El Regalo del Emperador

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Sinopsis

Desde las pasarelas de la Tierra hasta el cautiverio en un burdel del espacio profundo. Mara tenía el mundo a sus pies. Como modelo de alta costura, su vida era un torbellino de pasarelas, lujo y el hombre de sus sueños, hasta que el cielo se abrió y se lo arrebató todo. Secuestrada y transportada a través de la galaxia, Mara despierta en una pesadilla viviente: un burdel intergaláctico donde la belleza es una maldición. Para los brutales guerreros Krommus, ella no es una mujer; es un premio, un trozo de carne para ser comerciado y utilizado. Ahora, la chica que lo tenía todo debe encontrar una fortaleza que nunca supo que poseía. En las frías profundidades del espacio, la supervivencia no se trata solo de mantenerse con vida, se trata de negarse a ser quebrada.

Estado:
Completado
Capítulos:
28
Rating
4.4 5 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Secuestrada

Lo tenía todo…

Era una top model y desfilaba en las pasarelas más importantes del mundo. Tenía fama, dinero, prestigio y estaba comprometida con una de las mayores estrellas de Hollywood. Aparecía en las portadas de las revistas de moda más importantes, como Vogue, Elle y Harper’s Bazaar. Podía pedir cualquier tarifa y me la pagaban solo por aparecer en la portada. Mi larga melena rubia, mis ojos azul claro y mi estatura de 1,95 metros siempre eran la envidia de las mujeres y la perdición de los hombres. Sí, era superficial, pero ¿quién no lo sería? ¿Cómo no serlo, con el mundo a mis pies?

Pero entonces, todo cambió aquel día…

Aquel día era como cualquier otro. Acababa de terminar una agotadora sesión de fotos en la playa, me sentía cansada y sudorosa. Fui al hotel, me di un largo baño de espuma relajante y luego pedí que me subieran la cena a la habitación. Me sirvieron una langosta deliciosa y, de postre, una ensalada de frutas exóticas.

¡Ojalá hubiera sabido que sería mi última comida decente!

Hice una videollamada a mi novio y hablamos durante una hora. Después me acosté y me quedé dormida. Fue la última vez que me dormí tranquila y en paz. Aquella noche marcó el fin de mi vida glamurosa.

Aquella noche, ¡me secuestraron unos aliens!

De ocho mil millones de personas, ¿por qué tenía que ser yo?

¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!

Desperté sobre una mesa metálica y fría, parecida a las que se usan para autopsias. Estaba desnuda y rodeada de pequeñas criaturas grises con ojos negros y enormes. Una de ellas me estaba sacando sangre con una jeringa redonda y plana. Todo el lugar estaba iluminado por una luz intensa, cuya fuente no lograba identificar. Podía ver todo a mi alrededor con claridad. Había otras mujeres en mi misma situación, pero seguían dormidas. No había paredes, solo cortinas blancas que hacían de separadores. No sé cuántas había, pero desde luego eran muchas.

Sabía qué raza me había secuestrado: los Grises, que son lacayos de otras especies. Siempre me había fascinado lo paranormal y la vida fuera de la Tierra, así que había leído informes sobre el aspecto físico de varias razas extraterrestres. Por eso conocía a esos cabrones, aunque ahora los conocía en persona, por desgracia.

Parecían sorprendidos de que hubiera despertado y empezaron a hablar entre ellos en su dialecto alienígena, que no entendía. De pronto, apareció otro ser, y no tenía ni idea de dónde había salido.

Creo que era un alienígena Nórdico, porque se parecía mucho a mí. Tenía mi misma estatura, pelo rubio, piel clara y ojos azules. Llevaba un uniforme plateado con un logo en el lado derecho del pecho que recordaba a un planeta marrón rodeado de alas doradas.

