio allí, en su sitio habitual, no pudo evitar esbozar una sonrisa de genuina alegría.

Qué extraño, pensó, que este chico, a quien apenas conozco, me haga sentir así.

—Buenas noches —saludó.

Sebastián asintió, devolviéndole la sonrisa.

—Buenas noches. No esperaba verte de nuevo.

—¿Por qué no?

—Pensé que ya te habrías cansado de venir aquí a medianoche.

—Bueno, intenté dormir pero no pude.

—¿Sigues preocupado?

—No —respondió Grey, sorprendiéndose a sí mismo con la respuesta. Hoy no estaba martirizándose por su amor no correspondido. —No lo sé, simplemente no podía dormir.

—Cuando algo bueno viene, suele traer algo malo consigo —dijo Sebastián con aire de sabiduría. Grey notó que esta vez no tenía un cigarrillo.

—¿Hoy no fumas?

Sebastián negó con la cabeza.

—Eso lo reservo para cuando estoy de turno.

—¿Hoy no trabajas?

—Los viernes hago media jornada.

—Ah —fue todo lo que se le ocurrió decir a Grey.

—¿Qué harás entonces? —añadió después.

—Nada, iré a mi casa. ¿Y tú?

Grey se encogió de hombros.

—No sé.

Sebastián abrió la boca como para decir algo, pero dudó un momento antes de finalmente hablar:

—¿Quieres venir a mi apartamento a pasar el rato?

La invitación sonaba ligeramente sugerente, o quizás era Grey sobrepensando las cosas. Aunque la propuesta parecía casual, había cierta tensión palpable en el aire. Grey no tenía experiencia en relaciones —de hecho, estaba sufriendo por un amor no correspondido—, pero no era tan ingenuo como para no captar las posibles intenciones detrás de la pregunta.

Le caía bien Sebastián, aunque no lo conocía del todo, solo habían tenido unas cuantas conversaciones nocturnas. Y aunque sabía que podía ser peligroso, se dio cuenta de que no le importaba. Estaba seguro de que podría manejar la situación si las cosas se ponían raras.

—Claro —aceptó. —¿Está muy lejos?

—No, a unas cuadras. Podemos ir caminando.

—Vamos —dijo Grey, y emprendieron la marcha.

El paseo fue tranquilo, acompañado de una conversación casual sobre la ciudad. Cuando llegaron, Sebastián abrió la puerta con llave, revelando un estrecho vestíbulo con escaleras. Subieron hasta un pasillo lleno de puertas.

El apartamento de Sebastián era el número 6: un monoambiente con una cocina pequeña, una sala de estar, lo que parecía ser un baño y otra habitación que Grey supuso sería el dormitorio.

—Adelante —indicó Sebastián con un gesto. —Siéntate donde quieras.

Grey asintió y se acomodó en el sillón más grande, observando los detalles del lugar. Las paredes mostraban manchas de humedad y la pintura estaba descascarada, al igual que algunos muebles. Aunque Grey era lo que muchos llamarían un «niño rico», no era la primera vez que visitaba un lugar así. Tenía amigos de menos recursos y había estado en casas similares antes, por lo que no mostraba la sorpresa o el asco que alguien de su posición social podría manifestar.

En Londres habían lugares así, y peores, donde se organizaban fiestas a las cuales Grey solía ir para pasar el rato. Esto no lo descolocó como podría parecer; sus ojos recorrían el pequeño apartamento con la curiosidad que provoca estar en un sitio extraño.

Sebastián regresó con dos botellas de cerveza y se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus rodillas se rozaran.

—Ten —le pasó una de las botellas.

Grey la tomó con educación, notando que estaba fría y que la tapa ya había sido abierta. Dio un sorbo tentativo. No le gustaba el sabor. Sin duda era una cerveza barata, pero por educación decidió seguir bebiéndola.

