Capítulo 1
Dimitri
Mayfair, Londres—16 años atrás.
Me había enfrentado al infierno cientos de veces desde que tengo memoria, y jamás me habían atrapado… hasta aquel día. Ese en el que, con una precisión cruel y despiadada, los demonios me arrancaron el alma.
Todo transcurría según lo previsto en Londres. Se cerraban acuerdos que definirían el futuro de la dinastía: rutas limpias hacia Asia, fondos legales para blanquear dinero en la ciudad y políticos comprados que sonreían sin tregua, sin tener la menor idea de que ya estaban condenados.
Hasta que sonó mi teléfono. Esa maldita llamada lo cambió todo. Redujo mi mundo a cenizas.
—Tienes que volver de inmediato. Deja todo lo que estés haciendo y súbete al maldito avión ahora mismo —ordenó Anatoly. Inusual en él. Pero su voz, rota, no era la de siempre.
—¿Qué diablos ocurre? —pregunté, apretando la mandíbula. Sabía que no toleraba interrupciones en los negocios.
—Es sobre… tu esposa. La han asesinado. A unos veinte minutos de tu mansión.
Sus palabras me atravesaron como una daga afilada. Por un instante, quise creer que había escuchado mal. Pero no. Cada sílaba se incrustó bajo mi piel como metralla directa al corazón.
Sentí que el mundo se detenía. El aire se volvió espeso, sofocante. Giré la cabeza hacia mis seis al notar un escalofrío reptar por mi columna. Ese que solo aparece cuando alguien está a punto de cometer una estupidez irreparable. Y no me equivocaba: lo sabía. Los chinos nunca son de fiar.
Era uno de los asistentes a la reunión que se había puesto en pie sin pedir permiso. Con la pistola firme en mano y una sonrisa macabra en el rostro, se apuntó a la sien sin pestañear.
Fruncí el ceño. Entonces lo vi: el tatuaje en su muñeca lo delataba.
—Yakuza —escupí entre dientes, desenfundando mi arma.
Pero antes de que pudiera atraparlo, murmuró con voz firme y resignada:
—Ore no honmei wa koko made da.
Un segundo después, apretó el gatillo. La sangre y los restos de su cráneo salpicaron la mesa donde habíamos comido.
Me quedé inmóvil, los nudillos tensos alrededor del arma.
—Gde moyá doch'?! —gruñí con voz ronca, atravesada por la rabia que me helaba la sangre—. Skazhí, chto u tebya Nika?!
Anatoly respiró hondo. Haciendo una pausa como si pesara cada palabra.
—Está a salvo… bajo la protección de Declan e Isla.
—Bien. Esto ha sido obra de esos hijos de puta de la Yakuza. Tenemos que averiguar quién más está involucrado.
—Debes saber algo —añadió—. Los chicos revisaron el coche en el que viajaba Katerina. Encontraron restos de uno de los dispositivos de Antonenko.
El corazón me retumbaba en los oídos. Me apoyé contra la pared del restaurante, intentando no perder el control. Porque si lo hacía, mataría al primero que se cruzara en mi camino.
La había perdido. Mi ancla. Lo único que me mantenía atado a este mundo. Lo que preservaba mi humanidad.
—Busca hasta debajo de las piedras, Anatoly. Cierra todas las rutas: por tierra, mar y aire. No puede salir del país. Arranca a su familia del agujero donde se escondan; me importa una mierda lo que debas hacer. Llena sus propiedades en Rusia de HMX. No quiero que quede nada.
—Enseguida pondré a los chicos a trabajar. Dimitri… ¿quieres que…?
—Activa el maldito protocolo. Me pondré de camino al aeropuerto. Que su nana prepare sus cosas. Y tú, quiero toda la documentación nueva lista cuando llegue a la Dinastía.
—No te preocupes. Todo estará listo —afirmó.
Colgué.
La respiración me ardía; sentía un incendio rugiendo en el pecho, capaz de arrasarlo todo. A Katerina me la habían arrebatado. Y Nika… mi pequeña… no había pedido nada de esto. Pero, para lo que viene, debo enviarla lejos. Mantenerla a salvo. De ellos y de mí.
