Las Hijas de la Luna

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Sinopsis

Anne no es una chica común y muy en el fondo, a pesar de todos los traumas que alberga su corazón lo sabe. Lo último que supo de su familia antes de volar a los Estados Unidos fue su muerte. Uno tras otro trascendieron dejando atrás este mundo cruel y a una niña inocente de tan solo 6 años. Empezar desde 0 en un país extranjero no es fácil, menos porque en ese orfanato al que había sido enviada luego de que no pudieran encrontrar a su madrina, vive en un constante peligro. 10 años habían pasado allí en menos de un suspiro, sumida por la doctrina de monjas que ofrendaban niños a un ente de otra dimensión y envuelta en miedo y silencio por las cosas que allí pasaban, hasta que un día Anne un poco incrédula volvió a reunirse con las personas de su especie porque el destino la había marcado desde mucho antes de su nacimiento. ¿Podrá Anne cumplir con lo que depara la Diosa de la Luna para ella y los seres que la rodean o sucumbirá ante del peso de sus pruebas, del deber y ¿porqué no? de el amor?.

Genero:
Fantasy
Autor/a:
Jenny
Estado:
En proceso
Capítulos:
29
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo

A veces lo peor de una pesadilla es

cuando el montruo que te persigue

sonríe...

Los viajes en carretera nunca han sido mi parte favorita de esta vida, menos, si huimos de un destino que ya está escrito.

El viento que entraba por las ventanas abiertas del viejo Fiat negro de papá jugaba con mi rostro infantil y regordete. Pero estaba tan centrada en mis pensamientos que era incapaz de sentir cómo el aire, frío y filoso, me hacía cosquillas en las mejillas, congelando las lágrimas que aún quedaban en mi piel.

Lágrimas que no lograban borrar el recuerdo que llevaba horas y horas dando vueltas en mi cabeza, el recuerdo de la tita Beatriz.

Los adultos son personas ignorantes al hecho de que los niños de 6 años también percibimos cuando las cosas no van bien y mis padres no eran la exepción.

Llevábamos cuarenta minutos huyendo de casa, y mamá en el asiento delantero no paraba de repetir las maldiciones que la tita le había hechado horas atrás, como un mantra que parecía estar destinado a marcar cada instante de ese viaje.

El eco de esas palabras aún resonaba en mis oídos, mezclándose con las que decía mamá. Parecía que las dos se habían juntado en mi cabeza para atormentarme sin descanso.

...

Desde mi posición en el asiento trasero del medio, lo único que podía ver al frente era parte de la carretera y los bucles del cabello negro de mamá moverse de arriba a abajo desesperadamente, a un lado también estaba papá dando pequeños golpes con su pulgar en el timón, como si de esa forma pudiera sobrellevar los nervios.

Mis pies pequeños tampoco estaban quietos y quizás esa era mi forma de sacar un poco del miedo que me causaba recordar sus ojos oscuros, llenos de ese brillo inquietante cuando sentenció: “La última sombra los persigue y les dará muerte”. Íbamos a morir, según la tita y sus visiones, las mismas que acabaron muriendo a mi tía y sus siete bebés, y a mi abuelo.

Yo no sabía exactamente qué significaba morir, eso nunca lo habíamos visto en las clases improvisadas de español que nos daba la señora Amara de vez en cuando, pero tenía una idea bastante clara: morir significaba desaparecer de la vida de las personas que amas, sin saber cuándo volverás a verlas.

Morir era cruel.

Y yo fui todavía más cruel cuando me alivié al dejar de escuchar susurrar a la tita, creyendo que con su silencio terminaba aquella pesadilla.

Pero me equivoqué.

Mis padres, que ya eran adultos de más de 40 años, parecían comprender sus palabras mejor que yo. Por lo poco que pude interpretar de sus rostros, faltos de color y demacrados por las horas que pasamos en el hospital esperando noticias, estaban aterrados.

