Pining for You | Red Lodge Hearts - Libro Uno

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Sinopsis

Él ha estado enamorado de ella desde la secundaria. Ella todavía lo ve como el chico tranquilo del salón de clases. Noah Archer siempre ha seguido las reglas, ya sea portando la placa, cumpliendo sus promesas o escondiendo el crush que ha tenido por Juliet Briar desde que eran adolescentes. En un pueblo donde todos se conocen, él es el hombre confiable, el "boy scout" de cálidos ojos color avellana y con un don para solucionar los problemas de los demás. La vida de Juliet es exactamente como a ella le gusta: un trabajo estable, rutinas acogedoras y raíces plantadas profundamente en el suelo de Red Lodge. Conoce a Noah de toda la vida, pero nunca lo había visto realmente... hasta que él empieza a aparecer de formas que ella no puede ignorar. Ahora Juliet se está dando cuenta de que el hombre que había pasado por alto podría ser el que ha estado buscando todo este tiempo, si es lo suficientemente valiente como para arriesgar una amistad por algo más.

Genero:
Romance
Autor/a:
Vero Cavendish
Estado:
Completado
Capítulos:
25
Rating
4.6 17 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Capítulo 1

Noah Archer

Salió el sol y con él arranca el ritmo de Red Lodge.

Todo empieza como un relojito.

El molinillo de café chilla justo cuando la señora Simmons entra pisando fuerte al comedor. Llama "Maggie" a la pobre Nancy, como lo ha hecho los últimos cinco años. Nancy ni se inmuta. Solo le entrega un muffin de arándanos y un café de goteo pequeño, con dos de crema y nada de azúcar. Una y otra vez. Así es Red Lodge. Predecible de cojones.

Estoy en mi lugar de siempre: la mesa del rincón, con buena vista a la calle y la espalda contra la pared. Tengo una taza de café solo en la mano. El señor Dobbs pasa caminando pesado con su chaqueta, actuando como si todavía estuviéramos en pleno invierno. Me saluda con la mano. Yo asiento. Lo mismo de siempre.

Y entonces entra ella.

Juliet Briar.

Justo a tiempo. Como si fuera parte del maldito horario.

Lleva una trenza floja sobre un hombro y su pelo color miel brilla con la luz. Tiene una sonrisa de esas que parece que no tiene idea del caos que provoca. No flota ni brilla ni nada de esas cursilerías poéticas. Ella simplemente es. Y de alguna manera, eso es peor.

—¡Un mocha de caramelo grande, con extra de nata, un shot de espresso y canela por encima! ¡Que no se te olvide la canela esta vez, Nance!

Nancy no tarda nada en responder. —Nunca se me olvida, Jules.

El ambiente siempre cambia cuando llega Juliet. Las charlas se animan. Las quejas se calman. Hasta la vieja gramola pone algo menos deprimente.

Hago como que no miro. Bebo un trago de café. Paso la página del periódico.

Todo es mentira, claro. La veo. Todas las malditas mañanas.

Se sienta dos mesas más allá. Saca un montón de fichas con manzanas de dibujos animados y un bolígrafo rosa que parece un maldito flamenco. Es maestra de preescolar. Les habla a los niños como si fueran seres humanos. Es buena en lo suyo. Es de ese tipo de bondad que te atrapa sin que te des cuenta.

Y ella no tiene ni idea de que sigo coladito por ella.

Bueno, eso no es justo. Ella sabe que existo. Fuimos juntos al instituto. Nos sentábamos a dos filas de distancia en química. Ella tenía esos lápices tontos con olor a fresa y notas perfectas. Yo casi quemo el laboratorio. Dos veces.

—Por el amor de Dios, ve a hablar con ella de una vez —dice Jake, sin siquiera levantar la vista de su café.

—Cállate —murmuro, pasando la hoja como si me importara un bledo la política local.

Jake se repantiga frente a mí con las botas arriba, como si fuera el dueño del lugar. Los policías de uniforme se salen con la suya en este pueblo. A estas alturas, básicamente somos parte del mobiliario.

—¿Y qué quieres que le diga? —gruño—. ¿"Hola, estoy enamorado de ti desde que me diste una paliza en el balón prisionero y me derretiste el cerebro de adolescente con tu sonrisa"? Suena a comedia romántica para idiotas.

Jake sonríe con sorna. —Es mejor que lo de la semana pasada, cuando tropezaste con el servilletero intentando saludar.

