𝐄𝐥 ú𝐥𝐭𝐢𝐦𝐨 𝐯í𝐧𝐜𝐮𝐥𝐨 [𝐒𝐎𝐎𝐍𝐇𝐎𝐎𝐍/𝐇𝐎𝐙𝐈]

Sinopsis

Soonyoung es un alfa marcado por una maldición que lo consume desde dentro. Jihoon, un omega mitad humano, vive en la sombra de un mundo que lo rechaza. Cuando sus caminos se cruzan, nace un vínculo peligroso y profundo, uno que podría salvarlos o destruirlos. Perseguidos y desterrados, deben aprender a sobrevivir juntos en un mundo que no quiere que existan. Pero, ¿qué precio estarán dispuestos a pagar por ese extraño lazo que los une?

Genero:
Fantasy
Autor/a:
bibimbap
Estado:
Completado
Capítulos:
13
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Los alfas marcados por la maldición carmesí no eran una leyenda ni un mito, sino un oscuro presagio nacido en los tiempos más violentos de la historia. Cada vez que la guerra desgarraba el mundo, cuando la sangre se derramaba sin medida y el odio envenenaba las tierras, nacía un alfa diferente, uno cuya sangre ardía con fuego oscuro y un poder devastador, pero también con una condena que podía devorarlo desde dentro.

Soonyoung fue uno de esos nacidos en medio de una guerra interminable, un lobo marcado por la furia de un linaje maldito. Desde antes de abrir los ojos, su destino ya estaba escrito con tinta roja en las páginas que contaban su vida.

Desde la cuna, Soonyoung cargó con una tormenta en sus venas que lo hacía diferente, separado de todo lo que entendía por normalidad. Mientras los otros cachorros de la manada daban sus primeros pasos tambaleantes, correteando y persiguiéndose entre risas agudas y aullidos de júbilo bajo la luna plateada, él yacía en silencio, sintiendo cómo un calor cruel y persistente ardía en su pecho, un fuego carmesí que palpitaba con una fuerza inhumana.

No era un calor cualquiera. Era un latido oscuro, un tambor ancestral que golpeaba con la furia de la guerra que había desgarrado el mundo mucho antes de que él naciera, y que aún resonaba en cada rincón, en cada suspiro del viento entre las ramas del bosque. Cada golpe de ese tambor interno hacía que sus músculos se tensaran involuntariamente, como si un incendio invisible consumiera su cuerpo desde adentro hacia afuera.

Su piel, más pálida que la de cualquier otro cachorro, parecía casi traslúcida bajo la luz de la luna, y en contraste, la cicatriz carmesí que cruzaba su brazo derecho brillaba con una intensidad casi viviente. Era una herida que no sangraba, pero que ardía con la insistencia de una llama pequeña pero implacable, recordándole a cada instante el peso que llevaba.

Cuando intentaba unirse a los juegos, a las carreras y aullidos que llenaban la noche, ese fuego en su interior se avivaba con tanta violencia que sus manos temblaban y su respiración se aceleraba hasta dolerle la garganta. Los otros cachorros, ajenos a esa tormenta que hervía dentro de él, se apartaban sin comprender, sus miradas llenas de una mezcla de miedo y curiosidad que lo aislaba aún más.

En sus sueños, la guerra no descansaba. Él veía campos de batalla inundados de sangre, escuchaba los gritos distantes de lobos caídos y sentía la furia de un destino que lo había elegido como instrumento. Pero al despertar, el calor en su cuerpo seguía ahí, un recordatorio constante de que no había escape.

Su padre, un alfa de mirada dura y pocas palabras, le dijo una vez en voz baja mientras le tocaba el brazo marcado, con la piel caliente como si aún tuviera brasas ardiendo bajo la carne.—Este fuego que llevas dentro no es tu enemigo, pero puede matarte si no aprendes a controlarlo. Eres un lobo diferente, Soonyoung, y tu destino no es fácil.

