Auruo
La habitación se mantenía callada, un umbral de sombras roto por los leves destellos de luz gris que dejaban ver, además de la andrajosa figura del muchacho postrado en cama, inconsciente, a la erguida mujer de capa negra y cabello celestino.
Ella lo miraba, incrédula, tan seria como lo seria ella, pero pese a esa inexpresividad, pese a su mascara de frialdad, la tormenta de emociones que estaba sintiendo la hacía sentir exhausta, creyendo que se trataba de una pesadilla. Una pesadilla en la que Ame, ese joven gracioso y dulce que ahora yacía dormido, no había cometido tan grave error, que no había repetido el ciclo, el suyo, de Nagato y Yahiko.
La mujer extendió su mano, alcanzando el cabello del chico, acariciándolo uno de sus mechones con sus dedos. “no quiero... no quiero que seas como él...”
La puerta se abrió con un sutil golpe, Konan guardando su mano, viendo como su médico de confianza, Sayu, se mostraba con un aire desordenado.
– ¿¡que le paso!? – Sayu entro con prisa, asustada al ver que las ropas de Ame estaban tan dañadas y sucias, como si le hubiera caído un rayo o se hubiera arrastrado por la tierra.
El ángel de Amegakure vio detenida, como era que su amiga revisaba con atención y especial esmero a su “Genin”, como le gustaba decirle.
– creo que solo tiene agotamiento de chakra – ella analizo con sus dedos la forma del collar en su bolsillo.
La doctora se confundió, tanto de ver que el chico apenas tenía algunos cortes y varios golpes y moratones, y en que su amiga, aparentemente tenía la razón.
– ¿cómo lo sabes? ¿qué le paso, Konan? – Sayu la miro, buscando respuestas.
– eso yo también quisiera saberlo – Konan deslizo su mano hacia la mesita de noche – Te lo encargo... – “otra vez... discúlpame”
La mujer de papel salió de la habitación, tal como entro, con una silenciosa y suave nube de papeles que fue llevada por la brisa.
En el aire, Konan empezó a intentar recordar, los cambios sutiles que pudo notar en el niño la última vez que lo vio, las cosas que quizás podrían ayudarla a armar el rompecabezas.
El día era calmado, una leve llovizna adornaba la tarde agrisada. Ella, en la compañía de un solitario pino, se mantenía sentada en el banco, esperando. “Quería verlo”.
Como si lo llamara con su pensamiento, la silueta de Ame apareció a lo lejos, una sonrisa alegre dibujada en su rostro. Pero hubo algo en él que le llamo la atención.
– ¡Konan! Que gusto verte. ¿quieres café? – una pequeña, pero profunda alegria brillando en su ojo.
Pero ella no les prestó atención a las tazas portables, ni a su bolsa de papel. Su vista se mantenía puesta en su cabello, naturalmente suelto y alborotado, ahora luciendo dos trenzas que dejaban a la vista todo su rostro, normalmente oculto.
– ¿eh? ¿te gusta? – Ame giro su cabeza, mostrando como el resto de su cabello estaba suelto bajo la unificación de la trenza.
Ella lo miro por un segundo, casi extrañada de que pudiera hacer trenzas tan precisas él mismo. No era común que los hombres se trenzaran el pelo... o por lo menos, eso le decía su instinto, había algo que no le gustada, una inflexión que no le agradaba para él.
– ¿quién te lo hizo, Ame? – su temple permaneció intacto, pero hubo un leve detalle en su tono, en su mirada que se le escapo.
– Auruo – la minúscula sonrisita en la comisura de sus labios le confirmo lo perceptivo que es... “no se te escapa una...”
Konan miro hacia otro lado, sus densos cabellos tapando su ligero rubor. No le molestaba que tuviera sus amigos, Kiri, Takeshi, Husui, Mako, Kaede... eran buena compañía... se avergonzaba un poco por haber sido leía tan fácilmente por su muchacho
– ¿un Amigo? – Konan no se dio cuenta de lo que dijo hasta que tarde.