—Yo tampoco creo que pueda dormir —comenzó diciendo Sebastián. —Suelo trabajar hasta las seis.

—Entiendo que durante el día trabajas en la cocina. ¿Qué haces por la noche?

—También trabajo en las cocinas. Por la noche atiendo el bar, y hay algunos aperitivos en el menú que requieren preparación. Nada complicado, claro.

—Entonces —sonrió Grey—, mañana debería ir al bar.

Tomándolo como un reto, Sebastián también sonrió y se levantó.

—Ya que estás aquí, puedo prepararte algo.

Entusiasmado, Grey lo siguió hasta la cocina, nunca podía resistirse a un bocadillo. Sebastián sacó varios ingredientes de la nevera, y poco después Grey observaba desde el otro lado de la pequeña barra mientras el mayor cocinaba un croque madame en una de las hornillas.

Cuando estuvo listo —algo que no tomó mucho tiempo a pesar de los varios pasos—, Sebastián lo colocó en un plato y se lo alcanzó a Grey, quien dejó de lado la cerveza para probar el sándwich.

—¡Está delicioso! —lo alabó, terminándolo en pocos bocados.

Sebastián se veía visiblemente complacido.

—Me alegra que te guste —fue su humilde respuesta.

Volvieron al sillón y continuaron hablando de trivialidades, hasta que la conversación derivó nuevamente en los problemas de sueño de Grey.

—¿Todavía no has resuelto lo tuyo?

—No es tan sencillo —refunfuñó Grey, molesto porque Sebastián parecía pensar que podía superar sus sentimientos de un día para otro.

Sebastián se encogió de hombros.

—Yo no soy el más indicado para dar consejos de amor.

—¿Tienes experiencia? —preguntó Grey, dándose cuenta demasiado tarde de lo personal que sonaba la pregunta, pero ya estaba dicho.

A Sebastián no pareció importarle.

—Sí, pero ningún amor que me quitara el sueño. ¿Y tú? Aparte de esta persona que ahora no te deja dormir.

Mientras bebía un trago de su cerveza, miraba a Grey con cierta diversión. Grey se sintió avergonzado y estuvo tentado de mentir para quedar bien, pero finalmente optó por la verdad —algo que no solía hacer con cualquiera. No sabía por qué, pero este chico lo hacía querer ser sincero. Quizás era porque desde el principio le había confesado abiertamente su drama con Sirius.

—No.

—¿Beso? ¿Algún roce?

—No —respondió Grey, sintiendo cómo se sonrojaba como un virgen. Bueno, porque lo era.

Oportunidades no le habían faltado, simplemente, era tan estúpidamente sentimental que no había podido tomar esas chances. Manteniendo una fidelidad que no tenía sentido, dado que Sirius no le correspondía.

Sebastián se rió, para mayor mortificación de Grey.

—¿Qué tiene de gracioso? —preguntó secamente.

—Que todavía no has dado tu primer beso, pero ya estás sufriendo como un despechado por alguien que no te deja dormir.

—No es gracioso.

—Puede ser —dijo Sebastián, tomando otro sorbo. —A tu edad, yo no había experimentado nada parecido.

—Qué suerte la tuya —respondió Grey con ironía, todavía ofendido por las burlas, y ya maquinando alguna forma de venganza.

De repente, Sebastián dejó su botella de cerveza en la mesa ratona frente a ellos.

—¿Quieres experimentar? —preguntó.

Grey tardó unos segundos en procesar la pregunta, mirándolo con una ceja arqueada en expresión de incredulidad.

Como ya estaban cerca, Sebastián solo necesitó inclinarse un poco para invadir su espacio personal. Sus rostros quedaron a centímetros de distancia. Grey podía sentir su aliento, el aroma a alcohol mezclado con algo más que no resultaba desagradable. Una emoción desconocida comenzó a burbujear en su pecho.

Sebastián le tomó la barbilla con suavidad, mirándolo con una expresión que no dejaba lugar a dudas sobre sus intenciones.

