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Superar la ficcion

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Sinopsis

En Luisana, más de cien asesinatos sin conexión aparente mantienen a la ciudad en vilo. El Teniente Rojas, presionado por la inminente llegada de un gran festival musical, recurre a un escritor retirado, Edward Lancaster, famoso por sus novelas de misterio. Aunque él se niega, pronto descubrirá que su talento para imaginar crímenes puede ser clave en un caso imposible.

Genero:
Mystery
Autor/a:
Harper
Estado:
hace un año
Capítulos:
1
Rating
n/a
Clasificación por edades:
13+

Capítulo 1

La noche en Luisiana estaba espesa, casi pegajosa, con ese aire húmedo que se adhiere a la piel y vuelve todo más lento. En una de sus calles solitarias, alguien corría. No miraba atrás, pero sabía que lo seguían.

A cierta distancia, apenas recortada por la luz amarillenta de los postes, una sombra lo perseguía. No corría del todo, no se acercaba demasiado, pero estaba ahí, constante, inevitable.

El corredor dobló la esquina, los dedos temblorosos buscando las llaves en el bolsillo. Había intentado llamar antes, nadie contestó. El teléfono parecía un peso inútil. Cuando por fin sacó la llave, se le cayó. El tintineo metálico rebotó en la vereda.

Giró de golpe, con el pecho ardiendo. La calle estaba vacía. La sombra ya no estaba.

Con manos temblorosas recogió la llave, corrió los últimos metros y se metió en la casa. Cerró la puerta con un giro brusco, el pestillo sonó como un alivio a medias. Dentro, respiró más hondo, aunque la calma no llegaba del todo: al otro lado de la puerta, se escuchaban pasos.

Apagó las luces. Se encerró en el baño. Se dejó caer en el suelo frío, abrazando sus piernas, con la frente hundida en las rodillas. Su respiración se fue haciendo lenta, apenas audible, mientras los pasos resonaban cada vez más cerca.

La escena quedó suspendida en ese silencio quebradizo.

A la mañana siguiente, encontraron el cadáver en el baño.

El amanecer en Luisiana había traído un calor pesado, húmedo, de esos que parecen arrastrar las sombras de la noche. En medio de la calle estrecha, la casa estaba rodeada por un enjambre de gente que se amontonaba tras la cinta amarilla. Policías con los brazos extendidos mantenían la línea cerrada, mientras los curiosos intentaban asomarse, algunos levantando el teléfono para capturar una foto furtiva, otros llamando a familiares para contar lo ocurrido.

El rumor se esparcía rápido. La noticia había corrido como un disparo: alguien más muerto, alguien más dentro de su propia casa.

Los familiares llegaron poco después, deshechos, con voces quebradas que se mezclaban con el ruido de sirenas lejanas. Una mujer gritaba el nombre de la víctima, repitiéndolo como si al hacerlo pudiera devolverlo a la vida. Un hombre trataba de sujetarla, pero sus propios ojos estaban rojos, su cuerpo encorvado de dolor.

Dentro de la vivienda, los agentes trabajaban con rostro rígido. El cadáver estaba aún en el baño, el suelo frío, las piernas recogidas, como si la víctima se hubiese quedado dormida en medio del miedo. La escena hablaba por sí sola: un encierro desesperado, un final sin salida.

Fuera, un oficial joven escribía en su libreta, inclinándose de tanto en tanto para observar detalles que los demás ya habían pasado por alto. Respiraba rápido, con el uniforme pegado al cuerpo por el calor, pero intentaba mantener la compostura. A su alrededor, fotógrafos forenses tomaban imágenes, otro agente recogía huellas y restos de polvo, mientras un murmullo de radios acompañaba el movimiento de los uniformados.

El ambiente cambió de golpe cuando un coche negro se detuvo frente a la cinta. De él descendió el jefe Rojas. Tenía los hombros anchos y una expresión marcada por demasiadas noches sin dormir. Su sola presencia hizo que la multitud se callara. Caminó con paso firme hacia la casa, apartando a los curiosos con una mirada seca.