Se acercó a mí, me pasó la mano por el pelo y luego me agarró la mandíbula, girándome la cabeza de un lado a otro. Me manoseó los pechos y me abrió las piernas. Intenté cerrarlas con todas mis fuerzas, pero dos Grises me sujetaron los muslos para mantenerlas abiertas. Forcejeé para liberarme, pero fue inútil: mi fuerza era débil y mis movimientos, muy limitados. En ese momento, me entró el pánico. Había leído muchos informes sobre personas secuestradas y sabía que querían hacerme algún tipo de examen médico. Sentí que me introducían algo en la vagina. Grité de dolor y de miedo; un sudor frío me recorrió el cuerpo. Después noté algo parecido a un cepillo recorriendo mi canal vaginal hasta el útero. Me dolió horrores, y supongo que mis gritos resonaron por todo el lugar. Los aliens parecían completamente indiferentes a mi dolor. Lo único que les molestaba era mi grito, así que me taparon la boca con un trapo para amortiguar el sonido. Cuando el Nórdico por fin retiró el objeto con el que me había penetrado, los Grises me soltaron y me encogí de dolor. Vi una mancha de sangre en la mesa metálica, resultado del examen médico doloroso y despiadado que acababan de hacerme. Las lágrimas me resbalaban por la cara cuando oí gritar a otra mujer en otro compartimento. ¿Todas aquellas mujeres iban a sufrir lo mismo? El llanto, el dolor y un repentino sopor se apoderaron de mí. La vista se me nubló y todo empezó a darme vueltas: debían de haberme drogado sin que me diera cuenta.

¡Hijos de puta!

Después de eso, perdí el conocimiento.

Cuando volví en mí, estaba en una cámara que parecía un ataúd de cristal. Era igual que las cámaras de hibernación para viajes interestelares que vemos en las películas de ciencia ficción. Empiezo a pensar que los cineastas se basan en los testimonios de personas secuestradas.

Intenté liberarme golpeando y pateando el cristal, pero era imposible romperlo. Unos momentos después, dos Grises se acercaron a mi cámara y hablaron entre ellos. Podía adivinar lo que decían por el movimiento de sus labios, porque no oía ningún sonido. Entonces, mi cámara se llenó de un gas con un leve aroma floral y un sabor ligeramente dulce. Después, sentí que los párpados se me cerraban solos y volví a dormirme.


Desperté con un dolor de cabeza terrible y me costaba abrir los ojos. Parpadeé varias veces hasta que pude ver con claridad. Seguía dentro de la cámara, pero al menos estaba abierta. Me dolía todo el cuerpo, quizá por lo que me habían hecho o simplemente por haber estado tumbada sobre una superficie dura, fría y probablemente metálica. Lo único que quería era poder levantar la cabeza lo suficiente para ver dónde estaba.

Apoyé las manos en la superficie donde yacía y me impulsé para ponerme boca abajo. En cuanto pude, arrastré las rodillas hacia adelante y levanté el trasero. El dolor de espalda era insoportable, pero al final logré incorporarme y ponerme de rodillas. Me encontraba en una sala completamente blanca, con una imagen de la Tierra proyectada en una de las paredes, rodeada de alas doradas. Las mismas alas que llevaba el alienígena Nórdico en su uniforme, pero con la Tierra en el centro.

¿Qué significarán esas alas?

En la sala había otras seis cámaras, todas ocupadas. Sin embargo, no podía ver bien su interior por los marcos metálicos que cubrían uno de sus lados. Permanecí en mi posición unos treinta minutos, hasta que me sentí capaz de salir. Cuando por fin lo logré, caminé despacio y con dolor hacia las otras cámaras. Las rodeé todas y comprobé que estaban ocupadas por mujeres jóvenes. Intenté despertarlas sacudiéndolas suavemente y dándoles pequeños cachetes en la cara, pero no sirvió de nada: seguían profundamente dormidas.

Ya me dirigía de vuelta a mi cámara cuando el sonido amortiguado de una puerta al abrirse llamó mi atención. Ni siquiera me había fijado en que había una puerta, pero tenía todo el sentido del mundo que la hubiera.

Por ella entró una mujer de pelo negro y largo, vestida con una túnica blanca. Me miró fijamente. Tenía algunas arrugas en la cara, señal de que no era joven. Sus ojos eran completamente negros, sin iris visible, y de forma ovalada. La nariz era pequeña y su piel, grisácea.

—¡Chicos, se ha despertado un trozo de carne! ¡Lleváosla!

Una voz mecánica tradujo las palabras de la anciana arrogante directamente a mi oído.

¿Un trozo de carne?

¿Eso es lo que soy ahora?

¿Dónde coño he ido a parar?


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