– Amiga – Ame pareció ruborizarse también, una sonrisa divertida en su rostro.
La oficina estaba en penumbra, el silencio haciendo eco. Detrás de un escritorio, una figura oscura con ojos moradinos y anillados se sentaba, quieto, esperando.
Con un torbellino que entro por una ventana, arremolinándose en papeles, la figura de Konan se formó entre esos mismos papeles.
– ¿cómo esta Ame? – una pregunta poco frecuente.
– estable, solo daños menores – avanzo unos pasos, bastante cerca del escritorio.
– ¿cuál es la situación? –
– aniquilación total. No hay más que cenizas – sonó sombría, más de lo que habituaba.
– que hiciste con los cuerpos. –
– nada. Se incineraron junto con el pueblo... – ella bajo levemente la cabeza.
– tú no puedes usar fuego – Paín alzo una de sus cejas.
– él tampoco... –
El líder mantuvo sus ojos puestos en los de Konan, sus manos entrelazadas frente a su rostro.
– cuéntame, ¿qué es lo que sabes? – el dolor se cruzó de brazos, su posición rígida.
Ella desvió la mirada, recordando con vividos detalles lo que tuvo que ver.
El aire era denso, como las densas gotas que separaban las nubes de humo, columnas emergentes en todo el pueblo. Un hedor espeso la invadió en su alrededor, la palma de su mano tiñéndose con manchas rojas “sangre...”
Camino en dirección al origen del eco de los rugidos y destellantes rayos que hacían temblar la tierra. En el sendero, varias filas de picos de tierra con personas empaladas, como kunai en corazones y cabezas dispersas como papas al caerse del saco.
Hombres y mujeres bajo rocas como tragados por la tierra, así como con las extremidades cercenadas. Otros totalmente quemados, chamuscados y rostizados con algo de electricidad emanando de sus cuerpos. “no son shinobis...”
A lo lejos, un destello poderoso de luz amarillenta cegó a Konan, ella escuchando un desgarrador grito antes de que el silencio hiciera presa en el ambiente, así como el incesante fuego que se propago como una braza en pólvora por todo el pueblo.
En un instante, el ángel de dios se disolvió en papeles antes de que las llamas la tocasen. Lejos de las llamaras y el humo, en un pequeño prado, primero se formaron sus pies y luego el resto de su cuerpo.
Konan tomo un respiro profundo, viendo como las llamas devoraban con furia las estructuras, y reducían a menos que cenizas a lo que antes era el pueblo. “¿por qué... siento que esas llamas son familiares...?” Un choque repentino casi la hizo caer. Una joven, adolescente, cayó al suelo a trompicones. Konan no mostró nada, más allá de su indiferencia, quedando extrañada cuando la chica la vio con terror.
Ella se cubrió, intento retroceder con el miedo casi orillándola a orinarse - ¡no! ¡por favor! ¡cometí un error! ¡lo siento...! - un rápido borrón rojo se estrelló contra ella con brutalidad, enviando a los dos a caer por una pequeña bajada.
Mientras caminaba al filo del sendero, reconoció el sonido de aquellos golpes secos y duros que silenciaban los gemidos de dolor y los gruñidos de furia que se alebana cada vez más.
Al asomarse por la cima, su garganta se secó, su estómago apretándose al punto de que su tráquea se quemaba del ácido. Contemplo, tremendamente sorprendida, como era que el niño de la lluvia atravesaba la cabeza de aquella chica...
Cuando volteo, sintió lo que verdaderamente significaba la angustia, cuando identifico la seriedad que en los ojos de aquel muchacho había... aquella fría seriedad, ahogada por la ira, que vio en Nagato aquel día...
– me vio, intento dirigirse a mí, pero solo pudo dar tres pasos antes de desplomarse, inconsciente – Konan contuvo su emoción, frenando su mano para que evitase que vaya hacia el hueco en su pecho.
– Ya veo. ¿no tienes alguna idea del por qué hizo eso? – su respiración se ralentizo, sus manos reposando regazo.
