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Lazos de hielo, destinos infinitos

Sinopsis

Con su poder restringido, Satoru Gojo, el hechicero más poderoso de su mundo, se ve arrastrado a un universo de dioses mitológicos, donde una obligatoria convivencia traerá consigo el nacimiento inesperado de una profunda conexión que dejará la promesa de dos destinos entrelazados a través del infinito.

Genero:
Romance
Autor/a:
Laura Kuran
Estado:
Completado
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Una grieta en el cielo estrellado

En las estaciones de metro de Shibuya, el caos era absoluto. Civiles aterrorizados corrían despavoridos mientras una gran esfera de energía brillaba con la intensidad del mismo sol. Gojo, momentos antes, había desatado una furia imparable contra Jogo, Hanami y Choso, tres maldiciones de grado especial que habían orquestado ese ataque masivo. Su poder abrumador había destrozado sus estrategias y los había puesto al borde de la derrota, demostrando una vez más por qué era conocido como el hechicero más fuerte. Sin embargo, en medio de la batalla, la aparición repentina de Suguru, su mejor amigo, fue una puñalada inesperada.

La sonrisa fría y distante en ese rostro familiar heló la sangre de Gojo más que cualquier ataque de maldiciones; y antes de que pudiera comprender completamente la situación, antes de que su mente pudiera procesar ver nuevamente a su amigo, el cubo extraño del Gokumonkyo lo detuvo con fuerza.

El impacto fue instantáneo. No hubo tiempo para reaccionar y desplegar su infinito como defensa. La sorpresa y la incredulidad lo paralizaron por una fracción de segundo fatal.

—Me gustaría contemplarte un poco más. Pero tienes razón, no quiero que pase un imprevisto. —Con una sonrisa, “Suguru” dio la orden que cambiaría la vida de Satoru Gojo para siempre—. Ciérrate.

El cubo comenzó a cerrarse, mientras que el rostro familiar pero horriblemente ajeno de Suguru, sonreía con una satisfacción fría. Sin embargo, justo antes de que el objeto completara su encierro, antes de que la oscuridad lo consumiera por completo, algo inesperado sucedió. Una chispa de furia y negación encendió su infinito, una reacción defensiva tan vasta e incontrolable que la propia realidad dentro del Gokumonkyo se distorsionó violentamente. El espacio se retorció, el tiempo se fragmentó, y una grieta luminiscente, un portal caótico e inestable, se abrió en la nada, arrancándolo de su prisión inminente con una fuerza brutal, arrojándolo a través del velo dimensional, sin rumbo fijo, hacia un nuevo y desconocido lugar.

La abrupta transición a través de la brecha, lo despojó de toda referencia espacial y temporal.

Sintió como si su misma existencia se desvaneciera, como si cayera en un abismo sin fondo, donde el tiempo y el espacio se retorcían y desdibujaban. Su percepción, normalmente aguda, se vio abrumada por una cacofonía de energías extrañas y un torbellino de visiones fugaces: constelaciones, enormes templos antiguos y la figura de una espléndida estatua de una mujer que sostenía un escudo y una figura alada.

Su pecho comenzó a apretarse, causando un dolor punzante y constante, como si su alma fuera desgarrada. Gojo, acostumbrado a tener un control absoluto sobre su entorno y su poder, experimentó una sensación de impotencia al sentirse arrastrado por fuerzas desconocidas.

En Shibuya, donde la desesperación y la energía maldita se arremolinaban como un vórtice oscuro, Kenjaku observó el repentino desgarro en la realidad con genuina sorpresa. Por un instante, la máscara de control absoluto se desdibujó, siendo reemplazada por una fascinación científica, una punzante curiosidad ante esta inesperada variable en sus meticulosos planes. Luego, la sorpresa mutó en una sonrisa lenta y calculada, una mueca que anticipaba las nuevas posibilidades que este fenómeno imprevisto podría ofrecer. A su alrededor, el bullicio explotó. Los gritos de terror de los civiles atrapados en la expansión de la anomalía, llenaron el aire en un coro de pánico ante lo incomprensible. Intentaban huir en estampida mientras sus rostros se desfiguraban por el miedo y la luz distorsionada del portal que proyectaba sombras grotescas sobre el escenario de su pesadilla. La propia energía maldita parecía agitarse con la apertura dimensional, volviéndose más errática y peligrosa, como si el tejido mismo de su mundo estuviera reaccionando violentamente a la intrusión.

