Capítulo 1
Mark
Está bien. Todo va bien.
Este es el típico infierno que uno mismo se busca cuando se le acaban los milagros y aprende que rezar, por lo visto, no sirve como estrategia para ligar.
Tengo cuarenta años. Se me está cayendo el pelo de formas que prefiero ignorar. Tengo un trabajo estable y aburridísimo en una aseguradora que, de algún modo, logra quitarle todo el color al mundo. Además, tengo una obsesión con los muffins que roza lo erótico. No me avergüenza esto último. Los muffins son confiables. No te hacen ghosting después de tres citas buenas y dos noches mejores. Los muffins no se asustan cuando dices la palabra «relación» como si fuera un insulto.
Y sí. Quiero salir con alguien. Salir de verdad, joder. Nada de «pasar el rato» o «ver qué pasa». Quiero esa cursilería de dejar el cepillo de dientes en el baño del otro. Quiero las llamadas solo para saber cómo va el día. Quiero las tardes de domingo en las que ambos se quedan dormidos en el sofá con las piernas entrelazadas. Lo que tenían mis padres antes de que todo se fuera a la mierda.
Así que aquí estoy. En una cita rápida. En el salón alquilado de un hotel que huele ligeramente a desinfectante y desesperación. Mi corbata es la tercera que me probé. La roja era demasiado agresiva. La azul me hacía parecer un empleado de banco. Me decidí por la verde. No tengo ni puta idea de por qué. Quizás decía que soy alguien sencillo o de confianza. O tal vez solo me estoy aferrando a una ilusión como si fuera un salvavidas.
Me cambié de zapatos dos veces. Los negros me hacían sentir que iba a un funeral. Con los marrones parecía que me estaba esforzando demasiado. Al final me puse unos gris oscuro. Totalmente neutros. Igual que mi puta vida amorosa.
Cincuenta mujeres. Intervalos de cinco minutos. Cincuenta mujeres que me echarán un vistazo y pensarán: «Meh, el siguiente», mientras yo finjo que no me estoy muriendo por dentro. Es como ser rechazado por una fila interminable de sonrisas amables y excusas corteses. Cada una es un pequeño tajo en lo que queda de mi ego.
¿Pero qué coño se supone que debo hacer? ¿Tinder? Ya lo probé. Me hicieron más ghosting que en una puta casa encantada. ¿Bumble? Claro, pero parece que ahora «emocionalmente disponible» es sinónimo de «pesado». ¿Citas a ciegas? Salí con una mujer que trajo a su perro. No al parque, sino a la cena. El perro tenía hasta una sillita para bebés.
Incluso fui al concurso de cocina de la iglesia. A la iglesia. Con delantales, moldes de gelatina y viudas simpáticas que me llamaban «buen muchacho» e intentaban emparejarme con sus hijas recién divorciadas. La mitad de ellas parecía que no habían sonreído desde que Bush era presidente.
Así que sí, aquí estoy. Sentado en esta puta mesita redonda, bebiendo un merlot aguado en un vaso de plástico. Finjo que esto no es un castigo existencial disfrazado de etiqueta con nombre y charlas cronometradas. He practicado cómo sonreír sin parecer desesperado. He ensayado la descripción de mi trabajo para que no parezca que soy un somnífero humano. «Ayudo a la gente a entender el riesgo». ¿Qué coño significa eso siquiera?
¿Y lo peor? ¿Lo más jodido de todo? Soy un buen tipo. Sé que suena al típico rollo de incel, pero lo digo de verdad. Cumplo con lo que digo. Escucho. Me importan las cosas. No engaño ni desaparezco sin avisar. Me gusta hablar de sentimientos, por el amor de Dios. Me gusta preparar el desayuno. Tengo una receta de muffins de arándanos mortal que haría que cualquiera se enamorara de mí si se quedara lo suficiente para probarlos.
¿Pero saben qué es lo que ellas quieren? No siempre, pero sí lo suficiente como para que duela. Quieren al tipo que no les contesta un mensaje en dos días. Al que tiene los brazos llenos de tatuajes, miedo al compromiso y un coche que huele a marihuana y sueños perdidos. Ese que las hace sentir «emocionadas» y «en tensión» porque su amor es algo que hay que ganarse, perseguir y pelear.
¿Y yo? Yo soy de fiar. Soy estable. Tan estable como un muffin. Pero por lo visto, eso no sirve para que te follen. Ni para que te quieran.