Con un movimiento mecanico, la cabeza de Konan negó, una rigidez que casi le impidio responder. “yo... no lo se...”
– ¿cómo lo encontraste? suponiendo de que no te haya dicho dónde estaba. –
– no eres el único que puede rastrear a quien quieras con ese metal conductor, Nagato. – Konan miro con profundidad al Dolor, una altanería mostrándose como rara vez lo hacía.
El líder levanto una ceja, una mezcla de impresión y sorpresa ligera – así que el niño no puede usar el fuego – sus brazos volvieron a cruzarse, su mirada aún más penetrante.
– no, no puede hacerlo – estrecho sus ojos.
– ¿lo confirmaste? - El Dolor continúo viéndola directamente, sin parpadear.
– no puede hacerlo – un ligero dejo de ira en su voz.
– LO confirmaste, Konan – su gruesa voz hizo eco en la habitación.
Apretó la mandíbula, intentando recordar algún momento, un detalle que le diera esa seguridad al chico, y ese alivio a ella - no... - evito que un gruñido salga de su garganta.
– bien – los orbes del líder no dejaron de verla - ¿le entregaste el brazal? - parpadeo, desviando un poco su mirada.
– no tuve oportunidad – recordó aquella tarde, y ese momento en el que decidió no dárselo... ese mismo sentimiento de vergüenza volviendo a ella.
– dámelo, se lo daré yo mismo – Paín extendió su mano, sus ojos enfocados en otra cosa.
Estrechando sus ojos, agarro el premio de su bolsillo, dejándolo sobre el escritorio. Aún con eso, el líder no le dirigió la mirada, casi perdido en su ensimismamiento “¿en qué piensas, Nagato...? No estarás...“.
– no sobrepienses, Konan – se levanto de su asiento, mirando fijamente a su amiga de la infancia - Solo intento que nuestro joven shinobi se sienta reconocido - Paín agarro el brazal, pasando al lado del Ángel, sin más.
– Nagato... - Konan sintió como si le cayera un balde de agua helada.
– Konan, tienes una misión. Ya envié personal a recopilar información, necesito que los esperes en el punto de encuentro y que me traigas su informe – él alcanzo una de las ventanas, el viento meciendo el cabello de Konan cuando la abrió.
– pero, Nagato... - un ligero toque de preocupación se le escapó de su labia.
Nagato se dio la media vuelta, sus ojos, aunque calmados como su voz, la vieron amenazantes, penetrantes – el niño va a estar bien, Konan, ya demostró más que suficiente con esto. Ya es hora, de que de ese paso. -
Sin ninguna otra palabra, el dolor se fue, dejando a la mujer tan sola como se sentía por dentro. Un entrecortado respiro salió de su garganta, sus ojos picosos, pero no se permitió hacerlo; era su castigo. Sus manos ocultaron su rostro, no pudiendo contener la angustia por lo que paso, lo que pasa, y lo que pasara. “lo lamento... lo lamento mucho” una lagrima, tan solitaria como ella misma, resbalo entre las comisuras de sus dedos...
Alumbrada por tenues luces de velas en la cómoda, la habitación permanecía silenciosa, dejando entrar el timbreo de los grillos, así como el silbido del viento frígido que hacían mecer las cortinas.
Con ese cosquilleo leve de la brisa nocturna, el ojo del muchacho se abrió, reconociendo que estaba en la misma habitación de hospital, en la que tantas veces estuvo. Ame se sentó lentamente, intentando alinear su sentir con la realidad que lo rodeaba.
Apretó su mano, sintiendo el vacío de algo que debía estar aferrado allí. Llevo esa misma mano enfrente de su rostro, notando unos pocos rasguños en la palma. Un breve destello, casi como un saludo, atrajo su atención a la mesilla de noche, reconociendo de inmediato el collar... En ese instante, todo regreso a su mente, su mirada perdiéndose entre la sangre enceguecido por la furia.
– ¿estas bien, chico? -
Un escalofrió le recorrió la espalda al oír esa voz, la reconoció al instante. Al ver la esquina en frente de su cama, cerca de la ventana, sus dos ojos anillados lo miraban directamente, un aura intimidante envolviéndolo.
