Manual para dejar de ser monja

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Sinopsis

Sofia siempre fue la chica tranquila del salón. No invisible, pero tampoco la que alguien voltearía a ver dos veces. Mientras sus amigas hablaban de citas, besos y cosas que ella aún no entendía del todo, Sofia se aferraba a su mundo interior... hasta que un día, entre empanadas y un grito en plena cafetería, todo cambió. Empujada por su mejor amiga, la extrovertida y escandalosa Kate, Sofia empieza a cuestionarse si está lista para enamorarse... o si primero necesita enamorarse un poquito de sí misma. Una historia sobre crecer, equivocarse, reírse en medio del caos y aprender que a veces lo más valiente no es amar a alguien... sino atreverse a mirarse al espejo con honestidad.

Genero:
Romance
Autor/a:
Ars_zm
Estado:
En proceso
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

¿Y si quiero enamorarme?

Yo era solo una chica tranquila. Tal vez más de lo que me gustaría. En tercero de prepa, muchas de mis compañeras ya hablaban todo el tiempo de sexo, de novios, de lo que hacían los fines de semana. Yo no. A veces solo escuchaba en silencio, fingiendo que no me sorprendía nada, aunque por dentro no entendiera muchas cosas.

Creo que mi forma de ser viene de casa. Mis papás son algo antiguos. No estrictos, pero sí con esas ideas de que todo debe ir con calma, con respeto, con cuidado. Nunca me hablaron mal del amor o del sexo, pero tampoco era algo que se mencionara mucho.

Y crecí así. Como esperando que todo pasara en su momento. Pero ahora no estoy tan segura. Siento que me cuesta dar pasos. Que me da miedo intentar algo nuevo, salir de lo que conozco.

A veces pienso que ya debería haber vivido más cosas. O al menos sentirme preparada. Pero no es así. No tengo la misma experiencia que otras chicas, y eso me hace sentir rara.

No sé si es que me estoy quedando atrás... o solo soy diferente.

Eso pensaba... pero mis ideas se rompieron cuando Kate me habló.—Ey, Sofia, ¿en qué piensas tanto? —dijo, inclinándose un poco hacia mí con esa sonrisa suya, como si siempre supiera más de lo que decía.

La miré rápido y respondí sin pensar demasiado:—Solo estaba... pensando en la clase.

Kate soltó una risita.—¿La clase te deja tan absorta o al fin tu mente está dejando de lado a “la monja tranquila”?

Rodé los ojos, pero no dije nada. Esa frase, “la monja tranquila”, ya se había vuelto su apodo favorito para mí desde que entramos a la prepa. Según ella, era una mezcla entre broma y cariño, pero a veces dolía más de lo que me gustaría admitir.

Me quedé callada por un momento. Miré hacia la ventana, sin saber bien qué decir. Al final, solté algo simple:—Creo que solo necesito un poco de aire fresco.

Kate me miró unos segundos más, como si quisiera decir algo, pero al final solo asintió despacio. Supongo que entendió que me sentía incómoda, así que decidió dejarme tranquila. Se giró hacia el frente y no volvió a decir nada.

Yo me quedé ahí, en silencio, sintiendo que todo el ruido del salón sonaba lejos. Como si no encajara del todo. Como si estuviera esperando que algo cambie... pero sin saber qué.

Cuando terminó la clase, Kate vino conmigo, como siempre. Ella era de ese tipo de personas que no se quedan quietas, siempre hablaba con alguien, siempre tenía algo que contar. Era muy amigable, y la verdad, también muy atractiva. Tenía esa seguridad que hacía que todos quisieran estar cerca.

Muchos chicos del salón —y de otros salones también— la miraban con interés, pero ella no les hacía caso. Kate estaba completamente enamorada de Jhordan, un chico dos años mayor que nosotras.

Jhordan era el hermano mayor de Valeria, una chica de nuestro salón. A veces pasaba a recogerla, y cada vez que lo hacía, Kate perdía un poco la compostura. No lo decía en voz alta, pero se le notaba en los ojos. En cómo se acomodaba el cabello. En cómo intentaba no mirar... y terminaba mirando igual.

—¿Quieres ir a la cafetería? —me preguntó mientras salíamos del salón.

Asentí sin decir mucho. Me gustaba estar con ella, incluso si a veces me sentía como su sombra. Ella brillaba y yo... bueno, yo era la tranquila.

La verdad... todavía tengo muchas inseguridades sobre mí misma. Sobre cómo me veo, sobre cómo soy. A veces me pregunto si eso es normal, si todas se sienten así o si solo soy yo.

