¿Seguro que tú lo mataste?
—Te lo dije: quería que me atraparan —afirmó con rotundidad el sospechoso del crimen, dirigiendo la vista al cristal unidireccional que separaba la sala de interrogatorios de la habitación anexa.
Su semblante férreo, su voz contenida, sus palabras calculadas... Aquella confesión parecía la de un asesino curtido por una vida repleta de fechorías, no la de alguien sin antecedentes criminales que simplemente se había dejado llevar por los celos. Con las manos esposadas y el rostro inexpresivo, prestaba declaración ante su acusación de homicidio. Solo frente al peligro, sin un abogado que respaldara su discurso... Aunque, ¿quién podría defender a un asesino confeso?
Los oficiales de policía, acostumbrados a desplegar sus dotes persuasivas para lograr tal fin, lo contemplaban incrédulos. No había un atisbo de resentimiento en su mirada, ni siquiera de orgullo. El supuesto ataque de celos, el móvil que lo impulsó a accionar el arma, no se correspondía con la premeditación de su declaración. Las pruebas eran irrefutables: huellas dactilares en la escena del crimen, el arma y el motivo del asesinato. Pero algo no encajaba... La cronología era demasiado perfecta, como si interpretara su propio papel en un guion confeccionado a medida.
El fiscal y el jefe de policía, que permanecían atentos al otro lado del vidrio, compartieron una mirada cómplice. El radar de la experiencia los hizo sospechar de aquel imperturbable hombre. Sabían que ese caso estaba muy lejos de ser cerrado, a pesar de que todas las pruebas recabadas apuntaran al presunto asesino. Y eso solo significaba una cosa: el culpable aún seguía en libertad, y la búsqueda debía continuar. No cesarían hasta encontrarlo y hacerle pagar por el crimen perpetrado. La verdad estaba encubierta por las capas del engaño, y en sus manos estaba retirar cada una de ellas hasta llegar al verdadero asesino.
Mientras al otro lado el asesino confeso era sometido a un exhaustivo interrogatorio, el fiscal y el jefe de policía seguían inmersos en descifrar los enigmas de aquella investigación. El entramado, sin ningún cabo suelto aparente, hablaba de un crimen planificado por una mente privilegiada, el director de una compleja obra que merecía ser premiado por tal elocuencia. Lástima que el reconocimiento, meritorio en exceso, fuese un viaje de no retorno, donde el galardonado, vestido a rayas, accedería a un escenario rodeado por barrotes de acero. La candidatura, aunque quisieran hacer creer que era única, muy probablemente la formaban sospechosos disfrazados de testigos.
—“Varón de cincuenta y cuatro años de edad hallado muerto en el salón de su residencia de campo habitual. Causa de la muerte: herida de bala en el tórax, producida por un disparo de arma de fuego” —leyó el fiscal el informe que sostenía entre sus dedos, humedeciéndose el índice antes de pasar la página—. ¿Encontraron el arma en la escena del crimen?
—Sí, señor fiscal. Además, el arma tiene las huellas del sospechoso —respondió el policía, entregándole las imágenes que mostraban las evidencias enumeradas.
—¿Y la bala y el casquillo?
—La bala quedó impactada en el cuerpo. Fue un disparo único, directo al corazón... El asesino sabía lo que hacía —masculló eso último más para sí mismo—. El casquillo apareció en la misma sala. El calibre coincidía con el modelo de la pistola, pero... —hizo una pausa antes de proseguir.
—Sabía que habría un “pero” —el fiscal con un ademán, lo invitó a que lo revelase.
—Verá, señor fiscal, en el cargador del arma solo faltaba una bala, la que acabó con la vida de la víctima. Pero los vidrios rotos del ventanal del salón, por el tamaño y el tipo de fragmentos, sugieren que otro proyectil debió impactar allí. Sin embargo, no hay restos ni de él ni del casquillo. Además de que el disparo pudo ser con otra pistola.
—¡No entienda ese “pero” como una objeción, sino como una oportunidad para descubrir la verdad! —clamó el fiscal, las palabras del policía fueron música para sus oídos—. Empezaremos tirando de ese hilo. Vamos a la oficina, necesito ver el diagrama y analizar las pruebas del crimen. Envía a los de criminalística para que retomen la búsqueda.
