Las Tierras Olvidadas

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Sinopsis

En una ciudad antigua donde el agua escasea y cada gota se negocia como oro, las calles muestran su rostro más cruel. Las casas se apiñan alrededor de pozos casi secos, mientras los edificios derruidos recuerdan un pasado de esplendor ahora olvidado. La zona más fea de la ciudad -un laberinto de callejones sucios y mercados caóticos- se extiende como una herida abierta que nadie quiere cruzar. El barco Altamira trae consigo a un puñado de soñadores, fugitivos y buscavidas que anhelan empezar de nuevo. Pero al poner pie en la gran ciudad descubren que no han llegado a la tierra prometida, sino a un lugar gris y corrupto, gobernado por poderes ocultos que se alimentan de la ambición y el miedo. Lo que parecía el inicio de una vida distinta se convierte en una lucha por sobrevivir… y en un viaje que los marcará para siempre. Cada rincón guarda secretos y peligros que acechan en la sombra de las ruinas. Tierras Olvidadas arrastra al lector a un mundo donde la supervivencia se mezcla con la historia, y donde la curiosidad puede costar más de lo que uno está dispuesto a pagar.

Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Prólogo - Parte 1

El cielo estaba gris. No importa el día que fuera, o si era de noche, el cielo siempre estaba lleno de nubes como si estuviera a punto de llover. Lo peor es que tampoco caía agua. Es como si una fuerza superior estuviera riéndose del mundo, dando a entender que solo llovería cuando se le antojara, pero sin decidirse aún del momento correcto.

Dena estaba en la cubierta del barco, recostada en proa viendo esa bóveda gigantesca de color grisáceo sobre su cabeza. Un mes de viaje no bastó para que ese color cambiara. El tiempo estaba así desde el día en que zarpó de casa, y no tenía pinta de cambiar pronto.

Bajó la mirada y vio la mancha que se extendía en el horizonte. Ciudad Ferris. Ese nombre siempre fue motivo de charlas y debates en Isla Olmo. “El cielo es el límite”, ese era el lema que los embajadores, comerciantes y eruditos enarbolaban como lema de estas tierras tan convulsas. Sus padres solían llamarla la Ciudad de los mil pozos, debido a la gran infraestructura hídrica que el antiguo imperio Breón había construido en esa zona. Una serie de acueductos, pozos y baños comunitarios, con agua que procedía de ríos subterráneos de las montañas circundantes. Eran el orgullo de sus habitantes. Sabía que no era un nombre usado por nadie mas que por ellos, pero le gustaba.

Se preguntó cómo estarían sus padres. Se había despedido de ellos de manera muy abrupta e incomoda. Al fin y al cabo, había avisado de su partida justo la noche anterior a que el barco zarpara. Tenía miedo a que no la dejaran ir, ya que, nunca había salido de la isla, y la ciudad estaba muy lejos. Por supuesto, trataron de convencerla, pero Dena siempre fue una chica muy persuasiva, inteligente y resolutiva. Prometió que tendría cuidado, y les aseguró que lo primero que haría sería encontrar trabajo, así podría enviarles dinero, quizás el suficiente para poder conseguir acceso a mas raciones de agua potable de los pocos pozos que había en las Islas. Ya tenía un poco de dinero ahorrado, 200 briones, que consiguió después de un año remendando ropa y enseñando a leer a los niños en la Iglesia. Le había contado al padre Emilio, el sacerdote del único templo de la Isla, cuando compró el pasaje a la ciudad, ya que confiaba en él como el abuelo que nunca conoció. La llamó imprudente e impulsiva, pero la instó a seguir su corazón, dándole la bendición, y deseándole que volviera a casa a salvo.

No quería regresar, o al menos, no pensaba pasar el resto de sus días cantando alabanzas y leyendo libros de historia mientras miraba por la ventana al gran mar que tenía delante, prometindo aventuras, romance y felicidad. Se alegraba de haber tomado esa decisión, y se molestó de la actitud sumisa de sus padres, que nunca habían querido irse de ese lugar. Tanto tiempo en el templo los había vueltos muy mansos, y eso la volvía loca.

Viendo la ciudad cada vez mas cerca, sonrió, y se prometió que este sería el primer capítulo de su apasionante historia.

-Veo que se despertó justo a tiempo, señorita -dijo una voz a su espalda -Ya estamos por atracar.

Dena se dio la vuelta y miró al hombre que le estaba hablando -Buenos días, capitán- el capitán Netun era un hombre de estatura baja, brazos fuertes y piel bronceada por el sol. Tenía canas en el cabello y la barba desarreglada. Nunca paraba de fumar de esa pipa tan extraña -Lamento molestarlo tan temprano, es que quería observar la llegada a puerto de primera mano, hay tanto que quiero ver- Volvió la mirada a la ciudad. A su derecha, sobre una colina rocosa estaba el Gran Faro, una mole esbelta de mas de 130 metros de altura. Había sido construida por el Imperio Breón cuando fundaron la ciudad, hace unos 500 años.