—¿Qué está pasando? —preguntó Mahito, una maldición de grado especial que permanecía a su lado, incapaz de moverse. Su cuerpo, una amalgama de costuras y parches de carne, se estremeció ligeramente, incapaz de adaptarse a la extraña energía que emanaba del cubo mientras que su rostro reflejaba una confusión inusual.

—Interesante —murmuró Kenjaku, dando un paso hacia la esfera de energía que parecía palpitar como un corazón. La energía que emanaba del portal era extraña, diferente a todo lo que había sentido antes. Pero justo cuando Kenjaku extendió su mano para tocar el portal, este comenzó a fluctuar violentamente. Su luz se intensificó, contrayéndose sobre sí misma como un corazón a punto de estallar, para luego liberar un súbito y potente pulso de energía oscura, una onda expansiva que sacudió el suelo bajo sus pies y distorsionó el aire a su alrededor, silenciando momentáneamente los gritos de terror en aquella estación de metro en Shibuya.

El portal comenzó a cerrarse y a contraerse cada vez más rápido. Una última onda de energía surgió del portal, lanzando a Kenjaku y a Mahito hacia atrás. Aterrizaron con un golpe sordo sobre su trasero, el rostro de Kenjaku mostrando una mezcla de sorpresa y frustración.

—Maldita sea —gruñó, levantándose lentamente—. Tenía que cerrarse justo ahora. —Sonrió con arrogancia, mientras veía cómo el portal terminaba de cerrarse—. No importa; aún puedo sentir su presencia. Y lo que sea que haya del otro lado… será mío.

Mientras tanto, en el santuario de Athena:

La luna, llena y brillante, bañaba el santuario en una luz plateada. Las doce casas del zodiaco, silenciosas y majestuosas, se alzaban como guardianes de la noche. En el templo de Acuario, Camus, sentado junto a la chimenea que en raras ocasiones se prendía, disfrutaba de la compañía de su amigo Milo.

—Un Grand Cru de Burdeos —dijo Milo, levantando su copa de vino—. Perfecto para una noche tranquila.

Camus asintió, la copa pasando despacio por debajo de su nariz.

—Un vino excelente, Milo —respondió con voz suave pero firme, recordando que momentos antes, Milo interrumpió su lectura al entrar a la estancia con la excusa de llevarle un regalo especial, mismo que había traído de su último viaje con Kanon. Y claro que era especial, un vino traído de su país natal no era cualquier cosa—. Gracias.

Un breve silencio se extendió por la biblioteca, siendo roto por el crepitar de las llamas de la chimenea. Camus suspiró, intentando encontrar las palabras que estaba planeando decirle a su amigo en cuanto llegara de su viaje.

Después de las batallas experimentadas, primero Poseidón y después Hades, donde el cosmos de muchos de sus compañeros se había extinguido, no podía sacarse de la cabeza la necesidad de hacerse más fuerte. La fragilidad de su existencia, la cercanía de la derrota, lo habían marcado profundamente. Varios de sus compañeros compartían esta inquietud, razón por la cual se turnaban para viajar a lugares lejanos buscando sabiduría olvidada o simplemente la confrontación con entornos hostiles que pudieran templar aún más sus habilidades.

La paz era un respiro bienvenido, sí, pero también una pausa para prepararse para la inevitable tormenta que sabían, volvería a azotar el Santuario. Y él quería estar listo para eso, para enfrentar cualquier amenaza futura con una determinación renovada; sin embargo, el recuerdo punzante de la angustiosa reacción de Milo en su juventud cuando él fue enviado a Siberia para completar su propio entrenamiento, lo obligaba a reconsiderar ese pensamiento con seriedad.