—¿Qué tenemos? —preguntó al primer oficial que se cruzó en su camino.

Nadie contestó de inmediato. Un silencio breve se apoderó del lugar, como si las palabras fueran demasiado pesadas de pronunciar.

Dos policías, apoyados junto a la patrulla, hablaban en voz baja mientras observaban al jefe entrar.

—Ya es el quinto en Luisiana —murmuró uno, con la mirada fija en el suelo—. El quinto en apenas unos meses. —Y ya van más de cien casos en menos de un año —respondió el otro, sacudiendo la cabeza—. Cien… y ni un culpable. Nada.

El aire parecía hacerse más espeso con esas palabras.

Dentro, el jefe Rojas observó la escena con ojos que ya habían visto demasiado. No dijo nada al principio, solo miró el cuerpo en el suelo, la desesperación atrapada en esa última postura. El silencio del baño contrastaba con el murmullo de la calle.

Finalmente, sacó una libreta pequeña de su bolsillo y anotó un par de palabras. Su rostro no cambió. Era la quinta vez que lo hacía en Luisiana, pero la gravedad en sus ojos decía que cada caso pesaba como si fuese el primero.

El calor, el llanto, el murmullo de la multitud y el silencio del cadáver se mezclaban en un mismo aire cargado. Algo oscuro recorría Luisiana, y todos lo sabían. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta, pero lo sentían en la piel: aquello no iba a detenerse.

Rojas permaneció en el interior más tiempo que los demás. Caminaba por la sala de la casa despacio, como si cada detalle pudiera darle una clave que aún no existía. Los fotógrafos forenses terminaban su trabajo, los agentes tomaban medidas, y él seguía allí, anotando con calma en su libreta, sin apuro. Cuando por fin salió, el sol del mediodía lo recibió con un resplandor que le obligó a entrecerrar los ojos.

Afuera lo esperaba un caos. Decenas de cámaras lo rodearon apenas cruzó la cinta amarilla. Micrófonos extendidos, flashes, periodistas que empujaban entre sí para abrirse paso, y vecinos que alzaban la voz entre las preguntas. El aire estaba cargado de rabia, miedo y frustración.

—¡Jefe Rojas, ya van cien asesinatos este año! ¿Qué piensa hacer? —gritó una reportera desde la primera fila. —Han pasado meses y no tienen un solo sospechoso —añadió otro, con tono acusador. —¿Qué garantiza que la gente de Luisiana esté segura? ¡Nadie entiende estos crímenes!

Las voces se superponían, cada pregunta más dura que la anterior. El nombre de la víctima resonaba en algunos labios, mezclado con insultos y reclamos.

Uno de los periodistas, más alto que el resto, levantó la voz: —Dentro de unas semanas empieza el festival de música en Luisiana. Es el evento más importante del año y la ciudad no está segura. ¿Qué hará la policía para evitar otra tragedia?

La multitud se agitó con esa pregunta. Los vecinos gritaban que no podían vivir con miedo, que el festival se haría igual, que nadie iba a cancelar la tradición. El enojo era palpable, como si todos buscaran una respuesta inmediata y definitiva.

Rojas alzó una mano y el murmullo bajó apenas. Su voz salió grave, firme, pero fría, como una piedra que cae en un estanque:

—Estamos investigando. Todos los recursos están puestos en este caso y en los anteriores. Haremos lo posible para aclarar la situación y garantizar la seguridad de la gente de Luisiana.

Un periodista insistió: —¿Puede prometer que los asesinatos van a detenerse antes del festival?

Rojas lo miró sin pestañear. —Puedo prometer que trabajaremos hasta el final. Y que Luisiana va a estar segura para todos.

Los flashes se multiplicaron. Las cámaras capturaron cada gesto de su rostro, cada palabra medida. Pero detrás de esa frialdad, en su mirada, se escondía algo que las cámaras no alcanzaban a ver: una duda silenciosa, el peso de saber que habían pasado cien casos sin una sola respuesta clara.