Salimos de la habitación azul en cuanto la tita cerró sus ojos, y no me dejaron despedirme de ella. ¡Qué injustos! Yo hubiera querido hacerlo a mi manera, como ella me había enseñado, con humo y olor a canela, porque decía que, después de partir, si no los despedíamos correctamente, regresarían a buscarnos. Tita Beatriz había trascendido -o algo así- según mamá. Y yo... yo no hice nada. Sabía que vendría a por mí por no haber cumplido con sus rituales, con el incienso y las oraciones, y me esperaba la regañina de mi vida.

Aunque pensandolo mejor yo en sí no entendía muy bien cómo funcionaba la muerte, pero si algo había aprendido, era que se despertaban del sueño eterno si no había canela o quizás ni siquiera llegaban a dormirse.

Y en el fondo quería que tita Beatriz lo hiciera rápido, para que pudiera detener a mis padres.

Quizás, entonces, dejarían de pelear y me llevarían de vuelta a casa, a mi lugar feliz, y todo volvería a ser como antes.

Tal vez por eso ellos tampoco habían hecho nada. No estaban de acuerdo con que se fuera a dormir igual que yo.

Papá apenas escuchaba las súplicas de mamá para que bajara la velocidad mientras le jaloneaba un poco el brazo. Ella le recordó que había una niña en el coche varias veces antes de comenzar a levantar la voz de nuevo por la dichosa maldición, pero yo no entendía a quién se refería, pues recién había cumplido seis años y me sentía lo suficientemente mayor para viajar sin la silla infantil, eso era para críos como Miguel, mi vecino que cumpliría 6 años en 8 días -y la tita decía que en este lugar los días eran muy largos, así que 8 eran demasiados días.

Claro que papá podía ir rápido, a mí no me daba miedo. Pero no pasó mucho tiempo antes de que yo misma tuviera que gritarle que se detuviera.

Una figura se levantaba frente a nosotros como una gran sombra. Nada igual a algo que hubiese visto antes, tenía la silueta de una persona curbeada, y justamente estaba en la última de las colinas antes de rodar por el prado en las afueras de Mallorca.

Tal vez era la tita, que había despertado por la falta de canela. Pero no estaba segura. No pude verla bien, porque justo al entrar en el túnel, papá frenó de golpe, intentando evitar la sombra. El coche derrapó, y el impacto me arrojó hacia atrás.

Lo que siguió fue un caos de vueltas y sacudidas, como en la atracción de feria que siempre detestaba.

Cuando por fin me atreví a mirar hacia los asientos delanteros, el aire se me escapó del pecho y sentí náuseas. Me costó respirar, como si hubiera estado demasiado tiempo bajo el agua, nadando en la piscina inflable de mi vecino. Mi madre odiaba que hiciera eso, y ahora comprendía por qué: la sensación de ahogo era insoportable.

Volví a tomar aire, obligándome a respirar con rapidez, por miedo a que mamá despertara y me regañara.

Pero me acurruqué de nuevo en mi asiento y solté el aire nuevamente, estaba temblando. Lo que vi... no podía ser real. La única magia que había conocido era la de los payasos del circo, aquellos que cortaban los cuerpos en dos, pero mamá no sabía nada de magia de payasos. Sin embargo, allí estaba, suspendida en el parabrisas del auto de papá, como si fuera parte de alguna terrible ilusión.

Papá no estaba allí, y por más que miraba por la ventana, no veía ni rastro de él. Quizás había salido a tomar aire fresco o a buscar a alguien para obligar a mamá a salir del cristal. Cuando regresara, se iba a enojar mucho con ella por lo que había hecho. Papá siempre decía que no le gustaban los jueguitos con magia en casa, aunque la tita me estaba enseñando a hacer algunos trucos incluso mejores que los de los payasos.

Yo ni siquiera pensaba moverme de mi asiento. Papá siempre me decía que no debía bajar del coche sin su permiso, y aunque ahora él no estaba, su voz resonaba en mi cabeza. Quería llorar, y en parte ya lo hacía, aunque el llanto me salía entrecortado, sin fuerzas.

Mamá no me respondía desde el asiento delantero, y la tita Beatriz no estaba por ningún lado. El dolor se extendía por todo mi cuerpo, pero en especial en la cabeza, donde una punzada sorda me robaba la poca energía que me quedaba.