Sabía que el escorpión no se desharía en un mar de lágrimas como entonces. Lo había comprobado al regresar a esas heladas tierras para entrenar a Isaac y a Hyoga. Su madurez y el tiempo transcurrido habían templado su espíritu, pero el sufrimiento seguía siendo una certeza dolorosa.

Desde su primer regreso de las gélidas tierras de Siberia, un retorno que coincidió con la vuelta de Athena de su viaje formativo por el mundo para transformarse en la elegante señorita que era ahora, su camino con Milo se había entrelazado de forma inseparable, construyendo una hermandad profunda que la distancia, incluso por un propósito noble, amenazaría con herir.

Milo notó el cambio sutil en el ambiente, una tensión casi imperceptible que se manifestaba en la manera en que los dedos de su amigo se aferraban con una fuerza inusual al delicado tallo de la copa de vino.

La rigidez en la espalda de Camus, la mirada ligeramente ausente eran signos inconfundibles. Era evidente que su amigo luchaba con palabras no dichas, con un peso en su interior que buscaba liberación, y él sabía que presionar directamente sería contraproducente, que Camus necesitaba su propio tiempo para ordenar sus pensamientos y encontrar las palabras. Milo lo conocía demasiado bien, después de todo. Pero, ¿por qué no ayudarlo un poco?

Con una sonrisa repentina y un brillo travieso en sus ojos, Milo soltó la bomba:

—Quiero declararme a Kanon —dijo de pronto, y Camus que en ese momento estaba absorto en el hipnótico bailar de las llamas de la chimenea, casi escupe el sorbo de vino que acababa de tomar. Con ojos muy abiertos y la sorpresa grabada en cada facción de su rostro, volteó hacia su amigo, encontrándose con la sonrisa ladina y divertida de Milo, cuyo plan para romper el hielo había funcionado a la perfección.

—¿Qué?

Milo hizo un mohín de fingida decepción al mismo tiempo que agitaba el líquido de su copa y la llevaba a sus labios.

—Cuando imaginé tu respuesta, esta sonaba más como un ya era hora y no un, ¿qué? Tiene tiempo que sabes lo que siento por él —resopló y volvió a llevarse la copa a los labios.

Camus sacudió la cabeza.

—Lo siento, es solo que me tomaste por sorpresa. ¿Cuándo piensas hacerlo?

Milo observó a su amigo por encima del cristal de su propia copa.

—Cuando regrese de la misión que Athena acaba de encomendarle. Al parecer, Artemisa ha reencarnado en la tierra y quiere asegurarse, de que si está en lo correcto, no sea una amenaza como Poseidón o Hades.

Camus asintió.

—Esta vez no fuiste con él...

—Necesito arreglar las cosas para decirle lo que siento. Si iba con él, no tendría la oportunidad ni el tiempo para prepararme.

—¿Tienes pensado algo?

Milo negó con la cabeza.

—Pensé que podrías ayudarme. Darme ideas.

Camus frunció el ceño. La petición de Milo se sentía tan absurda como pedirle a un glaciar derretirse a voluntad. Su vida había estado dedicada al entrenamiento, a la protección de Athena, a la contención de sus emociones. La idea de una “pareja”, de la intimidad y las complejidades emocionales que implicaba, era un territorio inexplorado, un concepto tan ajeno a su existencia como un sol abrasador para los páramos helados de Siberia. ¿Cómo demonios iba a darle ideas? Bajó la mirada a la botella de vino que Milo sostenía para servirse otra copa, y reconsideró seriamente si no estaba adulterado. Milo soltó una sonora carcajada al contemplar la expresión de total desconcierto de su amigo.

—Vamos, Camus, ¿no me digas que en alguno de estos libros no hay algo que pueda utilizar?

