La clase de antropofagia
Llevo un largo tiempo meditando en si contar o no esta historia; seis años para ser exacta. Para decir verdad, en algunos periodos de mi vida conseguí olvidarla por completo, pero justo hoy dieron la noticia de que el maestro que protagoniza esta historia acaba de jubilarse. Esta noticia me recordó esta anécdota y ahora entiendo que debo sacarla de mi sistema para poder seguir con mi vida. No porque sea una experiencia traumática ni mucho menos, solo porque “What the fuck”.
Ocurrió en el penúltimo semestre de preparatoria, justo antes de las vacaciones de navidad. Un poco de contexto completamente innecesario pero que voy a poner a huevo, además si no quieres leerlo, puedes saltarlo deslizando hasta pasar la única imagen que voy a poner aquí, a partir de ahí iré directo al grano.
Continuando con el tema: ese maestro me había dado clase desde primer semestre, su nombre era Pablo, una de sus características distintivas era el peculiar y aleatorio salto, balanceo (o lo que sea que fuera eso) que daba al caminar. Era súper random, porque podría estar cruzando la calle, caminando por los pasillos, caminando hacia a ti, o lo que sea y de repente se paraba en seco, se ponía de puntillas y se balanceaba hacia adelante. No sé cómo llamarle a ese movimiento, pero era extraño.
De ahí en fuera solo se le puede describir como un hombre bastante mayor. Muy mayor para dar clases en realidad. Se veía tan mayor que todos, incluyendo alumnos, director, maestros y demás personal de la escuela, le llamaban por el diminutivo de su nombre; Pablito. (¿Por qué la gente hace eso cuando te haces mayor?)
En resumidas cuentas, su dinámica de clase era: 1) Te doy las páginas del libro que debes leer, 2) haces un resumen, mapa o cualquier cosa que se me ocurra pedirte, una vez en tu libreta y luego otra vez en una hoja blanca, 3) vas a que te califique y 4) ahora puedes hacer lo que te salga del culo, pero no hagas ruido y que no te vea el director.
Para los estúpidos y enérgicos chicos de preparatoria que éramos, esto era muy cómodo. Ya que solo tenías que transcribir parte del texto, darle una apariencia aceptable, llevarlo a calificar y luego tendrías el resto de las horas de clase para scrollear en internet, comer basura, jugar o incluso salir del salón luego de que al pobre hombre le ganara el sueño en su escritorio. Y eso es lo que yo hacía, casi siempre me ponía a ver publicaciones bobas en Facebook, escuchar música con audífonos, platicar por WhatsApp con mi novia o ignorarlos a todos fingiendo hacer cualquier otra cosa.

Bien, para no perder más el tiempo, comenzaré diciendo que ese día como siempre estaba muy concentrada haciéndome pendeja en mi teléfono, cuando escuché como todos mis compañeros guardaban silencio, cosa que era rara, ya que en los tres años de preparatoria siempre alguien estaba diciendo algo estúpido. Al levantar la mirada me percaté de que todos estaban viendo fijamente al profesor, este estaba hablando y según supe después había comenzado a contar una historia de repente, sin contexto ni provocación, solo se había levantado de su escritorio y comenzó a hablar. Su voz no era la misma, era una voz rejuvenecida, fuerte, de esas que se escuchan practicadas, como la de un conferencista, muy distinta a su voz áspera y de volumen bajo habitual:
Cuando era joven, antes de casarme con mi esposa y justo al inicio de mi carrera como maestro, recuerdo que llevé a comer a un amigo por su cumpleaños a una taquería muy buena, creo que aún existe. Al terminar de comer le pregunté si le habían gustado los tacos, él me dijo que sí e inmediatamente comencé a contarle que ahí siempre estaban buenos, porque la carne que usaban era de muy buena calidad. Le eche un sermón sobre que los taqueros criaban y producían su propia carne. Que todo era fresco y que por eso eran mis tacos favoritos. Pero él, lejos de sorprenderse o apoyar lo que le había dicho, me contestó sonriendo —La carne está buena, pero yo puedo preparar una mejor —
En ese momento me reí, me pareció imposible que él pudiera preparar algo mejor. ¿Cómo podría ganarle a alguien con años de experiencia y con un control tan riguroso de sus ingredientes?
—Estás pendejo, no lo creo —le dije.
—Ven el viernes a mi trabajo, yo te voy a demostrar que si —me respondió dándome una mirada muy fea, pero en ese momento creí que era por decirle pendejo.