Nada más atravesar el umbral de la sala, la mirada crítica del fiscal comenzó a escrutar el compendio de evidencias interconectadas a lo largo de toda la pizarra. Las imágenes del arma, el casquillo, las manchas de sangre en el suelo y las salpicaduras de la pared... En una de ellas se apreciaba a la víctima, sin vida, rodeada por diminutos fragmentos de cristales impregnados de púrpura.
—¿Qué dijeron los forenses? —preguntó el fiscal, ojeando una de las fotografías con contenido altamente sensible.
—La autopsia reveló signos de forcejeo, compatibles con la disputa que mantuvo la víctima con el sospechoso.
—Así que un ataque de celos... —sopesó rascándose el mentón—. En la noche de autos se encontraban cuatro individuos en la escena: la víctima, la esposa de la víctima, el sospechoso, y la pareja del sospechoso. ¿Cierto?
—En efecto, fiscal, le tomamos declaración a los tres y los testimonios coincidieron. La víctima y el sospechoso se enzarzaron en una riña, al inicio verbal y más tarde llegaron a las manos. La víctima y la pareja del sospechoso eran socios en la empresa, de ahí a que hubiesen organizado una reunión en la casa de campo con sus respectivas parejas. Lo que no todos sabían era que su relación era más estrecha que la exigida por el ámbito laboral... Eran amantes —concluyó el jefe de policía, señalando las fotografías de los cuatro individuos dispuestas en el panel.
—Y deduzco que el asesino confeso sospechaba de ellos —agregó, caminando de un lugar a otro.
—Los de informática analizaron el teléfono y el ordenador de la víctima. En ellos encontraron llamadas y mensajes de texto, con un lenguaje... —dudó del término a emplear— llamémosle obsceno. “Mi Pantera”, así la llamaba.
—Bonito nombre... Supongo que los dispositivos de “La Pantera” —el fiscal entrecomilló con los dedos el apodo— también esconderán pruebas que puedan ayudarnos...
—Ahí está el problema, no hay ni rastro de fotos, ni mensajes subidos de tono, ni e-mails personales. Además, la mujer niega haber mantenido algún tipo de relación amorosa con la víctima.
—¿Y si los mensajes, todas las evidencias que los relacionaban románticamente están manipuladas? ¿Y si “La Pantera” no es ella? —el fiscal se detuvo en seco, como si esa simple posibilidad cobrase más sentido al verbalizarla.
—Entonces, ¿por qué el supuesto asesino sospechaba de su pareja? —se preguntó el policía, devanándose la cabeza.
—Hay algo que se nos escapa... ¡Un gran “pero” que puede llevarnos hasta la verdad! —exclamó el fiscal, tomando la iniciativa.
—Los oficiales han revisado las cámaras de vigilancia de la noche del crimen. Al tratarse de una casa de campo, solo contamos con las cámaras de seguridad de la propia vivienda...
—De la propia vivienda... —repitió el fiscal, como si esas palabras fuesen decisivas—. Las grabaciones pueden estar manipuladas, al igual que el registro de llamadas y los mensajes de texto.
—Ordenaré a mis oficiales que comprueben las grabaciones antiguas, puede que desvelemos la identidad real de “La Pantera”.
—Avisa a la socia de la víctima, volveremos a tomarle declaración... Así podremos comprobar si tiene el guion tan bien estudiado como su pareja —una sonrisa de satisfacción se alzó en los labios del fiscal. Aquel descubrimiento podría suponer un paso hacia delante.
Prácticamente la comisaría al completo trabajaba mano a mano en el caso. Seis horas de interrogatorio sin pausa, seis horas escuchando la misma afirmación: “Yo soy el asesino”. El sospechoso insistía en su culpabilidad, continuaba con el mismo semblante impasible e inexpresivo, repitiendo incansablemente su confesión. Los oficiales no pudieron sonsacarle nada más allá de esos cuatro vocablos. La suerte tampoco acompañaba a la patrulla que peinaba la zona, ni en la casa ni en los alrededores había rastro alguno de la bala perdida ni de la posible arma con la que fue disparada. No obstante, un pequeño halo de esperanza emergió entre tanta negatividad.
Los policías encargados de supervisar las grabaciones de las cámaras de seguridad, pese a que no habían identificado a ningún perfil que coincidiese con la supuesta "Pantera", sí que descubrieron algo que hizo saltar todas las alarmas. Más que la hora en la que se registró el homicidio, lo que variaba era la fecha. Las imágenes mostraban cómo la víctima y su esposa llegaban a la vivienda a eso de las ocho de la tarde; una hora después, la pareja invitada hacía acto de presencia. Hasta ahí todo parecía normal, si bien, la línea del tiempo había sido alterada. Revisando las imágenes de semanas anteriores, la pareja, con idéntica vestimenta y dentro de la misma franja horaria, había visitado el lugar.