Sin oponer mucha resistencia, Grey asintió.

¿Por qué estoy aceptando esto? pensó. ¿Y por qué me entusiasma tanto?

En el proceso creándose nuevas razones para no dormir más tarde.

Sus labios se encontraron en un beso suave, y de inmediato Grey sintió su corazón acelerarse. Con solo ese primer contacto, ya estaba sorprendentemente emocionado. Cuando Sebastián se separó brevemente para pedirle que abriera un poco la boca, Grey obedeció, y el segundo beso fue más profundo. La lengua de Sebastián exploró su boca, rozando la suya en un movimiento que le erizó la piel. Grey lo imitó, y pronto sus lenguas estaban bailando juntas, acompañadas por sonidos húmedos que solo aumentaban la excitación. Jadeó cuando Sebastián finalmente se separó.

—No lo haces tan mal —musitó el mayor, acariciándole el labio inferior con el pulgar mientras aún sostenía su mentón. El elogio mitigó un poco su vergüenza.

La mirada que Sebastián le dirigía lo hacía sentirse caliente por todas partes. Sintiéndose atrevido, Grey respondió:

—Aprendo rápido.

—Veremos —replicó Sebastián antes de volver a besarlo.

Esta vez el beso fue más intenso, y pronto Grey se encontró siendo empujado hacia atrás en el sillón, con Sebastián encima suyo. Mientras sus bocas se movían con urgencia, Grey le rodeó la nuca con un brazo, enredando los dedos en su cabello, mientras la otra mano descansaba en su espalda. Sebastián tenía una mano en su cintura —deslizándose ocasionalmente más abajo— y la otra seguía sosteniendo su mentón.

La habitación se llenó del sonido húmedo de sus besos y los jadeos que Grey no podía contener. Cuando Sebastián se apartó para dejar un beso en su cuello expuesto, la sensación fue electrizante, provocándole escalofríos.

—¿Puedo tocarte? —preguntó Sebastián en un susurro.

Con la mente nublada por la excitación, Grey asintió sin dudar. Sebastián comenzó a dejar besos y pequeños mordiscos en su cuello, haciéndole gemir suavemente. Pero lo que realmente lo enloqueció fue cuando, con la mano que tenía en su cadera, le levantó el muslo para acercarlo a su propia entrepierna, haciendo que sus erecciones se rozaran.

—¡Ngh!

Grey soltó un gemido más fuerte, cerrando los ojos y aferrándose a la espalda de Sebastián con desesperación. La sensación fue tan placentera que buscaba replicarla una y otra vez.

Su atuendo era simple: solo un pijama consistente en una camiseta y un pantalón holgado. Cuando salía por las noches, solo añadía zapatillas y una chaqueta para el frío, ya que siempre planeaba regresar pronto a la cama. Ahora, en el apartamento de Sebastián, ya se había quitado la chaqueta, dejando solo el pijama como barrera.

Sebastián no tardó en aprovechar esto, metiendo la mano que antes sostenía su mentón dentro del pantalón de Grey para tomar su miembro erecto. Lo envolvió con los dedos y comenzó a mover su mano con rapidez, arrancándole más gemidos a Grey, quien pronto le pedía que fuera más rápido, sintiendo que el orgasmo se acercaba. Mientras tanto, Sebastián alternaba entre chuparle el cuello y la barbilla, todo mientras sus caderas se movían al ritmo de la estimulación.

Grey no pudo aguantar más.

Soltó un gemido largo. Arqueó la espalda al alcanzar el clímax, manchando su ropa interior, un poco de su camiseta y la mano de Sebastián.

Quedó recostado contra el brazo del sillón, con la respiración agitada y la mente embotada por las nuevas sensaciones. Tocarse solo y que alguien más lo haga son cosas completamente distintas, pensó.