Trato de pensar que puedo ser “linda”. Que tengo algo. Y sí... sé que tengo rasgos faciales que podrían considerarse atractivos. Lo he escuchado un par de veces, aunque nunca estoy muy segura de sí lo decían en serio o solo por quedar bien.

Pero más allá de eso... siento que, si alguien llegara a quererme de verdad, tendría que estar viendo muy, muy en lo profundo para fijarse en mí. No por fuera, sino por dentro.

Porque no soy la más graciosa. Ni la más atrevida. Ni la que todos notan. Y a veces eso me hace sentir invisible. Como si tuviera que esforzarme demasiado solo para existir en el espacio de los demás.

Cuando llegamos a la cafetería, Kate pidió un par de empanadas —las de queso, sus favoritas— y un refresco con mucho hielo. Yo solo compré un jugo. No tenía mucha hambre, y además, mi cabeza seguía un poco lejos.

Nos sentamos en una mesa al fondo, como siempre. Apenas nos sentamos, ella me miró con una sonrisa traviesa y dijo:—Entonces... ¿ahora sí me vas a contar en qué estabas pensando?

Yo bajé la cabeza casi por reflejo. Me quedé mirando el vaso con el jugo por unos segundos y, sin pensarlo mucho, solté:—Creo que quiero tener novio.

Kate se quedó en silencio por medio segundo, y luego casi tira su comida del puro impacto. Abrió los ojos como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.—¡¿Entonces sí dejarás de ser monja?! —gritó.

Y lo gritó fuerte. Tan fuerte que toda la cafetería se giró a vernos.

Yo solo quería desaparecer. Sentí cómo me subía el color al rostro hasta las orejas, y bajé la mirada tan rápido que el mundo se volvió borroso por un segundo.

Quería que la tierra me tragara. Literal.

—Kate, baja la voz... —susurré, tapándome la cara con las manos.—¡Perdón, perdón! —dijo entre risas—. Es que no me lo esperaba. ¡Mi niña está creciendo!

Después de que me repuse un poco de la vergüenza, Kate no perdió el tiempo. Empezó a mirar alrededor de la cafetería como si estuviera escaneando el lugar. Literalmente.

—A ver... —dijo mientras se inclinaba hacia mí con los ojos entrecerrados, como si estuviera buscando el amor de mi vida entre las mesas—. Ese de allá, el de la sudadera roja, se llama Luis. Es algo serio, pero tiene buen corazón. Luego está el de la fila, el alto... ese es Mateo, juega fútbol y tiene una sonrisa bonita. Ah, y ese de lentes que siempre está en la biblioteca, se llama Elías. Es tímido, pero muy dulce.

Y así siguió. Nombre tras nombre. Características, gustos, rumores. Incluso llegó a señalar con la cabeza a uno que ni siquiera conocía.

—Ese de ahí... no tengo idea de cómo se llama, pero tiene buena espalda —dijo riendo.

Yo solo la miraba en silencio, con una mezcla entre risa nerviosa y “¿qué está pasando?“. No dije nada. No podía. Me sentía como si estuviera en una clase rara sobre chicos con mi mejor amiga como maestra.

Después de unos minutos, Kate se cruzó de brazos y me miró como si esperara una decisión final.—Entonces... ¿cuál eliges?

Yo solo solté una pequeña risa y escondí la cara entre mis manos.—Kate... no estoy eligiendo una pizza.

Ella se rió aún más fuerte.—Bueno, bueno, pero uno tiene que empezar por algo, ¿no?

Entonces la miré, respiré un poco y le dije:—No sé... creo que primero quisiera conocerlo yo misma. Sería mejor, ¿no?

Kate me miró en silencio un segundo, y luego se recostó dramáticamente en el respaldo de la silla.—¡Debiste decir eso desde el principio! —exclamó—. Entonces, ¿con cuál de ellos quieres una cita?

La miré con cara de “¿acaso me escuchaste?“.—Kate...

Ella me miró con una sonrisa torcida, como si no pensara rendirse tan fácil.

Yo solo suspiré y dije:—Bueno... ¿cuál es su recomendación, maestra?

Le brillaron los ojos al escuchar eso. Se acomodó en la silla como si fuera a dar una cátedra importante. Pero en vez de darme una respuesta clara, levantó las cejas y dijo:—Pues no sé, tú eres la que quiere, ¿no?

Rodé los ojos.—¿Entonces todo tu discurso anterior era solo por diversión?

—Obvio. Pero si eliges mal, igual voy a opinar —dijo entre risas.

Y ahí estábamos. Yo, queriendo descubrirme a mí misma. Y Kate, queriendo armarme un novio como si fuera un proyecto de ciencias.

Pero igual, se sentía bien. Tener a alguien con quien hablar, aunque me sacara los colores frente a medio mundo.