Capítulo 1
— Mierda — saqué el sobre del cesto de la basura. — Sólo ábrelo — lo giré y enganché mi dedo justo debajo de la solapa. — Mierda — resoplé y lo tiré de vuelta a la basura. Esto era ridículo. Dejé el cuarto. Dos minutos después, estaba de vuelta, tomando la maldita cosa de la basura por enésima vez en el día. — Vamos, tú puedes — me animé a mí mismo. — Sólo abre el maldito sobre.
Todo esto era culpa de Sophie. Ella y su ‘puedes ser lo que sea que quieras’ y toda esa mierda. Ni que fuera Barbie, además, ¿quién diablos iba a dejar a un chico recién salido de rehabilitación en su escuela? Seguramente esas personas no. Tiré el sobre nuevamente a la basura.
Necesitaba una bebida. Por supuesto, no tenía una bebida. Seguía teniendo esa tendencia a hacerme adicto a las cosas, así que básicamente: si mucho de algo podía matarte, me mantendría apartado de eso. No iba a volver a rehabilitación.
Supongo que no había sido del todo malo. Conocí a Hanna. Ella era mi consejera al decir no a las reuniones de crack. Ella sacó lo peor de mí, pero era justo lo que necesitaba. Desde que mis padres estaban siempre en la carretera, Sophie se presentaba cada vez, ahora y en ese entonces, para patear mi trasero y asegurarse de que me mantuviera limpio. Ella fue quien empujó las solicitudes por mi garganta hasta que finalmente las llené. No tenía intención de mandarlas, de hecho. Debió ser ella quien lo hizo.
Bueno, ella podría abrir la maldita cosa. No iba a ser rechazado.
Me tumbé en el sofá y tomé el control remoto. Pasé por los canales tratando de encontrar algo más que reality shows. ¿Cuántos más programas estúpidos podrían hacer? Tal vez debería mandar una solicitud para eso. Ellos siempre tenían a la gente más jodida que se podían encontrar. Seguramente, calificaría.
— Carajo — susurré. No podía evitarlo más. Tomé mi carta de rechazo de la basura y la rasgué para abrirla antes de que pudiera evitarlo nuevamente.
‘Querido Sr. Leclerc’
— Estamos insultados de que nos enviara su solicitud — murmuré. Entonces, inhalé y continué leyendo la carta actual en vez de hacer la mía.
‘Felicitaciones.’
¿Qué diablos?
‘Es un gran placer ofrecerle la entrada a la generación de aceptados de este año.’
Arrojé el papel. Mierda. Iba a regresar a la escuela. La primera vez no había sido un gran suceso. Ahora estos lunáticos decanos de admisiones me estaban dejando entrar otra vez.
Levanté la carta, tomé un par de respiraciones profundas y seguí leyendo. Esta era mi oportunidad para actuar responsablemente y hacer algo con mi vida, y esto me aterraba hasta el tuétano. No quería hacerlo solo.
Sophie y Papá no iban a ser de ayuda. Ellos me habían dejado tiempo atrás. Tiraban dinero en mi cuenta para mantenerme lejos de sus vidas, de hecho, por ellos estuve en rehabilitación.
Además todo por una insignificante cosa, es decir, casi quemas una casita, y la gente enloquece. Ni que hubiera sido a propósito. Juro que la gente camina en sueños; tenía sentido que yo tratara de fumar en el mío. Supongo que no debería bromear al respecto. Esa mierda estuvo a punto de matarme.
Christian probablemente me ayudaría si se lo pidiera. Era extraño que fuera más cercano al ex marido de mi madre que a mis propios padres. Cada vez que me quedaba en su casa, él siempre me trataba como otro hijo. Es por eso por lo que no podía llamarlo. No tenía derecho.
Eso dejaba a Max, mi lunático hermano. Él incluso vivía cerca de la maldita escuela. Él trató de ayudarme en el pasado, pero era simplemente demasiado teniendo un niño. Sabía que me amaba, pero Lando era su vida, y la última vez que lo había visto las cosas no habían salido del todo bien.