—Eso fue un accidente.

—Ella te dijo "buenos días" y tú pusiste cara de estar bajo fuego de francotiradores.

Le lanzo una mirada asesina.

Él se ríe. —Acéptalo. Juliet Briar te tiene agarrado por los huevos desde segundo de secundaria.

—Es muy competitiva —digo yo.

—Te barrió del mapa.

—¡Porque me apuntó a la cara!

—Y desde entonces llevas años suspirando por ella.

Me paso la mano por la cara y miro por la ventana. Finjo que no estoy escuchando la risa de Juliet.

Jake se inclina y baja la voz. —Ni siquiera te sale bien eso de ser un "solitario amargado". Eres como un golden retriever con placa.

—¿Por qué somos amigos?

—Porque hago que tú parezcas duro.

Dean se sienta al lado de Jake y le da un mordisco a un donut de mermelada. Tiene el uniforme lleno de azúcar glas.

—¿Qué vamos a arruinar hoy? —pregunta Dean.

—Las oportunidades de amor de Noah —responde Jake.

Dean ni parpadea. —Qué optimista eres pensando que tenía alguna.

—Joder —murmuro.

Dean señala a Juliet con la cabeza. —¿Vas a hacer algo o te vas a quedar mirando como un acosador con placa?

—Me conoce de toda la vida. Sería raro.

Dean se encoge de hombros. —¿Y qué? Yo conozco a Jake de siempre y eso no le impide tirarme la caña cada vez que puede.

Jake levanta su café. —Es que eres irresistible.

Dean sonríe. —Lo que estás es delirando.

Me hundo en el asiento. Esta es mi vida. Me dan caña todas las mañanas antes de empezar el turno.

—Ella no se va a mover de aquí —digo en voz baja y sincera—. Ha hecho su vida aquí. Tiene su rutina. Lo tiene todo bajo control.

Jake me mira. —Tú también.

Dean añade: —La única diferencia es que a ella sí le gusta la suya.

Les lanzo una mirada a los dos. —Gracias por el apoyo, cabrones.

Jake me da un empujoncito. —Solo habla con ella. En el peor de los casos, te rechaza y ya tienes una historia trágica que contar. En el mejor, dejas de poner cara de perro apaleado todas las mañanas.

Dean asiente. —Nos vendría bien un poco de paz y tranquilidad.

Miro a Juliet. Se está apartando el pelo detrás de la oreja mientras sonríe por algo de sus clases. Me mata. Así de simple.

He tenido cien oportunidades. Cien mañanas como esta.

Y no he hecho absolutamente nada.

Empieza a recoger sus papeles. Se mueve con esa gracia lenta y natural que ni siquiera intenta ser provocativa. Es como si nunca hubiera pensado en el efecto que causa.

Ella simplemente existe, suave y cálida, y eso me destroza. Esa chaqueta de punto color lila, con esas florecitas bordadas en los hombros, se ajusta a su cuerpo como si la tuviera desde hace años. Es un cuerpo que debería llevar una maldita etiqueta de advertencia.

Entonces se inclina un poco para recoger una ficha que se cayó al suelo. Te lo juro por Dios, esos vaqueros se le tensan de una forma que me funde los plomos.

Le quedan apretados en las caderas, abrazándole el culo como si los hubiera cosido alguien que sabía exactamente lo que hacía y que odiaba a los hombres como yo. No es solo su silueta, es su peso, su firmeza. Es ese tipo de suavidad en la que no solo quieres tocar, sino hundirte.

Tiene unos muslos que podrían acunar a un hombre y un culo que me hace apretar la mandíbula. Se mueve como si no tuviera ni puta idea de lo demoledora que es.

Mis ojos la recorren antes de que pueda detenerlos. Siento un calor que me sube por la nuca como si me estuvieran marcando con un hierro. Me obligo a mirar hacia otro lado. Finjo que me interesa el café frío, pero no sirve de nada. La veo de reojo: con sus curvas, su pelo color miel y ese olor a melocotón y brujería. Lo único que puedo pensar es en lo mucho que quiero poner mis manos en sus caderas y ver si encajan. Ver si su piel cede bajo mis palmas o si ofrece la resistencia justa para hacerme perder la cabeza.

Está tan jodidamente buena que debería ser pecado.

