Men of Iron – Libro 3: Hunted by Her Heat

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Cuando una chica con fuego en las venas irrumpe en Ash Flats, no viene a pedir clemencia. Llega descalza, sangrando y furiosa, con la foto del agresor de su hermana y una exigencia de venganza. Pero cuando su rabia choca con el silencio de los Men of Iron, ella se convierte en algo más que dolor con voz. Se convierte en la chispa que ninguno de ellos puede contener. Knuckles no malgasta palabras. No se doblega. No se rompe. Como Forge Master, es quien transforma el fuego en acero: el martillo que templa, el hierro que perdura. Pero la chica no teme a su silencio. Teme a lo que sucede cuando él la mira como si ya la hubiera reclamado. Ella arde de furia. Él aguarda en silencio. Y cuanto más luchan por mantenerse separados, más encienden algo que ninguno puede controlar. Pero el dolor no se desvanece en silencio. Y al enemigo que la persigue no le importa si ella está marcada o atada. En un mundo construido sobre sangre, fuego y fantasmas, a veces lo más peligroso no es la guerra fuera de las puertas... Es la chica que desafía al Forge Master a arder.

Estado:
Completado
Capítulos:
51
Rating
4.8 43 reseñas
Clasificación por edades:
18+

Prólogo - El azúcar y el arrepentimiento

En algún lugar al norte de Raven’s Ridge - Fuera del territorio del club

El camino de tierra se extendía como una vena entre los árboles; seco, agrietado y medio iluminado por el resplandor moribundo de una hoguera en las colinas detrás de ella.

Caminaba descalza. Los tacones en una mano. El teléfono en la otra.

El aire olía a gasolina, colonia barata y fuego. Muy lejos, a sus espaldas, la música por fin se había apagado, como si hasta los altavoces se hubieran desmayado tras la noche.

Le dio a grabar.

«Hola, Lux... soy yo», dijo con una risa seca, mientras su aliento se condensaba ligeramente por el frío. «Siento haber perdido tu llamada antes. Todo estaba bien. Los chicos se portaron bien. Fueron salvajes, pero no... ya sabes. No fueron peligrosos».

Parpadeó con fuerza, intentando concentrarse. Con una mano se alisó el dobladillo arrugado de su vestido.

«Tenías razón con esa bebida», murmuró. «Sabía a azúcar y arrepentimiento».

Otra risa; esta vez más suave. Nerviosa. No por Sera. Por ella misma.

«Te llamaré mañana. Te lo prometo. Solo quería decirte... gracias. Por cuidarme siempre las espaldas. Te quiero».

Dejó de caminar. Su pulgar se quedó suspendido sobre la pantalla.

No lo envió.

En algún lugar a lo lejos, unos neumáticos crujieron sobre la grava. El lento girar de unas ruedas.

Ella giró la cabeza hacia el sonido. La pantalla seguía encendida en su mano, la grabación aún en curso.

Dio una vuelta lenta, escudriñando la oscuridad.

«Vale», susurró. «Vale».

El motor de un camión rugió una vez, bajo y deliberado.

Le siguió una risa. Masculina. Larga. No era alegre. No estaba borracha. Era una risa hambrienta.

Empezó a caminar más rápido. Sus pies descalzos resbalaban en el polvo. Respiraba con más fuerza.

El teléfono seguía grabando. Ya estaba olvidado.

Otro sonido tras ella... La grava se movió bajo un peso. Más pesado esta vez. Más cerca.

Echó a correr.

«¡Por favor, no!», gritó, con el pánico estallando en su voz.

Una mano la agarró del brazo. Sus dedos se clavaron en su piel, con fuerza.

Se dio la vuelta de golpe. Un aliento caliente en su oreja.

Esa misma risa, ahora más cerca. Justo detrás de sus dientes.

Y entonces... un grito.

No fue de sorpresa. Ni de sobresalto.

Fue el grito de alguien que sabía que su vida estaba llegando a su fin.

El teléfono seguía encendido. El mensaje de voz continuaba grabando.

Y la noche la tragó por completo.