Pero el niño no entendía aún. Solo sentía el aislamiento, el temor creciente de perderse a sí mismo en esa llama incontrolable, y la soledad que se volvía un frío permanente en su alma.

Cada día era una batalla contra su propio cuerpo, contra ese fuego carmesí que lo devoraba lentamente, mientras los ecos de la guerra —un tambor lejano y persistente— marcaban el ritmo cruel de su existencia.

Su padre, un alfa fuerte pero taciturno, le explicó el significado de esa maldición con palabras duras y sin esperanza.

—Los alfas como tú —dijo una noche mientras Soonyoung intentaba dormir, con la cicatriz brillando bajo la luz mortecina del fuego— nacen en tiempos de guerra para ser armas. Pero esa arma quema y consume. Tu poder no es un regalo, es un veneno.

𖦹

Cuando apenas seguía siendo un cachorro, la furia de la maldición despertó con una violencia inesperada. Aquella noche de invierno, la aldea fue atacada por una manada rival, y el pequeño, presa de la tormenta interior que no podía controlar, desató su poder sin querer.

Sus ojos se tornaron rojos como brasas y, sin comprender del todo, extendió sus manos hacia los invasores. La sangre de los atacantes obedeció su voluntad oscura, y con horror, Soonyoung los vio volverse unos contra otros, desgarrándose en un frenesí sangriento que dejó el campo cubierto de cadáveres.

La aldea, aterrada por el espectáculo, comprendió que el poder de Soonyoung era un peligro incontrolable. Para salvarlo y protegerse, buscaron una solución ancestral, la intervención de un omega.

Una joven omega de la aldea fue elegida para emitir sus feromonas, una señal invisible que debía calmar el fuego carmesí que consumía al cachorro. Desde una distancia prudente, sus feromonas viajaron con el viento, envolviendo a Soonyoung en una calma artificial.

Pero la conexión con la maldición fue demasiado para la omega. Su cuerpo comenzó a debilitarse, mareos y náuseas la golpearon, y pronto quedó postrada en la cama, consumida por una enfermedad que ningún remedio podía curar. Su piel palideció, sus ojos perdieron brillo, y su alma quedó marcada para siempre por el vínculo con la maldición de Soonyoung.

Desde entonces, la aldea no solo temió al alfa carmesí, sino también a cualquiera que intentara acercarse a él. El temor a la maldición y a su contagio invisible creció como una sombra oscura, aislando a Soonyoung en un exilio silencioso y doloroso. Nadie quería que otro omega sufriera el destino de aquella joven, y el rechazo se volvió un muro infranqueable.

Soonyoung aprendió desde muy temprano que su poder era una condena que no solo lo destruía a él, sino que arrastraba a quienes se atrevieran a estar cerca.

Y así, marcado por el fuego y el rechazo, comenzó a caminar un camino solitario, cargando no solo la maldición, sino también la culpa por aquellos que habían sufrido por su causa.

𖦹

Con cada año que pasaba, la maldición en la sangre de Soonyoung se volvía más difícil de contener. Lo que en su infancia era un fuego latente, una tormenta que rugía en silencio bajo su piel, en la adolescencia se transformó en un monstruo despierto que acechaba cada instante de su vida. Bastaba un sobresalto, una emoción intensa, para que el fuego carmesí se desbordara y lo dejara en un estado donde ya no distinguía dónde terminaba él y dónde comenzaba la oscuridad que lo poseía.

Los primeros accidentes luego de aquella tragedia llegaron con la pubertad. Durante una cacería, cuando los jóvenes lobos practicaban la persecución en manada, Soonyoung sintió un espasmo recorrerle la espalda y, de pronto, la sangre de su presa vibró como si respondiera a su llamado. El ciervo que corría frente a ellos se desplomó sin que nadie lo tocara, los huesos quebrándose por una presión invisible que salió de su propio cuerpo. La escena, lejos de traerle orgullo, desató pánico entre los demás. Aquella noche, los murmullos se intensificaron,“El fuego lo está consumiendo”, “No es seguro”.