Solo sirve para tener charlas de cinco minutos con mujeres que ni siquiera recuerdan tu nombre cuando suena la campana.
Así que sí. Todo bien. Totalmente normal. Solo un hombre adulto intentando no parecer demasiado ansioso mientras espera a ser rechazado amablemente por cincuenta desconocidas.
Ya tengo planeada la huida. Pausa para el baño después de la mesa doce. Revisar la barra. Ver si puedo sobornar al camarero para que me dé algo más fuerte que este vino de mierda. Intentar no mirar la salida demasiado tiempo. Intentar no tener esperanzas de que, tal vez, una de ellas me escuche hablar de muffins, o de mi perro, o de la vez que lloré viendo un vídeo de pingüinos que se emparejan de por vida, y no me mande directo al montón de los «demasiado blandos».
Por una puta vez, me gustaría ser el tipo ideal de alguien.
¿Y si no lo soy?
Bueno, tengo muffins en casa.
Suena un timbrecito, todo alegre y falso. Es como el sonido del microondas cuando termina de recalentar las sobras de tu propia vergüenza.
—¡Buenas noches a todos y bienvenidos a nuestra décima noche de citas rápidas! —brama un hombre desde el frente como si fuera el presentador de un puto concurso en lugar de una carnicería social. Lleva una americana rosa salmón que parece sacada de un contenedor de ropa usada. Le queda dos tallas pequeña sobre una barriga cervecera que tiembla cuando se ríe. Parece Papá Noel si se hubiera rendido y empezara a vender coches de segunda mano. Sus dientes son demasiado blancos, su voz demasiado alta y sus ojos brillan con el optimismo desquiciado de alguien que nunca ha tenido que usar una app tras dos años de sequía total.
—¡Les aseguramos —prolonga la última sílaba como si fuera una promesa divina— que esta noche encontraaaarán el amoooor!
Y aquí vienen los putos aplausos.
Algunos aplauden. Un tipo silba como si esto fuera un concierto y no un último intento desesperado para no morir solo. Unas cuantas mujeres gritan de alegría. Alguien suelta un «¡Sí!» emocionado, lo que hace que me pregunte si me he metido por error en una ceremonia de reclutamiento de alguna secta.
Siento que me quiero morir.
No de forma dramática, en plan Shakespeare. No. Más bien una muerte tipo «por favor, que se caiga la lámpara del techo sobre mi cabeza para no tener que charlar con otra instructora de Pilates que cree que la inteligencia emocional es una mala señal».
Ya me sudan las manos. Odio eso. Hace dos minutos estaban secas, pero ahora no. Ahora que me están arreando como al ganado para que mire a los ojos a extrañas mientras un imbécil de chaqueta rosa vende la ilusión del romance como si fuera la noche de juegos de un crucero.
Miro a mi alrededor y esto es un puto zoo. Está la mujer de negocios con una americana más afilada que mis cuchillas de afeitar. Está la chica yogui con collares, tarareando algún mantra interno. Hay una mujer que parece que me sacaría las tripas si soltara el chiste equivocado. Y en algún lugar de este mar de caras arregladas, sonrisas falsas y brillo de labios, se supone que debo venderme en cinco putos minutos como si fuera un coche usado con poco kilometraje y sin equipaje emocional.
Spoiler: el equipaje está ahí. Solo que está bien dobladito y escondido detrás de una sonrisa tensa y una frase sobre cómo «me gusta hornear en mi tiempo libre».
Cinco minutos. Eso es lo que te dan. Cinco putos minutos para demostrar que no eres un raro, un perdedor, un inmaduro o un asesino en serie. Cinco minutos para hacerla reír, parecer interesante, ser vulnerable sin desangrarte en la mesa y, quizás, solo quizás, hacer que quiera volver a verte.
¿Y después? Timbre. Siguiente.
Es como un rechazo en cadena. Corazones rotos a toda mecha. Es una puta trituradora para el alma y yo me apunté voluntariamente. ¿Qué dice eso de mí? He pasado por tantas mierdas en las citas que ahora un horario organizado de humillación me parece una estrategia viable.
Dios, odio esto. Lo odio todo. Odio la estúpida luz del techo, las etiquetas que se despegan por las esquinas, al tipo de al lado que comprueba su aliento cada cinco segundos y el olor del perfume de alguien que me hace llorar los ojos. Odio estar intentándolo. Sigo intentándolo. Después de todo.
¿Y lo peor de todo?