Estaba visitándolo. Mientras él estaba poniendo al chiquitín en la cama, yo estaba en el bar, derribado por los tragos. Beber siendo menor de edad era una de mis especialidades. Siendo el buen hermano mayor que es, él dejó a Lando con Christian para que así pudiera recoger mi ebrio trasero. Por supuesto, yo empecé una pelea en el bar, y Max siendo Max no iba a dejar que me patearan el trasero como posiblemente merecía, así que ambos terminamos siendo recogidos por Christian en la estación. Cuando él entró con el pequeño niño durmiendo en sus brazos, supe entonces que Max ya no podía seguir con mi mierda. Él tenía un niño en quien pensar. Él ya no podía meterse en problemas por mi culpa. Lo extrañaba horrores, a pesar de todo.
Faltaban algunas cuantas semanas antes de que pudiera mudarme a los dormitorios. No quería estar aquí más tiempo. Esta mierda era aburrida. Estaba seguro de que era posible divertirse sin todo eso del abuso de sustancias; sólo necesitaba encontrar a la gente correcta. Tal vez Max podría dejar que me quede con él hasta que las clases empezaran.
— ¿Dónde diablos está mi teléfono? — busqué a través de los cojines del sofá. Siempre perdía la estúpida cosa. Una vez lo encontré en el refrigerador — ¡Ajá! — lo encontré arriba del microondas. Al menos no estaba adentro.
Recorrí a través de mi muy corta lista de contactos y encontré su número.
— Peor es nada — golpeé al botón de llamar y esperé.
— No te voy a mandar dinero.
Sonreí. — ¿Qué? ¿Ningún ‘hola hermanito’?
— Hola hermanito, no te voy a mandar dinero.
— Veo que sigues siendo un maldito engreído. ¿Nadie te lo ha quitado todavía? — estaba sorprendido de que ambos hubiéramos pasado por la vida con todos nuestros dientes.
— ¿Qué quieres, Charles?
Eso era lo que esperaba. Usualmente sólo llamaba cuando necesitaba algo. Él no sabía sobre esta increíble nueva faceta que había tomado o lo que sea.
— Estaba pensando que podía pasar de visita — dije lo suficientemente inocente.
— No.
Él no quiso decir eso.
— Vamos, mariquita. Es para una buena causa.
— No me importa. Me has causado suficientes problemas.
Eso era verdad, también, pero yo era un nuevo Charles.
— Pero ¿qué hay sobre la hermandad? — eso tenía sentido en mi cabeza.
— Juro que, si te presentas aquí, haré que te detengan.
Colgó.
No me iba a arrestar. Max pensaba que yo seguía siendo un adicto. Supe que se había mudado para alejarse de todo el drama sobre el padre del bebé. La gente seguía sin dejarlo ir. Uno pensaría que ser embarazado por un hombre misterioso en un baile de máscaras hace siete años, ahora sería noticia vieja, pero ya ven como nos equivocamos. Sabía que él quería un nuevo comienzo para Lando. Él no querría que me presentara y arruinara las cosas para mi sobrino con mis malos hábitos. Solamente necesitaba ver que ya no era esa persona nunca más.
Por el momento, necesitaba empacar.
Iba a ser infernal tratar de meter todo en una motocicleta. Tenía dos enormes maletas de lona que podía atar detrás de mí. Gracias a Dios, no tenía una adicción a los zapatos o habría tenido que comprar un auto. Max y yo éramos de la misma talla, y él era asquerosamente rico, así que siempre podía tomar prestadas algunas de sus cosas hasta que fuera de compras. Si él estaba en ese ‘modo Papá’ con su estilo de moda, puedo ir por una playera o dos de mi sobrino.
Me pregunté si Lando se acordaba de mí. De lo que recordaba de él, era sin duda el chico más genial del planeta, y apenas tenía cuatro años.