El murmullo volvió a crecer cuando Rojas se dio media vuelta y caminó hacia su coche negro. La multitud lo siguió con las miradas, dividida entre la esperanza y la furia.

El jefe Rojas entró a la oficina con paso firme, cerrando la puerta tras de sí. El murmullo de la calle aún lo seguía como un eco molesto, pero aquí dentro el aire era distinto: más pesado, cargado de cansancio y frustración. Su equipo lo esperaba, algunos sentados frente a los escritorios, otros de pie con los brazos cruzados, todos con la misma expresión abatida.

Uno de los oficiales, el más joven, alzó la voz con una sonrisa nerviosa: —Jefe, allá afuera… con toda esa gente encima, la prensa, los vecinos… usted mantuvo la calma. Yo no habría podido contestar ni una sola pregunta.

Otros asintieron, murmurando frases de aliento: —Sí, jefe, estuvo bien. —Se notaba la presión, pero lo manejó como si nada. —Eso nos da confianza, de verdad.

Rojas los escuchaba en silencio, de pie junto a su escritorio. Por un instante parecía que esas palabras lo atravesaban sin dejar marca. Se dejó caer en la silla, con el rostro tenso, y se llevó las manos a la cabeza.

El recuerdo le golpeó de pronto: el festival. El evento más grande de la ciudad, en apenas dos semanas. La música, los turistas, las multitudes… y ellos aún sin una pista clara, sin un patrón, sin un culpable.

—Dos semanas… —murmuró, casi para sí mismo—. Solo tengo dos semanas.

A lo lejos, uno de los oficiales seguía hablando, enumerando cifras, mencionando turnos dobles, estrategias, promesas de apoyo de otras divisiones. Su voz llenaba la sala, pero para Rojas era un ruido lejano, como si viniera desde otra habitación.

Se apretó el puente de la nariz, intentando apartar el peso que le caía encima. La presión lo rodeaba por todos lados: la ciudad, los muertos, la prensa, y ahora ese maldito festival que no se iba a detener.

El jefe alzó la vista, su mirada recorriendo al equipo que lo observaba expectante. No podía mostrarse quebrado, no frente a ellos. Enderezó la espalda, cerró la libreta con un golpe seco y se obligó a hablar con la misma frialdad de siempre.

—Está bien. Trabajaremos el doble si es necesario. Pero no vamos a dejar que la ciudad se hunda antes del festival.

Rojas dejó la oficina con paso firme, aunque la tensión todavía le apretaba los hombros. Había dado instrucciones claras: buscar cualquier detective, cualquier herramienta o dato que pudiera ayudar a desentrañar el caso. Se comprometió a hacer todo lo posible, a mover cada ficha, y luego se retiró, dejando a su equipo con la pesada tarea de avanzar.

Al llegar a su casa, la puerta se cerró tras él con un golpe sordo. Adentro, la luz cálida contrastaba con el frío de la ciudad. Su esposa lo esperaba, con la calma que él necesitaba pero que no podía sentir del todo. Le dio un beso rápido, y él murmuró:

—Todo va a estar bien…

Ella asintió, aunque la preocupación se le notaba en los ojos. Se sentaron juntos en el sofá, y ella comenzó a hablar, intentando aliviar la tensión que aún le quemaba las sienes. Rojas la escuchaba, pero su mente no podía descansar. No entendía cómo alguien podía cometer tantos asesinatos distintos, uno tras otro, sin dejar pistas, sin seguir patrones claros, escapando siempre de la policía.

De fondo, su hijo pequeño jugaba con el control remoto frente a la televisión. El niño golpeaba los botones, riendo, mientras la pantalla mostraba noticias locales sobre los últimos crímenes y la seguridad de la ciudad, especialmente con el festival de música que se acercaba.

—¡Papá! —gritó el niño, y el control se le escapó de las manos, cayendo al suelo y esparciendo las pilas.