Camus lo meditó por un segundo, a pesar de la incomodidad del tema. Dentro de esa vasta biblioteca, más allá de los pergaminos polvorientos que registraban la historia del santuario y las estrategias de batalla de eras olvidadas, también existía una sección menos consultada, un refugio de mundos imaginarios plasmados en prosa. Quizás, pensó con una ligera resistencia, que en esas narrativas de pasiones humanas, de encuentros fortuitos y lazos inesperados, podría encontrar algo que iluminara la búsqueda de Milo. La idea de sumergirse en esos relatos le resultaba extraña, casi ajena a su naturaleza, pero la lealtad hacia su amigo y la determinación de ayudarlo lo impulsaban a considerar esa inusual fuente de conocimiento.

—Revisaré.

Milo sonrió, sin embargo su gesto se ensombreció.

—Ya que estás más relajado —se inclinó ligeramente hacia adelante—, ¿podrías decirme que te preocupa?

Los labios de Camus se apretaron ligeramente, sus pensamientos buscando la forma de abordar el tema.

De repente, la tenue luz de las estrellas que se filtraba por las ventanas de aquella biblioteca pareció extinguirse. El cielo nocturno se oscureció aún más, no por nubes, sino como si una sombra se cerniera sobre la luna. Un lacerante destello de luz, de una intensidad antinatural, rasgó la oscuridad como una herida brillante, seguido de un estruendo ensordecedor que hizo vibrar los cimientos de piedra del templo.

Camus y Milo intercambiaron una rápida mirada, sus rostros ahora tensos y alertas. La tranquilidad de la noche se había hecho añicos en un instante, siendo reemplazada por una sensación de amenaza inminente. En un unísono movimiento dejaron sus copas con un suave clic sobre el pequeño taburete donde la botella de vino descansaba, y salieron de la estancia con una urgencia silenciosa, sus cosmos elevándose instintivamente mientras llamaban a sus respectivas armaduras.

Los santos dorados que se encontraban dentro del santuario también salieron de los templos. Mu y Shaka, al ser los más cercanos a la perturbación, fueron los primeros en llegar al gran coliseo, no obstante, no había nada en ese lugar.

—¿Fue nuestra imaginación? —preguntó Mu, volteando a ver a Shaka.

—Lo dudo —respondió el sexto guardián al percatarse de la llegada de sus compañeros—. Debemos estar alertas.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó Milo al acercarse a sus compañeros, Camus quedándose atrás, analizando su entorno con la mirada, como también lo hacían Saga, Aioros y Shura.

El cielo nocturno se iluminó de nuevo, esta vez con una luz cegadora. Una figura cayó del cielo, estrellándose contra el suelo con una tremenda fuerza. El impacto sacudió los cimientos del santuario, y una onda de energía se extendió por el lugar.

De entre el polvo y los escombros, una figura alta y delgada se levantó, sacudiendo la cabeza como si estuviera aturdida. Era Gojo, con la mano que tenía en la frente bajando poco a poco, revelando sus brillantes ojos azules, llenos de confusión y sorpresa.

—¿Dónde…? ¿Dónde estoy? —preguntó al no reconocer su alrededor, sus ojos abriéndose con incredulidad cuando su mirada topó con los hombres de brillantes armaduras que ya estaban listos para atacar—. Qué demonios…

Los santos dorados, con sus cosmos ardientes, rodearon a Gojo, listos para defender el santuario.

—¿Quién eres? —preguntó Saga con autoridad—. ¿Y qué haces en el santuario de Athena?

“¿Santuario de Athena?”, se cuestionó Gojo, una vez más escaneando su alrededor. Bueno, Shibuya precisamente no era, pero si no recordaba mal, ¿Athena no era una diosa griega? ¿Eso significaba que estaba en Grecia?

Los santos se movieron, acortando la distancia que los separaba del intruso. Gojo, sintiendo la hostilidad en el aire, regresó la mirada a los hombres; no obstante, uno de ellos ya se lanzaba hacia él.

—Se te hizo una pregunta. ¡Responde! —demandó Milo lanzando un puñetazo que terminó estrellándose en una especie de pared invisible.