– eh. estaré mejor... Señor. Solo necesito descansar un poco más, con su permiso – Ame intento ponerse firme, pero no pudo hacer la gran cosa, no con ese estado.
– Oí del destrozo que hiciste esta mañana, en la cordillera del noroeste. te gustaría contarme lo que paso - Paín se cruzó de brazos, atento a él.
El muchacho apretó las sábanas debajo de sí, sintiendo aun esa horrorosa sensación de sus manos empapadas... de ese último agarre de manos...
El aire, como las nubes de las montañas, era denso, frio como el hielo mismo. Ame caminaba por el pueblo, totalmente desierto, un espejo contrario a la última vez que estuvo “que extraño... ¿comenzaron con su peregrinación, tan pronto?”
Estaba ansioso, quería encontrarla, darle un fuerte abrazo, si ella se dejaba, chocar sus frentes, desearle un feliz cumpleaños. Después de su última charla, no pudo evitar pensar constantemente en ella, en como reacciono a su propuesta, en como serian sus días con su alma gemela. Lo recordaba perfectamente, su sonrisa, su emoción, su alegría; su entusiasmo por la mano que le daba al concederle su libertad.
“¡¿en serio?! ¡¿me darían un lugar en la capital?! ¡¿contigo?!” La sonrisa de aquel momento, se le dibujo en su rostro, el mismo rubor resaltando sus mejillas “sip, no te preocupes, yo me encargo del resto. Saber que estarás en un lugar más seguro, me tranquiliza, Auruo, el saber que no solo estoy luchando por mi mundo sin guerra, sino que también estaré luchando por tu mundo de paz, eso me hace sentir pleno.”
Notando más haya, cercano al límite de la frontera del bosque y el pueblo, una figura conocida para él salió del umbral. Auruo, con su hermoso cabello, corría con mucha prisa hacia Ame, prisa que él correspondió corriendo hacia ella, una sonrisa adornando su rostro.
Sonrisa que se transformó en escalofrió, cuando vio, detrás de su amiga, a la turba enfurecida de aldeanos con un par de Shinobi persiguiéndola, furia en sus rostros.
Avanzando más rápido, Ame lanzo varias bombas de humo, agarrando a Auruo de la muñeca; sorteando las casas y escabulléndose por el bosque.
– ¡¿estas bien Auruo!? ¡¿por qué...?! -
Un sorpresivo disparo de agua deslumbro con horror el rostro de la joven, pero Ame con un desvió veloz, lazo a Auruo lejos del chorro a presión, e impulsándose de un árbol, logro conectar una contundente patada al Shinobi mancebo de Iwa, enviandolo al suelo.
El joven pelirrojo desenvaino su Wakisashi, dispuesto a darle una sola estocada; un ataque al corazón. Pero Auruo sujeto sus brazos con sus manos, una mirada suplicante en sus orbes.
– ¡no lo hagas, por favor! ¡es un chico antes del inicio de su vida media, como tú! -
Ame desvió su mirada al joven Shinobi, antes de rezongar y seguir corriendo con la chica. Un poco lejos, bajando por un sendero, antes de que él pudiera abrir la boca, una enorme sombra se proyectó por encima de ellos, y con el freno brusco del chico, el suelo tembló con la caída de la masiva roca.
Lejos de allí, en la cima donde antes estaban, la silueta del mismo joven de Iwa se erguía mientras hacía señas de mano. Ame rebusco en su bolsa un kunai explosivo, pero la vista de otros dos Shinobi lo obligo a lanzar una bomba de humo.
Cuando apenas pudieron despegar, un chorro de agua a presión traspaso el humo, empujando a los dos por una pequeña bajada cuesta abajo. El joven Shinobi, rápido, logro enterrar un kunai en la tierra, frenando su descenso, pero por el jalón repentino, Ame pudo oír y sentir, como la muñeca de Auruo se salía de su lugar con un grito de ella.