¿Y lo peor? Que ni se entera. No nota las miradas. No nota cómo el comedor se queda un poco más callado cuando entra. No nota el calor que deja a su paso cada vez que pasa cerca.

No. Ella solo recoge sus papeles con esa sonrisa dulce y tararea algo para sí misma. Está en su mundo. Es intocable. Y yo me quedo aquí sentado, con la placa en el pecho y la mandíbula tensa, apretando una taza de café que estoy a punto de romper.

Porque Juliet Briar no tiene idea de lo que me provoca.

Y yo ni de broma se lo puedo decir.

Se pone de pie, se cuelga el bolso al hombro y esa maldita trenza vuelve a balancearse. Brilla como un foco que ilumina todo lo que no puedo tener.

Seguro que va al preescolar que está a la vuelta. Los niños empiezan a llegar a las ocho. Juliet siempre llega temprano. Prepara las alfombras para el círculo y el rincón de arte. Seguro que tararea todo el tiempo, como hizo hace un momento.

No tiene prisa. No corre. Se mueve como si confiara en que el mundo no le va a hacer daño, y por alguna razón, nunca se lo hace. La gente la quiere. Todo el pueblo la adora. Hasta los viejos cascarrabias de la mesa cinco la llaman "rayito de sol".

¿Y yo?

Yo me quedo aquí con mi chaleco antibalas y mis botas gastadas, pensando cosas que no debería y queriendo cosas que no me permito tener.

Jake sigue mi mirada. —¿Vas a estar mirándole el culo hasta que salga por la puerta o quieres que te pida una caja para llevar?

—¿Es que no te callas nunca? —murmuro con voz de lija.

—Nop —dice él muy alegre.

Dean se asoma para mirar. —Para ser justos, tiene un culo increíble.

Gruño y me bebo el resto del café frío como si eso fuera a ayudarme.

—Ella no es para ti —digo finalmente, y me sale más borde de lo que quería—. No de esa manera.

Jake se ríe. —¿Y eso qué significa? ¿Ahora eres su cura?

Me levanto de la mesa con la mandíbula apretada. —Significa que ella es dulce. Es... buena. La gente como ella no termina con tipos como yo.

Dean levanta una ceja. —Eres policía, no un convicto. Relájate.

Jake añade: —Tú serías bueno para ella. El problema es que no te lo crees.

No respondo. No puedo. Porque quizás tengan razón. Quizás he pasado tanto tiempo mirando desde fuera que me convencí de que ese es mi lugar. Mirar, pero no tocar. Cuidar al maldito pueblo pero nunca dejarme ser parte de él. No de verdad.

Dejo unos billetes en la mesa y me levanto. —Nos vemos en la comisaría, idiotas.

—Intenta no pegarle a ningún civil —me grita Dean.

Jake levanta su taza a modo de saludo. —Dile a Juliet que le mandamos recuerdos.

Les saco el dedo corazón a los dos sin darme la vuelta.

Afuera, la mañana está fresca con ese frío de montaña, y el sol ya está derritiendo la escarcha de la acera. La veo delante de mí, caminando con ese paso tranquilo y rítmico. La brisa levanta el borde de su chaqueta y, por un segundo estúpido, casi la llamo por su nombre.

Casi.

Pero no lo hago.

Porque soy Noah Archer.

Hago mi trabajo. Mantengo las cosas seguras. No busco cosas que no puedo tener.

¿Y Juliet Briar?

Ella es puro sol, canela y algodón suave.

Y yo solo soy el tipo que la ve alejarse. Todas las malditas mañanas.


Juliet Briar

Las montañas se ven preciosas desde la ventana de mi clase.

Es una de las razones por las que nunca he querido irme de Red Lodge. Me encanta cómo las cimas se iluminan con la luz de la mañana, entre rosa y azul suave, como si despertaran despacio, igual que el pueblo. Esa vista me tranquiliza el corazón todos los días, ahí enmarcada entre mariposas pintadas con los dedos y corazones de cera.

Adoro este pueblo.

Me encanta su ritmo. El café caliente en tazas que no combinan. El olor a rollos de canela que sale de la pastelería de Fran. Me gusta que todo el mundo sepa tu nombre, el de tus padres y hasta la nota que sacaste en el examen de conducir hace años.

Aquí la gente no se olvida de ti. Nunca.