Gojo, con una ceja ligeramente levantada y una expresión que mezclaba sorpresa e interés, observó el puño detenido a escasos centímetros de su rostro, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

—Eso estuvo cerca —dijo Gojo con un tono despreocupado, como si acabara de esquivar una mosca molesta—. ¿Qué hago aquí? —Se llevó una mano al mentón, como si lo estuviera pensando seriamente—. Pues digamos que tuve un aterrizaje bastante… inesperado. —Sus ojos se movieron, primero al hombre que continuaba empujando su infinito con el puño, y después a sus compañeros, a esos hombres que con guardia lista, lo miraban como si estuvieran esperando un solo movimiento para atacarlo—. ¿Este lugar es algún tipo de club de fans de las armaduras brillantes? Porque debo decir que tienen un gusto peculiar.

Milo entrecerró los ojos y retiró su puño con una mueca de frustración al no poder penetrar la barrera invisible. Los demás santos dorados observaban la escena con atención, analizando al recién llegado y la extraña barrera que lo protegía.

—¿Aterrizaje inesperado? —preguntó Saga con incredulidad—. No pareces un simple viajero perdido.

Gojo ladeó la cabeza y su sonrisa se volvió amplia.

—Pues... digamos que mi GPS necesita una seria actualización. ¿Y tú eres...? ¿El comité de bienvenida local? No pareces muy contento de verme.

Shura dio un paso adelante, su mirada fija en Gojo y su brazo levantándose en amenaza, alistando a Excalibur. Gojo, al darse cuenta del acercamiento levantó las manos como muestra de paz.

—¿Saben? Estoy más confundido que un pulpo en un garaje. No soy enemigo, si fuera enemigo, creen que aterrizaría justo en medio de su…, ¿coliseo? No soy precisamente un genio de la estrategia, pero eso no parece muy listo.

Camus, que hasta el momento había permanecido en silencio, analizando la situación desde la distancia, dio un paso adelante.

—Si lo que intentas decir es que eres aliado, no te lo vamos a creer. —Su cosmos se intensificó ligeramente, aunque su expresión permaneció impasible—. Siento una energía extraña en ti. Una energía que no es propia de este mundo.

—¿No es propia de este mundo? —Gojo ladeo la cabeza, y en sus labios se dibujó una sonrisa amplia y brillante—. Bueno, técnicamente… supongo que no soy de por aquí, si eso es lo que insinúas. ¿Contento? Misterio resuelto. Ahora, ¿alguien me puede decir dónde diablos fue que aterricé exactamente?

Gojo volvió a mirar a su alrededor. La arquitectura que veía en los templos que se alzaban no muy lejos de ahí le confirmaban que ese lugar era Grecia, pero ¿qué lugar de Grecia exactamente?

Los santos dorados intercambiaron miradas.

—¿No eres de por aquí? —preguntó Milo, entornando la mirada con escepticismo—. ¿Qué clase de broma es esa? ¿Vienes de alguna región lejana que no conocemos?

—Podríamos decir eso —respondió Gojo, encogiéndose de hombros—. Una región muy, muy lejana. —Prácticamente, Shibuya se encontraba en otro continente, así que no estaba mintiendo—. Créanme, si les dijera de dónde vengo, probablemente pensarían que me golpeé la cabeza al caer. Aunque, viendo sus armaduras, quizás estén abiertos a lo inusual.

Camus, manteniendo la compostura, intervino.

—Basta de acertijos. Es evidente que no eres alguien común. La energía que emana de ti y tus evasivas respuestas solo siembran más dudas. Te llevaremos ante Athena. Ella, con su sabiduría, podrá discernir la verdad.

Los demás santos dorados dudaron un momento, pero finalmente asintieron en señal de acuerdo. La presencia de Athena era la única autoridad capaz de distinguir la verdadera naturaleza de ese intruso que había aparecido de la nada, con una arrogancia palpable y una energía que se sentía... diferente, casi antinatural en comparación a su cosmos familiar.