—¿Qué fue lo que pasó exactamente la noche de autos? —se preguntó el fiscal después de escuchar las novedades del caso.
—Las imágenes fueron reemplazadas por una secuencia antigua... Pero... —el jefe de policía suspiró, debían barajar todas las posibilidades— eso no implica que los mismos cuatro individuos estuvieran en la escena del crimen.
—Lo sé, pero... ¿y si no están realmente implicados en el homicidio? —se cuestionó, incrementándose el número de enigmas no resueltos—. ¿Ha llegado ya la supuesta “Pantera”?
—Sí, está esperándonos en la sala de interrogatorios con su abogado.
Los dos hombres se dirigieron hacia allí, la investigación los estaba dirigiendo hacia un punto ciego que solo conocían quienes presenciaron la escena del crimen. La falta de nuevas pruebas jugaba en su contra, y la mujer era su última baza. Necesitaban que confesase la verdad, que dejase de actuar y revelase lo ocurrido en aquella fatídica noche.
—¿Por qué me han llamado de nuevo? —preguntó la mujer, reflejando cierto nerviosismo en su tono de voz.
—No nos andaremos con rodeos —expresó el fiscal con contundencia—. Sabemos que miente, no trate de ocultarlo —la sentencia, firme y segura, sonó a una verdad irrefutable.
—¿Qué? Yo... yo... —se frotó las manos inquieta.
—Estás en tu derecho de guardar silencio —le recordó su abogado. La mirada de aviso que le lanzó sirvió como llamada para el jefe de policía.
—Si guarda silencio, las consecuencias serán mucho peores. En cambio, si colabora, puede que consiga una reducción de la condena por encubrir al verdadero asesino... ¿o acaso fue usted la autora del crimen? —la duda se cernía sobre la mujer, y aquel intento de acusación pareció surtir efecto—. ¿Qué fue lo que realmente pasó la noche del homicidio?
—Yo no he hecho nada, lo juro, yo no lo maté... —su voz temblorosa, las lágrimas sinceras que emanaban de sus ojos, su postura abatida... Miedo, todo en ella demostraba un temor atroz, pero ¿a qué? ¿o a quién?
—No tiene nada que temer, si alguien la está coaccionando, puede estar tranquila... Si es necesario le asignaremos un agente de policía que vele por su seguridad —trató de calmarla el jefe de policía.
—Si confieso, irán a por mi familia —balbuceó la mujer asustada, rompiendo en llanto.
—Si le prometemos que su familia estará a salvo, ¿nos revelará la verdad? —dijo el fiscal con un tono más sosegado del que solía emplear.
La mujer accedió a su propuesta. Una patrulla de oficiales puso rumbo a la dirección facilitada, se encargarían de custodiar a sus allegados y de protegerlos si era preciso llegado el momento. Ese era el trato, la seguridad de los suyos a cambio de la verdad. Y eso solo significaba una cosa: aunque las grabaciones habían sido manipuladas, ella había presenciado el asesinato. Asimismo, el culpable, según los pequeños matices deducidos del último interrogatorio, tampoco parecía ser el asesino confeso. Ambos, bajo amenaza tal vez, estaban encubriendo al autor del crimen.
—¿Se sabe algo del arma desaparecida? —le preguntó el fiscal al jefe de policía, tras salir de la sala de interrogatorios.
—No he recibido ningún aviso, señor.
—Tengo el presentimiento de que en ella están las verdaderas huellas del asesino.
La conversación se vio interrumpida por el sonido del walkie-talkie, la patrulla de guardias que se encargaba del rastreo había logrado su objetivo. Si bien el perímetro de la búsqueda se había ampliado un kilómetro a la redonda, la evidencia que encontraron estaba mucho más cerca de lo que imaginaban. El arma seguía desaparecida, pero el hallazgo oculto bajo el trasfondo del guardarropa del dormitorio principal, bien podría dar un giro de ciento ochenta grados en el caso.
—Aquí el equipo de criminalística, hemos hallado una peluca pelirroja escondida en un compartimento del armario —la voz se escuchaba distorsionada a través del aparato.
—Gracias chicos, llevadla directamente al laboratorio —le ordenó el jefe de policía antes de cortar la señal.
—¿Una peluca roja? —el fiscal se quedó pensativo, como si tratase de recordar algo asociado a esa nueva prueba.
