☘️”La llegada”
Hay cosas de la vida que no podemos controlar y cosas que, por desconocimiento, decidimos ignorar. Sin embargo, en esta historia solo hay una cosa que reúne ambas frases: el destino.
El viento cortante traía consigo el aroma del bosque. Los árboles, gigantescos y silentes, observaban cómo las primeras sombras de la tarde se alargaban sobre el campo de batalla. Los humanos se alineaban, armados con lanzas, hachas y una furia antigua que nunca se había calmado del todo. Sus ojos brillaban con la determinación de quienes han esperado demasiado tiempo para vengarse.
A lo lejos, en la penumbra, los lobos aguardaban. No eran solo animales salvajes, no. Había algo más en ellos, algo que se ocultaba tras su pelaje y sus ojos centelleantes: un poder antiguo que les permitía adoptar la forma humana, disfrazarse de aquellos mismos que ahora los acechaban.
Los lobos, guardianes del bosque y sus secretos, habían vivido entre los humanos durante siglos, ocultando su verdadera naturaleza.
Pero hoy, las reglas ya no importaban.
El líder de los lobos, un imponente alfa con ojos dorados, observaba en silencio a los hombres desde la orilla del claro.
Su forma era la de un lobo majestuoso de pelaje gris oscuro, pero algo en su mirada delataba su verdadera esencia, su alma humana, escondida tras la máscara animal. Había pasado años entre los humanos, aprendiendo sus costumbres, su odio y su temor. Pero nunca olvidó su naturaleza salvaje.
Años de tensión llegarían a su fin ese día.
A la señal de su alfa, los lobos comenzaron a moverse, deslizándose entre los árboles con una agilidad sobrenatural con el fin de enfrentar a los invasores.
El líder humano, un comandante de mirada dura y estrategia implacable, había preparado la emboscada con precisión. Sabía que los lobos eran astutos, que su capacidad para transformarse en humanos les daba una ventaja, pero también sabía que confiar en su propia astucia podría ser su perdición. Conocer a su enemigo era la clave.
En la oscuridad, los humanos se dispersaron, formando círculos cerrados alrededor de las rutas que los lobos seguían al cazar, divididos en dos grupos para confundir a los lobos. Se camuflaron entre los árboles y las rocas, esperando el momento perfecto.
La tensión era palpable, una calma tensa que precede al estallido. Los lobos, ajenos a la trampa que se les tendía, se movían en silencio, confiados en su capacidad de ver más allá de lo evidente.
Y entonces, un ruido. Un crujido de hojas secas bajo las patas de un lobo. El líder de los lobos, aún en su forma animal, alzó la cabeza, percibiendo la amenaza, pero fue demasiado tarde. Los humanos, desde sus escondites, lanzaron sus redes y trampas con rapidez y precisión. Los lobos intentaron reagruparse, pero las redes se tensaron, atrapandolos con una fuerza brutal.
Pero cuando el líder humano alzó su espada con la intención de acabar con el líder contrario, el aire se cargó de una extraña electricidad. En un parpadeo, los lobos se lanzaron al ataque, pero no solo en su forma animal. Algunos de ellos cambiaron de forma en un suspiro, convirtiéndose en seres humanos con la agilidad de un lobo y la furia de un hombre.
La batalla estalló de inmediato. Los hombres luchaban con el coraje de aquellos que no entienden en qué se están metiendo mientras los lobos-en sus formas animales y humanas-atacaban con una ferocidad inesperada. Sus garras y colmillos se entrelazaban con las espadas y lanzas creando un caos indescriptible. Lobos y hombres caían; algunos sin entender cómo sus oponentes cambiaban de forma de un ser a otro con la facilidad de una sombra que se transforma en luz.
El suelo cubierto de hojas caídas se teñía de rojo mientras los gritos de guerra se entremezclaban con los aullidos de los lobos que resonaban en las profundidades del bosque.
Nadie sabía quién prevalecerá, pero todos sabían que esta guerra no sería como las demás...
—Enfermera Karina, disculpe la interrupción, pero la solicitan en la sala de urgencias; hay un parto de alto riesgo y me enviaron por usted —dijo una enfermera, entrando como si la habitación estuviera en llamas.
Ah, claro. Nada dice “interrupción oportuna” como un bebé a punto de llegar al mundo patas arriba. Karina suspiró, cerró el libro con resignación dramática y me miró con esa carita de “ni modo”.
—Bueno, creo que hasta aquí llegó nuestra lectura. Fue un gusto verte hoy, Jungwon-ah —dijo con tono de despedida final de temporada.
—Lo mismo digo. Si quiere, puede quedarse con el libro. Ya sé cómo termina —respondí yo, muy digno desde mi camilla, como si no acabara de confesar un crimen literario.
Ella me miró con traición en los ojos. Literalmente podía ver el zoom dramático en su cara.
—No puedo creer que me traicionaste así. ¡Quería que lo leyéramos juntos! Pero bueno… lo aceptaré —dijo con un tono falso de decepción digno de un Oscar. Muy sobreactuado, pero se lo respeto.
