Prólogo
Dara
26 de enero de 1945.
El trueno resonó con tal fuerza que me hizo sobresaltar. Miré mis manos temblorosas, la piel arrugada me recordaba lo frágil que era, y entonces vi a la persona frente a mí. Su rostro estaba lleno de preocupación, y me gritaba varias veces, pero el miedo me paralizaba. Todo lo que podía sentir era terror, como si una sombra se hubiera apoderado de mí.
Él tomó mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarlo a los ojos.
──Escúchame… ──dijo con urgencia.
Asentí, aunque mi mente estaba en un caos.
──Tienes que irte, corre… no pares de correr, escúchame Dara, no dejes de correr ──continuó, su voz era firme, pero el pánico se reflejaba en su mirada.
Negué, intentando aferrarme a sus manos, como si eso pudiera mantenerme anclada a la realidad. Pero él negó con la cabeza, y me guió hacia un pequeño pasillo. Mientras caminaba torpemente, podía sentir la lluvia torrencial cayendo sobre nosotros, el sonido del agua golpeando el suelo mezclándose con el eco del trueno.
Él metía cosas en mis bolsillos, objetos que no podía identificar, y en medio de esa confusión, la oscuridad nos envolvía, dándonos una sensación de protección.
──Vete… vete ya ──ordenó, su tono era un imperativo que no podía ignorar.
El miedo seguía ahí, pero en el fondo, una parte de mí sabía que tenía que escuchar. La lluvia caía con fuerza, y el mundo exterior parecía desmoronarse.
──No, sin ti… no me iré ──respondí, la voz temblorosa, aferrándome a cada palabra. No podía dejarlo atrás, no podía imaginarme huyendo sin él.
Él gruñó, ese sonido familiar que siempre hacía cuando no le obedecía. Acunó mi rostro con sus manos, y en un instante, me besó con desesperación. Era un beso que sabía a despedida, a dolor, a un amor que habíamos construido a pesar de todo. Un amor verdadero, un amor pasional.
Mientras sentía sus labios sobre los míos, las lágrimas comenzaron a brotar sin control. Sollozé con fuerza, incapaz de contener la angustia. Él secó mis lágrimas con sus pulgares, su expresión era de determinación, pero también de tristeza.
──Es una maldita orden, vete… vete, por favor ──dijo, su voz era un ruego disfrazado de orden.
El peso de sus palabras me golpeó. Era una decisión que no quería tomar, pero sabía que no había otra opción. La lluvia seguía cayendo, los truenos retumbaban, y la oscuridad parecía acercarse.
A pesar de mi instinto de quedarme, algo dentro de mí sabía que debía irme. Me separé de él lentamente, mis manos aún sujetaban las suyas, como si pudiera detener el tiempo. Pero al final, solté su mano, el corazón apesadumbrado.
──Te amo. ──dije.
Él asintió, aunque el dolor en su mirada era evidente, al igual que en la mía.
Dolor, mucho dolor. Sabía cual era el destino de ambos, y eso hacia esto más doloroso.