Aurelio

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Sinopsis

Aurelio, un exprofesor de filosofía de 60 años, vive en las calles de Bogotá bajo una autoproclamada filosofía de libertad absoluta, despreciando a una sociedad que considera una jaula. En su ecosistema de puentes y aceras, donde es conocido como "El Profe", sermonea a otros náufragos sobre la autenticidad y el desapego, amparado en sus lecturas y en un cinismo que apenas oculta sus heridas.

Genero:
Literary Fiction
Autor/a:
Diego
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

1

La libertad, decía Aurelio, es dormir donde a uno le da la hijueputa gana. Bajo un puente, sobre cartón, entre perros flacos y ruidos de motos. Lo otro, eso que ustedes llaman hogar, es solo una jaula con paredes bien pintadas.


Estaba sentado en una banca de cemento cerca de la Séptima, envuelto en una ruana vieja y maloliente. En la mano sostenía una botella de vidrio transparente, sin etiqueta, con un líquido blanco que no era agua. Hablaba sin mirar a nadie, como si recitara una verdad que ya no necesitaba ser discutida.


A su alrededor, la gente pasaba con prisa o con miedo. Algunos se cruzaban de andén. Otros fingían no oírlo. Muchos lo miraban con repulsión. Un joven que trabajaba cerca se quedó observándolo, de lejos, como quien escucha a un loco... o a un oráculo torcido.


Aurelio siguió hablando:


—Mi único techo es el cielo. No tengo salario, pero tengo tiempo. No tengo nombre, pero tengo voz —dijo, golpeándose el pecho como si confesara su verdad al viento—. Ustedes creen que son libres, pero no lo son. Viven atados a una vida que no eligieron, persiguiendo estándares impuestos por una sociedad enferma.


¡Yo no! —gritó— ¡YO NO!


Me he liberado del yugo que me fue dado al nacer.


Soy un hombre libre ahora.


Luego bebió, largo y lento, intentando ahogar sus propias palabras.


Aurelio mantenía con él libros viejos que encontraba en la basura o que alguien le regalaba. Entre ellos estaba una edición desgastada de El ser y la nada, con las esquinas consumidas por la humedad y anotaciones a lápiz que apenas se leían, escritas con su fea letra. También tenía un cuaderno de tapas duras donde copiaba frases sueltas, pensamientos que le venían de madrugada, citas recordadas a medias de autores que ya nadie conocía.


Cuidaba esos libros como quien cuida a un hijo. Los envolvía en bolsas plásticas cuando llovía, los revisaba cada mañana como si esperara que algo nuevo hubiera aparecido entre las páginas. Algunos no los leía desde hacía años. Otros los recitaba de memoria.


Una tarde se le acercó un reciclador, intentando comprar alguno. Fue muy amable: le preguntó si estaban a la venta.

Aurelio, como siempre, reaccionó con una mezcla de desprecio y furia.


Con una mirada iracunda y una expresión herida, lo observó de arriba a abajo y dijo:

—No están a la venta. No quiero sucios billetes a cambio del conocimiento aquí guardado.


Mis libros no se prostituyen.


El reciclador lo miró confundido y se marchó en silencio.


Aurelio volvió a su botella y a su banco de cemento, envuelto en el murmullo ensordecedor de una ciudad que nunca lo había invitado a quedarse. No pasó mucho tiempo antes de que otra figura se acercara: una mujer bien vestida, oficinista quizá, con gesto tímido y mirada cansada. Sin decir una palabra, le tendió una moneda de mil pesos y se alejó rápido, como quien intenta socorrer a un animal herido, temerosa de que la muerda.


Aurelio la miró fijo, sin mover un músculo. La moneda quedó suspendida en el aire apenas un instante, y al final la tomó con lentitud, como si pesara toneladas.


—Gracias —dijo en voz baja—. Pero no crea que esto le da superioridad moral... Este gesto de "bondad" es solo para sentirse bien con usted misma.


Hizo una pausa. Luego añadió:


—Igual agradezco la limosna.


La mujer lo miró, desconcertada, sin entender del todo sus palabras. Se alejó rápido, perdiéndose entre el ruido y las sombras del centro.


Él dio un trago a la botella como quien toma una medicina amarga para el alma.


Siguió sentado en el banco y se disponía a leer uno de sus libros, pero sintió otra presencia cerca a él.


Santiago estaba parado a unos pasos, con el uniforme de una cafetería cualquiera, y el ceño levemente fruncido por el sol de la tarde bogotana de ese día. No dijo nada. Solo lo observaba.


—¿Qué? ¿Me va a dar limosna también? —dijo Aurelio sin mirarlo a la cara.


Santiago negó con la cabeza, tímido.


—No. Solo... usted dijo algo hace un rato. Sobre el yugo. Sobre ser libre. Nunca había escuchado algo así.


Aurelio levantó la vista con una mezcla de burla y cansancio.


—¿Y eso qué tiene? ¿Ahora va a escribirme en su tesis?


—No. Solo pensé que... si quiere, puedo traerle un tinto.


Esa vez Aurelio no respondió. Lo miró por primera vez a la cara. Como si no supiera si estaba frente a un imbécil... o ante alguien que todavía no ha aprendido a mentirse.


