Capítulo 1
Miró el reloj por tercera vez en menos de un minuto. El aire del jardín se sentía denso, cargado con risas y el tintineo de copas. Un nudo le apretaba el estómago y la hacía querer desaparecer. La boda de su amiga era importante, pero la insistencia de su madre para que se echara un novio había convertido todo en un campo de batalla social.
Mierda, mierda, mierda... murmuró, mordiéndose el labio.
Respiró hondo. Tranquila, Clara, solo unas horas, se dijo, mientras sus manos temblaban ligeramente.
Estaba tan sumida en sus pensamientos que no notó la presencia detrás de ella.
Tía, ¿estás bien?
Clara giró la cabeza y se encontró con Valeria, su sobrina de diez años, que apareció de repente, silenciosa como un fantasma.
¿Valeria? ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar con tu abuela?
Está dentro, en los servicios, dijo la niña, cruzando los brazos con inocencia fingida.
Clara suspiró y apoyó las manos en las caderas. Voy a tener que hablar con tu abuela sobre cómo te controla. A veces parece que te deja hacer lo que quieras, dijo, con una voz que intentaba sonar firme pero traicionada por la irritación.
Valeria sonrió con picardía. Soy su nieta favorita, anunció orgullosa.
Eres su única nieta, mocosa, y te mima demasiado, replicó Clara, sintiendo cómo se le tensaban los hombros.
Y a ti te fastidia demasiado, tiita. ¿Todavía no ha llegado tu novio?
La palabra “novio” hizo que la piel de Clara se erizara y un escalofrío recorriera su espalda. <<Maldita mocosa>> pensó.
Tranquila, tía, si tu novio no llega, yo te cubriré, dijo Valeria con una sonrisa burlona, inclinándose hacia ella como si fuera una pequeña conspiradora.
Clara tuvo que contener un gruñido, mordiendo el labio para no reprenderla. Su corazón latía con fuerza y una mezcla de irritación y resignación la dejó inmóvil por un instante.
En ese momento, una voz familiar interrumpió la escena.
—Clara, cariño, ¿ya estás aquí?
Clara levantó la cabeza y se encontró frente a frente con Inés, su madre y la abuela de la mocosa que tenía al lado. La mujer apareció desde la entrada del recinto con una sonrisa autoritaria. Valeria se puso de puntitas y la abrazó con entusiasmo, ignorando por completo la tensión que se había formado.
—Ah, aquí está mi nieta traviesa —dijo Inés, dirigiéndose a Valeria—. Y tú, Clara, ¿sigues esperando a tu príncipe azul?
Clara respiró hondo, conteniendo la mezcla de irritación y vergüenza. Valeria soltó una risita, satisfecha con el efecto que había causado.
—No, mamá, todavía no ha llegado. Es más, tiene mucho trabajo y no creo que pueda venir —respondió.
—Sería una pena que no pueda conocer hoy a tu novio. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que me dijiste que tenías novio? ¿Cinco meses? —comentó Inés con una sonrisa maliciosa.
—Seis meses, mamá, no cinco —la corrigió Clara, mientras contenía las ganas de agarrar a Valeria de las orejas por burlarse de ella.
—Seis meses, y aún así no me lo has presentado. Eres una mala hija —susurró Inés con malicia.
—Bueno, Valeria, ¿entramos dentro? Los novios tardarán poco en llegar.
—Sí, abuelita —respondió la niña, y antes de marcharse le sacó la lengua a su tía.
Las dos desaparecieron hacia el interior, dejando a Clara sola con sus pensamientos y un enfado enorme.
«Ya verás cuando volvamos a casa, mocosa. Te vas a enterar».
Clara entró en el salón resignada. Sabía que su mentira iba a descubrirse y que su madre y Valeria se lo echarían en cara durante mucho tiempo.
Abrió la puerta principal y entonces lo vio.
Un hombre de traje oscuro, copa en mano, observaba el lugar como si nada le afectara. Tenía la calma que a ella le faltaba. Quizá por eso se acercó.
Caminó despacio, con prudencia. Su mente le repetía que lo que pensaba hacer era una locura, pero estaba desesperada. No soportaría ser el blanco de las burlas de su madre y su sobrina otra vez.
—Perdona, ¿puedo hablar contigo un momento?
Él se giró despacio, la miró con curiosidad y luego sonrió de medio lado.
—Claro —respondió, indicándole que se sentara.
—Sé que esto te va a parecer extraño, pero… ¿puedes hacerte pasar por mi novio esta noche?
El hombre la miró, desconcertado.
—¿Cómo dice?
—Verás… hace seis meses, para que mi madre dejara de presionarme con lo de buscar novio, le dije que ya lo tenía. Durante ese tiempo logré salir del paso, pero ahora…
—Ahora tu madre te tiene acorralada, ¿verdad?
—Sí. Me pidió que trajera a mi novio a la boda de mi mejor amiga. Le dije que Andrea no iba a invitar a un desconocido, pero aceptó. Y ahora, si no vengo con un novio, todos sabrán que he mentido.
Él la observó unos segundos de arriba abajo.
—Suena… interesante. Pero, ¿qué gano yo? —preguntó.
Clara agachó la cabeza, avergonzada.
—Tiene razón… Siento haberle hecho perder el tiempo —dijo mientras se levantaba para marcharse.
—Reformularé mi pregunta —respondió él, deteniéndola—. Si te ayudo, ¿tú me ayudarás a mí?
Clara lo miró, confundida.
—¿Cómo dice?
—La verdad —balbuceó el hombre—, yo tampoco tengo ganas de estar aquí. Mi ex es amiga del novio y no quiero cruzármela. Así que, si tú me ayudas a evitar eso, yo te ayudo con tu problema. ¿Trato hecho? —dijo, tendiéndole la mano.
Clara la estrechó.
—Trato. Por cierto,me llamo Clara. ¿Y tú eres…?
—Leo —respondió.
Los dos dejaron la zona del bar y se dirigieron hacia el salón del banquete. Durante el trayecto improvisaron la historia: una fiesta, unos meses de relación, nada serio, pero suficiente para justificar su presencia.
De pronto detrás de una columna, Valeria se agachó con una sonrisa traviesa. Había escuchado todo sin que nadie la viera.