Después vinieron los episodios más violentos. En una discusión con otro alfa, un empujón encendió la chispa y la maldición se desató sin previo aviso. Soonyoung sintió cómo su furia se conectaba con la sangre de su oponente, y antes de poder detenerse, lo obligó a arrodillarse con un dolor que no podía explicar. No fue hasta que varios miembros de la manada lo contuvieron que el trance cedió, dejando al otro alfa desmayado, con la respiración débil y el cuerpo cubierto de sudor frío.

Con cada accidente, la aldea repetía las mismas palabras en susurros que pronto se convirtieron en gritos:“Es un peligro. No podemos contenerlo.”Pero para Soonyoung, la maldición no era algo que pudiera desactivar. Era parte de su respiración. Parte de su ser.

La maldición seguía creciendo. Y con ella, la necesidad de un vínculo que la contuviera.

En la tradición de su especie, un omega podía ser el equilibrio, la presencia capaz de apaciguar la tormenta, de convertir al alfa en protector en lugar de destructor. Pero todos recordaban lo que había ocurrido años atrás con la omega que emitió feromonas para salvarlo de niño, y el precio que pagó por ello. Nadie quería repetir esa historia. Nadie quería acercarse.

Soonyoung, sin embargo, no podía seguir solo. El fuego lo estaba matando. Así que, cuando encontró a un omega dispuesto a intentarlo —un joven de la aldea que, movido por una mezcla de compasión y deber, aceptó ser marcado—, creyó que al fin tendría una oportunidad.

El ritual comenzó al anochecer. Bajo la luna, Soonyoung sintió el pulso del omega como una brisa fresca que tocaba la superficie de su tormenta. Por un instante, creyó que funcionaría. Creyó que, al fin, la maldición podía ser domada.

Pero el vínculo se volvió en su contra. En lugar de estabilizarlo, la maldición se aferró al omega como una garra invisible. Soonyoung sintió el dolor ajeno mezclarse con el suyo, y el fuego carmesí devoró aquella conexión incipiente hasta quebrarla.

El omega colapsó en sus brazos. Sus ojos, que minutos antes brillaban con la determinación de alguien que deseaba ayudar, se apagaron con un último espasmo.

Soonyoung no gritó. Ni siquiera lloró. El silencio fue más desgarrador que cualquier lamento. Sabía, mientras sostenía aquel cuerpo inmóvil, que había sellado su destino.

La aldea no necesitó discutirlo. Aquella muerte selló su destino.

En medio del juicio improvisado, su padre, el alfa ya mayor, habló por primera vez en días. Su voz no tembló, su decisión estaba tomada.

—Soonyoung se irá —dijo, mirando a todos con firmeza, aunque sus ojos traicionaban un dolor profundo—. No porque lo odiemos, sino porque aquí morirá... y nos arrastrará con él. Afuera tal vez encuentre lo que nosotros no pudimos darle.

Soonyoung lo miró con una mezcla de incredulidad y comprensión amarga. Sabía que su padre no lo entregaba por miedo, sino por fe en una posibilidad que sonaba casi imposible, que el mundo, en algún lugar, le ofreciera un vínculo capaz de sobrevivir al fuego carmesí.

Cuando partió al amanecer, lo hizo sin despedidas. La aldea lo observó marcharse con un silencio tan pesado como una tumba, y su padre, erguido entre ellos, no dio un solo paso para detenerlo.

Por primera vez en su vida, Soonyoung sintió lo que realmente significaba estar solo.

Y mientras avanzaba hacia los bosques que no conocía, una certeza se grabó en su pecho: o encontraba a ese omega capaz de soportar la maldición, o el fuego terminaría por consumirlo del todo.