-Ciertamente es una ciudad vieja. La maldita no cae ni aunque se incendie cien veces, y mira que lo han intentado- Netun caminó hasta colocarse al lado de Dena, mirando con ella al puerto de piedra cada vez mas cercano. Ella notó desprecio en los ojos del capitán -Es una lástima.

Dena hizo caso omiso del comentario, y siguió mirando. El capitán Netun era el que los había llevado hasta ahí sin muchos problemas. Era un marinero experimentado, que pasó buena parte del viaje compartiendo sus historias y amoríos con los pasajeros. Dena se encariñó con él al instante, y lo consideraba un buen hombre. Como agradecimiento por sus historias, ella se ofreció a remendar el chaleco viejo y gastado que siempre llevaba puesto. Fue todo un reto cocer con el movimiento del barco a sus pies, pero logró hacerlo. Un hilo rojo hacia contraste con la tela blanca del chaleco, pero a él no parecía molestarle.

-Señorita Dena, se que está ansiosa por llegar, pero le pido que por favor vaya a su camarote hasta que atraquemos. La tripulación empieza a preparar la llegada y es peligroso que esté en medio.

Ella se dio cuenta de que solo se le acercó para pedirle que no estorbara. Dena tenía la costumbre de confiar rápidamente en las personas. Personas que por lo demás, solo hacían su trabajo. Suspiró, saludó al Capitán y volvió a su camarote.

Una hora mas tarde, la cubierta de la Dulce Mar era un caos de gritos, cuerdas, cajas y maldiciones. Netun gritaba ordenes por doquier, mientras el personal del barco corría de un lado a otro. Una vez llegado el momento de desembarcar, Dena salió vestida con un vestido sencillo que su abuela le había dado antes de morir. Un prenda color crema sin mangas con una falta que le llegaba a los talones. Se sentía elegante, pero no tanto como para llamar la atención.

El Capitán vio a la chica de vuelta en proa, observando el puerto con los ojos abiertos como platos. Dio un grito y un grumete le entregó a la joven su equipaje. Se acercó a ella -Esto es para usted- Dijo Netum, entregándole un rollo de papel sellado- El sacerdote de Isla Caoba me la dio antes de partir, me pidió que se la entregara a usted una vez llegáramos a puerto.

Dena se sorprendió -¿El padre Emilio?- pensó. Tomó la carta, rompió el sello y leyó la nota. Al parecer, un hombre llamado Colen la esperaría el puerto, con la promesa de que le buscaría un lugar donde quedarse hasta que encontrara trabajo. La chica dudó un instante, y se sorprendió de la rapidez con la que su llegada fue anunciad. Le dio un pequeño escalofrío, pero pronto recordó la sonrisa del padre Emilio y se tranquilizó. Ese señor la había educado y cuidado desde niña cuando sus padres no podían o hacían la fila para buscar la ración semanal de agua. Podía confiar en él.

Dio las gracias al Capitán, se despidió y bajó del barco. El sitio olía a sudor, sal y a excremento de paloma. El ruido de las cajas amontonándose, los gritos de los marineros, las carretas llenas de peces recién pescados empujadas por personas harapientas que buscaban clientela.

Notó que a lo largo de la muralla, y pegados a la misma, había todo tipo de comercios. Desde tabernas hasta burdeles, pasando por tiendas de ropa de procedencia dudosa y mucho pescado.

La muralla estaba hecha con piedra negra, y medía unos 20 metros de altura. No era tan vieja como el Gran Faro, pero también fue construida por el Imperio Breón. A la derecha del puerto, al final del todo logró vislumbrar el Astillero, donde un barco enorme estaba siendo construido. Había visto a su padre armar un bote pesquero cuando era niña, pero no tenía nada que ver con lo que estaba presenciando. Todo era tan nuevo...

Comenzó a entrar en pánico. Había llegado, pero no sabía a dónde ir. Ni siquiera tenía un plan. ¿Qué iba a hacer? No podía quedarse ahí eternamente, pero si se aventuraba en el puerto sentía que iba a perderse entre la multitud. Ese era otro tema. En su vida había visto a tantas personas juntas. -Debí pensar esto mejor- se dijo.

Estaba a punto de morirse de la ansiedad cuando notó que un hombre se le acercaba desde una de las tiendas. Se puso en guardia de inmediato, y sacó del bolsillo de su vestido una pequeña daga que decidió llevar consigo cando zarpó de casa. Solo por si acaso.

El hombre miró la daga, luego a la chica asustada, y sonrió.

-Es usted la señorita Dena?

Ella no dijo nada, aún apuntándolo con la daga.

-Tranquila, vengo de parte del padre Emilio. Me llamo Colen. Puede llamarme Col. -Volvió a sonreír

Dena se quedó mirando al hombre de mediana edad, cabello rubio y ojos azules que le sonreía tan calidamente. Unos instantes después, bajó el arma.

-Hola señor Colen. Lo lamento, pero estoy un poco nerviosa.

Él sonrió de nuevo -Eso no es algo por lo que deba avergonzarse. Venga, la ayudo con su maleta. Es hora de irnos. Tomó el equipaje de Dena y le ofreció el brazo- Andando.

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