El sueño empezaba a vencerme cuando los primeros rayos del sol se asomaban tímidamente.

Me sentía completamente sola, a pesar de que mi mamá estaba concentrada en su magia en el asiento de adelante. Estaba triste, atrapada en un miedo que no sabía cómo enfrentar, y no quería estar más allí.

No sé cuánto tiempo pasé llorando de nuevo, pero pronto el hambre se impuso en mi pequeña tripita. Mi estómago rugía como un león famélico, y sentí que, si no comía algo pronto, me desmayaría. No podía permitirlo. No aquí. No ahora. Pero tampoco podía despertar a mamá de su truco. Lo último que quería era interrumpirla, porque la última vez que lo hice papá se enteró de la magia y nos castigó por una semana.

Aun así, algo no me dejaba tranquila. ¿Y si le había pasado algo malo y por eso no volvía? El pánico empezó a recorrerme el cuerpo, y temblaba como la primera vez que vi la nieve, cuando sentí ese frío tan extraño, el mismo que ahora me invadía, aunque no había nieve y el sol brillaba fuerte en el cielo.

Con cuidado, extendí la mano hacia la cartera de mamá, que siempre dejaba junto a mi asiento. Si ella me viera... Pero lo hice de todas formas. Abrí el pequeño bolsillo, buscando el teléfono, y como mamá me había enseñado, marqué, tecla por tecla, el número de emergencias.

El tiempo se alargó interminablemente antes de que alguien respondiera. Al fin, una voz femenina respondió.

-Usted se ha comunicado con la línea de emergencias. Mi nombre es Beatriz. ¿Puede describir su emergencia?

El nombre me hizo estremecer. ¿Beatriz? ¿Le marqué a la abuela? Mis labios temblaron al responder, y las lágrimas se me escaparon sin control.

-¿Abuela? Perdón por no quemar la canela... -susurré entre sollozos-. Quería despertarte...

El silencio al otro lado de la línea me llenó de miedo de nuevo. Sentí que mi pecho se comprimía.

-¿Bueno? ¿Abuela?

-Cariño, no soy tu abuela, pero puedo mandar a alguien que te cuide si tienes una emergencia -respondió con una voz suave, pero lejana, casi robótica. Quizás era por la mala señal en la montaña. Pero nada que ver con la voz de la tita.

Intenté explicarle.

-Estoy bien, aunque con mucha hambre. Perdón... mi abuela Beatriz se fue a dormir esta mañana, y mamá dice que no va a despertar más. Pero yo vi su sombra en el túnel, pensé que eras ella.

Hubo una pausa. La mujer, paciente, parecía elegir las palabras correctas.

-Lo siento mucho cariño, pero sabes que esta es una línea de emergencias -me dijo, en un tono que, aunque suave, se sentía como un regaño delicado. ¿Papá podría hablarme así algún día?

Las lágrimas volvieron a asomarse en mis ojos, pero traté de mantenerme firme.

-¿Puedes mandar a alguien por favor? -mi voz sonaba suplicante, débil. Sabía que no era probable que alguien viniera solo porque yo tenía hambre, pero sentía que era mi única opción-. Me muero de hambre. Papá hizo que el coche diera vueltas, como los juegos de la feria, y luego desapareció. Y mamá... mamá está atrapada haciendo un truco de magia como los payasos del circo en el parabrisas y no me ha querido prestar atención.

La voz se me quebró. No podía seguir hablando sin sollozar. Las lágrimas comenzaron a caer de nuevo, calientes, incontenibles, como si parte de mí supiera algo que me estaba negando a ver.

-Además, todo huele a metal... -añadí en un susurro-. Quiero irme de aquí.

Al otro lado de la línea, la mujer ahogó un gemido. Su voz, ahora quebrada, trataba de calmarme, pero yo sabía que no podía hacer nada. Sabía que, por mucho que lo intentara, nada estaría bien.

¿Te dolió este final tanto como a mí escribirlo? Tu corazoncito (voto) me ayuda a sanar 💔.