El silencio del mar

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Sinopsis

Las gélidas aguas de Ålesund guardan secretos. Cuando la primavera apenas despierta, un viejo pescador y su nieto se embarcan en un viaje que los llevará más allá del horizonte conocido. Una canción inexplicable emerge de la bruma, atrayéndolos hacia un destino incierto donde el silencio en el mar se rompe. Todos los derechos reservados.

Genero:
Thriller
Autor/a:
Freider Korff
Estado:
Completado
Capítulos:
1
Rating
3.0 1 reseña
Clasificación por edades:
13+

El silencio del mar

El último invierno había sido uno de los más duros que la pequeña ciudad de Ålesund hubiera podido experimentar en las últimas décadas; pero para el alivio de sus habitantes, y como si una bendición de los mismísimos dioses se tratara, la primavera comenzaba a abrirse paso en aquel paisaje gélido. Los días se alargaron, y gracias a ello, la actividad pesquera que tanto caracterizaba a aquel lugar no tardó en hacerse presente.

Fue así como una madrugada de Marzo, Knut y su nieto Gunnar, tras haber alistado todo el equipo necesario, subieron a su antiguo Færing y remaron hasta alejarse algunos kilómetros de la costa. Cuando alcanzaron una distancia que el anciano consideró adecuada, lanzaron las redes por un costado de la embarcación y permanecieron en silencio, a la expectativa de regresar a casa con las manos llenas.

Sin embargo, este pensamiento pasó a segundo plano cuando una misteriosa melodía llegó a sus oídos y vibró en sus huesos. No era algo que se asemejara al canto de las ballenas ni al sonido de las focas, tampoco era humano. No existía una palabra que pudiera describirlo, simplemente sentían la necesidad de ir hacia su origen. Y eso fue lo que hicieron.

Uniendo fuerzas para remar, se adentraron cada vez más en aquellas oscuras aguas, y una espesa niebla los fue envolviendo sin que siquiera lo notaran. La urgencia de cumplir con el llamado era mucho mayor.

Cuando el puerto terminó de desaparecer en el horizonte y se les hizo imposible orientarse a simple vista, los ojos azules de Knut lograron distinguir una piedra gigantesca que se erigía en medio del mar. Sobre ella, una silueta femenina los invitaba a seguir acercándose. No con palabras, sino a través de cantos.

Al principio, ambos hombres obedecieron sin dudar y continuaron avanzando en su dirección, negándose a soltar los remos o dar marcha atrás. No obstante, cuando estuvieron cerca de su objetivo, la madera del bote emitió un golpe seco, indicando que habían chocado contra algo duro. Eso bastó para que Gunnar saliera del trance y volviera en sí.

Numerosas ruinas de barcos —tanto pesqueros como el suyo, como de guerra—, flotaban alrededor del Færing. Algunos incluso coincidían con las descripciones de otros pescadores locales que una mañana partieron en busca de sustento y jamás se supo de ellos. Por si fuera poco, formaciones de rocas afiladas que no había visto hasta entonces se amontonaban al frente y a los costados, empujándolos a un naufragio más que seguro.

«Las Havfruer, tiene que ser una de ellas», pensó el joven, recordando las historias que le contaba su abuelo cuando aún era un niño. Historias en las que incluso los marineros más curtidos eran arrastrados a su final seducidos por las hermosas canciones de las sirenas.

Consciente de la situación en la que se encontraban, tomó a Knut por los hombros y lo sacudió, tratando de hacerlo recobrar la razón. Este frunció el ceño, e ignorando a su nieto, continuó llevando el bote hacia la mujer, que esperaba pacientemente por él.

Bestefar, detente —lo sacudió con más fuerza—. Esa criatura solo quiere acabar con nosotros, debemos volver a la orilla.

La niebla se espesó aún más, siendo únicamente visibles la piedra y la silueta sobre ella. Los restos de naufragios impactaban contra el casco del bote, pero cuando Gunnar se asomaba no conseguía divisarlos. Estaban casi en un punto de no retorno, y lo sabía a la perfección.

