CAPÍTULO 1: El mapa en la sombra
El viento en Windlow no suena como en otros lugares. Aquí no susurra: arrastra palabras que nadie se atreve a decir. Como si el aire recordara cosas que las personas aquí quieren enterrar.
Yo solía pensar que el silencio era una forma de calma. Ahora sé que también puede ser una advertencia.
Mi nombre es Naia Thalorien. Tengo 17 años y vivo en un pueblo donde todo parece correcto... pero algo siempre está fuera de lugar. Windlow es pequeño, callado, educado. Y, aun así, hay zonas del mapa local que todos evitan, palabras que los adultos no pronuncian y miradas que se desvían cuando uno pregunta demasiado.
Mi madre dice que todo es imaginación. Que algunas cosas es mejor no saberlas. Pero desde que Liora desapareció, mi imaginación ya no me basta.
Éramos tres: Liora, Eron y yo. Desde el primer año en el colegio Oakhall nos volvimos inseparables. Compartíamos tardes de lluvia encerrados en mi habitación, peleando por la playlist. Teníamos un cuaderno donde anotábamos todas las rarezas del pueblo: casas abandonadas sin dueño, faroles que parpadeaban siempre a la misma hora, familias que se mudaban sin despedirse. Lo llamábamos "El archivo Windlow" y estaba lleno de dibujos, fechas y suposiciones. Bromeábamos con que algún día escribiríamos un libro o haríamos un documental. Pero en el fondo, creo que los tres sabíamos que algo en este pueblo no encajaba del todo.
Liora tenía una forma de ver el mundo que siempre me fascinó. Miraba con atención los detalles que otros ignoraban. A veces se quedaba callada, como si escuchara algo que no estábamos oyendo. Le gustaba dibujar escenas del pueblo desde ángulos imposibles. Otras veces garabateaba nombres que no sabíamos de dónde salían.
Ahora, el espacio que ella dejó es un hueco que no sabemos cómo llenar.
Tres días. Eso es lo que ha pasado desde su desaparición. Tres días en los que su mamá no sale de casa, la policía no comparte nada, y el colegio finge que no ha pasado nada. Sólo el silencio, cada vez más ruidoso.
Esa mañana en clase, Eron me pasó una nota bajo el pupitre:
"Después de clases. Hay que buscar respuestas."
Asentí.
Después del último timbre, fuimos a la biblioteca del pueblo. No para encontrar libros, sino respuestas. Hablamos con la señora Elsy, que trabajaba ahí desde hacía años. Fue amable... hasta que mencionamos el nombre de Liora.
—Deberían dejar eso a los adultos —dijo cerrando el libro con un golpe seco—. Dejen de investigar y sigan con su vida, por su propio bien.
—¿Por qué? —preguntó Eron, frunciendo el ceño.
—Porque hay cosas que es mejor no remover. Cosas que se quedaron en el pasado por una razón —respondió ella, esquivando nuestras miradas.
—¿Tiene que ver con Liora? —me atreví a decir.
La señora Elsy suspiró, visiblemente incómoda.
—Miren, solo les diré esto: no es la primera que desaparece sin explicación. Y si siguen escarbando, podría no ser la última.
Nos quedamos en silencio.
Ella cerró otro libro con lentitud y se alejó sin volver la vista atrás.
Volvimos a casa caminando, frustrados.
—Esto no tiene sentido —murmuró Eron—. La señora Elsy claramente sabe más de lo que dijo.
—Lo evitó todo el tiempo. Apenas mencionamos a Liora, se cerró por completo.
—Y eso que dijo... que no es la primera. ¿A qué se refería?
—A otras desapariciones. O eso entendí yo.
Eron bajó la voz, como si el viento pudiera escucharnos.
—¿Y si todo esto ha pasado antes? ¿Y si el pueblo lo sabe, pero prefiere callar?
—Por eso no dicen dónde fue vista por última vez. Por eso nadie quiere hablar.
Nos miramos en silencio. Empezábamos a comprender que lo que se callaba en Windlow... pesaba más que lo que se decía.
Esa noche, abrí mi caja de recuerdos. Fotos, dibujos, recortes. Encontré un cuaderno de Liora que había olvidado que tenía. Era de arte. Y entre sus páginas, una hoja doblada muchas veces.