—Perdón, no me resistí. Lo leí completo el fin de semana —confesé, bajando la mirada. ¿Remordimiento? Un poco. ¿Vergüenza? Cero.
—Adiós, Jungwon-ah —dijo, mientras salía cual heroína sacrificándose por el bien mayor.
Y ahí me quedé, solo, otra vez. Yo y mis pensamientos, que —como siempre— decidieron arrastrarme a mi rincón favorito: el trauma.
Ese día. Ese maldito y soleado día de febrero. Mi cumpleaños número 11. El día que oficialmente me convertí en vampiro... sin colmillos ni glamour.
"Jungwon-ah, ¿qué pasa?", preguntó mi madre, preocupado, acercándose a mí como si estuviera viendo a su hijo convertirse en criatura mitológica.
"La luz del sol me duele", respondí entre lágrimas. Y no, no era drama adolescente precoz. Era dolor real. Como si el mismísimo sol hubiera decidido que yo no merecía existir bajo su resplandor.
Recuerdo la cara de mi papá, completamente horrorizado. Se notaba que pensaba: “¿Dónde fallé como padre?”. Yo me revolcaba en el sofá como un vampiro expuesto en pleno mediodía. Dolor de cabeza, mareos, y esa quemazón infernal en la mano.
Mi mamá, en su sabiduría de madre, primero dijo: “Debe ser que no tomó agua en todo el día”. Ajá. Claro. Hidratación mágica que cura alergias solares. ¿Por qué no lo venden en botellas?
Luego papá vió mi mano. Roja. Ardiente. Como si la hubiera metido en una olla con sopa hirviendo.
"¿Qué te pasó en la mano?", me preguntó, preocupado.
"No sé. Solo recuerdo que me empezó a arder después de que toqué la ventana de mi habitación", dije. Sí, la ventana. Ese cristal asesino que canaliza el sol directo a tu alma que me dejó la cicatriz más horrible que tengo en el dorso de mi mano derecha.
Y así comenzó nuestro tour hospitalario. Doctor tras doctor, diciendo lo mismo: “fotosensibilidad”. Como si solo eso explicara por qué mi piel de un día para otro gritara auxilio con solo cinco minutos de sol, también el echo de que mi cabello y ojos fueran más claros cada vez, como si algo les consumiera el color lentamente.
Pero bueno, fast forward a hoy: la puerta de mi habitación se abrió otra vez. Ya estaba pensando en ponerle una campanita como en los restaurantes.
—Hola, doctor Kim.
—Hola Jungwon, ¿qué tal te sientes hoy?
—Mucho mejor. Solo quiero volver a casa. (Traducción: Me voy a escapar si no me dan el alta).
Pero el doctor Kim, tan sereno como siempre, se limitó a mirar sus papeles.
—Tus exámenes muestran mejoría, pero no creo conveniente darte el alta aún. Esta mañana todavía tenías algo de fiebre —dijo con su voz de sabio calmado.
—Por favor, mi hermano llega hoy. Hace semanas que no lo veo. Quiero estar ahí para recibirlo. Sí, ¿porfa, doctor Namjoon?
—¡Won-ah, no seas tan informal con el doctor Kim!— exclamó mi madre.
Pero el doctor Kim Namjoon, que ya me soporta desde hace meses, sonrió. Ya me tiene cariño, qué puedo decir.
—No se preocupe. Hablaré con Karina para que puedas salir hoy… con la condición de que te hagamos un examen adicional. Solo para asegurarnos y que esa herida esté bien cicatrizada.
Y yo, con mi mejor carita de gato con botas, asentí como si no tuviera nada bajo la manga (mentira, ya estaba pensando en qué excusa usar para esquivar ese examen).
—¡Gracias! Es el mejor, doc.
Él solo suspiró como quien sabe que acaba de firmar un pacto con el diablo.
—Con su permiso, iré a gestionar todo.
Y ahí me quedé otra vez. En mi camilla. Medio humano, medio tostada. Pero con suerte… ¡fuera de aquí para la cena.
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Cómo es posible que comas eso casi a diario y te veas así de bien?—Exclamo el beta que en esos momentos jugaba con las hojas de una rama mientras veía a su amigo comer.
—No lo se, creo que es por mi metabolismo o genetica —respondió el alfa pelinegro mientras le daba otro mordisco a su hamburguesa.
—ya quisiera yo poder comerme una hamburguesa de ese tamaño o un litro de helado entero sin pensar en las calorías que me estoy comiendo.
—hazlo, quien te lo impide? debes aprender a disfrutar la comida sin que te preocupe tu peso, además, yo pienso que te ves bien Jake.
— Encerio hyung?
—si, es más creo que puedes ser el más apuesto del campamento, claro, después de mi.
Ambos jóvenes se sonrieron.
Pero el menor casi grita por dentro al lograr su objetivo de acercarse a el mayor.
—Vamos, es hora de volver.
