Chapter 1
La tormenta azotaba la ciudad en ruinas con una furia implacable. El mundo estaba muriendo.
El estruendo de los truenos reverberaba en el aire, iluminando con destellos fugaces los restos de una civilización que alguna vez había sido grandiosa. Las calles, cubiertas de escombros y ceniza, eran un reflejo de lo que quedaba tras años de guerra. Una guerra que nunca acababa.
Desde el momento en que los Cuatro Jinetes del Apocalipsis tomaron el control, el mundo se había reducido a cenizas. Hambre, Pestilencia, Muerte y Guerra. Cada uno de ellos era la representación viva del fin, los heraldos de una era donde la única ley era la de los más fuertes.
Pero entre ellos, había un nombre que infundía más terror que cualquier otro.
Lancelot.
El Jinete de la Guerra.
El hombre cuyo nombre era sinónimo de destrucción. El Alfa supremo, el conquistador invicto, el guerrero sin debilidades. Se decía que su espada nunca había conocido la derrota, que su mera presencia podía hacer que los ejércitos cayeran de rodillas antes de que la batalla siquiera comenzara.
Sin embargo, aunque la guerra lo rodeaba, Lancelot no era como los otros Jinetes.
Los rumores decían que Hambre y Pestilencia usaban a los Omegas como incubadoras, reproduciéndolos como ganado para crear nuevos soldados que alimentaran su interminable lucha. Muerte los ignoraba por completo, viéndolos solo como seres destinados a la extinción.
Pero Lancelot…
Nadie sabía qué hacía con ellos.
Algunos decían que simplemente los dejaba marchar, que no los veía como piezas en su tablero de guerra. Otros afirmaban que cuando encontraba a un Omega que le interesaba, lo hacía suyo de una forma en la que nadie más podría. No como un recurso, sino como algo más. Algo que nadie podía comprender.
Pe ro una cosa era segura: cuando Lancelot ponía sus ojos en alguien, no había escapatoria.
Y ahora, bajo la lluvia, su mirada estaba fija en él.
(T/N) corría entre las sombras de los edificios en ruinas, su respiración agitada y su cuerpo cubierto de barro y agua helada. Su instinto le gritaba que no se detuviera.
No podía ser atrapado. No por él.
Sabía que su destino estaba sellado si lo alcanzaban. Un Omega solo, sin manada, sin un Alfa que lo protegiera, era poco más que una presa en este mundo. Había sobrevivido hasta ahora ocultándose, escapando de aquellos que veían su naturaleza como una debilidad que podía ser explotada. Sabía lo que le esperaba si caía en las manos equivocadas.
Pero esto…
Esto era peor.
El sonido de unas botas resonando sobre la piedra mojada le heló la sangre. Estaba cerca.
El aire mismo se volvía pesado con su presencia. Una presión invisible lo rodeó, como si el mundo se inclinara ante alguien que estaba por llegar.
Y entonces, una voz rompió el silencio.
—Te he encontrado.
Su tono era grave, profundo, cargado con una autoridad innegable. No era solo una afirmación. Era una sentencia.
Lentamente, (T/N) se giró, sintiendo su corazón golpear con fuerza dentro de su pecho.
Y allí estaba él.
Lancelot.
Era más imponente de lo que cualquier historia podía describir. Su silueta destacaba bajo la luz de los relámpagos, su armadura negra y dorada brillando con el reflejo de la tormenta. Cada parte de su cuerpo irradiaba poder. Sus músculos, marcados incluso bajo la pesada armadura, parecían hechos para la batalla. Su espada, descansando en su mano, goteaba lluvia y muerte.
Pero lo más aterrador eran sus ojos.
Un Rojo intenso, vibrante, lleno de una voluntad que no podía ser desafiada. Ojos de un Alfa en su máxima expresión.
Era la mirada de alguien que tomaba lo que quería y destruía lo que no le servía.
Y en ese momento, esos ojos estaban sobre él.
(T/N) sintió un escalofrío recorrer su espalda. No era solo miedo. Era algo más profundo, algo que su propia naturaleza Omega reconocía.
Porque no importaba cuánto lo negara, su cuerpo reaccionaba ante él.
Lancelot avanzó con calma, cerrando la distancia entre ambos con una facilidad aterradora. No corría, no tenía que hacerlo. Sabía que su presa no tenía escapatoria.
—Eres… diferente —murmuró, su voz más baja, como si estuviera analizándolo.
(T/N) tragó saliva. No quería saber qué significaban esas palabras.
—No… No soy lo que crees —susurró, dando un paso atrás.
Pero Lancelot solo inclinó levemente la cabeza, su mirada centelleando con algo desconocido.
—Sé exactamente lo que eres.
El Omega sintió un nudo en la garganta. Sabía lo que significaba esa frase.
No podía huir. No podía escapar de él.
La tormenta rugió sobre ellos, el viento azotando con fuerza las ruinas, pero en ese momento, solo existían ellos dos.
Y cuando Lancelot levantó la mano y, con un gesto lento y deliberado, rozó su mejilla con la yema de los dedos, (T/N) sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—No hace falta que lo digas —susurró el Alfa, su voz como un trueno contenido—. Eres mío.
Las palabras cayeron sobre él como una sentencia irrefutable.
Su piel ardió bajo el contacto de Lancelot. No era un toque brusco. No era el dominio cruel que muchos Omegas temían.
Era algo peor.
Porque era suave.
Era un toque que prometía algo más que solo posesión. Era algo que no debía sentir. Algo que no podía permitirse comprender.
El Omega sintió su respiración acelerarse. Sabía que debía apartarse. Que debía gritar, correr, hacer cualquier cosa.
Pero no lo hizo.
Porque, en lo más profundo de su ser, algo dentro de él ya había reconocido la verdad.
Este no era su final, Era su comienzo.






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