Él la socorrió, intentando recolocarle la mano, pero al oír los gritos y bramidos que se acercaban, la tomo del brazo y continuaron corriendo, esta vez, en dirección al pueblo: quería hacer que se fueran por allí, detrás de la frontera estarían a salvo.
En medio del camino, con su visión del ojo blanco, Ame pudo ver que el joven de Iwa se acercaba por el frente, mientras que los otros dos lo hacían por la retaguardia. Haciendo sellos con una mano, el chico pelirrojo le lanzo un Genjutsu al del frente, para luego lanzar una bomba de humo y salir del sendero, haciendo que los tres se chocasen entre sí.
– ¡escúchame, Auruo! ¡ya no podre protegernos si...!
– ¡CUIDADO AME!
Él vio como un destello relampagueante se acercaba, con su mismo ojo blanco, él la vio, fue ella quien disparo el Jutsu; no había nadie que pudiera usar el elemento Rayo en ese pueblo... “Auruo te amaba... Uragiri...”
Ame intento absorber el impacto, pero el rayo los alcanzo antes de que pudiera atrapar a Auruo entre sus brazos.
La explosión lo dejo sordo, solo sintió como todo se volvió ingrávido, y el brazo de la chica apretado por su puño. Todo se volvió negro por un instante, intento moverse, pero no podía.
La luz llego de a poco, así como el sonido del aire frondoso o el sabor a sangre en su boca. Parpadeo un par de veces, soltando un respiro profundo, sintiendo la suavidad de la piel de Auruo en su mano; ella había caído junto a él.
– Auruo... ¿estas...? -
Cuando giro la cabeza para verla, se confundió al ver solo césped y hojarasca seca mientras sus dedos recorrían la finura de su dermis. Ame se sentó, se petrifico, espantado de ver que el brazo de su amiga más preciada se aferraba a su mano, tan solitaria como él mismo.
Ame soltó su mano, tembloroso, descubriendo que en su palma yacía el collar que siempre Auruo lucia. Aquel collar que le hacía sentir cálido. De un salto, Ame se incorporó, hiperventilando, buscando con sus dos ojos a la joven que tanto quería. Que entendía.
No muy lejos, en la base de un tronco solitario, el cuerpo permanecía inmóvil, una rama atravesando su pecho de lado a lado.
El chico contuvo el aliento, corrió hacia ella, desesperado. Toco su muñón cercenado, su pecho, su corazón atravesado, pintando sus dedos, el collar, con el tinte rojo de su amiga. Ame agarro el rostro de Auruo con delicadeza, acariciando y moviendo su cabeza, esperando que volviera. Pero cuando dejo caer su cabeza, y el revote de los tendones y músculos sin voluntad fue lo único que consiguió, él se tragó con sus lágrimas. Sus manos se movieron como su pensamiento; buscaba alguna razón del porqué.
En ese momento, sintió como algo le era arrancado, algo en su interior, en su alma, arrebatada de él.
Un suspiro de dolor ahogado fue exhalado, mientras que, con un pesar inmenso, el joven se aferró al collar, tratando de unirlo a su corazón, de unir lo que le quedaba de ella, de su alma, con la suya, de tratar de que no se fuera de esa manera.
Sollozos brotaron de su garganta, rotos como las hojas que se rompían con el acercamiento colectivo de la turba encolerizada.
– ¡¿sigue vivo?!
– ¡A POR ÉL!
Un grito de guerra colectivo ensordeció los oídos de Ame, una pequeña chispa del collar introduciéndose a él. Frunciendo los labios y mostrando los dientes, un radioso gruñido salió de su garganta, así como un solo pensamiento nublo su mente. “¡LOS MATARE A TODOS!”
Activando su Byakugan y haciendo sellos con una mano, Ame giro, y dando un puñetazo al aire, al son de un atronador rugido de furia, varios picos de tierra emergieron del suelo y atravesaron como brochetas a varios incautos que aullaron del dolor y terror.
