Asedio

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Cuando el mundo te escupe una y otra vez, ¿qué haces? ¿Perdonas? ¿Te rindes? ¿O ardes? La vida nunca fue justa con él. Acosado, humillado, ignorado... hasta que un día explotó. Asedio no es una historia de héroes. Es el relato visceral de un joven que fue llevado al límite y decidió devolverle al mundo todo el dolor que le dio. Traicionado por el amor, abandonado por sus amigos, aplastado por la indiferencia, su única salida fue abrazar la oscuridad. En un entorno donde la ley no existe y el respeto se gana a golpes, él comienza un descenso hacia un mundo de violencia, crimen y venganza. Cada decisión que toma lo aleja más de la inocencia y lo acerca al abismo. A veces por necesidad, otras por rabia, pero siempre con una causa: sobrevivir y castigar. En su camino cruzará con enemigos despiadados, figuras del bajo mundo, traiciones inesperadas y aliados tan rotos como él. Y aunque encuentra un mentor que le ofrece disciplina y poder, la línea entre justicia y locura se vuelve cada vez más difusa. Asedio es una historia sobre la transformación de un adolescente ordinario en una fuerza descontrolada. Una advertencia brutal: cuando el sistema te aplasta y la sociedad te ignora, algunos no piden ayuda… algunos arden.

Genero:
Drama
Autor/a:
Martin
Estado:
En proceso
Capítulos:
5
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Ahí estaba, de pie, junto a dos de mis amigos, en una tierra de nadie, en un país desconocido, luchando por alguien a quien supuestamente amaba. En esa ocasión vestía un traje negro con camisa amarilla. Me gustaba cómo me veía, me veía hermoso. En ese extraño país no tenía poder, no tenía nada; era un completo desconocido. No conocía el idioma, ni las calles, ni a nadie… pero tenía que salvarla. Mientras yo estuviera allí, no dejaría que le pasara nada. Ni siquiera Dios se atrevería a tocarle un solo cabello. Podían matarme, pero ese era un sacrificio que estaba dispuesto a aceptar si eso significaba que ella sería feliz. Haría todo lo que estuviera a mi alcance. Tal vez ella no sepa lo que estoy haciendo, todo lo que he hecho por ella, pero así está bien. Es mejor así.

Todo lo que había pasado para llegar hasta este punto… Pero lo estoy haciendo bien. No me importaba el dolor que ella me provocaba, ni las veces que rompió mi corazón. Todas las emociones que me hacía sentir eran demasiado intensas para mí. Muchos me llamaron idiota, baboso, pendejo, por estar enamorado de alguien que no conocía en persona. Ni siquiera sé si es mi novia, mi amiga o algo más. Pero lo que nadie entiende es por qué estoy loco por ella. No es por su físico ni por su carita. Me enamoré porque fue la única persona que me hizo sentir querido, que me dio un amor tan grande que volvió a darme vida. Me dio motivos para seguir viviendo, para avanzar sin importar las consecuencias de esta decisión. Estoy listo para lo que venga.

Vamos a comenzar esta misión, camaradas. Solo somos nosotros tres contra cientos, quizá miles. Es muy poco probable que salgamos vivos esta vez. Tengo todas las de perder, pero eso es lo que hace divertida a la vida. ¿Qué sería la vida sin un poco de locura? El lugar al que tenemos que entrar es grande: son dos casas juntas, y en cada esquina hay entre diez y quince hombres. Cada minuto realizan patrullas por zonas específicas. Dentro de cada casa hay un hombre armado cada cinco metros. No sé dónde está el jefe de la organización, pero supongo que en el centro de todo. Alrededor de las casas no hay nada. No hay forma de entrar haciendo parkour ni de colarse sin ser visto. Solo hay una entrada, y los muros están vigilados las 24 horas. Así que, comenzamos con el plan.

Pero antes de continuar con esta historia, es mejor que les cuente cómo llegué hasta aquí, cómo llegué a este mundo y cómo obtuve poder.

