Prólogo - El azúcar y el arrepentimiento
En algún lugar al norte de Raven’s Ridge - Fuera del territorio del club
El camino de tierra se extendía como una vena entre los árboles; seco, agrietado y medio iluminado por el resplandor moribundo de una hoguera en las colinas detrás de ella.
Caminaba descalza. Los tacones en una mano. El teléfono en la otra.
El aire olía a gasolina, colonia barata y fuego. Muy lejos, a sus espaldas, la música por fin se había apagado, como si hasta los altavoces se hubieran desmayado tras la noche.
Le dio a grabar.
«Hola, Lux... soy yo», dijo con una risa seca, mientras su aliento se condensaba ligeramente por el frío. «Siento haber perdido tu llamada antes. Todo estaba bien. Los chicos se portaron bien. Fueron salvajes, pero no... ya sabes. No fueron peligrosos».
Parpadeó con fuerza, intentando concentrarse. Con una mano se alisó el dobladillo arrugado de su vestido.
«Tenías razón con esa bebida», murmuró. «Sabía a azúcar y arrepentimiento».
Otra risa; esta vez más suave. Nerviosa. No por Sera. Por ella misma.
«Te llamaré mañana. Te lo prometo. Solo quería decirte... gracias. Por cuidarme siempre las espaldas. Te quiero».
Dejó de caminar. Su pulgar se quedó suspendido sobre la pantalla.
No lo envió.
En algún lugar a lo lejos, unos neumáticos crujieron sobre la grava. El lento girar de unas ruedas.
Ella giró la cabeza hacia el sonido. La pantalla seguía encendida en su mano, la grabación aún en curso.
Dio una vuelta lenta, escudriñando la oscuridad.
«Vale», susurró. «Vale».
El motor de un camión rugió una vez, bajo y deliberado.
Le siguió una risa. Masculina. Larga. No era alegre. No estaba borracha. Era una risa hambrienta.
Empezó a caminar más rápido. Sus pies descalzos resbalaban en el polvo. Respiraba con más fuerza.
El teléfono seguía grabando. Ya estaba olvidado.
Otro sonido tras ella... La grava se movió bajo un peso. Más pesado esta vez. Más cerca.
Echó a correr.
«¡Por favor, no!», gritó, con el pánico estallando en su voz.
Una mano la agarró del brazo. Sus dedos se clavaron en su piel, con fuerza.
Se dio la vuelta de golpe. Un aliento caliente en su oreja.
Esa misma risa, ahora más cerca. Justo detrás de sus dientes.
Y entonces... un grito.
No fue de sorpresa. Ni de sobresalto.
Fue el grito de alguien que sabía que su vida estaba llegando a su fin.
El teléfono seguía encendido. El mensaje de voz continuaba grabando.
Y la noche la tragó por completo.