Mientras recuperaba el aliento, Sebastián se levantó y fue al baño, regresando con una toalla para que Grey pudiera limpiarse. Mientras lo hacía, notó que Sebastián todavía tenía un «pequeño» problema entre las piernas.

—Tú…

—No te preocupes —dijo Sebastián, restándole importancia con una sonrisa que pretendía mostrar que no estaba afectado.

—Mira la hora —señaló con un gesto hacia el reloj de pared, que marcaba las 4:50 a.m.

Mierda, pensó Grey. Era demasiado tarde. Aun así…

Habría dejado pasar el asunto si no hubiera notado el evidente problema de Sebastián. Sabía que debía irse, pero no creía que le tomaría mucho tiempo devolver el favor. Así que se levantó del sillón y se acercó al mayor, colocando ambas manos sobre su pecho. Desde esta posición, la diferencia de altura era más evidente. Grey tendría que ponerse de puntillas para besarlo.

—Deberías volver —dijo Sebastián, poniendo sus manos sobre las de Grey. —En serio, no te preocupes.

—Seré rápido —aseguró Grey, inclinándose para besarlo.

Esta vez no hubo negativa. Sebastián correspondió el beso con entusiasmo mientras Grey deslizaba las manos de su pecho hacia su entrepierna, bajando el cierre de sus pantalones y metiendo la mano dentro de su ropa interior para tomar su erección.

Envolvió su miembro con la mano izquierda y comenzó a moverla, apoyando la cabeza contra el pecho de Sebastián.




Sus actividades se habían extendido un poco más de lo planeado, pero a Grey no le preocupaba. Nadie notaría su ausencia en la habitación del hotel. Además, todos solían despertarse alrededor de las 8:00 a.m.; seguramente seguirían durmiendo ahora, ¿verdad?

Bueno, tal vez debería preocuparse. Eran casi las seis, y alguien podría estar despertándose a esta hora. Sin embargo, estaba de tan buen humor —aunque no llevara una sonrisa perpetua, su expresión lo delataba— que caminaba relajado de vuelta al hotel, sin apuro. Sebastián iba a su lado, con una expresión más contenida.

—¿No tendrás problemas?

Grey hizo un gesto con la mano, negando.

—Estaré bien. Entrar es igual de fácil que escapar.

Sebastián sonrió, divertido.

Al llegar, llegó el momento de despedirse, y Grey sintió ansiedad revolviéndole el estómago. ¿Cómo debería despedirse ahora, después de lo que había pasado en el apartamento?

Pero Sebastián fue más rápido, le dejó un beso en la mejilla y luego dijo el habitual «Buenas noches, que descanses bien». Grey asintió, repitiendo las mismas palabras, pero el mayor añadió algo más:

—Nos vemos mañana. —Se corrigió de inmediato. —No, quiero decir… más tarde.

—Claro —respondió Grey antes de entrar al hotel.

Como había dicho, entrar a hurtadillas fue tan fácil como escapar. Cuando llegó a su habitación, se tiró en la cama, sintiendo un cansancio profundo. Se durmió al instante, con una sensación cálida recorriéndole el cuerpo.


Sintió que alguien lo sacudía del brazo, cada vez más insistente. ¡Qué molesto! Grey simplemente se dio la vuelta, dándole la espalda a quien intentara despertarlo de su plácido sueño.

Pero de repente, sintió su cabeza mojada. El agua estaba tan fría que abrió los ojos de golpe.

—¡Qué carajos!

—Eso te pasa cuando no despiertas cuando te lo digo por las buenas —dijo Ciel, sosteniendo un vaso vacío.

Grey se incorporó y lo miró con odio puro. Ciel solo sonrió y se encogió de hombros, disfrutando claramente de su reacción.

—Sirius vino primero y lo ignoraste por completo. ¿Qué andas haciendo que no duermes bien? —preguntó con una ceja alzada.

