Capitulo 1: LOS VITARELLI
Nueva York, Little Italy – 1935
Recuerdo una época en la que nadie robaba, no habían muertes, las personas podían dejar sus puertas sin asegurar y aun así nadie les iba a robar, estamos en Little Italy (La Pequeña Italia) y aquí se respiraba un aire de demasiada “paz” y “orden” todo esto bajo el yugo del poder de los Vitarelli.
Don Rocco ya no necesitaba levantar la voz. Bastaba con que alguien mencionara su apellido para que las puertas se abrieran, las deudas se cancelaran, y los problemas desaparecieran como fantasmas a la luz del día.
—¿Quieres saber cómo empezó todo, amico mio? —dijo Don Rocco mientras servía dos copas de vino tinto, estaba en compañía su amigo de infancia Fabricio que no había visto en años—. Te lo contaré. Pero no por chisme. Sino porque toda raíz tiene su historia… y esta comenzó con un panadero… y un loco.
Don Rocco encendió su pipa. El humo formó una silueta fantasmal en la penumbra de su oficina.
—Había un hombre llamado Matteo. Buen panadero, dueño de tres locales en el pueblo. Trabajador. Pero como todos los hombres… débil en la carne. Tenía una esposa, pero eso no le impidió meterse con la del empleado suyo, Lucca.
Grave error.
Lucca había sido militar. Lo dieron de baja por conducta inestable. Decían que en la guerra había visto cosas que volvían loco al más duro. Pero nadie sospechó lo que sería capaz de hacer por una traición.
—Lucca juró venganza. Pero no como un animal rabioso. No, … Era más paciente. Empezó a destruir cada panadería, una por una. Incendios, sabotajes, amenazas. Nadie podía probar que era él. Pero todos lo sabían. Matteo perdía dinero… cada día. Y el pueblo… olía a miedo quemado.
Entonces Don Rocco intervino.
—Me acerqué al panadero. Le dije: “Matteo, yo puedo quitarte ese problema. Y cualquier otro que se te presente en el futuro. Nadie tocará tus puertas, nadie robará ni una migaja. Pero… ese tipo de paz tiene un costo. Mínimo. Especialmente si lo comparas con lo que ya perdiste”.
Matteo al borde de la quiebra por tantos daños no preguntó cuánto costaba. Solo dijo: “Hazlo”.
—A Lucca nunca lo volvieron a ver —dijo Don Rocco con frialdad—. Unos dicen que se ahorcó. Otros que huyó. Pero la verdad… solo la sabemos nosotros. Lo importante es que esa noche nació algo nuevo: “Contribución especial”.
“La garantía de que nadie se mete contigo.”
Desde entonces, los comerciantes acudían a Don Rocco antes de ir a la policía. Porque con la ley venían formularios. Con los Vitarelli… venía solución.
—La justicia tiene precio, amico mío .Pero la paz… la paz que nosotros damos… esa, la pagas con devoción.
Don Rocco levantó la copa.
—A Lucca —dijo con media sonrisa—. El primer fantasma del orden.
Pero el verdadero imperio no estaba en sus manos. Estaba en las de sus hijos.
Angelo, el primogénito, controlaba el puerto. Nada entraba sin su sello, y nada salía sin dejarle una comisión.
Leandro, el segundo, mente fría y calculadora. Era el arquitecto de lo invisible: rutas, acuerdos, mapas de poder.
Toto, el menor, era puro músculo. Un animal vestido de hombre que sonreía poco y golpeaba mucho.
Y luego estaba Lucia, la única hija. Inteligente, silenciosa… y quizá la más peligrosa de todos. Ella entendía lo que ninguno de ellos: los pecados de la familia necesitaban disfraces elegantes. Y los encontraba.
Los negocios iban desde las calles de Palermo hasta las funerarias en Brooklyn, desde los molinos de trigo en Sicilia hasta las salas de apuestas clandestinas en Chicago. La familia Vitarelli no solo ofrecía protección. Era la ley dentro del caos.
—Aquí nadie roba, nadie viola, nadie desaparece sin que nosotros lo autoricemos —decía Leandro, con una copa de vino en la mano—. ¿Sabes cómo se llama eso, hermano? Se llama paz… una paz que los Vitarelli ofrecemos.