Solo cuando haya suficiente distancia entre mi hija y yo… empezarán a rodar cabezas. De la Yakuza. Y de cada bastardo implicado.
Salí de la sala de inmediato, dejando atrás confusiones y las órdenes estrictas del capo del Sindicato de Grimshade. No había tiempo; el sonido de las sirenas policiales se acercaba. Estaba seguro de que no se atreverían a involucrarse y que aceptarían cualquier excusa para no enredarse en trámites; así que permití que Patrick Ashford llamara a su equipo de limpieza y apartara a los agentes. Corrí hacia el estacionamiento, donde me aguardaba un coche blindado.
—Al aeropuerto. Ahora. Y si valoras tu vida, chico, haz lo posible por llegar cuanto antes —ordené.
—Enseguida, Zar. Ilya ya lo está esperando —respondió Kostya, mi chófer, mientras adelantaba a un convoy de seis vehículos.
Nos abríamos paso entre el tráfico, saqué mi teléfono satelital, protegido con encriptación de grado militar. Tenía que saber si moya ptíchka estaba bien.
—¿Anatoly? —mi voz salió como un gruñido, más áspera de lo que pretendía.
—Aquí estoy, brat. Me estoy encargando de todo.
—Cuéntame.
—Está en el Búnker. Declan e Isla, los capitanes de los Cuervos, la han trasladado a la sede de la dinastía. El grupo la custodia a lo largo de los túneles hasta el Búnker.
—¿Y su nana?
—Every ya tiene todo listo. Iba a entregarle la nueva documentación a Declan; lo he dejado todo bien atado. Nadie podrá vincularla contigo.
Cerré los ojos. Me estaba ahogando; ella acababa de perder a su madre y, apenas unas horas después, debía enviarla lejos para protegerla. Cuando encuentre a los responsables, me daré por satisfecho mientras los desmiembro uno por uno hasta romperles el alma.
Por ahora puede que esté a salvo… pero no por mucho.
—¿Y el protocolo? ¿Lo han activado?
—Sí, brat. Está todo preparado. Solo pensé que querrías despedirte antes de sedarla para el viaje tranquilo. Después usaremos los equipos de criogenización médica; bajando su temperatura lo justo, será la única forma de sacarla del país sana y salva. Sabes que la otra alternativa es no hacerlo, y podrían localizarla si las cámaras de calor de los satélites de Antonenko la detectan.
Tenía razón. La imagen de moya ptíchka llamándome si esos desgraciados la capturan me desgarraba las entrañas.
—Yo lo haré. Cuando me despida de mi hija, yo la colocaré en el contenedor en cuanto quede dormida —dije, con voz firme.
Hubo una larga pausa al otro lado de la línea. Anatoly sabía lo que significa para mí mi hija; la única conexión que me queda con mis vestigios de humanidad.
—Entendido, Dimitri. Te esperarán.
Colgué.
Sabía que mantenerla entre esas paredes era un alto riesgo para todos. Pero no me importaba: si no la veía antes de sacarla de Rusia, jamás me lo perdonaría.
El coche se detuvo bruscamente junto al avión en la pista privada. El rugido grave de las turbinas me golpeó en cuanto abrí la puerta. Allí estaba, majestuoso e imponente, negro como la noche, con detalles dorados en el fuselaje que resplandecían bajo el sol del mediodía. Las luces de posición parpadeaban, proyectando destellos gélidos sobre el asfalto.
Al pie de la escalerilla, Yelena me esperaba. Uniforme impecable, labios carmín, el cabello recogido con precisión militar. Ni una palabra, ni un gesto innecesario; un porte pulcro, como se exige a quienes trabajan para mí.
—Zar —saludó con un leve asentimiento, sin atreverse a mirarme a los ojos en cuanto puse un pie en el suelo.
Subí los peldaños en apenas unos segundos. El interior del jet me recibió con un calor silencioso y el aroma inconfundible del cuero de primera. Desde la cabina, el capitán habló sin volverse:
—Listos para llevarlo a casa, Zar. Y todo está dispuesto para su conferencia, tal como ordenó.
