Martes 14
Querido Diario:
He tardado más de lo que había considerado en recuperarme. Ayer pasé el día entero acostado, desperté tarde solo para comer y de vuelta a dormir; hoy no fue distinto. Puedo decir que me levanté, pero he iniciado mal la semana.
Desperté pasado el mediodía con muy pocas ganas de pararme. Sentía las extremidades dormidas, la sangre difícilmente me circulaba por los brazos y la pierna derecha me dolía. Apenas soy consciente del tiempo que pudo transcurrir hasta que me bañé, pero me atrevo a decir que estuve más de media hora masturbándome hasta que mi propio sudor alrededor de mi cuello, brazos y entrepierna se hizo molesto. El único ruido en mi habitación era del ventilador, percibía muy lejana la música que dejé sonando en el estéreo. Ya de pie alcancé a distinguir un sonido de violín saliendo de las bocinas, pero lo apagué antes de poder reconocer la melodía. Fui a la regadera y al salir puse agua a hervir. Cuando estuve listo y disimulado, me serví el café después de ver el reloj. Eran más de la una de la tarde.
De esta semana serían ya dos días que falto al trabajo. Me preocupa mi ingreso, con lo poco que conseguí la semana pasada, apenas si saldré adelante. Eso si iba a trabajar 4 días mínimo, pero con estas dos faltas solo puedo aspirar a ir tres días como mucho a trabajar. Si llego temprano esos tres días, a duras penas saldré adelante con los gastos de esta semana. Ni que hablar de la siguiente.
Me preocupé por el asunto hasta que me dio hambre. Había algunas chuletas todavía en el refrigerador. A las tres de la tarde tenía que estar en el Café Rojo para la clase. Era la segunda del curso y no quería faltar a ninguna, tenía la tarea hecha, había estudiado. Freí un par de chuletas a la par de dos tortillas. Las bajé con un vaso de leche y después de tomar mi mochila salí corriendo de la casa. ¿Qué hice durante esa hora, querido Diario? No lo sé, estuve sentado frente al ordenador.
Por miedo de llegar tarde, pagué taxi, y eso habrá que tomarlo en cuenta cuando me paguen. Llegué con tiempo de sobra y esperé sentado. El profesor estaba en la barra bebiendo una soda, pensé en acercarme y hacer algo de conversación en lo que se llegaba la hora. ¿De qué? ¿Sobre qué? No lo sé, querido Diario.
Cuando por fin inició la clase, yo estaba demasiado ansioso, esperando a responder a cualquier pregunta, listo para levantar la mano, a recitar mi tarea si me pidieran que lo hiciera y durante la primera hora todo marchó bien. Participé activamente, querido Diario, tal y como habíamos acordado. No sé qué sucedió. Se hizo una pregunta, no recuerdo, que erré al contestar. No sé si me apresuré o no medité bien la respuesta, aunque en mi cabeza parecía completamente lógica. “No”, dijo el profesor señalándome, “No es lo que dices”.
“Estás equivocado”, le escuché decir. Y de nuevo, querido Diario, la amarga sensación; sentí la palidez de mi cara, la sangre concentrándose en mi estómago y una terrible sed. La respuesta había sido pronunciada sin meditación, sin pensar, sin reflexión. La clase continuó, pero yo escuchaba la voz del profesor como un eco, como si hubiera abandonado el lugar y hablara desde lejos; me enfocaba en apretar el lapicero con fuerza y la sed. Era terrible la sed. Tenía la lengua de fuera cuando di el primer golpe. La pluma impactó en mi lengua con tal fuerza que la pude sentir rozando mi barbilla; la hice retroceder y de nuevo, con más determinación, hundí la pluma en mi lengua repetidas veces hasta que mi cara recuperó su color natural. La clase continuaba y poco a poco la voz del profesor volvió a estar en el mismo lugar que yo, a la vez que el dolor de la lengua se volvía a otra parte de mi cabeza. Mi lengua colgaba a jirones y la sangre manchaba mis manos, mi cuello y mi camisa; un poco había salpicado en la mesa, pero la clase continuaba con normalidad. Ya lo sabes, querido Diario. Terminé la clase sin volver a participar, ¿cómo podría? Al final apunté la tarea y salí sin poder decir “adiós” a nadie.
…Ah, he cenado yogur, me ardía un poco la lengua.