La pregunta no tenía nada de malo; incluso había un dejo de preocupación en la voz de Ciel. Después de todo, eran amigos, aunque parecieran perro y gato.

Pero la pregunta le recordó lo sucedido anoche con Sebastián, e inevitablemente, su cara se sonrojó. Ciel lo notó y lo malinterpretó.

—¿Estás enfermo? —Dejó el vaso en la mesita de noche y le tocó la frente. —Estás caliente… Parece fiebre.

—¡Estoy bien! —Lo apartó con un manotazo y se levantó, dirigiéndose al armario para vestirse.

—Solo es un poco de insomnio.

No existía eso de «un poco» de insomnio: o lo tenías o no. Pero Ciel no lo corrigió; solo lo miró con suspicacia.

Grey no sabía qué hora era, pero supuso que había dormido muy poco. Se sentía agotado y, al mismo tiempo, extrañamente animado.

—Si tú lo dices… —dijo Ciel. —Te esperamos en el comedor. No te tardes, o nos comeremos tu parte.

La amenaza siempre funcionaba con Grey, que moría de hambre.

—Seré rápido —aseguró antes de meterse en el baño para ducharse rápidamente.

Oyó cómo la puerta de su habitación se cerraba: Ciel se había ido.

Mientras se duchaba y se cepillaba los dientes, su mente no dejaba de dar vueltas a lo ocurrido anoche. ¿Por qué había permitido que las cosas llegaran tan lejos? ¡Apenas conocía a ese chico!

Y sin embargo, se había sentido tan bien… Quería repetirlo, pero ¿no era demasiado pedir para alguien que acababa de conocer?

Sebastián le había preguntado si quería «experimentar» después de que Grey confesara su falta de experiencia. ¿Lo había hecho por lástima? Eso habría sido vergonzoso… si no hubiera sido porque Grey le había devuelto el favor.

Al recordar la expresión de Sebastián mientras lo masturbaba, era obvio que lo deseaba. Fue solo placer mutuo, sin sentimientos de por medio. Después de todo, solo se conocían desde hacía unos días, ¿cómo podían existir?

Sin embargo, Grey se sintió estúpidamente culpable. Como si estuviera engañando a alguien.

“No le debo nada” se convenció. “No somos nada ni nunca lo seremos”.

Se miró en el espejo. Su cuello mostraba las marcas de anoche.

Tendré que taparlas, pensó. Como hacía frío, sería fácil: una bufanda.

Terminó de vestirse y bajó al comedor, con los mismos pensamientos girando en su cabeza, sintiéndose extrañamente emocionado, al igual que confuso.




Al ser el penúltimo día de excursión, los estudiantes de la Weston College tenían el día libre para elegir su propia actividad. Podían hacer lo que quisieran, siempre que regresaran a la hora acordada y se mantuvieran en la zona designada de la ciudad. Así evitaban estudiantes perdidos y dramas con los padres.

Después del desayuno, Grey se unió al grupo de Sirius porque este insistió. No tuvo corazón (ni estómago) para rechazarlo, especialmente cuando supieron que irían a un restaurante a probar la gastronomía local.

—¿Sabían que la comida más popular aquí son las salchichas? —comentó McMillan, feliz de compartir datos sobre el país.

El comentario atrajo burlas de compañeros de otras casas que caminaban detrás de ellos.

—¡Como la que tú te tragas! ¡Ja, ja, ja!

—Por eso te ves tan feliz de ir a comer, McMillan —añadió otro.

Entre risas, se alejaron. Grey se encogió de hombros cuando el pelicastaño lo miró, herido.

—Te lo buscaste —le dijo.

McMillan suspiró, dándose cuenta de que mencionar cosas fálicas en un grupo de adolescentes era pedir a gritos que se burlaran de él.

—Ah, sí… tienes razón.

—Ignóralos —aconsejó Ciel. —Son descerebrados de la casa verde.

Luego, miró a Grey y guiñó un ojo.