Asentí sin responder. Avancé por el pasillo hasta una puerta cerrada. Al abrirla, encontré la sala de reuniones: paredes insonorizadas, mesa ovalada, pantallas apagadas que pronto mostrarían los rostros de hombres y mujeres dispuestos a sacrificar cualquier cosa por un mísero gramo más de poder.
—Que nadie me interrumpa —ordené, clavando la mirada en Yelena, que enseguida bajó los ojos hacia el suelo antes de cerrar la puerta tras de mí.
El silencio era asfixiante, me obligaba a no pensar, pero era inevitable: sabía que esta vez sería distinto. Cuando regresara a casa, ella no estaría para recibirme, disfrutando de mi habitual vaso de whisky mientras se perdía en sus libros cada tarde. Ya no podría llevarla a ese restaurante para cenar en cada aniversario. Cerré los puños, sintiendo la impotencia de no poder rodear con mis propias manos el cuello del culpable de que mi hija ya no tuviera a su madre. Pensaba en el miedo que pudo haber sentido; ¿cuál fue su último pensamiento?
Dispuse la mesa: el vaso de cristal alineado con la botella del whisky más caro de nuestra cosecha. Carpetas con documentos de los negocios, por si necesitaba revisar algo. Mis manos se movían por inercia, pero mi mente se perdió en el tiempo. Cerré los ojos y me vi de nuevo allí, en la penumbra de aquella sala, con la daga fría cortándome la palma, mientras me perdía en la luz de su mirada:
—Dimitri Ivanovich Dragunov… ¿estás preparado para sellar tu palabra con sangre? —preguntó Anatoly con voz grave.
—Estoy listo —respondí, posando la vista en Katerina, luego en Anatoly.
Anatoly me entregó la daga. El metal relucía bajo la luz vacilante. Extendí la palma izquierda y, sin titubear, me hice un corte profundo. La sangre cayó sobre el paño carmesí, oscureciéndolo.
—Que tu sangre hable por ti. Pronuncia tu juramento —me pidió Anatoly.
—Ante la mirada de mi esposa, de la Dinastía Volkóva y de los espíritus de nuestros ancestros, juro con mi vida y mi sangre servir a esta familia hasta mi último aliento. Prometo protegerte, Katerina Dragunova, como el lobo defiende a su compañera: vigilante, feroz, eterno. Que ningún enemigo te alcance mientras yo permanezca en pie. Y cuando nuestros hijos lleguen a este mundo, me alzaré como un alfa que se interpone entre su manada y la muerte. Serán mi deber, mi orgullo y la razón por la que lucharé hasta que mi corazón deje de latir —alzando la voz para que todos los asistentes escucharan.
Katerina, siguiendo la tradición, tomó la daga y se hizo un corte en la palma. Sus dedos se entrelazaron con los míos, mezclando nuestras sangres.
—Katerina Dragunova… tu sangre ha sido llamada a responder —anunció Anatoly.
—Ante la mirada de mi esposo, de la Dinastía Volkóva y de los espíritus de nuestros antepasados, juro que mi lealtad será su escudo y mi fe, su fortaleza. Prometo permanecer a tu lado, Dimitri Ivanovich Dragunov, en la paz y en la guerra, en la abundancia y en la escasez, en la gloria y en la sombra. Protegeré tu nombre, tu honor y la sangre que llevas, como la loba que guarda a la manada. Cuando nuestros hijos nazcan, los defenderé con uñas y dientes, enseñándoles a caminar entre lobos con la cabeza erguida y el alma invencible. Y si la muerte me reclama antes que a ti, que mi espíritu permanezca vigilante para que nunca estés solo en esta lucha —pronunció Katerina, mirándomd firmemente a los ojo, con convicción y sin vacilar.
La sangre de ambos goteó sobre el paño, sellando el pacto. Anatoly colocó su mano sobre las nuestras, cerrando el círculo.