Odio ese gramo de esperanza que aún no ha muerto. Ese cabrón testarudo, pegado a mis costillas como una garrapata, susurrándome «quizás esta vez» como si no fuera a meterme otra vez en la puta picadora de carne.
Me ajusto la corbata. Otra vez. Ya van seis veces, por lo menos. Empieza a parecer más un tic nervioso que otra cosa. Quizás me la arranque a mitad de la noche y la use para colgarme en el armario de los abrigos.
El de la Chaqueta Rosa sigue con su monólogo como si estuviéramos en una cumbre espiritual para solteros crónicos. «Corazones abiertos, conexiones reales, magia en el aire», bla, bla, bla. Si dice «viaje» una vez más, voy a morder este vaso de plástico como si fuera una cápsula de cianuro para acabar con mi sufrimiento aquí mismo, entre sillas plegables y desesperación.
—Recuerden, amigos —brama con entusiasmo falso y unos dientes que seguro se blanqueó con una oferta—, cuando oigan el timbre, las damas se levantan y cambian de mesa, ¡los caballeros se quedan quietos y esperan a la siguiente!
Sí, gracias. Entendemos las instrucciones básicas. No somos peces de colores. Solo nos estamos pudriendo emocionalmente por dentro.
—Si conectan con alguien —continúa, ajeno a mis ganas de matar—, intercambien sus tarjetas... ¡y buena suerte!
Ding.
Y ahora empieza la carnicería.
Se sienta la primera mujer. Lleva gafas de bibliotecaria y un corte de pelo tan recto que podría cortar una pared. Pómulos marcados, una americana dos tallas más pequeña y una energía de «diagnosticada pero sin tratamiento».
—Hola —ronronea, inclinándose un poco. Tiene una voz empalagosa que no encaja en esta puta sala de conferencias con tanta luz. Su sonrisa es un poco demasiado amplia, como si la hubiera ensayado frente al espejo con un cuchillo en la mano.
—Hola —digo, parpadeando. ¿Me he metido en el inicio de una porno o en un interrogatorio policial?
Se ajusta las gafas con dos dedos, despacio. De forma seductora, creo. O tal vez solo tiene un tic en el ojo. Es difícil de decir.
—¿Te gustan —dice, lamiéndose el labio inferior como si lo hubiera visto en un vídeo musical— las chicas... malas?
Dios bendito.
Hago un ruido. Una especie de gruñido de confusión. Se suponía que iba a ser una risa, pero salió como si me estuviera atragantando con mis propios remordimientos.
Antes de que pueda responder: ding.
Salvado por la puta campana.
Se levanta con demasiada elegancia, como si se fuera flotando a hacerle lo mismo al siguiente pobre infeliz de la fila. La siguiente mujer cae en la silla como si la hubieran disparado con un cañón.
Sin saludos. Sin contacto visual. Solo:
—¿Crees en los alienígenas?
Parpadeo.
Va vestida de camuflaje de arriba abajo. Chaleco con bolsillos, botas militares y unas chapas de identificación que sospecho que no son del ejército. Su muñeca izquierda está llena de pulseras de cuerda. Se inclina hacia mí, seria. Demasiado seria.
—Creo que el gobierno esconde mierda debajo del aeropuerto de Denver —susurra—, y no me fío de los pájaros.
—¿Qué?
—Nos están vigilando. Los pájaros son cámaras. Despierta, borrego.
Ding.
Siguiente.
Una mujer con estampado de leopardo y tacones de quince centímetros se desliza en el asiento como si estuviera haciendo una audición para un reality de locas. Lleva brillantes alrededor de los ojos. Brillantes de verdad.
—Hola, cariño —dice con voz arrastrada, como si lleváramos diez años casados y estuviera a punto de rayarme el coche—. Déjame preguntarte algo muy importante: ¿de qué signo eres?
Dudo un momento.
—Virgo.
—Ni de coña —dice ella, sacando el móvil y escribiendo a toda prisa—. Eso es una puta bandera roja. Mi terapeuta me lo advirtió.
Ni siquiera aguanta los cinco minutos. Se levanta murmurando «puto virgo» como si yo le hubiera rayado el coche a ella, y se larga haciendo ruido con sus taconazos.
Ding.
Siguiente.
Se sienta una mujer con purpurina en las cejas. No me refiero a maquillaje. Me refiero a purpurina de verdad. Toda su puta frente brilla como si le hubiera dado un cabezazo a una mesa de manualidades de preescolar. Huele a incienso y a ganas de quemar cosas.
