CAPÍTULO 1: EL REGALO QUE NO SE ESPERA
La lluvia golpeaba con furia las tablas viejas del suelo de madera, como si el cielo mismo quisiera borrar cualquier rastro de luz que se atreviera a entrar en esa habitación olvidada en el centro de Montesilvano. El aire olía a humedad, a madera podrida y a un rastro metálico que nadie podía confundir: sangre.
Esa noche cumplía veintiséis años. Había pasado tantos cumpleaños en soledad que ya no esperaba nada, ni siquiera un saludo. Pero él siempre sabía cómo romper todas mis expectativas, incluso las más tristes.
La puerta se abrió sin hacer ruido. No necesitaba mirar para saber quién era; su presencia pesaba más que cualquier amenaza, más que cualquier miedo que hubiera sentido antes. Entró despacio, con esa calma que solo tienen quienes saben que poseen el control absoluto sobre todo lo que les rodea.
En sus manos traía una bandeja de madera oscura. La dejó sobre la mesa y, al retirar el paño que la cubría, sentí cómo se me helaba la sangre en las venas. Allí estaba: una rosa roja intensa, casi negra por la profundidad de su color, con sus espinas intactas y afiladas. Junto a ella, una daga de hoja ancha, con la empuñadura tallada en plata desgastada y restos rojizos secos que recorrían su filo hasta la punta.
—Feliz cumpleaños, mi vida —dijo con esa voz grave, ronca, que parecía salir de las profundidades de una tumba—. No es un regalo cualquiera. Es la prueba de lo que somos.
Me acerqué despacio, sin apartar la mirada de la hoja. Sabía bien lo que esa daga había hecho. Había visto su trabajo en el pasado, había escuchado los gritos que apagaba con un solo movimiento certero. Y la rosa… era su forma de decirme que, aunque todo fuera oscuridad y violencia, el vínculo entre nosotros seguía vivo, alimentado por el mismo dolor que nos unía.
—¿Por qué esto? —pregunté, y mi voz sonó más débil de lo que quería.
Él se acercó, su cuerpo cubriendo el mío, su olor a tabaco fuerte y cuero viejo envolviéndome por completo. Pasó un dedo por el tallo de la flor, sin importarle que las espinas le cortaran la piel; una gota de su sangre cayó sobre los pétalos, y pareció que la rosa se oscurecía aún más.
—Porque el amor que te tengo no es dulce ni tranquilo —susurró contra mi cuello—. No es flores que se marchitan en un jarrón. Es algo que sobrevive a la sangre, a las mentiras y a la muerte. Esta daga protege lo que es mío, y esta rosa es lo que te entrego: mi vida, mi crimen, todo lo que soy. Tómalo o déjalo, pero recuerda: si lo rechazas, no habrá vuelta atrás.
Esa noche entendí que mi cumpleaños no era una fecha de alegría, sino el inicio de un nuevo pacto. Un pacto escrito con sangre, donde el amor y el peligro caminaban siempre de la mano, donde cada caricia podía convertirse en una herida y cada promesa llevaba la marca de la muerte.