Cuando Max orinó en el palo de la prueba de embarazo, estaba convencido de que iba a echar a perder a algún pobre niño. ¿Quién iba a saber que, hoy en día, iba a ser un excelente padre?
Mi estómago hizo ese aterrador gruñido, recordándome que, aparte de las palomitas que había desayunado, no había comido en todo el día. Necesitaba alimento, así que fui al supermercado.
Por supuesto, cuando llegué ahí no pude encontrar nada que quisiera cocinar. Sabía cómo cocinar, pero a veces era malditamente muy flojo. Decidí ordenar algo, pero elegir lo que quería comer nunca fue mi punto fuerte. Tomé mi teléfono de nuevo.
— ¿Qué?
— ¡Maxy! — el hijo de Sophie era una perra difícil. Lo amaba — ¿Qué estás comiendo?
— Comida china, ¿por qué?
Eso sonaba bien.
— ¡Gracias! — colgué y llamé a información por el número de un lugar con un buen servicio a domicilio.
Después de comer, terminé de empacar y caí en el sofá. Traté de ver una película, pero mi mente se mantuvo distante. Estaba un poco nervioso sobre cómo iba a reaccionar Max. De seguro, él no iba a hacer que me arrestaran, realmente. Podía ser un dolor en el trasero a veces, pero seguía siendo su hermano. ¿No había una regla en contra de este tipo de cosas? Decidí no preocuparme sobre eso y finalmente dormirme.
A la mañana siguiente, tomé una soda y una poptart y me dirigí a la puerta. Mi hermosa moto estaba lista con mis bolsas enganchadas en la parte de atrás. Ni siquiera sabía cómo diablos se llamaba la cosa. Solo me gustaba cuán rudo me veía cuando la manejaba.
Cuando rugió, volviendo a la vida, agité mi mano como despedida a la casa vacía de mis padres y me puse en camino.
Carlos
Era un día lento, como la mayoría en este pueblo. La gente aquí estaba loca, pero no eran criminales. La cosa más excitante que había pasado en semanas había sido un malentendido. Max y Lando se estaban haciendo rápidamente un nombre por ellos mismos. Por suerte para mí, casualmente eran mis vecinos.
1
Frecuentemente patrullaba en nuestro vecindario. Usualmente, era el lugar más interesante para estar. Ver a las personas que vivían ahí comunicarse con los otros era mejor que cualquier programa de televisión. A veces, tenía que recordarles ciertas cosas que no podían hacerse en público.
Mientras manejaba por delante de mi casa, algo captó mi atención. Había una desconocida motocicleta estacionada en la calzada de Max. Reduje la velocidad para averiguar, y fue cuando lo vi. El conductor con casco estaba husmeando sospechosamente alrededor de un costado de la casa de Max. Estaba a punto de escalar la barda para entrar al patio trasero cuando estacioné el auto y salté de ahí.
Max y Lando eran buenos amigos míos. No iba a dejar que algún cretino les causara algún problema.
— ¡Hey! — atrapé al chico por su chaqueta y rápidamente lo jalé de la barda. Era mucho más pequeño de lo que había pensado — ¿Me podrías decir qué haces escalando la barda de esta casa?
El delincuente alcanzó y removió su casco. Me tomó con la guardia baja cuando una ola de cabello multicolor cayó sobre la frente del chico más apuesto que había visto.
— Soy su prestamista — contestó sarcásticamente el joven — el maldito me debe dinero.
No tenía ganas de lidiar con delincuentes sabelotodo engreídos.
— Te sugiero que te subas a tu moto y te vayas por donde viniste.
— ¿Me va a obligar, Oficial? — preguntó valientemente, dando un paso hacia mí.
Puse una mano en mi arma. — Si tengo que hacerlo — contesté.
— Hey, cálmate, amigo. Sólo estaba bromeando. No soy un criminal. Lo conozco — dijo alzando sus manos en rendición. Había más que eso.