Bajo la atenta mirada vigilante de los santos dorados, quienes mantenían una distancia involuntaria, como si una fuerza invisible los repeliera sutilmente a pesar de sus cosmos tensos y listos para la confrontación ante cualquier movimiento sospechoso, Gojo fue escoltado a través de los templos iluminados por la luna hasta la cámara del patriarca. Gojo, por su parte, caminaba con una tranquilidad desconcertante, como si estuviera de paseo por un parque, ignorando las miradas penetrantes que lo seguían a cada paso. No había intentado resistirse, ni siquiera cuando lo rodearon al principio. Para los santos dorados, acostumbrados a la lucha y la confrontación directa, esa falta de reacción era tan intrigante como la barrera invisible que aún lo rodeaba. ¿Acaso confiaba demasiado en su poder? ¿O simplemente no los consideraba una amenaza digna de su atención? No sabían por qué, pero intuían que la respuesta se ocultaba tras sus penetrantes ojos azules que observaban todo con una mezcla de curiosidad y un ligero aire de superioridad, y esa sonrisa burlona que parecía danzar en sus labios.

Al entrar al recinto principal, encontraron a Saori Kido, la encarnación de la diosa Athena, sentada en su trono.

Los santos se hincaron ante la joven, y Gojo, ante la reverencia unánime, no le quedó más que bajar la cabeza en señal de respeto, aunque una punzada de escepticismo recorrió su mente ante la idea de una “diosa”. Sin embargo, al levantar la mirada y posarla en la joven, pudo notar algo desconcertante, algo que heló su acostumbrada arrogancia y que desvaneció cualquier duda inicial como humo.

La mujer frente a ellos despedía una energía que no se parecía a nada que hubiera sentido antes; no era la energía maldita, oscura y retorcida, que conocía tan bien. Esta era diferente, una energía cargada de una pureza deslumbrante y sin la más mínima sombra de malicia. Pero lo que realmente lo dejó sin aliento fue su poder. Era vasto, inmensurable, una fuerza tranquila pero innegable que empequeñecía la energía combinada de todos los hombres arrodillados en la sala.

Saori, al ver a Gojo, también pudo notar la magnitud de su poder, una fuerza bruta contenida que rivalizaba con la de varios de sus santos, aunque con una naturaleza intrínsecamente diferente. Pero a pesar de esta demostración silenciosa de poder, no detectó en él la ambición destructiva o la sed de dominio que había sentido en otros enemigos. Lo confirmó al toparse con sus intensos ojos azules, en los que tampoco percibió rastro alguno de intención maliciosa. En vez de eso, una palpable confusión brillaba en ellos, como la de un viajero desorientado en un lugar extraño. Su confusión, unida a la singularidad de su energía, le dio un indicio claro: ese hombre no pertenecía a su mundo.

Sonrió ligeramente, una expresión suave que buscaba disipar la incertidumbre que veía en sus ojos, ofreciéndole una bienvenida silenciosa a un lugar desconocido.

—Caballeros —dijo con voz suave, pero llena de autoridad—; ¿quién es este joven y por qué lo traen ante mí a esta hora?

Saga levantó la cabeza y relató brevemente los extraños eventos: la caída del cielo y la energía inusual del recién llegado.

Cuando Saga terminó, Athena volvió a fijar sus ojos en Gojo.

—Joven…

—Gojo. Satoru Gojo, señora —interrumpió el hechicero haciendo una exagerada reverencia a la diosa.

—Joven Gojo, has insinuado venir de un lugar… inusual. ¿Podrías ser más específico?

—Vengo de un lugar llamado Shibuya.

Al escuchar el nombre, los ojos de Athena se abrieron ligeramente con sorpresa, y un brillo de reconocimiento cruzó su mirada.

—Shibuya… Sí, recuerdo ese lugar. Pasé parte de mi infancia en Japón. ¿Podrías decirme qué te trae desde tan lejos?

Gojo parpadeó, sorprendido por el reconocimiento de la joven.