—Menos tú, claro.

—Ja, ja. Gracias por la aclaración.

—Bueno… la mayor parte del tiempo —se corrigió Ciel, sonriendo burlón.

Grey estaba por responder con algo peor, igual de sonriente, pero Sirius lo agarró del brazo y lo apartó del grupo, quedándose atrás con él.

Grey arqueó una ceja.

—¿Qué pasa?

—Antes de ir al restaurante… ¿podemos ir a otro lugar?

—Claro —le respondió sin pensar.

Miró al grupo para preguntar, pero ya se estaban alejando. Ciel lo miró brevemente antes de seguir, como dándoles espacio. Parece que ya sabían de los planes de Sirius, pensó Grey.

Sirius tenía una expresión extraña. Ahora que lo pensaba, apenas lo había mirado, hablando poco durante el desayuno y el viaje. Hasta McMillan habló más en el bus, y él y Grey casi no conversaban.

Ahora que estaban solos, Grey podía preguntarle directamente.

—¿Estás bien?

—Sí —respondió Sirius, regalándole una de esas sonrisas hermosas que hacían que Grey olvidara mantener la compostura.

Quería parecer serio para que Sirius se sincerara, pero no pudo evitar devolverle la sonrisa.

—¿Y tú? Te ves cansado.

Grey soltó una risa forzada. Si Sirius supiera lo que hizo anoche… Desvió la mirada, incapaz de sostenerle la vista.

—No he dormido bien desde que llegamos. Insomnio, supongo.

Si supieras que es por ti, te sentirías horrible, pensó. Sirius era tan amable… Si ese idiota de la pastelería lo rechazaba, Grey iría a romperle la cara.

Sirius se rascó una mejilla, tímido y adorable.

—Yo tampoco he dormido bien estos días.

—No se nota —dijo Grey, pellizcándole la mejilla. —Te ves fresco como una lechuga.

Y hermoso como siempre, pero eso se lo guardó para sí.

Sirius se sonrojó y miró hacia otro lado, carraspeando.

—No seas tonto… Vamos, si tardamos mucho, no llegaremos al restaurante.

Grey asintió y lo siguió. Sirius era quien sabía a dónde iban.

—¿A dónde vamos? —preguntó Grey.

Sirius no quiso decirle.

—Es una sorpresa.

Grey decidió seguirle el juego.




Tendría que habérselo esperado. Pero la falta de un buen descanso no lo tenía bien avispado últimamente.

—¿Es en serio?

—Grey… —Sirius parecía nervioso.

—Yo… —apretó los labios. —Te dije que no quería acompañarte para que veas al que te gusta.

La entrada de la patisserie estaba frente a ellos. La gente que entraba y salía miraba con curiosidad a los dos adolescentes plantados en medio del camino.

Sirius lo agarró del brazo y lo arrastró a un lado, apartándolo del paso.

—Eso es mentira.

¿Eh?

Sirius tragó saliva y lo miró fijamente. Sus ojos azules reflejaban temor, y Grey sintió cómo su corazón comenzaba a latir frenéticamente.

Sirius se mordió el labio inferior, inseguro de continuar. Grey dio dos pasos hacia adelante, acercándose tanto que sus respiraciones se mezclaban. Sirius se veía avergonzado, estaban en plena calle y cualquiera podía verlos, con Grey invadiendo su espacio personal de esa manera. Podía malinterpretarse… o quizás esas eran precisamente sus intenciones.

—¿Qué quisiste decir? —presionó Grey. —Mírame.

Le tomó la cara con la mano izquierda, apretando sus mejillas entre el pulgar y el índice. Sirius parecía ridículo y adorable con las mejillas así comprimidas, pero Grey no podía distraerse con su encanto ahora. Necesitaba una respuesta.