—Tienes cara de llamarte Mark —dice.
—Me llamo Mark.
—Lo sabía —dice con los ojos muy abiertos, salvajes—. Soy vidente.
Intento no retroceder visiblemente. —¿Vidente?
—Leo auras. La tuya está gritando.
—¿Gritando?
—Como un: «¡aaaaahhhhhh!». —Y hace el sonido. A todo pulmón.
Me bebo mi vino. Todo. Con vaso de plástico y todo.
Ding.
Siguiente.
Se sienta una mujer vestida como villana de Disney. Y no lo digo de forma metafórica. Va toda de negro, de terciopelo, con una sombra de ojos morada que parece aplicada como pintura de guerra. Pone un cristal sobre la mesa entre nosotros como si estuviéramos a punto de batirnos en duelo por mi alma.
—Le eché una maldición a mi último novio —dice sin que yo le pregunte nada.
No parpadeo.
—¿Y cómo salió eso?
—Ahora tiene colon irritable.
Ding.
Siguiente.
¿Y esto? Esto es solo una ronda. Me quedan otras cuarenta y nueve iguales. Se me agota la esperanza. Siento que mi alma se dobla como papel mojado. Y el del saco rosa sigue sonriendo como un puto charlatán emocionado con su propio discurso.
Pero me quedo ahí sentado, me aflojo un poco la corbata con el corazón algo roto. Sigo bebiendo lo que queda del vino, que sabe a limpiapisos y a sueños frustrados.
Porque, ¿qué carajos voy a hacer si no?
¿Irme a casa?
Ni de coña.
Pagué veinte pavos por esto. Veinte de los de verdad, sin reembolso, salidos directos de mi tarjeta. Eso son una docena de muffins y un buen café tirados a la basura. No me voy de este puto mercado de carne hasta que reciba mi ración completa de rechazo. Hasta el último. Y glorioso. Ding.
Ya van unas treinta rondas. Treinta ejercicios idénticos de cinco minutos de tortura emocional. ¿Mis tarjetas de contacto? Siguen siendo un montón impecable de cincuenta, igual que cuando entré. No he entregado ni una. Se quedan ahí, mirándome con superioridad desde la esquina de la mesa. Son como pequeños recordatorios cuadrados de que mi autoestima se está pudriendo rápido.
La esperanza ya ni siquiera se está muriendo, la están destripando. Desnuda, sin entrañas, con los órganos puestos a secar. Agonizo aquí sentado solo por puro orgullo y cafeína.
Ding.
Llega la siguiente.
Y... joder.
Vale.
Vale.
Es guapa. Pero guapa de verdad. No de esas que parecen filtradas por Instagram o que han salido de una guerra de bótox. No, esta es una belleza natural, rubia de nacimiento, de las que seguramente hacían surf en el instituto. Tiene unos reflejos en el pelo que no parecen hechos en una peluquería barata, y su maquillaje es normal. Gracias a Dios, es razonablemente normal. Como si supiera qué es el colorete y cómo no usarlo como arma.
Lleva un vestido cruzado, verde musgo, de tela suave, que le marca las curvas justo donde debe. Ese escote en uve deja ver unas tetas francamente increíbles. Y sí, júzguenme, pero me fijé. Mis ojos están conectados a mi cerebro y mi cerebro gritó vaya puta pasada en cuanto se sentó. Hay escote. Es discreto pero está ahí, y soy un hombre sencillo. Tiene un tipazo. Saludable, nada de matarse de hambre, con unos muslos que parecen capaces de aplastar sueños.
Parece de unos treinta. Se la ve segura. Centrada. No está nerviosa ni acelerada como las últimas doce.
Se sienta. Con calma. Con clase.
—Hola —dice. Simple, claro, sin rollos de sectas, ni propuestas sexuales directas, ni teorías conspirativas sobre pájaros espía.
Es tan jodidamente normal que me dan ganas de llorar.
—Hola —respondo, y se me quiebra un poco la voz por no haberla usado. —Soy Mark.
Ella sonríe, una sonrisa pequeña y educada, con unos hoyuelos que no parecen inyectados con relleno. —Ellie. Encantada de conocerte.
Tiene buena voz. Tirando a grave. Es el tipo de mujer que no da gritos en el almuerzo, que seguro lee libros de verdad y que quizá no saldría corriendo si le digo que lloré con Marley y yo.
Se inclina un poco hacia adelante. —¿Cómo va la noche hasta ahora?