— Vete — ordené. No le creí ni por un segundo.
Él bufó. — Bien. Me voy.
Lo vi de cerca mientras caminaba lejos. Conocía a los de su tipo. Era solamente otro irrespetuoso universitario que pensaba que podía salirse con la suya. Juzgando por la calidad de su moto, podría apostar que sus adinerados Padres gastaban un montón de dinero para mantenerlo lejos de los problemas.
De pronto, arrojó su casco en el pasto y se soltó a correr. ¡Mierda! Se dirigía a mi carro. ¡El pequeño demonio estaba robando mi carro! Corrí después que él, pero no había ni una maldita forma de que fuera capaz de atraparlo.
2
Afortunadamente, el chico no era de por aquí, así que dio una vuelta en una calle sin salida. Atravesé algunas cuantas yardas hasta alcanzarlo. En su intento apresurado por dar vuelta, llegó al cruce y se atascó en una grieta. Lo sujeté justo cuando se disponía a escapar de ahí, y lo forcé a reclinarse contra el capó.
— Tu trasero irá a prisión — gruñí.
— Como si no hubiera escuchado eso antes — río — Llamaré a Max. Él me ha sacado de apuros en algún momento — así que, él sabía el nombre de Max. Pudo haberlo aprendido mientras estuvo fisgoneando.
Lo esposé, probablemente con un poco más de fuerza de la necesaria.
— Ya veremos eso — tendría que haber vuelto por el maldito auto. Al menos tenía la tranquilidad de que tenía las llaves conmigo esta vez mientras llevaba al molesto drogadicto de regreso a casa de Max.
— ¿Todos los visitantes de Max son maltratados así, o solamente es mi día de suerte? — preguntó, apoyándose perezosamente contra la casa.
Lo ignoré y toqué el timbre. Max abrió momentos después.
— Hey — su sonrisa se desvaneció — ¿Pasa algo malo? — preguntó preocupado.
— Atrapé a alguien merodeando alrededor de tu casa. Dice que te conoce — sujeté al pequeño delincuente y lo jalé hacia mí, para que así Max pudiera verlo — ¿Te parece familiar? — lo dudaba, pero quería asegurarme.
— Te dije que iba a hacer que te detuvieran si te aparecías por acá — Max lo miró. Bueno, lo conocía después de todo, pero obviamente no eran amigos. Vi que Sergio venía tras él, tratando de ver qué estaba pasando.
El dolorcito en el culo no parecía del todo enojado.
— Es bueno verte también, Mariquita.
¿Qué demonios? — ¿Mariquita? — dijimos Sergio y yo al unísono.
— ¡AH! ¡Tío Charles! — gritó Lando, apareciendo desde las escaleras. No podía creer esta mierda.
— ¡Lando! Te abrazaría, pero este fino oficial sintió la necesidad de esposarme. — Me miró impacientemente antes de girarse hacia su hermano — ¿Un poco de ayuda por aquí, Maxy?
— Carlos, puedes soltarlo. Este… único joven es mi hermano menor, Charles Marc Herve Perceval Leclerc — que rayos, ¿quién demonios nombraba a su hijo Charles lo que sea qué sigue? — Nuestra madre estaba claramente bajo los efectos de la anestesia cuando lo nombró, díganle, Charles.
Él sonrio. — No todos podemos tener nombres elegantes como Max. Además, soy mitad tailandés idiota.
Max estaba cada vez más y más irritado. No podía culparlo.
— ¿Qué se supone que estás haciendo aquí, Charlie? ¿No se supone que estabas en rehabilitación? — ahora, eso explicaba bastante. Tal vez podía ser quien llevara su trasero de regreso a la clínica.
— Estoy limpio — demonios. Solté el aire difícilmente y le quité las esposas — Sólo necesito un lugar para quedarme por unos días antes de mudarme a los dormitorios. Me voy a la Universidad. — Rogué para que Max dijera que no. No quería a este chico viviendo a mi lado.