Como la señora Cranston, mi propia maestra de infantil. Se jubiló hace cinco años, pero sigue viniendo a la escuela dos veces por semana para "echar un vistazo". Asoma la cabeza a la hora de la siesta, saluda en un susurro y deja una lata de galletas de avena en mi escritorio, puntual como siempre. Llama a los niños "sus bebés", aunque nunca hayan estado en su clase. Yo no la corrijo. Solo le doy un abrazo, le doy las gracias y le preparo un té antes de que se vaya.

Así son las cosas aquí.

Todo va por capas. Todos estamos conectados. El cariño no es ruidoso ni llamativo, sino constante. Aparece en los detalles, como unos guantes hechos a mano que alguien deja en tu puerta o cuando te quitan la nieve de la entrada antes de que te despiertes.

Este pueblo tiene su propio latido y nunca he querido vivir en ningún otro sitio.

Bueno, quizás solo durante la semana de planificación del Día de las Profesiones.

Empieza bien, como siempre. Pego un trozo grande de papel en la pared de la clase y escribo con un rotulador morado:

"¿A quién deberíamos invitar?"

Luego les doy ceras de todos los colores a los niños y dejo que se vuelvan locos.

A los cinco minutos, el papel es un caos de purpurina. Hay corazones, letras al revés y dibujos de palitos con capas y sonrisas gigantes. Y una lista de sugerencias que no para de crecer, gritadas con mucho entusiasmo y dedos pegajosos.

—¡A un astronauta!

—¡A un veterinario con una tortuga!

—¡A mi tía, que hace las mejores magdalenas del mundo!

—¡A un unicornio! —Esa nunca falla, todos los años pasa lo mismo.

Y una y otra vez: —¡A un policía!

Al parecer, esa es la favorita de todos.

—¿Pueden traer espadas? —pregunta Max, con los ojos abiertos por el asombro.

—No —le digo con cariño, agachándome a su lado—. Llevan radios. Y ayudan a la gente cuando tiene problemas.

Él asiente. Parece que le decepciona un poco, pero lo acepta.

—Que vengan y nos enseñen las esposas —dice Nora muy seria, y luego añade con solemnidad—: Pero que no las usen. Solo para mirar.

Sonrío. —Buena idea.

—¡Tienen perros que van en el coche! —exclama Charlotte emocionada—. ¡De los de verdad! ¡No de peluche!

Miro la lista. "Policía" ya está subrayado dos veces con cera naranja, rodeado por una pegatina de purpurina con forma de placa y decorado con tres estrellas, un corazón y algo que parece un caramelo muy feliz.

Tiene sentido. Los policías son emocionantes. Son grandes, valientes y llevan cosas brillantes en el cinturón. Para estos niños son héroes, de esos que te hacen sentir seguro con solo verlos en la puerta.

Y quiero que sientan eso. Quiero que aprendan que los uniformes no tienen por qué dar miedo. Que se puede ser fuerte y amable al mismo tiempo. Que la ayuda puede ser alguien que se agacha para atarte el cordón o alguien que te cuida cuando ni siquiera sabías que lo necesitabas.

Le hago una foto a la lista final con el móvil. La quiero para el tablón de anuncios, pero también porque me hace sonreír. Luego empiezo a recoger para la siguiente actividad.

Pero mis dedos se quedan sobre el papel un momento más de la cuenta.

Es una sugerencia muy normal. Inofensiva. Común. En el Día de las Profesiones siempre viene alguien de la comisaría y siempre son maravillosos con los niños: amables, pacientes y dispuestos a que un pequeño se pruebe una gorra gigante y haga mil preguntas sobre la sirena.

Aun así, mientras guardo la lista en mi agenda y meto el formulario de solicitud en un sobre, dudo por un segundo.

Pero luego se me pasa.

Solo es un nombre en una lista. Un visitante más que sonreirá, repartirá pegatinas y les recordará a los niños que miren a ambos lados antes de cruzar la calle.

Fácil.

Pan comido.

—¡Muy bien, chicos! —digo dando dos palmadas—. ¡A lavarse las manos, que el Profesor Malvavisco va a hacer un experimento científico!

(El Profesor Malvavisco no es más que yo con unas gafas protectoras, una bata y un acento muy raro).

La sala se llena de risas y vuelvo a centrarme en el presente. Tengo purpurina en el jersey, pegatinas en el codo y veinte niños que creen que soy la persona más lista del mundo porque sé cómo hacer que el vinagre burbujee.

Otro día más en el mejor trabajo que he tenido en mi vida.