Rojas suspiró, recogiendo las pilas con cuidado mientras su esposa recogía un par de juguetes dispersos. El silencio volvió por un instante, roto únicamente por la voz de la televisión. Encendió el televisor de nuevo, y la imagen cambió de canal. Una noticia resaltaba la figura de un escritor de novelas de misterio y asesinatos, famoso por tramas complejas que atrapaban a sus lectores.

Edward Lancaster, ya casi retirado, rondaba los setenta años, y su retiro buscaba permitirle disfrutar lo que quedaba de la vida con su familia, algo que había postergado durante años dedicados a escribir. Mientras su esposa seguía moviéndose por la habitación, Rojas quedó pegado a la televisión, escuchando cómo hablaban de sus libros, de su aguda mente para desentrañar crímenes ficticios.

De repente, una idea golpeó su cabeza como un martillo: ¿por qué no lo habían considerado antes? Si alguien podía ayudar a comprender la mente detrás de tantos asesinatos distintos, alguien que entendiera cómo conectar piezas de un rompecabezas imposible… quizás él, con sus novelas, podía ofrecer pistas, un ángulo que la policía no había pensado.

Rojas se recostó en el sofá, las manos entrelazadas, mirando la televisión y al mismo tiempo sintiendo la presión de dos semanas que se aproximaban, el festival, la ciudad, los asesinatos… y la sensación de que estaba al borde de descubrir algo que hasta ahora se le había escapado.

Rojas, sentado en el sillón con el control todavía en la mano, no pudo apartar la mirada de la pantalla. Su esposa seguía recogiendo las pilas que se habían caído, mientras él sacaba de su bolsillo una pequeña libreta negra y anotaba apresurado: Edward Lancaster – posibles ideas – consultarlo.

La mañana siguiente amaneció pesada en Luisana, con un cielo plomizo que parecía no querer despejarse. Rojas llevaba desde temprano revisando notas en su libreta negra, repasando cada palabra que había escrito la noche anterior: Edward Lancaster. Escritor. Misterios imposibles. Retirado. No lo pensó demasiado. Tomó la dirección anotada en un expediente y subió a su camioneta.

Después de un par de horas de viaje, atravesando barrios tranquilos donde la vida parecía ir más lenta, llegó frente a una casa amplia, de madera clara, con un jardín cuidado y un porche adornado con macetas. Era el tipo de lugar donde cualquiera esperaría encontrar paz, no un posible aliado para resolver una ola de asesinatos.

Rojas estacionó, salió del vehículo y caminó hasta la puerta principal. Tocó con firmeza.

Pasaron unos segundos antes de que se abriera. Una mujer de cabello recogido, probablemente de la misma edad que Lancaster, apareció con un gesto de sorpresa en el rostro.

—¿Sí? —preguntó, algo desconfiada, aunque educada.

Rojas se quitó el sombrero y asintió. —Soy el jefe Rojas, de la policía de Luisana. Estoy buscando al señor Edward Lancaster.

La mujer lo miró de arriba abajo, con esa mezcla de cautela y hospitalidad propia de quien no espera visitas oficiales. Finalmente asintió. —Un momento, voy a llamarlo.

Dejó la puerta entornada y desapareció unos segundos. El jefe se quedó mirando el interior de la casa: una entrada cálida, muebles de madera, fotografías enmarcadas y estanterías llenas de libros que parecían invadir incluso los pasillos.

A los pocos instantes, apareció Edward Lancaster, caminando despacio. Llevaba una camisa sencilla, el cabello blanco peinado hacia atrás y una expresión de sorpresa en el rostro.

—¿Jefe de policía? —dijo, casi incrédulo—. ¿Qué hace la policía en mi casa?

Rojas se cuadró un poco, con esa seriedad que no lo abandonaba ni en las visitas personales. —Señor Lancaster… necesito hablar con usted.

Lancaster lo miró unos segundos, y luego apartó la vista hacia su esposa, que asintió en silencio. Con un gesto de mano, invitó a Rojas a pasar.

