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Confesiones sobre el Rio Dulce

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Sinopsis

Una estaca. Dos cuerpos atados. Un río que crece. En Santiago del Estero, dos jóvenes deciden confesarlo todo antes de que el agua los arrastre. Lo que empezó como un pacto absurdo, termina siendo un acto de expiación. Y el río, que nunca olvida, se los lleva.

Genero:
Drama
Autor/a:
LucasHerrera28
Estado:
Completa
Capítulos:
10
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

La estaca en la arena

El calor no es un detalle. En el río Dulce, en Santiago, el calor es una sentencia. Como una víbora borracha el aire se mueve entre las piedras que transpiran, y el agua... el agua voraz parece querer tragarse todo lo que toca.

Los noviecitos parecían seguros de hacer esto. Una especie de desafío para decirse la verdad. La idea fue de ella, que camina descalza por la arena caliente sin apurarse. La vorágine cotidiana, los hacía invisibles. Lleva la soga enrollada en la mano. Él ya está a la altura de la cintura en el agua, clavando una estaca. Cuesta. La arena resiste, como si supiera que no quiere ser cómplice de lo que va a pasar.

Un pedazo de metal oxidado flota cerca. Una botella rota. La corriente los empuja, suave, insistente. Como una lengua que tantea.

—Está fría —dice él, sin levantar la vista.

Ella gira despacio hacia él. Su pelo se pega al cuello. La soga pende desde su mano, como una serpiente dormida.

—No importa —responde—. Lo que nos vamos a decir va a doler más que esto.

Él resopla. Mira hacia el puente. Pasa una moto. Un perro ladra lejos, y su eco se arrastra como una advertencia.

—Pensé que esto iba a funcionar —murmura él—. Pero la verdad es que no. Es una estupidez lo que estamos haciendo.

Miró el agua, cauce está rápido. La cuerda baila entre los dos, como una danza cruel.

—Encima, mirá cómo está el agua —añade—. Está todo mal.

Ella lo observa por fin, sin compasión.

—Como siempre, ya te querés echar para atrás —dice—. No sé dónde quedó ese chico valiente que me encaró como un toro en la fiesta.

Silencio. El viento les silba por entre los brazos.

—No pensé que se iba a mover tanto la estaca —dice él, más para sí que para ella—. Esto... esto no va a aguantar.

—¿Y desde cuándo vos aguantás algo?

—No empieces...

—¿No empiece qué? —ella enarca una ceja, seca—. ¿No empiece a decirte la verdad, como vos nunca hacés?

Él calla. Se acomoda la soga. Le tiembla el dedo gordo del pie.

—Esto está fuerte, en serio.

—Y bueno —dice ella, bajando la mirada—. También nos atamos por eso, ¿no?

—¿Por qué?

Ella sonríe. No por ternura, por lástima.

—Porque ya no podemos confiarnos en nuestras piernas.

Una ola les golpea los muslos. Él tambalea un segundo. La soga se tensa. La estaca cruje. Pero sigue firme.

— Oh entiendo. Nuestras piernas no soportarán en determinado momento. Pensé que era algo más simbólico.

— De cierta forma lo es.

— Nuestras piernas, son fuertes, ¿pero no tan fuertes? ¿Esa es la moraleja no? — dijo mientras intentaba acariciarla.

— ¡Noo! tarado, no me toques, se supone que esto es serio.

— Entiendo, ah... nuestras piernas... no sé qué sigue

— Nos llevaron por mal camino...

— Bueno, me parece que ya reflexionamos suficiente por hoy...

—Sigues sin tener una idea de lo que estamos haciendo aquí.

—¿Acaso es una especie de expiación? No sé qué carajos hacemos.

Ella no responde de inmediato. Mira el agua. La soga, mojada, parece más pesada.

Él suelta una risa breve, nerviosa, como si escupiera un hueso que no puede tragar.

—Espero que no sea un estúpido trend de esos… —dice, y en su voz no hay burla, sino un temblor que él mismo no quiere reconocer.

—En este rio, muchas cosas pasaron, no hagas que te refresque la memoria.

El miró frunciendo el ceño, casi cabizbajo, hacia donde va esta conversación.

Ellos estaban cantando una canción que nadie escuchaba. La cuerda y la estaca eran solo instrumentos, el dolor y la culpa era la pieza ejecutándose.

No es muy distinta. El Rio Dulce ya la había escuchado antes. En el principio, solo con señas. Después en profanos suspiros de recolectores. Luego en quechua. Después en el quechua casi resignándose al castellano. Ahora de nuevo, en castellano, con pequeños atisbos de pausa santiagueña, jerga porteña e inglés.

Como fuere, el Rio los estaba escuchando. Sabía que tenía que decidir su sentencia.

El silencio cayó más fuerte que el viento.

El río Dulce siguió empujando, como si esperara el momento exacto para arrancarles la decisión de las manos. La cuerda se arqueó, marcando una frontera invisible.

Él quiso hablar, pero se mordió la lengua. Ella lo miró sin pestañear, hasta que por fin lo dijo:

—Si nos soltamos, el río decide por nosotros.

Nadie respondió.

Solo el agua, masticando botellas rotas y metales oxidados.

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