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Cuando el mar miro al cielo

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Sinopsis

Yunuem siempre había llevado una vida ordenada. Se despertaba todos los días a las 5:30, se bañaba con calma, arreglaba su cabello corto (ese que había amado desde niña) y aplicaba apenas un toque de rubor y rímel para resaltar aún más sus pestañas largas. Vestía casual, pero con una feminidad que parecía innata. Era de esas personas que, sin darse cuenta, transmiten calma y luz. Pero todo cambió una mañana. Un mareo, un dolor extraño, un cansancio que ya no podía ignorar... y unos padres que, al verla pálida, supieron que no era momento de esperar. En cuestión de horas, estaba en el mejor hospital de la ciudad, sin saber que ese sería el escenario donde su vida empezaría a escribirse de otra manera. Ahí lo conoció: Emmanuel, un joven oncólogo que apenas comenzaba su camino en ese hospital. Para él, Yunuem fue su primer caso importante. Para ella, Emmanuel era solo el médico que intentaría darle respuestas. No hubo romance inmediato, ni frases de película; solo un doctor serio, preocupado por su paciente, y una joven que se aferraba a su optimismo aunque algo grave estuviera acechando. Sin embargo, algo en esa primera consulta quedó marcado en Emmanuel: los ojos azules de Yunuem, que parecían contener secretos del mar; la delicadeza de sus gestos; la manera en que su carisma seguía intacto, incluso en medio de la incertidumbre. Él no lo buscaba, pero lo sintió. NO REPLICAR

Genero:
Romance
Autor/a:
Yunuem
Estado:
hace un año
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

"El mar que no sabía que tormenta se acercaba"

La ciudad todavía estaba a oscuras cuando el despertador sonó con ese pitido seco y constante que rompía la calma de la madrugada. Eran las 5:30 de la mañana y, como todos los días, Yunuem abrió los ojos con esa mezcla de pereza y disciplina que había cultivado desde la preparatoria.

No era de las que aplazaban la alarma; para ella, levantarse temprano era casi un ritual sagrado.

Se incorporó lentamente, dejando que el aire fresco de la habitación le erizara la piel. Caminó hacia el baño y abrió la regadera. El agua caliente comenzó a llenar el espacio con un vapor suave, como si el día se preparara para envolverla en un abrazo.

El baño no era largo, pero sí meticuloso: comenzaba siempre por el cabello, ese corte a la altura de los hombros que había amado desde niña. Lo acomodaba con paciencia, sabiendo que un mechón fuera de lugar podía alterar todo su estilo.

—Siempre perfecto —susurró para sí misma, mientras pasaba los dedos entre los hilos castaños claros que caían con un brillo casi dorado bajo la luz del baño.

Después venía su maquillaje. No usaba mucho, porque nunca lo necesitó para destacar. Solo rubor en crema, que aplicaba con las yemas de los dedos para darle calidez a su rostro, y un poco de rímel, suficiente para que sus pestañas largas enmarcaran aún más sus ojos grandes, azules como el mar.

Se miró al espejo, ajustó su blusa casual pero femenina, y sonrió. No era una sonrisa para el mundo, sino para sí misma: el recordatorio de que, pase lo que pase, debía caminar con elegancia.

Sin embargo, esa mañana algo se sintió… diferente.

Mientras guardaba sus cosas en la mochila, una punzada sorda le atravesó el costado izquierdo. No fue un dolor agudo, más bien un aviso. Lo ignoró. Continuó con su rutina: un café con pan, despedirse de sus padres con un beso en la frente y salir al fresco de la mañana.

Pero en el camino, el mareo llegó.

Era como si el suelo se moviera apenas, lo suficiente para que tuviera que apoyarse en la pared. Respiró hondo. Pensó que tal vez había dormido poco.

Al llegar a casa de regreso por la tarde, sus padres notaron que estaba pálida. Su madre, siempre intuitiva, dejó el plato que sostenía.

—Yunuem, no me gusta cómo te ves.

—Mamá, estoy bien, solo me mareé un poco en la mañana.

—No, no es normal. Vamos al hospital. Hoy.

No hubo espacio para discusiones. Su padre ya estaba tomando las llaves del coche. En cuestión de minutos, estaban en el Hospital Central, uno de los mejores de la ciudad.

El olor a desinfectante se mezclaba con el sonido de pasos apresurados y voces bajas. Yunuem, sentada en la sala de espera, sentía que cada segundo se estiraba como si el tiempo se hubiera vuelto de goma. Entonces, la puerta de consultorio se abrió y apareció él.

Alto, de cabello castaño ondulado, cejas gruesas y labios finos. La bata blanca parecía hecha a su medida, y su sonrisa —aunque breve— transmitía calma.

Emmanuel, oncólogo de turno, se presentó con voz firme pero amable:

—Buenas tardes, señorita Yunuem. Pase, por favor.

Entraron sus padres con ella. El consultorio estaba ordenado, con un escritorio de madera clara y diplomas en la pared. Él revisó su historial clínico mientras le hacía preguntas.

—¿Hace cuánto comenzó a sentirse así?

—Desde esta mañana… pero ya antes me había sentido algo cansada.

—¿Fiebre, vómito, pérdida de peso?

—Un poco de todo, pero pensé que era por estrés.

Emmanuel la observaba, y aunque su rostro se mantenía profesional, algo en sus ojos la analizaba más allá de lo clínico. Era inevitable: había algo en esa mirada azul que no se olvidaba. Esa frescura, ese carisma que se negaba a apagarse a pesar del malestar.

—Vamos a hacerle estudios completos. No quiero que esto quede en suposiciones.

—Está bien, doctor.

Él le sonrió apenas. No era una sonrisa coqueta, sino la de alguien que intenta transmitir seguridad. Llamó a una enfermera, dio las órdenes y se volvió hacia sus padres:

—Prefiero que la dejemos internada para agilizar los resultados.

La decisión cayó como una piedra en el estómago de Yunuem. Internada. La palabra le sonaba grande, como si significara algo que aún no quería entender.

Aun así, asintió. Su madre le apretó la mano; su padre habló con el doctor en voz baja mientras la enfermera la llevaba a una habitación.

Emmanuel la vio alejarse por el pasillo. No debía pensar en nada más que en el diagnóstico… pero esa primera impresión quedaría grabada en su memoria. Había algo en esa chica que parecía fuera de lugar con la palabra “enfermedad”. Algo que no se podía describir, pero que él sintió.

________


La historia de Yunuem y Emmanuel apenas comenzaba, y aunque en ese instante no había romance, había algo más profundo: una conexión silenciosa que a veces nace antes incluso de conocerse.

Ella, sin saberlo, ya había dejado una marca en la mente del doctor. Él, sin quererlo, ya formaba parte del capítulo más importante de su vida.

¿Qué piensas tú sobre Emmanuel y Yunuem?

¿Es posible que dos vidas se crucen por casualidad, y que ese encuentro lo cambie todo?

A veces, las historias más inesperadas empiezan en los lugares menos románticos: una sala de hospital, una bata blanca, un diagnóstico incierto… y una mirada que lo dice todo.

Si te gustó el capítulo no olvides dejar tu comentario y voto para seguir escribiendo este contenido que conecté con tu corazón

Todo es con cariño, amor y elegancia...🤍

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Hablaremos más a fondo sobre las historias, contestaré preguntas por allá y publicaré reels promocionando cada una de ellas

¡Te veo allá! ✨

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