El fiscal se dirigió a la pizarra donde se agrupaban todas las evidencias del caso. Repasó las diversas fotografías, hasta detenerse en una de ellas: la imagen de la víctima rodeada de minúsculos cristales teñidos de rojo. A su lado, se anexaba una anotación con los resultados forenses de su ropa. Salpicaduras de sangre por el impacto de la bala, ADN del asesino confeso procedente de la disputa que mantuvieron y una fibra sintética de color rojo.
—¡Ahí está! La persona que portase esa peluca estuvo en contacto con la víctima, incluso podría ser el verdadero asesino... Una hebra capilar, si los examinadores forenses encuentran un solo pelo, estaremos más cerca de resolver el caso —se apresuró a decir el fiscal.
—¡Sí! Avisaré a los forenses para que prioricen su análisis —afirmó el jefe de policía, mientras hacía la llamada.
Con la nueva línea de investigación, el círculo cada vez se estrechaba más. Las patrullas encargadas de salvaguardar a los familiares de la testigo, ya habían llegado a su destino. Habían cumplido con lo prometido, de modo que ahora era el turno para que la mujer hiciese lo propio. Tal y como habían acordado, la testigo y socia de la víctima, en presencia de su abogado, prestaría declaración de nuevo. En cuanto los guardias confirmaron que sus allegados estaban a salvo, el fiscal y el jefe de policía regresaron a la sala de interrogatorios para continuar con su cometido.
—No se preocupe por sus familiares, están en buenas manos —dijo el fiscal—. Ahora sí, proceda a detallarnos lo ocurrido desde el momento en el que usted y su pareja llegaron al domicilio.
—Está bien... —aceptó la mujer, buscando la mirada aprobatoria de su abogado, que asintió con un movimiento de cabeza—. Pero no llegué acompañada de mi pareja.
Ambos hombres se miraron sorprendidos entre sí. Las grabaciones habían sido manipuladas para hacerles creer que los dos habían llegado juntos a la casa. El enigma los dejó enmudecidos, entendiéndose ese silencio como una invitación a que continuase con su confesión.
—Cuando entré, ellos estaban allí. No parecía una simple reunión de socios.
—¿Quiénes? —preguntó el jefe de policía.
—Mi pareja estaba allí, discutiendo con mi socio. Hablaban de una deslealtad, de una infidelidad... Y entonces ocurrió, una desconocida me arrastró hasta un cuarto y me encerró con llave. Después, todo transcurrió muy rápido. Oí un primer disparo, el sonido de cristales rompiéndose en mil pedazos, y al tiempo, un segundo disparo.
—¿Pudo ver a la mujer? ¿La reconoció? —la interpeló el jefe de policía.
—Estaba asustada, apenas pude verla...
—¿Recuerda algo de ella que le llamase la atención?
—No sé... Puede que su pelo... Era de color rojo, como el fuego —el fiscal la observó perplejo. Las piezas del rompecabezas comenzaban a encajar.
—¿Tenía conocimiento de que su socio se veía con una mujer, conocida como “La Pantera”, y que alguien quiso hacernos creer que era usted? —prosiguió el policía.
—No.
Su negativa no ayudó a que el fiscal y el jefe de policía pudiesen atribuir la identidad de la misteriosa pelirroja con la de “La Pantera”. Sin embargo, aún quedaba otro interrogante por resolver...
—¿Cree que su pareja realmente asesinó a su socio?
—No lo sé... No lo creo capaz de hacer una cosa así... Acabar con la vida de alguien... Él no es un asesino —una lágrima rebelde escapó de sus ojos. Su mirada vidriosa denotaba el profundo amor que sentía por él—. Aunque no sería la primera vez...
—¿A qué se refiere? ¿Su pareja ha cometido antes algún...? —la mujer no dejó que el fiscal terminase su intervención.
—No, por supuesto que no... No me refería a eso —tomó aire, como si previese el poder que esas palabras tendrían sobre sí misma—, es solo que... me engañaba. Llevaba meses sospechando. Él siempre lo negaba, pero ¿sabe?, eso es algo que se siente.
—Si no es indiscreción, ¿conoce su identidad? —el fiscal no pudo morderse la lengua...
—Disculpe, esa pregunta es demasiado personal y no creo que tenga relevancia en el caso —se apresuró a decir el abogado.