El jefe cruzó el umbral y entró en la sala, el corazón todavía cargado con la tensión de los cien asesinatos que lo perseguían desde hacía meses.

La sala estaba llena de libros, estantes que trepaban hasta el techo y mesas donde se apilaban revistas y hojas sueltas. Lancaster señaló un sillón frente a él y se acomodó en otro, con un aire cansado pero atento.

—Bien —dijo el escritor—. ¿De qué se trata todo esto, jefe?

Rojas se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su voz era firme, pero arrastraba el peso de los últimos meses.

—Luisana está ahogada en sangre, señor Lancaster. Más de cien asesinatos en menos de un año. Y lo peor… ninguno tiene conexión con el anterior. Envenenamientos, apuñalamientos, degollados, desapariciones. Cada uno distinto, sin un patrón claro, sin un solo hilo del que tirar. Hemos tenido equipos completos trabajando día y noche, y no hemos logrado encontrar ni una pista sólida. La ciudad está aterrada, y en dos semanas tendremos un festival que atraerá a miles de personas. No podemos permitir que ocurra otra tragedia.

Lancaster lo escuchaba con el ceño fruncido, la mirada fija, como si cada palabra lo sumergiera en un terreno incómodo.

Rojas continuó, esta vez bajando un poco la voz, como si hablara en confianza:

—He leído sobre usted. Conozco su obra. Sus libros son ingeniosos, complejos, imposibles de resolver hasta la última página. Usted entiende cómo piensa un asesino, cómo funciona una mente criminal. Y eso es lo que necesito: no que esté en las calles ni que se enfrente al peligro directamente… sino que sea la mente detrás del caso. Una mente brillante que pueda ver lo que nosotros no vemos.

El silencio se alargó. Lancaster bajó la mirada, entrelazó las manos y respiró hondo. Había en sus ojos una duda real, como si parte de él quisiera aceptar. Pero pronto negó con la cabeza.

—Jefe, lo lamento. Pero no. Me acabo de retirar. He pasado la vida entera rodeado de asesinatos ficticios, de misterios inventados. Ahora solo quiero disfrutar de mi familia, de la tranquilidad que me queda. No soy un policía. No soy un investigador real. Soy un escritor. Y lo que usted me pide… no tiene sentido.

Rojas apretó la mandíbula, conteniendo la frustración. —¿Ni siquiera lo consideraría?

—No —respondió Lancaster, con firmeza.

Rojas se puso de pie, respirando hondo, como para no soltar toda la indignación que le recorría el cuerpo. Sacó de su chaqueta una tarjeta y la dejó sobre la mesa, frente a Lancaster.

—La invitación siempre estará abierta —dijo con voz grave—. Piénselo.

Sin esperar más, giró y salió de la casa. La puerta se cerró tras él con un golpe seco. Lancaster se quedó en el sillón, en silencio, con la tarjeta delante suyo, como si aquella pequeña pieza de cartón pesara más que cualquiera de los libros que había escrito.

El motor de la camioneta rugía mientras Rojas regresaba hacia la ciudad. Iba serio, con las manos firmes en el volante, todavía con la conversación con Lancaster pesándole en la cabeza. Cada kilómetro que avanzaba lo hacía sentir más la presión del tiempo.

Pero no podía detenerse. Ese mismo día aterrizaba una de las artistas más esperadas del festival: Marisún, la cantante española que había conquistado escenarios internacionales y que ahora venía a presentarse en Luisana. La noticia había corrido como pólvora, y el aeropuerto se encontraba rodeado de prensa, fanáticos y curiosos.

Cuando Rojas llegó, vio a varios de sus oficiales desplegados, formando un cordón para abrir paso. La multitud se apretaba contra las vallas metálicas, cámaras en alto, micrófonos extendidos, flashes disparando sin pausa.

El avión privado aterrizó con suavidad y, pocos minutos después, apareció Marisún en la escalerilla. Su estilo indie-pop la había convertido en un ícono, y ahora bajaba con paso seguro, protegida por un joven guardaespaldas que no se separaba de ella ni un segundo.