Y entonces, por primera vez en todo el día, no dijo nada.


Solo bebió, y le hizo un gesto con la mano: un "haga lo que le de la gana"


El joven se alejó algo desairado por la reacción de Aurelio.


Aurelio abrió uno de sus libros y empezó a leer en voz alta. Cada tanto, levantaba la vista para ver de reojo a la gente pasar. Todos iban de prisa. Como si alguien los persiguiera.


El aroma a café lo sacó de la lectura. Alzó la vista. Santiago estaba ahí otra vez, con una bandeja en las manos. Dos tintos humeantes y dos panes hojaldrados.


—¿Por qué dos? —preguntó Aurelio, desconfiado—. ¿No ves que soy solo un hombre?


Santiago no dijo nada. Solo le tendió uno de los vasos y un pan. Luego se sentó a su lado, sin pedir permiso, y tomó el otro tinto para él.


Aurelio aceptó, confundido.


—¿Y tú? —preguntó luego, con el ceño fruncido—. ¿Qué quieres de mí? ¿Vas a intentar comprarme un libro, verdad? Tengo muchos, pero no están a la venta.


Ahhh, ya sé... quieres darme limosna para sentirte bien contigo mismo, ¿no?


Hizo una pausa para dar un sorbo.


—No tienes que estar acá... Ya me diste tu limosna. Muchas gracias, eres muy buena gente —dijo con una sonrisa torcida, casi burlona, en tono irónico.


Santiago dio un sorbo y dijo —Nada de eso, solo quiero escucharlo hablar, no estoy acá para ofrecer limosna ni soy un comprador.


—¿Escucharme? ¿Para qué quieres escucharme? ¿Acaso tengo pinta de gurú o qué hijueputas?


Santiago bajó la vista por un segundo, pero luego sostuvo la mirada.


—No sé... me pareció que hablaba con rabia, pero también con verdad. Como si dijera cosas que nadie más se atreve a decir. Y... me dio curiosidad.


Aurelio soltó una carcajada seca, de esas que parecen escupidas más que reídas.


—¿Y qué haces tú en esa cafetería donde trabajas? ¿Estás ganándote la vida? ¿O sobreviviendo?


Santiago se encogió de hombros.


—Un poco de las dos. Pero usted sabe más de eso que yo.


Por un instante, el silencio se volvió espeso entre ellos. De fondo se escuchaba el pito de un bus, y un perro que ladraba sin dueño.


Aurelio, sin decir más, mordió el pan hojaldrado. Crugió en su boca como si no comiera algo tan decente desde hacía días. Y sin mirarlo, dijo:


—¿Y qué esperas encontrar, entonces?


—Nada —respondió Santiago—. Solo lo escucho. No todos los días alguien dice en voz alta lo que los demás solo piensan en silencio.


Aurelio bebió otro sorbo.


—Mmm... peligroso eso. Escuchar a un loco como yo. A veces la verdad no se digiere bien, como el trago barato.


Santiago asintió, como si entendiera.


—El tinto tampoco siempre cae bien, pero igual uno lo toma.


Aurelio no dijo nada. Pero el silencio ya no sonaba a rechazo.


Siguieron tomando el tinto en silencio. El pan hojaldrado se deshacía en la boca con ese sabor simple que a veces sabe a lujo cuando uno no espera nada. Aurelio lo comía con lentitud, como si cada bocado fuera parte de un ritual. Santiago no hablaba más; entendía que ya no hacía falta.


Cuando terminaron, Santiago se levantó y recogió la bandeja vacía. Dio un paso, pero se detuvo. Miró a Aurelio como si esperara algo más. Una respuesta. Una señal.


Aurelio no se levantó. Solo lo miró de reojo y dijo:


—No todo el que escucha entiende, pero igual... gracias por oír.


Santiago asintió sin decir nada y se alejó. El ruido de la ciudad lo tragó de nuevo.


Aurelio guardó el cuaderno y el libro en su bolsa plástica, se envolvió en la ruana con una sacudida seca y echó a andar. El tinto le había calentado el cuerpo, pero no el alma. Eso ya era mucho pedir.


Caminó por la Séptima, esquivando charcos, ignorando a los que cantaban y bailaban. Ya era de noche y el frío se colaba como una enfermedad lenta por entre su vieja ruana.


En una esquina, debajo del mismo puente de siempre, encontró a Rubén y al Flaco. Rubén tenía una cobija militar mugrienta y una risa contagiosa; el Flaco estaba fumando una colilla de cigarrillo que seguro encontró en el suelo.


—¡Aurelio! —dijo Rubén—. ¿Dónde se había metido?


—Dando cátedra gratis —respondió Aurelio sin frenar el paso.


Los tres se rieron. Era una risa breve, sin euforia, pero suficiente para no sentirse muertos.


Cuando llegó a su rincón, Aurelio se acomodó entre bolsas negras y cartones. Sacó su cuaderno. Lo abrió, escribió una línea con su letra fea y ladeada, y luego se quedó mirando el cielo.


—Libertad... qué palabra tan hija de puta —murmuró, antes de cerrar los ojos.


Y la ciudad siguió respirando sin él.