¿Que cómo va la noche? ¿Cómo cojones va la noche?
¿Le cuento que he pasado las últimas dos horas aguantando a una tipa que parece un muro de horóscopos andante, a una conspiranoica, a una que maldijo a su ex y a por lo menos una que parecía un súcubo? ¿Que me han preguntado si quiero que me estrangulen, si me va el pegging, si quiero entrar en una estafa piramidal o bautizarme en aceite de lavanda? ¿Que me estoy aferrando mentalmente a la frase “quiero una novia” como si fuera lo último que me queda?
En lugar de eso, sonrío. Forzado. Cansado.
—Ha sido todo un viaje.
Ella levanta una ceja, juguetona. —Oh, Dios. ¿Tan mal?
—He visto cosas —digo, agarrando mi agua como un veterano de guerra con trauma. —Cosas terribles. Mujeres con purpurina en la frente. Una me preguntó si quería “comer dolor”. Creo que era una metáfora, pero no estoy del todo seguro.
Ella se ríe. Y no es una risita de compromiso, es una carcajada de verdad, de las que te hacen sacudir los hombros y hasta soltar un ruidito por la nariz. Me hace sentir que por fin, por fin, ha llegado alguien cuerdo.
—Dios, eso es increíble —dice ella. —Hace un rato me tocó un tipo que decía que buscaba una “novia con caderas anchas para parir y una colección de espadas”.
—Dime que le clavaste un tenedor, por favor.
—No. Pero escribí “nos vemos en el infierno” en su tarjeta de contacto.
Vale, ahora estoy sonriendo de verdad. Es lista. Aguda. Guapísima. Y no está intentando limpiarme el aura ni seducirme solo con la mirada.
Y por primera vez en todo este maldito circo de locura, me apoyo en el respaldo de la silla, relajo los hombros y respiro un poco mejor.
Quizá no sea nada.
O quizá, solo quizá, el puto universo, después de arrastrarme por treinta rondas de guerra psicológica, humillación y al menos un intento de reclutamiento sectario, por fin ha decidido darme un respiro. No por lástima, claro, sino probablemente para joder conmigo. Me pone algo bueno delante como diciendo: “Toma, muerto de hambre emocional, a ver si con esto también te atragantas”.
Muerdo el anzuelo de todos modos.
—Y bien —digo, levantando mi vaso de plástico hacia ella como si estuviéramos en un bar de mala muerte y no siendo víctimas en una subasta de solteros—. ¿Qué te ha traído a este pozo de desesperación?
Ella sonríe de forma irónica y natural, encogiéndose de hombros mientras pasa los dedos por el borde de su vaso. Sus uñas son cortas, pintadas de verde oscuro a juego con el vestido. Sin piedras. Sin purpurina. Sin amuletos. Solo una mujer segura que parece que paga sus facturas a tiempo y no cree en esas mierdas de los planetas retrógrados.
—Oh, creo que soy demasiado de la vieja escuela —dice, y juro por Dios que mi corazón da un vuelco.
—Cielo santo —murmuro—. Cuidado. Eso casi ha sonado a alguien normal.
Vuelve a reírse, arrugando los ojos, y me entran ganas de guardar ese sonido en un frasco como si fuera el antídoto contra todos los gurús de citas de TikTok.
—Es que no se me dan bien las apps —continúa ella. —Todo es tan... falso. Todo el mundo vende una versión de sí mismo que no existe. Ese rollo de “¿debería escribirle ya o esperar dos días hábiles?”. ¿Qué mierda es esa? ¿Estoy intentando salir con alguien o declarando los impuestos?
—¡Ay, Dios mío, gracias! —digo, un poco más alto de lo que quería. —Si me hacen Ghosting una vez más después de una “gran conversación”, voy a empezar a mandar facturas, te lo juro.
Ella pone una sonrisita. —¿Por el esfuerzo emocional?
—Por el tiempo perdido, la serotonina y la dignidad que sacrifiqué intentando hablar de senderismo. Yo no hago senderismo, Ellie. Camino rápido por los pasillos del súper y ya está.
Suelta una carcajada, echando la cabeza hacia atrás y tocándose la clavícula con la mano. Entonces vuelvo a ver ese escote precioso, letal y de infarto que no tiene ningún derecho a estar en esta sala de conferencias mal iluminada de un hotel de paso.
—Eres gracioso —dice ella, un poco sorprendida.
—Gracias —respondo—. Es sobre todo trauma.