Sirius alzó la vista lentamente. Sus estaturas eran similares, aunque Grey lo superaba por unos centímetros. Cuando Sirius giró su rostro hacia él, Grey soltó el agarre. Ya no era necesario, ahora Sirius lo miraba directamente.

—Es mentira lo de que me gusta alguien de aquí —murmuró Sirius, pero Grey lo escuchó perfectamente.

De repente, el peso que había cargado todos esos días desapareció. Su pecho se sintió más liviano.

Soltó una risita de alivio.

—¿Y por qué harías algo tan tonto?

Sirius, aunque nervioso, esbozó una sonrisa.

—Quería darte una sorpresa trayéndote aquí. Los postres son deliciosos.

—¿Ya los habías probado? —Grey arqueó una ceja, fingiendo ofenderse. —¿Sin mí?

—¡No fue así! —se defendió Sirius. —Edward me compartió un poco del que había comprado. Él me recomendó este lugar.

Luego añadió, avergonzado:

—Yo quería venir contigo.

Grey lo miró en silencio por unos segundos.

Sirius era tan tonto, provocandole todos estos sentimientos complicados, pero también era tan dulce. Tenía ganas de abrazarlo y besarlo allí mismo, pero en lugar de eso, lo agarró del brazo para arrastrarlo hacia adentro.

—¡Entonces vamos!

Una vez dentro, pidieron una cantidad exagerada de dulces (bueno, en realidad fue Grey quien pidió; Sirius no parecía capaz de comer tanto).

Al final, llegaron tarde al restaurante. Ciel y McMillan ya habían comido, mientras que Grey y Sirius ni siquiera tenían hambre después de tantos postres.

—Parecen contentos, ¿no? —comentó McMillan a Ciel, observando cómo los dos adolescentes se sonreían y reían juntos mientras miraban algo en el móvil.

Ciel también los miró y asintió, con una sonrisa de alivio.

—Eso parece.




Cuando regresaron al hotel, el sol se escondía por el horizonte, y la temperatura comenzaba a disminuir.Su grupo se había pasado el día comiendo, por lo que lo único que querían hacer era pasar el rato e irse a sus habitaciones a dormir para el último día.

Ahora que Grey sabía que Sirius no estaba enamorado de nadie más, de repente sus esperanzas renacieron, aunque en realidad nunca habían desaparecido.

Pero, sentía miedo de confesarse. Aunque pasaron todo el día juntos e incluso ahora, Sirius estaba a su lado, riéndose por un chiste gracioso que dijo McMillan, Grey solo lo observaba, ahogándose de amor e incertidumbre.

Cuando regresó a su dormitorio, se tiró en cama, sin molestarse en ponerse el pijama.

Tenía sueño, y por primera vez en días, sentía que si cerraba los ojos dormiría.

Sin embargo, algo que había enterrado en algún rincón de su mente, emergió para ser recordado.

Sebastián.

La felicidad por el engaño de Sirius lo había distraído de ese asunto.

De pronto, su mente se llenó de recuerdos de lo ocurrido en aquel apartamento, y una oleada de excitación lo recorrió. Tragó saliva y negó con la cabeza.

No se repetiría. Solo había sido algo pasajero.

Mañana era su último día. No tendría otra oportunidad de ver a Sebastián; se irían por la tarde.

Miró la hora, eran las 11 p.m.

Sebastián había dicho que trabajaba en el bar por las noches… ¿sería tonto si se despedía de él?

Grey quería verlo, y esa certeza lo avergonzó.

—No —murmuró, escondiendo la cara en la almohada. —Es estúpido.

Pero tras dar vueltas en la cama un par de veces, las ansias lo obligaron a levantarse.




https://youtu.be/kwyMLDjawfw

(Opcionalmente, pueden escuchar esta canción en esta parte del fic. Todo el álbum me inspiro a escribirla historia en sí).


En el bar había poca gente, y nadie controló que Grey fuera mayor de edad, por lo que ingresó sin ningún problema.

