Herederos de la Tormenta

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Sinopsis

En Nayara, el equilibrio entre los cuatro estados elementales pende de un hilo. Alioth, el heredero del trono, es el único capaz de controlar los cuatro elementos. Criado bajo la promesa de unidad y el peso de una corona que aún no lleva, ha aprendido que el poder no siempre inspira respeto… a veces solo provoca miedo. Y entonces, regresa Deneb. El exiliado. El traidor. El fuego que todos quisieron extinguir. Alguna vez fueron cercanos. Ahora están en bandos opuestos de un reino que se tambalea. Mientras los rumores de guerra se extienden como una tormenta y las alianzas se desmoronan, Alioth deberá enfrentarse no solo al enemigo, sino a los fantasmas de su pasado… y a la pregunta que ha evitado por años: ¿Puede salvar a Nayara sin perderse a sí mismo?

Genero:
Fantasy
Autor/a:
J.N León
Estado:
En proceso
Capítulos:
22
Rating
3.0 1 reseña
Clasificación por edades:
16+

Prólogo

La sangre caía en sus manos. Se preguntó, por un instante, cómo había acabado ahí.

Él no quería que esto pasara. Solo quería hacer las cosas bien. Pero, como siempre… lo había hecho mal.

El olor a hierro y tierra húmeda lo envolvía. Las llamas danzaban a su alrededor con rabia creciente.

Sus ojos captaron una figura alta entre el fuego. Y, de pronto, nada más importó.

Unos ojos grises lo miraban con furia. Trató de hablar. Tragó saliva.

Quiso volver el tiempo atrás. Volver a ese salón iluminado por la luna. Donde, por un instante, se había sentido seguro.

Sus manos temblaron. Alzó una de ellas, cubierta de sangre, hacia él. Pero esa mano no fue tomada.

Solo se alejó.

Otra vez.

Quiso gritar. Quiso decir que lo sentía. Que iba a cambiar. Que podía hacerlo. Por él.

Solo por él.

Pero no pudo.

Su garganta se apretó. Las lágrimas salieron sin permiso.

Y entonces, solo quedó esa pregunta:

¿Por qué siempre tenía que perder todo lo que amaba?

Sus sollozos se rompieron en el aire, después de años de silencio.

Ya no era él mismo. Ya no pertenecía a ningún lugar.

Un cansancio profundo se apoderó de su cuerpo. No luchó. Dejó que sus ojos se cerraran.

Y, antes de que la oscuridad lo envolviera por completo, solo un pensamiento persistió:

“Ojalá no vuelva a despertar.”