—¿Acaso no lo es siempre? —dice ella, levantando su vaso como brindando—. Por el trauma mutuo.
Chocamos nuestros vasos de plástico como si fuera champán y no un vino blanco tibio que sabe a arrepentimiento y metal.
Y por primera vez en semanas, meses, quizá años, siento que hablo con alguien que me entiende. Alguien que no ha venido buscando que la adoren, o que la arreglen, o que le tengan miedo. Alguien que simplemente está aquí, presente, honesta y quizá en el mismo barco hundiéndose que yo.
No sé a dónde va esto. No sé si volveré a verla. Pero ahora mismo, bajo estas luces blancas y el olor a exceso de desodorante barato, no pienso en el fracaso ni en la soledad, ni en el ridículo desastre de los romances modernos.
Solo pienso:
Por fin.
Ding.
Oh, mierda.
Esta vez el sonido es cruel. No solo marca el fin de la ronda, es como si me arrancaran algo bueno de las manos. Lo siento en la nuca. Ese timbre que me dice: circule, perdedor, se acabó el tiempo, se acabó el sueño.
Ella mira el reloj y luego a mí, muy rápido. Abre la boca, duda. Sus dedos juguetean con algo guardado en su bolso. Y entonces lo hace: toma aire, pone una sonrisa nerviosa, de esas que solo levantan un lado del labio como si no estuviera segura de lo que hace.
—Oye... esto —dice, tropezando con las palabras. —Si te interesa... bueno, toma mi tarjeta.
Se ha trabado.
Se ha trabado de verdad.
No ha sido un jueguito para ligar, ni una tontería ensayada. Ha sido un tropezón real al hablar. Espontáneo. Honesto. Jodidamente tierno. Me llega directo al pecho: es el contraste perfecto con las últimas treinta locas que hablaban como si estuvieran en una entrevista de trabajo o fueran líderes de una secta. Está un poco sonrojada, intentando quitarle importancia con una risa, y me dan ganas de cruzar la mesa y simplemente agarrarle la mano. O besarla. O decirle que no pasa nada. Que no tiene que ser perfecta porque, joder, ya se ha ganado el premio gordo solo por ser ella misma.
Desliza la tarjeta por la mesa, rozando el borde con los dedos como si le quemara si la sujetara un segundo más.
Elle Whitaker.
Un número de teléfono. Solo eso.
Nada de cargos de LinkedIn. Sin una lista de aficiones que parece un currículum de citas. Sin frases cursis en cursiva para dárselas de divertida. Solo un nombre y un número. Directo. Seguro. Íntimo. Es como si hubiera dicho esta soy yo sin decir ni una palabra.
Elle.
Hasta el nombre suena suave. Elle. Una sílaba. Elegante. Sencillo. Como alguien que se pondría un jersey de lana mientras bebe whisky a palo seco y llora con un libro.
Cojo la tarjeta con cuidado, como si fuera a romperse si respiro fuerte. Es de papel mate y grueso; discreta, profesional, sin brillos ni adornos. Solo calidad. Todo en ella dice: No estoy aquí para juegos. Estoy aquí si tú quieres.
—Gracias —murmuro, y me sale la voz un poco ronca, como si mi garganta aún se estuviera recuperando de todas las interacciones vacías de esta noche.
Ella vuelve a sonreír, tímida, avergonzada y guapísima. Se levanta asintiendo un poco y me lanza una última mirada que parece casi pudorosa. Como si estuviera sorprendida de haberse atrevido. De haberme dado su tarjeta. De haberme elegido a mí.
Y se va. Caminando hacia el siguiente círculo del infierno, dejando atrás su olor: algo cálido, limpio y un poco amaderado, como cítricos y cedro. Es el tipo de olor que te hace pensar en estar a solas con alguien con la luz encendida.
Me quedo ahí sentado un buen rato. Todos los demás ya se están moviendo, levantándose, preparándose para la próxima ronda de dolor existencial, pero yo sigo con su nombre en la mano como si fuera un puto salvavidas. Elle Whitaker. Me parece un hechizo.
Guardo la tarjeta en la billetera. No en el bolsillo del pantalón. Ni en el de la chaqueta. En la billetera. Justo al lado de mi carnet. Como si importara.
Porque importa.
Y por una vez, no me asusta el siguiente ding.
Porque Elle existe.
Y puede que a ella —solo puede— le importe si le escribo mañana. O esta noche. O en dos días hábiles.
A la mierda los días hábiles. Le voy a escribir en cuanto llegue a casa.