La abrí con cuidado. Era un mapa. Del pueblo. Hecho a mano, con tinta negra.
Había un trazo. Una ruta. Desde el colegio, pasando por calles familiares, hasta una zona en blanco, más allá del borde del mapa.
Y en la esquina inferior, una palabra:
Elenthra.
Al día siguiente, se lo mostraré a Eron antes de clases.
—Éste es su estilo. Su trazo —dijo observando los límites oscuros del mapa.
—Y esto... —señalé la palabra.
Nos miramos.
—Es el bosque. —dijo Eron.
Sentí un escalofrío.
—El bosque del que nadie habla.
—Elenthra... —murmuré—. Creí que ya nadie usaba ese nombre.
Eron frunció el ceño, como si la palabra le incomodara.
—Todos saben cómo se llama, pero casi nadie lo dice. Como si nombrarlo fuera... invitarlo a entrar.
Nos quedamos en silencio. Ahora entendíamos por qué Liora lo había escrito. No era sólo una palabra. Era una advertencia.
Por primera vez, sabíamos dónde buscar. Pero también sabíamos que entrar en ese bosque... cambiaría todo.
Y aunque no lo dijimos, ambos sabíamos que ese nombre, Elenthra, era el principio de algo mucho más grande de lo que podíamos imaginar.
-———
Esa tarde, falté a la última clase. Le dije a Eron que necesitaba revisar algo en casa, pero no era del todo cierto. Había algo más. Una sensación que me rondaba desde la noche anterior, desde que vi ese mapa.
Volví a la biblioteca sola, esperando que la señora Elsy ya no estuviera. Y no estaba. La sala estaba en silencio, con las luces encendidas solo a la mitad. El aire olía a papel antiguo y madera vieja.
Me moví entre los estantes sin rumbo fijo, aunque algo dentro de mí sabía exactamente a dónde quería llegar. En la última fila del ala norte, donde casi nadie entra, encontré un armario cerrado con una vieja tela encima. No tenía candado, solo una traba oxidada. La abrí.
Dentro habían cajas apiladas. Todas polvorientas, etiquetadas con años antiguos. 1983, 1969, 1952... En una de ellas, noté una libreta más delgada que las demás. Su tapa era de cuero oscuro, desgastada en las esquinas.
No tenía título.
La abrí.
No era un diario. Ni un inventario. Era una lista de nombres.
Solo eso.
Nombres y fechas. Algunos estaban subrayados en rojo. Otros tachados. Algunos tenían símbolos al lado: estrellas, triángulos, un pequeño dibujo que parecía una luciérnaga.
Pasé las páginas rápido, el corazón latiéndome en los oídos. Hasta que lo vi.
Thalorien, Adana — 1977
Thalorien, Naia — 2001
Mi garganta se cerró.
Estábamos ahí. Mi madre. Yo.
No había ninguna explicación. Ni una palabra adicional. Solo los nombres.
Pero no necesitaba más. Sentí que algo en mi estómago caía como piedra al agua.
Cerré el libro, lo devolví a la caja como si quemara, y salí caminando sin mirar atrás.
Esa noche, no podía dormir. Afuera, el viento se había detenido. Y con él, todo.
Ningún auto pasaba. Ningún perro ladraba. Ni siquiera los grillos.
Era como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.
Me levanté y caminé hacia la ventana. La calle vacía. El bosque al fondo. Oscuro como tinta.
Y entonces... una chispa.
Una pequeña luz flotando en el aire. Luego otra. Y otra más.
Luciérnagas.
No las había visto en años. En Windlow, casi habían desaparecido. Pero esa noche, danzaban justo frente a mi ventana.
Parpadeaban lentamente, como si intentaran decir algo. Formaban una línea... una ruta. Que iba desde mi ventana... hasta el borde del bosque.
Abrí la ventana. El aire entró frío, con olor a tierra húmeda. Y por un segundo —un instante breve y profundo— juraría que escuché su voz.
Liora.
Susurrando mi nombre, desde el otro lado de los árboles.
Cerré la ventana con las manos temblando. No sabía si estaba enloqueciendo. Pero había una cosa que sí sabía con certeza.
El bosque me estaba llamando.
Y yo... ya no podía ignorarlo.