—Por el hierro, el fuego y la sangre, queda sellado este juramento. Que quien lo rompa pierda no solo la vida… sino también el honor que su sangre porta —sentenció Anatoly.
—Za dinastiyu! [¡Por la dinastía!] —un coro grave respondió al unísono.
La imagen se desvaneció y, de repente, me encontré sosteniendo algo infinitamente frágil entre mis brazos. Era Nika. Mi hija. La criatura más pura que mis manos, manchadas de sangre y violencia, habían tocado jamás.
Sentí el peso del mundo sobre mis hombros, pero también un calor extraño, casi ajeno a mí, que se instaló en el centro de mi pecho. ¿Cómo podía un monstruo como yo sostener algo tan inocente, tan delicado? La vida que llevaba dentro de mí parecía tan opuesta a la brutalidad que representaba.
Mirarla, tan pequeña, con sus ojos cerrados y su respiración suave, fue como una bofetada a mi propia alma.
—No permitiré que este mundo te lastime, pequeña. Seré tu escudo, tu luz en la oscuridad, y sacrificaré mi vida por la tuya si llega el momento —le prometí.
Pero también sentí miedo. Miedo de no estar a la altura, de que este mundo corrupto y despiadado terminara por devorarla antes de que pudiera protegerla.
Aquel día, con Nika en brazos, comprendí que mi verdadera batalla apenas comenzaba.
Apreté los puños con fuerza, hundiendo las uñas en la carne hasta sentir el calor de la sangre. Por loco que parezca, el dolor me mantenía anclado a la realidad, centrado en mi próximo objetivo. Todo esto había ocurrido por culpa mía. Debí haber dejado que Anatoly tomara mi lugar; debería haberme quedado en casa. Si lo hubiera hecho, mi esposa aún estaría con vida.
Inspiré hondo, dejando que el aire llenara mis pulmones, y exhalé con lentitud. Era momento de apartar al Zar diplomático que todos creen que soy y liberar a la bestia que siempre ha habitado en mí.
Me giré hacia la pantalla a mi derecha, instalada en la pared. Tomé el mando y la encendí. Las familias ya me esperaban. Miradas serias y expectantes me recibían.
Nikos Giannakis fue el primero en pronunciarse, desde Grecia.
—Zar, lamentamos su pérdida. ¿Cuáles son sus órdenes? —preguntó, con la seriedad reflejada en sus ojos.
—Quiero que bloqueen la ruta. Si los barcos no salen del puerto, el dinero ni fluye —ordené con voz firme—. Compra a las autoridades portuarias. Si alguien te da problemas, ponte en contacto con Anatoly. No me importa el precio. Aquel que pase sin permiso, cocedlo a tiros y que se hunda con el cargamento.
Nikos asintió en señal de conformidad.
El líder de la Yakuza de Japón, Takeda Haru, tomó la palabra. Su rostro, marcado por viejas cicatrices, y su destreza lo habían ayudado a ascender hasta su posición.
—Zar… —lo interrumpí.
—Hacedme el favor de dirigíos a mí por mi apellido. En este momento no creo ser digno de ese apodo —confesé entre dientes—. Continúa, Haru.
Asintió y retomó la palabra.
—Lamento tu pérdida, Dragunov. ¿Qué deseas de nosotros?
—Da caza a todos los miembros de la Yakuza de China. Si lo haces, te concederé como agradecimiento sus negocios, con la posibilidad de reconstruirlos o reubicarlos.
—Así será —prometió—. En unos días los tendrás en la puerta de la Dinastía, listos para entrega.
—Recuérdamelo la próxima vez que nos veamos. Estaré eternamente en deuda contigo.
Asintió con una sonrisa breve, algo inusual; nunca solía sonreír.
De Luca, desde Milán, Italia, fue el siguiente. Su rostro, siempre serio, se tornaba pálido.
—Lamento por lo que estás pasando tú y la familia, Dragunov. En cuanto me enteré por Anatoly, pedí a mis empleados los informes y los revisé: las joyerías y los negocios tapadera de los Antonenko en Milán —intervine antes de que continuara.
—¿Han congelado sus cuentas?
Asintió.