Todo comenzó hace unos siete u ocho años, cuando estaba en segundo de secundaria. Por una mala administración de la escuela, construyeron unos salones encima de los nuestros, pero lo hicieron tan mal que nos tuvieron que reubicar porque el techo podía caerse en cualquier momento. Nos mandaron al salón del taller de mecanografía. Yo era un niño tímido, me daba miedo socializar, y por eso terminé siendo el blanco perfecto para el acoso. Me pegaban, me echaban bancas encima, me pegaban chicles en el cabello, me bajaban los pantalones. Me llamaban marica, pendejo, cuatro ojos, tartamudo… Son los insultos que más recuerdo. Nunca me gustó la violencia, así que no me defendía. Dejaba que me hicieran lo que quisieran y sonreía, aunque por dentro me doliera. No tenía confianza con mis padres, así que nunca les conté nada. Así pasé la mayor parte de la secundaria, con todos burlándose de mí, haciéndome maldades. Todo lo que puedas imaginar, me lo hicieron.

Todo cambió cuando conocí a un chico que se convirtió en mi mejor amigo en esa época. Era de tez blanca, algo alto, con un lunar debajo del labio derecho y bastante delgado.

Su nombre era David. Él me defendía de los matones que me acosaban cada día. Era mi único amigo en ese entonces. Siempre estaba con él, y cuando no iba a clases, me iba mucho peor. Así pasaron seis meses, y entonces conocí a mi mejor amiga: Mariela, una chica bajita y algo gordita. Los tres nos volvimos inseparables. Nos divertíamos juntos y rara vez nos separábamos. Éramos tan unidos que algunos compañeros pensaban que David y yo éramos pareja. Cuando se lo preguntaron a Mariela, ya cansada de tantas preguntas, les dijo que sí. Nadie supo que era una broma, pero eso bastó para que nos dejaran de molestar.

Había dos chicas en mi clase que me gustaban. Una se llamaba Nadia: blanca, delgada, cabello castaño y muy inteligente. La otra era Lucero: morena, un poco más alta y también brillante. Aunque David y Mariela estaban en otros grupos, siempre estábamos juntos. Yo tenía quince años; David y Mariela, dieciséis. Ambos fumaban después de clases y me invitaban, pero nunca acepté. No me gustaba el tabaco. A pesar de ser desmadrosos, nunca fueron irrespetuosos ni me obligaron a nada.

El tiempo pasaba y, en cualquier problema, estábamos ahí el uno para el otro. Nunca nos traicionamos. La lealtad lo era todo. Éramos los mejores amigos.

Pero un día, el cielo se nubló.

Íbamos de camino a casa cuando tres tipos más grandes que nosotros nos atraparon e intentaron meternos en una camioneta. Yo, siendo el más débil, no tenía forma de resistirme. Apenas pasaron cinco segundos cuando escuché dos fuertes golpes: David y Mariela habían derribado a nuestros atacantes. Gritaron: “¡Él no tiene nada que ver, bastardos! ¡Déjenlo libre, él no pertenece a nuestro mundo!”. Sentí los golpes de los que me sujetaban, uno tras otro. Lloraba del dolor. ¿Por qué me golpeaban? ¿Qué culpa tenía yo? Escupía sangre, mi vista se volvía borrosa y ya no sentía nada. Empecé a temblar de frío. Luego, perdí el conocimiento.

Cuando desperté, estaba en mi casa. David y Mariela me abrazaban y, entre lágrimas, me pedían perdón. Yo solo quería respuestas: ¿por qué nos habían golpeado?, ¿qué habíamos hecho?, ¿por qué, si solo éramos unos niños que a lo mucho fumaban y bebían? Les pregunté, pero ellos solo se miraron entre sí. No dijeron ni una palabra. Pasaron minutos en silencio, hasta que me abrazaron fuerte y susurraron al oído: “Gracias por tu amistad. No dejes que nadie te intimide. Eres valiente. Siempre seremos tus amigos”.

Y después… me dejaron inconsciente.

Cuando desperté, ya no estaban. Pasaron días sin saber de ellos. No volvieron a la escuela. Nadie sabía nada. Era como si la tierra se los hubiera tragado.