—¿Conoce Shibuya? Vaya, este lugar es más pequeño de lo que pensaba. Bueno, para ser honesto, no tengo ni la menor idea de cómo terminé aquí. Estaba en medio de... un pequeño altercado, y al siguiente segundo, ¡puf! Aquí estoy, rodeado de caballeros con brillantes armaduras y una diosa que conoce mis lugares favoritos. Es un poco surrealista, ¿sabe?

Su tono era ligero, casi despreocupado, pero Athena percibió un atisbo de genuina confusión detrás de su fachada. Los Santos Dorados permanecieron en silencio, analizando cada palabra, cada gesto del extraño.

—¿Un “pequeño altercado” que te trajo a través de… la distancia? —inquirió Athena, sutilmente enfatizando la palabra.

Gojo se encogió de hombros, su mirada recorriendo la sala antes de volver a posarse en la diosa.

—Digámoslo así. Las cosas se pusieron un poco... intensas. Hubo una especie de... distorsión. Un momento estaba lidiando con... unos tipos bastante desagradables, y al siguiente, el paisaje cambió drásticamente. Shibuya desapareció, y aparecí en medio de su jardín... bastante peculiar, por cierto.

Athena asintió lentamente, analizando la forma en que Gojo describía su llegada.

—¿“Tipos desagradables”? ¿En qué sentido? —preguntó Saga.

Gojo lo miró con una ceja alzada, aunque sus ojos azules mostraban una pizca de cansancio tras su habitual burla.

—Digamos que eran expertos en arruinar el día de la gente.

Shura dio un paso adelante, no obstante, Athena levantó una mano, silenciando cualquier otra pregunta.

—Joven Gojo, ¿entiendes que necesitamos que seas más claro con tus respuestas? No percibo en ti la intención de dañar este santuario, así que te garantizo que aquí nadie te lastimará —dijo Athena con una firmeza amable y con una mirada llena de una sabiduría que parecía leer más allá de sus palabras evasivas.

Gojo vaciló. La promesa de seguridad resonaba con una sinceridad innegable en la voz de la diosa. Miró a los santos arrodillados, a sus expresiones serias pero sin hostilidad palpable. Una punzada de cansancio ante la necesidad de mantener su fachada despreocupada lo atravesó. Él también necesitaba respuestas, entender dónde estaba y cómo regresar, y quizás, esa mujer y sus guerreros eran la clave. Con un suspiro apenas audible, su postura se relajó ligeramente.

—Está bien, está bien —concedió Gojo, pasando una mano por su cabello blanco—. Supongo que un poco de claridad no vendría mal. Verá, yo trabajo en una especie de escuela, la Preparatoria Técnica de Jujutsu de Tokio. Enseñamos a jóvenes con la capacidad de ver y manipular una energía peculiar para combatir... bueno, digamos, problemas sobrenaturales bastante desagradables. Estábamos en una misión en Shibuya cuando las cosas se salieron de control rápidamente. Un sujeto —hizo una breve pausa, como si recordara algo que no quería revivir—... intentó sellarme utilizando un objeto maldito de grado especial. Sin embargo, mi... particular forma de interactuar con la realidad, interfirió con sus planes. La colisión de energías fue… intensa. Este sello en mi pecho —señaló el glifo oscuro que pulsaba levemente y que los santos no habían sentido —, es una consecuencia de ese intento fallido. Aunque no lograron encerrarme por completo, sí siento que parte de mi poder está restringido, y la energía residual de ese objeto fue lo que, creo, me trajo hasta aquí.

Al escuchar la palabra “sellarme”, varios Santos Dorados intercambiaron miradas. Sellamiento era un término que conocían, aunque generalmente asociado con entidades divinas.

—¿Por qué querían sellarte? —cuestionó la diosa con ceño fruncido.

Gojo suspiró con tranquilidad, llevándose una mano a la nuca con sonrisa forzada.

—Oh, ya sabe, los típicos malentendidos. Digamos que mis métodos para mantener el orden no siempre son… bien recibidos, y a algunas personas con aspiraciones de grandeza no les gusta que alguien más poderoso les arruine los planes. Celos, supongo. Es un clásico.