—He dado la orden. Imagino que pronto estará enterado.
—Bien. Toma el control de sus activos; quiero que, cuando intenten mover capital, se encuentren con un muro. Y si se pone en contacto contigo, diles que no sabes nada. Pero quiero que me informes directamente de su paradero.
—Dalo por hecho —aseguró.
Asentí.
Le cedieron el momento a Dasha Krylova, una mujer de mirada fría y certera. Con la precisión de un francotirador y la paciencia de un depredador, las leyendas sobre ella cuentan que dio caza hasta al último de los asesinos de su difunto marido: Antonov Krylova. Se dice que a ninguno de ellos le concedió una muerte rápida.
—Dragunov, te acompaño en el sentimiento. Sé lo que es perder a un ser amado —su voz era fría y cortante—. Permíteme. Me he adelantado y he reforzado la red en la región del Ural. Al hacerlo, detectamos movimiento de El Escuadrón Krazny. Nuestras fuentes indican que Antonenko se encontraba protegido por ellos.
—¿Tiene sus ubicaciones?
—Imaginé que las querrías —vibró mi teléfono—. Revisa el correo; mis hombres te han enviado la información encriptada que precisas para atraparlo.
—Estaré en deuda contigo. Gracias.
Asintió y su pantalla se apagó.
Alekséi Baranov, un hombre robusto con experiencia militar, era el encargado de nuestras unidades de asalto.
—Viejo amigo, ojalá fueran otras circunstancias —dijo con tristeza—. Mis hombres están listos. Esperamos tu luz verde. ¿Novosibirsk será el punto de partida?
—Así es, Alekséi. La ciudad es suya, y ahora nos pertenece. Por eso la tomaremos por la fuerza. Si se resisten, quiero que cortes cabezas, usando todos los recursos a tu alcance para reducirlo todo a cenizas. Si necesitas más, pídelo y se te dará: Semtex, PE-808, HMX… Deben entender que nos han declarado la guerra, y vamos a por ellos. La victoria sabe mejor cuando saboreas el miedo de tus enemigos —sonreí de lado.
Finalmente, apareció el sindicato de Grimshade: Patrick Ashford, líder de la mafia de Londres, un joven elegante, pulcro y con ojos que reflejaban haber visto lo peor.
—Dimitri —saludó con una leve inclinación de cabeza—. Mis limpiadores ya han terminado en la escena del restaurante. Quería disculparme por lo ocurrido… —lo interrumpí.
—No ha sido culpa tuya, Patrick. No podías haberlo predicho.
—Sin embargo, debería haber sabido que esa escoria tramaba algo. Ha ocurrido en mi casa. Por favor, me harás sentir mejor si como compensación la Dinastía acepta el 40% de mis negocios legales durante los próximos dos meses: casinos, clubes, transporte, inversiones… lo que necesites. No habrá interferencia de mi parte, te lo aseguro. Los beneficios irán directo a Rusia, y no solo dinero; quiero involucrarte en mi proyecto de seguridad avanzada. Así protegeremos nuestros intereses conjuntos.
—Bien. Nos pondremos en contacto para ello. Ahora no es el momento. Está a punto de comenzar la purga de 96 días. Todos ustedes saben que una pieza importante de la Dinastía son nuestras mujeres —asintieron—, y a la mía me la han arrancado. Cuando todo acabe, nos volveremos a reunir para evaluar los daños. Tendréis recursos de la Dinastía a vuestro alcance si los necesitáis.
—Dimitri —interrumpió Kostya en mi auricular—, aterrizaremos en Rusia en unos minutos.
Asentí, con los puños aún apretados. El dolor agudo en mi corazón se acrecentó; era momento de despedirme de mi pequeña… y luego dejar que el mundo ardiera.
⚜️⚜️⚜️⚜️
Traducción:
Ore no honmei wa koko made da. – Mi verdadero propósito termina aquí.
Gde moyá doch'? – ¿Dónde está mi hija?
Skazhí, chto u tebya Nika?! – ¡¿Dime,qué pasa con Nika?!
⚜️⚜️⚜️⚜️