Con ese aviso, se dio por concluido el interrogatorio. El nuevo testimonio de la socia de la víctima, pese a desconocer la identidad del asesino, aportaba detalles que podían ser relevantes para la investigación: la desconocida pelirroja y la ausencia de su pareja en la llegada. Nuevos interrogantes abiertos que podían acercarlos al cierre del caso. ¿Sería ella la supuesta asesina? Y si era así, ¿estaría su pareja involucrada con “La Pantera”? Lo que estaba claro era que ambos habían llegado por separado, y la grabación manipulada buscaba encubrir al asesino confeso.
—Puede que la pelirroja sea "La Pantera" —apuntó el fiscal.
—¿Cree que guardará alguna relación con el asesino confeso y, a su vez, con la víctima? —le preguntó el jefe de policía.
—Es posible... La discusión, la infidelidad... Demasiadas coincidencias —el fiscal adoptó una postura, como si estuviese sobrepensando lo que realmente sucedió—. Alguien ha jugado con ellos, si el supuesto asesino coaccionó a su pareja para que lo delatase, debía haber un motivo de mayor envergadura... Pero ¿cuál?
—El amor.
El reloj siguió avanzando. Las autoridades navegaban en un mar de lagunas, entre hipótesis sin refutar. Hasta que la llamada del forense desveló un dato revelador... No solo habían confirmado que la fibra sintética de color rojo encontrada en la ropa de la víctima pertenecía a la peluca, también hallaron un cabello humano en ella. Cotejaron su ADN con los registros de la base de datos, y el resultado obtenido fue impactante.
—La esposa de la víctima... Ella era la mujer pelirroja que la testigo vio en la escena del crimen —le comunicó atónito el jefe de policía al fiscal.
—¡Ella fue la verdadera autora del homicidio! —clamó el fiscal, quien parecía no verse afectado por la sorprendente revelación—. Envía una patrulla a su domicilio con una orden de arresto.
—Pero, señor, aunque las pruebas la convierten en sospechosa, no son suficientes para demostrar que ella fue la asesina.
Esas palabras sí que parecieron alterar al fiscal, que con los nudillos emblanquecidos por la rabia, acabó liberando su ira contra el tablero que reunía las evidencias. Muchas pruebas habían sido descubiertas a lo largo de la investigación, pero ninguna concluyente como para incriminarla. La segunda arma implicada en el caso continuaba desaparecida, el único testimonio veraz estaba incompleto, y el asesino confeso porfiaba en que él había cometido el crimen. Las grabaciones, aunque manipuladas, no explicaban la intención de ocultar al presunto culpable.
La relación existente entre la víctima y “La Pantera” parecía esconder algo turbio. ¿Con qué fin su esposa, “La Pantera”, engañaría e incluso atentaría contra su vida? ¿Por un motivo económico, o simplemente buscaba silenciarlo sin ensuciarse las manos, culpabilizando a una tercera persona? El vínculo amoroso que supuestamente mantenían ambos socios era una burda mentira para consolidar la coartada. El asesino confeso cayó rendido ante sus dotes persuasivas y acabó aceptando el castigo con tal de demostrarle su amor, y este a su vez convenció a su pareja para que reafirmarse su testimonio.
El amor, en ocasiones, conseguía nublar la mente más lúcida. Habían sido simples peones en un juego perfectamente diseñado por una mente maestra. Las pruebas y las declaraciones habían sido manipuladas para que pareciera que el arresto era la conclusión lógica. La verdad, oculta entre las sombras de una red de mentiras cuidadosamente tejidas, revelaba que el plan había sido ideado desde el principio... Todo con un objetivo. Pero si algo caracterizaba al equipo de policía y al propio fiscal, era su capacidad de perseverancia. Y detrás de cada “pero”, una nueva oportunidad se cernía...
—Revisen los dispositivos del asesino confeso y de la esposa de la víctima, quiero que comprueben las cámaras de todos los lugares a los que acudían con habitualidad. Buscaremos pruebas que acrediten su relación. Cualquier indicio de conspiración contra la víctima, por mínimo que sea, será vital —le ordenó el fiscal a los informáticos—. Oficiales —se dirigió ahora a otra patrulla—, quiero que
sigan peinando cada palmo de terreno hasta que den con el arma. Y usted —por último, le encomendó la misión más importante al jefe de policía—, encuentre la verdadera razón que llevó a la sospechosa a que cometiese el crimen. Ahora, vayamos a la sala de interrogatorios, el asesino confeso nos espera... ¡No cesaremos hasta descubrir lo que realmente ocurrió!