Athena lo observó con mirada penetrante, sin dejarse llevar por su tono despreocupado.

—¿Sellamientos fallidos? ¿Objetos malditos de grado especial? Lo que describes suena peligroso, joven Gojo. Y ese sello en tu pecho… —Su mirada se detuvo por primera vez en el glifo oscuro que pulsaba sutilmente bajo la ropa del hechicero. Si bien, la historia que Gojo le decía era surrealista, la forma peculiar en que apareció en su santuario... Lo viera como lo viera, necesitaba respuestas—. Saga —dijo Athena, su voz ahora firme y directa—. Sal con Mu y Shura. Quiero que investiguen directamente en Japón, específicamente en Shibuya. Averigüen lo que ocurrió recientemente allí. Sean cautelosos. Si la amenaza que describe este joven es real, debemos estar preparados.

Saga asintió, poniéndose de pie al igual que los otros dos santos mencionados.

—Partiremos de inmediato.

Camus levantó la mirada a la diosa.

—Mientras espera los resultados de la investigación, sugiero que nuestro visitante permanezca en un lugar seguro dentro del santuario.

—Estoy de acuerdo, Camus —asintió Athena—. Joven Gojo, mientras mis santos investigan tu relato, te ofrezco la hospitalidad del Santuario. Permanece aquí. Si lo que dices es cierto y logramos confirmar estos sucesos en Shibuya, entonces consideraremos poder ayudarte a resolver tus asuntos pendientes.

—Gracias, diosa Athena —respondió Gojo, con una leve inclinación de cabeza. Una parte de él se sentía aliviada de no ser considerado una amenaza inmediata; aunque la idea de ser vigilado no le entusiasmaba—. Le aseguro que lo que les digo es verdad. Solo quiero volver y arreglar las cosas.

—Entonces —dijo la diosa poniéndose de pie—, permanecerás en el templo de Acuario. —Camus abrió ligeramente los ojos. Cuando sugirió que aquel sujeto permaneciera dentro del santuario, más bien se refería a una de las prisiones, no a su templo—. Serás invitado especial de Camus. —Athena volteó a ver a Acuario mientras una orden silenciosa cruzaba su mirada—. Se te proporcionarán las comodidades necesarias, y Camus se asegurará de tu seguridad en el santuario mientras investigamos tu historia.

Gojo volteó a ver al mencionado que a su vez volteaba a verlo. Y pese a que este continuaba arrodillado, pudo notar que su figura era esbelta pero firme, vestida con una armadura dorada de intrincados detalles. Su rostro, enmarcado de un lacio cabello en una tonalidad entre azul y verde y de facciones afiladas, transmitía una calma casi glacial. Sus ojos, de un azul verdoso profundo, lo observaban con una intensidad penetrante, como lagos helados que escondían profundidades insondables. Era una belleza fría y distante; pero innegablemente cautivadora. Y el poder controlado que percibía de él...

Una chispa, algo más que simple curiosidad, se encendió en el interior de Gojo al contemplar la serena pero innegable fuerza que irradiaba Camus, la antítesis de su propio torrente caótico, y esa diferencia, lejos de repelerlo, despertaba en él una fascinación magnética.

Sonrió con arrogancia.

—Supongo que eso significa que tendré un guardaespaldas personal con armadura brillante. ¡Qué emoción! Solo espero que no ronques fuerte.

Milo soltó una carcajada.

—¡Buena suerte con él, Camus!

Camus le dirigió una mirada glacial a Milo antes de levantarse y volverse hacia Gojo.

—Sígueme, te mostraré en donde te quedarás.

Con una última mirada a Athena y a los demás Santos Dorados, Gojo siguió a Camus fuera de la cámara del patriarca, con la promesa de una convivencia, cuanto menos, helada.

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author

aaaaaaah es largo pero lo senti tan corto! me encantaaaaaaa es una pena que solo sean 5 capitulos xc muchas gracias! esperare impaciente el siguiente capitulo!!!

un año

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