—Si, quisiera saber si al volver a nuestras vidas nos podamos volver a contactar te parece bien?—hablo el menor esperanzado.
—te buscaré en cuanto nos devuelvan nuestros celulares, así podremos intercambiar números.
—apenas me mude a Corea te buscaré.
El menor asintió con mucha energía y convicción dejandose guiar por el mayor para retomar su camino hasta las cabañas del campamento.
—Hyung! Al fin llegas, ya llegaron por nosotros ven rápido—ambos fueron testigos de un pequeño castaño que se acercaba a pasos apresurados hasta llegar frente al mayor y halarlo, impidiendo que este se despidiera de su acompañante correctamente.
Ambos primos se encaminaron hasta donde los demás hacían fila para recibir sus pertenencias y subir al bus que los sacaría del campamento de verano en medio de la nada donde pasaron las últimas semanas.
Una vez recibieron sus pertenencias lo primero que hicieron fue encender sus móviles que al conectar a la señal sonaron como locos por las notificaciones que empezaron a llegar.
El castaño de ojos Hazel perdió el color frente a las notificaciones de un chat en específico que tenía más de 30 mensajes y llamadas.
—mis padres y los tuyos están locos, 25 llamadas. Ja’, como si no recordarán que fueron ellos quienes nos obligaron a venir aquí— dice el mayor con un dejé sarcástico.
Frunció el ceño al ver que su menor no respondió y solo veía fijamente un chat en específico en su celular.
—Tu novio te va a querer matar—suelta en forma de burla.
—No es mi novio.
Dice el castaño con evidente molestia por el comentario. Y es que no lo eran, Sunghoon solo era el mejor amigo de su hermano.
—No sabía que andabas por la vida besando a cualquiera.
Maldice el día que su primo lo encontró en una situación muy comprometedora en su consultorio.
Okey si, tenían más que una relación de amistad, pero nada serío o al menos de eso se quería convencer, pues no cree que sea correcto meterse con el mejor amigo de su hermano menor aunque este ya le haya confesado sus sentimientos antes de irse al campamento en otro continente...fué solo un error.
—Bueno, recuerda que el ya está en la edad de comprometerse así que es bueno que no se hayan enamorado, sería terrible para ambos.
—yo no… nada de sentimientos cursis, lo dejé claro esa vez.
Su boca se sintió extrañamente amarga.
—si, como digas—contesta el mayor con evidente sarcasmo.
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El aire del hospital siempre huele a una mezcla rara entre cloro y sopa recalentada. Aun así, ese día me supo a libertad.
—¿Listo para irte a casa, Jungwon-ah? —preguntó Karina, entregándome el alta con una sonrisa.
—Listo es poco. Ya hasta me aprendí de memoria la secuencia de pasos de la señora de la limpieza. Si me quedaba otro día más, iba a empezar a levantarme a ayudarle.
Ella se rió, como si no acabara de pasar meses cargando mis dramas médicos. Y ahí estaba mi madre, firmando papeles como si realmente supiera lo que estaba haciendo.
—Ay, mi pobre hijo… —dijo, llevándose la mano a la frente cual actor de telenovela barata.
Claro, el mismo que ayer me soltó un: “Ya, toma tus medicamentos y deja de quejarte” con su voz llena de fastidio.
Apenas crucé la puerta, escuché esa voz que no oía desde hacía semanas.
—¡Jungwon!
Y ahí estaba él, mi hermano mellizo. Con esa sonrisa radiante que nunca se le borraba. Nos abrazamos y fue raro… porque con él siempre es raro. Como si al tocarlo se activara un eco en mi cuerpo, un reflejo invisible que no entiendo.
—Sigues igual de dramático que siempre —me dijo, apretándome fuerte.
—Y tú igual de cursi. ¿No te alcanzó el viaje para aprender a abrazar como una persona normal? —le respondí, pero no lo solté. En el fondo, lo extrañaba como un loco.
Mi madre, claro, se acercó para unirse al saludo.
—Sunwon-ah, ¡qué bueno que llegaste! Tu hermano lo ha pasado tan mal… y tu padre y yo estábamos agotados de tanta preocupación desde que te fuiste…
Casi escupo la risa en su cara. ¿Preocupado? Fue el quien lo obligó a ir a un campamento en Australia como castigo para mejorar sus notas.
—Sí, mamá… —respondió Sunoo, pero se que en el fondo el también penso lo mismo que yo al oírlo.
De camino a casa, lo sentí extraño. Estaba más callado de lo normal, mirándome como si quisiera decir algo pero se lo guardara. Cuando nuestras manos se rozaron por accidente en el coche, un escalofrío me recorrió entero. Como cuando te acercas demasiado a una fogata: no te quema, pero incomoda.
Y lo más raro fue que el dolor de cabeza que arrastraba desde la mañana desapareció casi de inmediato, pero fue sustituido por un eco en mis oídos que se repetía como un...latido.
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Perdón si es algo aburrido el capítulo ;)