Con una rápida secuencia de sellos, un feroz relámpago surco el cielo tormentoso, cayendo sobre más aldeanos ineptos, la explosión levantando una cortina de humo que hizo aún más atemorizante la imagen del pequeño demonio rojo bajo una lluvia de sangre y muerte.
Varios aldeanos fueron cuesta arriba, en dirección al pueblo, pero los pies de otros fueron apresados por la tierra, y con una secuencia de focas de Ame, y una densa neblina rojiza envolvió el bosque “acabare con todos ellos. No dejare a ni uno... ¡UNO NO DEJARE VIVO!”
Los gritos y el sonido del metal chocando fueron como un cantico en coro, las chispas del metal dejando ver como cabezas caían y brazos eran cercenados.
Los Shinobi de la roca se refugiaron en un árbol cercano, contemplando la carnicería que el Shinobi de Amegakure estaba provocando. Cuando lo divisaron, quieto, en medio de la niebla, ambos adultos lo vieron a los ojos, para que, al segundo siguiente, Ame se desintegrase en la niebla.
– ¡¿a dónde fue?!
– ¡no lo veo!
Ame, con un trote suave, termino de accionar su Jutsu, y al segundo siguiente, el árbol estallo en pedazos cuando el rayo lo impacto. “los veo en el infierno. Hijos de perra”.
Con una lentitud mortal, la niebla se arrastró con morbosidad hacia el pueblo, los aldeanos expectantes ante la oscura figura que se dibujaba en ella. Ame, sin titubear, volvió a efectuar su Jutsu y otros varios picos de tierra atravesaron sin vasilar a los pueblerinos, rematando a los restantes con una lluvia de rayos furibundos.
Por la retaguardia, Ame tuvo que sortear una tormenta de Kunais que el joven de Iwa le había lanzado. Ambos se enfrascaron en un duelo encarnizado, Ame dominando con su Wakizashi ante el inexperto kunai del otro shinobi.
Atrapando el pie del joven con su tierra, Ame, aprovechando su distracción, le rebano la garganta con un corte limpio, dándole una patada para alejarlo. Allí, en los últimos minutos de vida del chico, Ame la miro a los ojos, rabia en su mirada “nunca la quisiste... sentías celos, envidia del que ella tenga lo que tú no tendrás en esta vida y en las que sigan... jamás te lo perdonare, ¡cobarde infeliz!” empezó a hacer sellos de mano, unos que jamás había hecho. “te veo y los veré en el infierno”
Él recordó por un instante, aquellas palabras que su alma gemela le había dicho, que le había jurado “Lo siento...” – elemento fuego. Gran incineración extintiva. -
Una delgada línea naranja atravesó las casas, polvo negro propagándose como esporas por toda el área. Con un cambio de posición de manos y un rugido de dolor, una diminuta línea de electricidad toco el polvo, y una iracunda ráfaga de amarillento fuego se extendió al poblado como una braza en pólvora, un estallido de llamas que provoco una lluvia de cenizas.
Agotado, exhausto, Ame vio con ambos ojos la destrucción que había provocado, una expiación de los pecados de varios por la tragedia de una. Exhalando una delgada línea de vapor, viendo como las firmas del Chakra eléctrico de Uragiri se alejaban por el bosque, corriendo desesperadamente.
Mientras él mismo corría, en una dirección alterno para interceptarla, podía verla más cerca, podía escucharla jadeando, casi podía oler su miedo al ver como sus pequeñas reservas de Chakra se alborotaban cuan más se percataba ella de lo cerca que se encontraba; eso le gustaba.
Adelante de donde Uragiri se dirigía, otra firma de Chakra más grande se formaba de a pedazos, como si papeles estuvieran creando una persona que él reconoció. Uragiri se detuvo frente a la otra firma de Chakra, momento que Ame aprovecho para saltar encima de ella, como un lobo cazando un ciervo. “estas muerta.”