Se acercó a la barra, y vio a Sebastián. Sin pensarlo, esbozo una sonrisa.

—Hola.

Sebastián alzó la vista de algo que veía, y al reconocerlo, sus labios se curvaron.

—Hola —respondió. —No esperaba verte aquí.

Grey se sentó frente a él.

—¿Me prepararías algo?

—No puedo servirte alcohol.

Grey rió brevemente, y negó con la cabeza.

—Me refería a comida.

Estuvo a punto de añadir «como lo de anoche» —refiriéndose al sándwich—, pero se mordió el labio. Podía malinterpretarse, y después de lo ocurrido, cualquier insinuación volvería las cosas el doble de incómodas.

—Claro —dijo Sebastián.

“Su sonrisa es bonita” pensó. Luego, carraspeó, sintiéndose tonto por pensar eso.

—¿Quieres algo como lo de anoche? —preguntó Sebastián, y Grey se quedó paralizado, tardando un par de segundos en asentir, soltando una pequeña risa nerviosa.

Sebastián se rió de él.

Claramente lo había hecho con el propósito de burlarse, provocando que su cara se sintiera roja de la vergüenza.

—C-Como sea —farfulló, agarrando el menú para esconderse. —Quiero esto.

Señaló al azar.

—Una tortilla española —leyó Sebastián animadamente. —Bien, te la prepararé enseguida.

Se metió tras una puerta que sin duda llevaba a la cocina. Pronto se escucharon sartenes y el ruido de utensilios. Grey se inclinó, intentando ver algo, pero desde su posición no distinguía nada. Al final, se rindió.

Apoyó un codo sobre la barra y la barbilla sobre la palma abierta.

Un suspiro se le escapó, sintiéndose extraño. Una emoción borboteaba en su estómago, no era desagradable, pero era confuso.

“Me gusta” admitió con dificultad. “Él me gusta”.

¿Era posible que le gustara una persona cuando amaba a otra?

Seguramente estaba confundiendo todo: el deseo con el amor, el amor con el deseo.

Cuando Sebastián regresó, Grey se concentró en la comida. Olía delicioso.

Bajo la mirada atenta del otro, devoró el plato en minutos.

—Parece que tenías mucha hambre —comentó Sebastián. Aunque, en realidad, Grey siempre comía así. Por algo le decían glotón.

Aun así, asintió sin levantar la vista del plato.

—Mañana es mi último día aquí —dijo de pronto.

Estaba siendo dramático, evitando su mirada, así que finalmente alzó la vista. Notando, que los ojos de Sebastián eran de un granate sereno.

Ver su tranquilidad, a su vez, le transmitió calma.

—Venía… a despedirme —continuó Grey, suavizando la voz. Poco a poco, sonrió. —Me agradó conocerte.

—Fue un gusto —respondió Sebastián, tendiendo la mano con aire juguetón. Grey la estrechó, y su sonrisa se amplió. —Espero que resuelvas tus problemas de sueño pronto.

—Sobre eso… —Grey separó las manos lentamente. —Creo que ya estoy mejor.

—¿En serio? —Sebastián tomó el plato vacío. —Eso es bueno.

Grey se levantó. Era hora de irse.

En la barra había una lapicera olvidada, solitaria sobre el mármol negro.

—Por cierto —la agarró junto a una servilleta de papel y escribió rápido antes de entregársela a Sebastián. —Este es mi número —explicó, tragando saliva junto con su vergüenza. —Si algún día vuelves a Inglaterra y necesitas ayuda con algo…

Sebastián asintió sin decir nada, solo lo miró con una sorpresa sutil.

Grey se dio la vuelta, sin despedirse con palabras, sin importarle si parecía descortés. Solo quería irse rápido, huir de la vergüenza que lo consumía.

Y así, se perdió la hermosa sonrisa que Sebastián le dedicó a sus espaldas.

Capítulos
1. Primer amor y primera vez
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