Prólogo
La luna sabía. Sabía que los humanos eran criaturas de deseos efímeros, siempre hambrientas de lo prohibido, solo para abandonarlo cuando dejaba de brillar. Pero esta vez era diferente. No era simple capricho, sino algo más profundo: mentiras tejidas con hilos de seda, dolor que corroía como ácido y una desesperación tan densa que ahogaba hasta el último suspiro de esperanza.
Pero, había una verdad oculta, un secreto que solo unos pocos conocían... y que habían jurado llevar a la tumba. Porque ante la luna, las promesas no se rompían impunemente. Todos lo sabían: ella era poderosa, capaz de conceder milagros a quienes la veneraban. Pero también era rencorosa, y su ira, una vez desatada, no discriminaba entre inocentes y culpables.
La luna lo vio todo.
—¿Y ahora qué haremos? —murmuró una voz quebrada en la penumbra—. Se ha ido. No hay rastro, no hay pistas... es como si la tierra se la hubiera tragado.
Un silencio espeso llenó el aire, interrumpido solo por el crujido de las hojas secas bajo sus pies. Pero entonces... algo cambió.
—Además... —la voz se cortó, convertida en un hilo de terror—. ¿Qué diablos es eso?
El cielo, se desplomó en oscuridad.
En un instante, la brillante luz solar fue devorada. Las sombras se alargaron, retorciéndose como serpientes hambrientas, y un frío glacial se apoderó del ambiente. Por primera vez en siglos, la luna había cubierto al sol.
Un eclipse.
El mundo se sumió en una oscuridad absoluta, y en ese instante, algo despertó. Algo en aquel lugar maldito, en ese rincón olvidado donde solo los locos osaban entrar, algo despertó. Las leyendas hablaban de gritos en la noche, de sombras que susurraban nombres en lenguas muertas... y ahora, algo respondía.
Una voz que no era humana, ni terrenal, emergió desde las entrañas de la tierra. Un sonido que resonaba desde el vacío entre las estrellas, cargado de una rabia tan antigua como el tiempo:
—¡TE MALDIGO!—rugió, y el eco de sus palabras hizo temblar los cimientos de los árboles—.¡A TI Y A TODO TU LINAJE! ¡QUE LA MALDICIÓN DE LA OSCURIDAD CAIGA SOBRE TODO LO QUE AMAS!
Fueron solo segundos. Segundos en los que la luna devoró al sol. Segundos en los que el destino se torció para siempre. Pero bastó. Bastó para sellar un pacto que cambiaría el curso de la magia, de los hombres... y de aquellos que, como ellos, habían osado jugar con fuerzas que no comprendían.
Y cuando la luz regresó, ya nada volvería a ser igual.
Y en algún lugar, bajo aquel cielo ahora vacío, un llanto de recién nacido se alzó en la oscuridad.