Rodando cuesta abajo, ame no dejo pasar la oportunidad de asestarle los golpes que pudo a la joven mayor que él; “¡no te lo perdonare! ¡ni en esta vida, ni en las que le sigan perra!” Cayendo al suelo con un golpe seco, Ame quedo abajo de Uragiri, ella intentando apresarlo con una llave, pero él le conecto un contundente cabezazo, quitándola de su montura.
Ame se arrodillo sobre ella, desenfundando su katana corta una vez más, ante la expresión de terror que reflejaban sus ojos bicolores; un recuerdo que se quedaría.
– ¡POR FAVOR! ¡PUEDO EXPLICARLO! ¡LO SIENTO! ¡ESTE NO ERA EL PLAN!
“me importa una mierda” Ame hundió su espada en el cráneo de la joven, sin vasilar ni escuchando lo que quería decir; solo quería su sangre.
– luego, vi a Konan arriba de la colina. Intente caminar hacia ella, pero creo que di dos pasos antes de colapsar – estaba quieto, estático, su ojo abierto mientras asimilaba a profundidad lo que había hecho.
Un gruñido bajo resonó en la habitación, el dolor mirándolo desde aquella esquina – ya veo. Solo puedes usar rayo y tierra, ¿me equivoco, Ame? -
– así... es señor, desconozco realmente por que pude usar el fuego, solo... sucedió - Ame intento buscarle una respuesta, debajo de lo obvio, de lo rebuscado, de lo más loco, de lo más cierto, de lo más imposible... pero no encontró nada.
– ¿me permites el collar un momento? - se despegó de la pared, parándose frente al final de la cama.
– ah, sí, claro señor - Ame se estiro lo más que pudo, Nagato pudiendo agarrar el accesorio.
Con cuidado, sus dedos analizaron el objeto, sus ojos viendo con detalle – hm. Metal conductor... -
– ¿qué señor? -
– esa chica, su naturaleza de Chakra era fuego, ¿me equivoco, Ame? - lo miro serio, sereno, una tranquilidad cómoda.
- Auruo hubiera podido usar agua y fuego... ¿cómo lo supo? -
– usa la cabeza sobre tus hombros, muchacho - El dolor le devolvió el accesorio al chico, soltando una ligera respiración – tienes alguna idea, de lo que significa este altercado, en la neutralidad entre nuestra nación y la de la roca - Paín se cruzó de brazos, pareciendo más alto de lo que era.
– sí señor, y estoy preparado para el castigo que decida proporcionarme - Ame, sentado desde su cama, se inclinó profundamente, ante la atenta mirada de su líder.
– aun no tengo los reportes, eso se decidirá cuando los tenga - El líder tomo algo de su bolsillo – Piensa rápido - El hombre le lanzo una prenda al chico, él atrapándolo sin esfuerzo.
– bienvenido a la organización Akatsuki - El camino Deva se retiró por la ventana, dejando al joven Shinobi en soledad.
Ame, analizo con cautela y delicadeza la tela, un brazal negro, nubes rojas bordadas en ella. Acaricio la tela, sintiendo que era tan real como la cama abajo de él. Pero... no sentia que fuera una recompensa.
“¿qué fue lo que hice? ¿pude detenerme? Pude detenerme. ¿por qué lo hice? ¿me gusto? No me gusto, siento asco, no quiero sentirlo, me sentí aterrado cuando recordé que había niños. Soy un demonio. ¿soy un demonio? El peor. ¿por qué me lo dieron? ¿por qué tienen que morir mis amados cercanos para que pueda seguir avanzando? ¿por qué siempre tengo que hacer esto? ¿por qué me pasa esto?”
- Auruo... perdóname... por favor... yo... yo lo... lo siento... me convertí en ese asesino... por favor perdóname... -
El chirrido de la puerta interrumpió el silencio, un carrito de hospital entrando con calma.
– ¿cómo te sientes, querido Am... - Sayu no pudo terminar su oración, al ver el rostro del niño, vacío, una mirada que le prestaba atención con una solitaria lagrima bajando por su mejilla; él descubrió la respuesta, al por qué tenia que sufrir, para ascender...
“no puedo tener amigos por qué este mundo es peor que el infierno...”