En las esquinas de Nueva York, los inmigrantes italianos hablaban de ellos como si fueran santos o demonios. “Los Vitarelli no matan por matar”, decían. “Pero si les fallas… ni Dios te va a encontrar”.
Un día, un político local se atrevió a desafiarlos, luego que Leandro se reuniera con este para solicitar unos permisos que pretendían extender los horarios de los bares y los clubes de la ciudad. Ya había terminado la prohibición del alcohol y estos eran negocios que crecían como Bambú, pero los horarios afectaban sus ventas.
…y que le hace pensar maldito spaguetti que tiene la autoridad para exigirme que firme los documentos, acaso no sabe que puedo devolverlo en una lata de atún a su pueblucho.- dijo el secretario de gobierno que nunca imaginó el precio de sus palabras!
Dos semanas después, su esposa lloraba encima de su ataúd. Motivo del deceso?, “muerte natural”. Toto Vitarelli puso una bolsa en su cabeza hasta asfixiarlo, el dictamen del forense “ataque cardiaco”
Otro día, en un bar, un hombre golpeo al dueño con una botella casi hasta matarlo, bastó que llegara a los oídos de Leandro Vitarelli para que este sujeto recibiera una brutal páliza para luego no ser mas visto por ningún ser humano.
Nadie cuestionaba el precio porque el producto era real.
Protección premium, sin preguntas , una tranquilidad pactada.
Era el orden dentro del miedo donde el silencio obedece.
—Esto no es puzzo —le dijo Angelo a su padre, Don Rocco, una noche—. Esto es administración del orden. Antes, la gente le pagaba impuestos a un rey que ni conocían. Ahora nos pagan a nosotros… que tenemos hombres en cada cuadra, en cada esquina. “El desorden no existe donde reina el control.”
Leandro vio que el éxito de la expansión estaba en las casas. Fue puerta a puerta, no con amenazas… sino con lógica.
—Signora Antonietta —le decía con una sonrisa—, ¿sabe cuántos robos hubo este mes? ¿Y cuántos en su calle? Ninguno. ¿Sabe por qué? Porque nosotros no dejamos, NO la policía si no nosotros. Pero el mundo es peligroso, signora. Y la protección cuesta. Diez liras al mes… es un precio bajo para dormir tranquila, ¿no cree? Además , pagando cada semana se hace más fácil mi querida Antonietta.
Pero Leandro vio más allá.
Una tarde, mientras caminaba con su hermano Angelo, por los callejones de Montenero, le dijo:
—Pagamos por el pan, pagamos por el vino… ¿por qué pagar por tranquilidad?
Angelo lo miró, y dijo.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Que no hace falta tener un negocio aquí para debernos algo. Basta con ampliar nuestras capacidades con más hombres, más poder , debemos enfocarnos en establecernos de América. Allá podemos hacer cosas grandes Angelo, y nos temerán. Donde otros migran para vivir, nosotros vamos para gobernar.”
Era elegante. Educado. Jamás levantó la voz. Un hombre inteligente con una visión amplia. Su concepto era que para lograr expandirse debían llegar llegar a New York no sólo al cobro de los negocios por que representaban una pequeña población, sino no a las personas del común, a los medios de transporte, cada vehículo que he pasará por las vías de su territorio.
A todo los que respirara.
Sus ideas de crecimiento fueron La semilla del imperio Vitarelli .
La extorsión —el “pizzo”— nació en Montenegro con los comerciantes: carniceros, panaderos, herreros, vinateros. Una cuota semanal a cambio de protección, respeto… y vida. Luego, a cada casa de los lugares donde establecían su poder.
Detrás de Leandro, a tres metros, siempre estaba Toto, el más joven de los Vitarelli, siempre con expresión de hombre agresivo , músculo puro, con una cadena envuelta en la mano, pistola en su cintura por si acaso y con el control absoluto de las calles. Para los sicarios, era casi un honor hacer trabajos para el. Todo el que prestaba un servicio a los Vitarelli era muy bien recompensado.
Nadie recuerda exactamente cuándo los Vitarelli pasaron de cobrarle a unos para a cobrarle a todos, Lo cierto es que después de aquel año, en Montenero, todo lo que veías tenía dueño.






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