De inmediato, tomó el par de remos que le correspondía y trató de dirigir el barco en la dirección contraria a la melodía. Su abuelo, al notarlo, se levantó de su asiento y se abalanzó sobre él, cegado por la ira. Nadie se interpondría entre el llamado y su persona. Ni siquiera su nieto, al que había criado como si fuera su propio hijo. Esas casi dos décadas compartidas palidecían ante su obligación. Su obligación de encontrarse con la Havfrue.

—Por favor —suplicó el chico, sintiendo como los nueve dedos huesudos del anciano se cerraban en torno a su garganta—. Sé que puedes escucharme, y sé que sabes lo que sucede —añadió, forcejeando.

La sirena saltó al agua sin dejar de cantar, y en un par de movimientos veloces llegó al lado izquierdo del Færing. Su simple proximidad era hipnótica, y Gunnar estuvo a punto de volver a caer en trance, pero irónicamente fue su abuelo atacándolo bajo la influencia de aquel ser quien lo mantuvo alerta.

De pronto, el viejo pescador reparó en que la criatura estaba a menos de dos metros de su alcance y, olvidándose por completo del muchacho, soltó el agarre y recorrió la distancia que los separaba. Necesitaba tocar aquel cabello dorado como los rayos del sol de verano, recorrer su piel nívea una y otra vez, y perderse en aquellos ojos verdes musgo que lo contemplaban con curiosidad. Era una sensación muy distinta al deseo carnal, una que sobrepasaba al éxtasis o la euforia. Una que desconocía hasta esa primavera.

Bastó un parpadeo para que la mujer extendiera los brazos hacia Knut y que él le correspondiera, y lo demás quedó grabado a fuego en la memoria de su nieto. Los rasgos delicados de la mujer se deformaron en una mueca inhumana que le heló la sangre, su boca se abrió lo suficiente como para engullir la mitad del torso del anciano, y de sus falanges emergieron las garras que utilizó para aferrarse al cuerpo de su víctima y sumergirse juntos a las profundidades de aquellas aguas en las que era casi imposible saber lo que había al fondo.

Todavía en shock, aunque lo bastante cuerdo como para entender la magnitud de lo que acababa de pasar, Gunnar se dedicó a remar tan rápido como pudo rumbo adonde creía que estaría el puerto de Ålesund. Por fortuna, los años de acompañar a su abuelo en sus expediciones no habían pasado en vano, y fue capaz de guiarse en el camino de regreso. No sin antes impactar el bote contra una que otra formación rocosa y, por supuesto, contra los despojos de quienes en el pasado corrieron el mismo destino que Knut.

No se atrevió a mirar atrás para comprobar si la criatura lo perseguía o si se había conformado con arrebatarle a su Bestefar, tampoco le importó que el ya de por sí gastado casco del Færing sufriera daños. Lo único que quería era alejarse de aquel ser hórrido por siempre y para siempre.

Cuando la costa estuvo a menos de un kilómetro, el agua empezaba a colarse por los numerosos golpes que acababa de recibir la embarcación. Sus hombros palpitaban a causa del esfuerzo físico. Aun así, el chico hizo acopio de la energía que le quedaba, saltó al agua desesperado y nadó el trecho restante hasta llegar a tierra. Fue entonces que el pánico se disipó y cayó en cuenta de lo sucedido.

Gunnar rompió a llorar sentado en la arena y escondiendo la cara entre las rodillas, mientras que las personas a su alrededor iban y venían, concentrados en sus labores diarias. El invierno había sido tan cruel que los habitantes de Ålesund no tenían tiempo para nada que no fuera poner comida en la mesa. Debían recuperarse pronto de sus consecuencias, o de lo contrario las cosas solo irían a peor.

El muchacho lo sabía, y también sabía que era hora de dejar atrás aquel paisaje pesquero que lo vio nacer y crecer; de tomar sus escasas pertenencias y probar suerte tan lejos de allí como pudiera.

Al fin y al cabo, el mar había pasado de ser su medio de vida a un ente desconocido. Uno que le arrebató a quien más amaba. Uno al que nunca regresaría.

Fin.