Mi amigo trabajaba en una funeraria, era algo así como un negocio familiar. Él le sabía a todo, desde atender a los clientes, hasta conducir carroza y embalsamar. A mi ese lugar me daba miedo, pero el orgullo y la curiosidad pudieron más y terminé por ir. Cuando entré a su oficina, él ya me estaba esperando con un plato repleto de carne cocinada y cortada en pedacitos, salsa y un kilo de tortillas recién compradas.
—Come o se te va a enfriar —me dijo muy risueño, como siempre andaba y comenzó a comer junto conmigo.
Yo no me hice del rogar, la carne olía bastante bien y le hice caso. En la primera mordida noté que la carne era suave, tierna, jugosa, con un sabor salado y dulce a la vez, la carne tenía un sabor unico y distintivo. Era una de las mejores carnes que había probado, si no es que la mejor, ni siquiera le hacía falta salsa para que el taco me supiera a gloria. Por arrogancia, no dije nada durante la comida, no quería admitir nada, no quería perder. Estábamos comiendo juntos, él obviamente sabía lo que yo estaba pensando y queriendo echarle limón a la herida, casi terminando la comida me preguntó alegremente:
—¿Qué te pareció? —
—Está muy buena la carne, ¿dónde la compraste?, esto no lo pudiste haber hecho tú —
—Pues, tengo mis maneras —me dijo con la boca llena.
—Pero dime donde o como la preparas. Esta muy buena, te podrias hacer rico si la vendes —
—No sé si haya suficiente carne como para hacerme rico —
—¿Cómo que no? ni que fuera de perro flaco para que no te alcance la carne —
—Pablo, te voy a decir algo —contestó sin perder su alegría, pero sentí el cambio en su actitud.
—Dime —le dije ya con miedo.
—La carne la saque de aquí —me dijo poniendo la cara más seria que le había visto alguna vez.
No fue necesario que me explicara nada ni que entrara en detalles, entendi de inmediato lo que quiso decirme y sentí que se me apretaba el estómago. Pero dudé, él era bromista y confiaba en que esto fuera una broma como las que siempre hacía. Lo miré esperando que se riera, que me dijera que no era verdad, pero él estaba serio.
El salón se había quedado en silencio y nadie podia quitarle la mirada de encima al maestro. Estábamos tensos, pues no era normal que este maestro nos platicara de su vida, era alguien bastante reservado.
—¿Qué pasó después? —escuché preguntar finalmente a un chico.
El maestro siguió con su historia:
Como tal no hice un escándalo, me acuerdo de que deje a medio comer el taco y volví a preguntarle un poco más alterado:
—¿De dónde la sacaste? —
—De aquí, de mi trabajo, de los muertitos —me dijo bastante tranquilo.
En ese momento me levanté, como pude me despedí de él y regresé a mi casa. Yo esperaba que me marcara por teléfono para reírse de mí o que les contará a todos que me había hecho una broma y que yo había caído como un tonto, pero eso nunca pasó. Es más, yo tuve que buscarlo para hablar sobre ese tema, para encontrar respuestas.
Al principio él no me decía mucho, creo que tenía miedo de que lo denunciara con la policía, pero al final terminó contándome que su familia hacía eso desde siempre. Que se comían los cuerpos cuando el negocio iba mal o simplemente por placer, también me dijo que a veces vendían la carne u otras partes del cuerpo de los difuntos a personas que se dedicaban a la brujería o hacer remedios. Me contó que los cuerpos humanos sirven para hacer medicamentos muy buenos para muchas enfermedades y que sus efectos son casi como un milagro.
Al final no dije nada, no lo denuncié. A veces me invitaba a comer con él pero siempre le decía que no y él ya no me insistía. Murió hace tiempo. Solo he contado esta historia pocas veces en mi vida, casi nadie me cree, allá ustedes si quieren creerme o no.
Nos mirábamos entre nosotros, la historia me había dejado una sensación “extraña” en el cuerpo. Pero claro, ya éramos demasiado grandes como para aceptar que la historia nos había afectado, asi que volví a mi teléfono tratando de olvidar lo que había pasado. Finalmente, y mientras todos estaban de vuelta en sus asuntos o comentando en susurros la historia del maestro y el maestro estaba casi dormido sobre su escritorio, le escuchamos decir en voz alta:
—Ustedes, en carnitas, saben buenos —seguido de un monton de risas nerviosas e incomodas por parte de todo el salón.