— Aquí están las reglas — empezó Max. Mierda. — No fumar, no beber, y no maldecir en frente de los niños a menos que quieras perder todo tu dinero. Si nos arrestan por alguna de tus brillantes ideas, tú tendrás que sentarte junto a la marimacha la próxima vez — no me sorprendió que esos dos hubieran sido arrestados antes.
— ¿Niños? ¿Hiciste aparecer otro mientras estaba en rehabilitación? — era un delicado jovencito — ¿Y quién es el bombón que no se decide si mirarme a mí o a tus nalgas?
El haber sido atrapado ni siquiera preocupó a Sergio. Dio un paso al frente y sacudió su mano con una sonrisa. Se presentó a sí mismo y explicó cómo conoció a Max. Él parecía divertido con la idea de obtener información sobre Max de su hermano. Incluso hasta le ofreció prepararle la cena.
— Hay suficiente por si quieres unírtenos, Carlos. Estoy haciendo homelets.
— Creo que he tenido suficiente por un día, gracias — ni de coña, todavía tenía que sacar mi auto del maldito bache.
— ¿Por qué estás tan encabronado? Yo era el que tenía su trasero perseguido por la calle porque te negabas a creer que no era un criminal — no podía creer las agallas que tenía.
— ¡Tu trasero estaba en mí auto que tú robaste! — grité.
— Tomé prestado — sonrio. Dios tenía tantas ganas de dispararle.
— ¿Eso es un no para la homelet? — preguntó Sergio. También le iba a disparar.
Al menos Max parecía estar de mi lado. — Mete tu trasero en la cocina — le dijo a Sergio.
Lando estaba contando algo con sus dedos. — ¿‘Encabronado’ es una mala palabra? Si es así, tengo cinco dólares. — Max lo sujetó y lo escoltó hacia fuera del cuarto.
Su hermano se giró hacia mí. — Fue un placer conocerlo, oficial. Deberíamos hacer esto otra vez algún día — mi mano se torció hacia mi pistola mientras él se paseaba hacia la salida.
— Carlos, parece como si quisieras un trago. ¿Estás seguro de que no quieres quedarte para la cena? —preguntó Sergio una vez más — Estoy seguro de que Max tiene algo por aquí.
— No, gracias — contesté de forma mecánica. No estaba seguro de que mi auto control durara por el resto de la noche. Max era mi amigo. Los amigos no les disparan a los hermanos de otros amigos.
Tomó un pequeño movimiento estratégico, pero me las arreglé para sacar mi patrulla atorada sin tener que llamar a los refuerzos. Esta era una historia que los chicos de la estación no necesitaban escuchar. No iba a explicar cómo un jovencito se las arregló para robar mi auto.
Ya casi terminaba de patrullar, cuando recibí una llamada. Linda reportó una riña doméstica. Sabía que el chico nuevo iba a causar problemas. Los encontré a él y a Max tirados en su propio patio trasero. De hecho, era divertido de ver, haciendo a un lado mi previa irritación. Detuve el auto y los alumbré con la linterna.
— ¿Qué está pasando aquí?
El dolorcito en el culo sonrio sinuosamente. — Bueno, pero si es el Oficial Buenote.
¿A Max le importaría mucho si me deshacía de él?
— Tuve una llamada por una riña doméstica en el vecindario.
— ¿Cuál de los mariquitas nos delató? — preguntó Max irritado.
— Sabes que no puedo decirte eso — podía darle una pista de todas formas. Señalé la casa de Linda, cruzando la calle.
Los ojos de Max se entrecerraron en frustración. Linda estaba en problemas.
—Gracias Carlos. Ya nos vamos para adentro.
—Buenas noches — regresé al auto y lo moví. Observé por el espejo retrovisor para ver mejor. La sensación de peligro se apoderó de mí, mientras lo veía ordenar su cabello. Los problemas tenían un nombre, y era Charles.