—¡Marisún! ¡Marisún! —gritaban los periodistas, mientras los flashes la cegaban. Preguntas llovían sin orden: “¿Cómo se siente estar en Luisana?”, “¿No tiene miedo con tantos asesinatos en la ciudad?”, “¿Qué espera del festival?”

Los agentes de policía la escoltaron entre la multitud, conteniendo los empujones y los gritos. Marisún sonrió apenas, levantando una mano para saludar a sus fans, aunque sus ojos mostraban algo de incomodidad frente al asedio.

Todo ese caos era transmitido en vivo por los noticieros locales. En su casa, Edward Lancaster estaba sentado en un sillón, con una taza de café ya frío entre las manos. Miraba la pantalla con atención, viendo cómo la cantante llegaba a la ciudad en medio del tumulto.

Las imágenes mostraban a Rojas de fondo, ordenando a sus oficiales, serio, controlando la situación como podía. La voz del presentador resaltaba la importancia del festival y el peligro latente que los asesinatos representaban para un evento de esa magnitud.

Lancaster observaba en silencio, con el control remoto olvidado en la mesa. No quería involucrarse. No debía hacerlo. Y sin embargo, la tarjeta que Rojas le había dejado esa mañana seguía en su bolsillo, recordándole que, tal vez, la ficción ya no era suficiente para explicar lo que estaba ocurriendo en Luisana.

El aeropuerto de Luisana hervía de gritos y destellos. La policía se veía desbordada conteniendo a los fanáticos que empujaban las vallas, intentando acercarse a Marisún. Rojas estaba en el centro del operativo, con el ceño fruncido, dando órdenes rápidas a sus hombres. La multitud se agitaba como un mar desbocado.

—¡Mantengan la línea, vamos! ¡Cierren ese flanco! —rugía Rojas, empujando con su hombro para abrir espacio.

Desde lejos, entre el tumulto y los reflectores, una figura observaba. El brillo metálico de un arma asomaba apenas bajo el resplandor. El cañón seguía a Marisún con precisión letal.

Rojas, instintivo, sintió que la situación podía estallar en cualquier segundo. La presión de la multitud, la cercanía de los fans, los empujones. Todo era un detonante. Sus ojos se movieron con rapidez, pero el enjambre humano le impedía tener control total.

En la distancia, Lancaster, desde el sillón de su sala, observaba por televisión. Veía el caos crecer en cada plano. Veía a Rojas perder terreno ante la marea humana. Y aún así, el escritor seguía inmóvil, como si la pantalla estuviera a punto de tragárselo.

De pronto, una joven fan saltó por encima de la valla, corriendo directo hacia Marisún, brazos abiertos para alcanzarla. En ese mismo instante, en la lejanía, el hombre del arma apretó el gatillo.

El disparo resonó por encima de los gritos. La bala cortó el aire y alcanzó al muchacho que había abrazado a Marisún en su carrera desesperada. El impacto lo derribó de inmediato, sangrando del brazo.

El pánico se desató como una ola. Gritos. Llanto. Gente empujándose para escapar. Cámaras cayendo al suelo. El caos absoluto.

—¡Todos atrás! ¡Atrás, maldita sea! —gritó Rojas, mientras varios agentes rodeaban a Marisún, cubriéndola con sus cuerpos y empujándola hacia un pasillo seguro del aeropuerto.

Las sirenas internas sonaron. Más oficiales corrían, buscando al tirador, pero entre la confusión y el mar de gente era como perseguir un fantasma.

Marisún, pálida, se dejaba arrastrar con la mirada clavada en el joven herido, mientras su guardaespaldas forcejeaba con un oficial para poder llegar a él.

Y en la televisión, Lancaster vio cómo la transmisión se cortaba abruptamente, dando paso a imágenes borrosas de la multitud en fuga. En su bolsillo, la tarjeta de Rojas parecía pesar el doble.

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