Frente al espejo
Es viernes por la noche. La casa está en silencio, y mi cuerpo todavía lleva la jornada pegada a la piel: la rigidez de la mañana, la fatiga de las horas, la costumbre de sonreír cuando no me salía. Acabo de ducharme y el espejo está empañado, una lámina tibia de vapor que difumina los contornos. Me seco con la toalla, la humedad se desliza por mis brazos, y me quedo mirando la forma borrosa de mis ojos: los ojos de siempre, la misma puerta abierta sobre lo que soy.
Llevo días haciéndome la gran pregunta y me paraliza hasta el pensamiento. ¿Me arrepiento de mi transición? La palabra suena cruel en mi boca, como si pudiera reducir a un latido las múltiples capas de mi vida. Hay una respuesta que conozco desde niña: siempre he sido Annia. Pero hay otra que se instala por la noche, pesada, con la voz de todo lo que he perdido.
Recuerdo la primera vez que me comprendí: un destello íntimo que nadie pudo robarme. Desde entonces han sucedido cosas bellísimas —pequeños milagros de honestidad, miradas que me nombran por mi nombre verdadero, manos que me sostienen con ternura— y, a la vez, pérdidas que duelen con una precisión nueva. Me he quedado sola más de lo que imaginaba. He visto a gente marcharse de mi vida como si yo fuera un paisaje incómodo: algunos con indiferencia, otros con reproches. Y he aprendido a enfrentarme al odio —a la violencia, a la mofa, a la distancia— como quien aprende a respirar bajo el agua.
Si pudiera viajar atrás en el tiempo, hay una escena que me tienta: el chico afeminado que fui y que quizá hubiese aceptado seguir siendo. Habría pagado, quizás, la tranquilidad de la conformidad con una parte de mí. Habría ganado paz, tal vez menos preguntas en la calle, menos miradas que duelen. ¿Eso es felicidad? No lo sé. Lo que sí sé es que vivir en paz fingida no sería vivir del todo. Y sin embargo, aquí estoy, preguntándome si el precio que pagué —la soledad, la exposición, las heridas— compensa la claridad de mi nombre.
Lloro porque me horroriza la posibilidad de arrepentirme, no por cobardía sino por lealtad a todas las Annia que he sido: la niña que escondía el vestido en un cajón, la adolescente que cortó palabras en silencio, la mujer que por fin pidió su propio reflejo. Me aterra la idea de que alguien interprete estas lágrimas como traición: que me conviertan en el estereotipo que algunos esperan —la persona que «se arrepiente» para luego alimentar discursos ajenos—. No quiero ser utilizada como ejemplo de nada, solo quiero una tregua para respirar sin la amenaza constante del juicio.
No estoy deprimida por ser trans; estoy exhausta por la sociedad que nos asfixia. He ido al psicólogo todas las semanas no porque esté rota, sino porque la vida fuera de las consultas es una carrera de obstáculos diseñada para lastimarnos. Me cuido porque la supervivencia exige herramientas, porque resistir también es un oficio que se aprende. Si alguna vez mis palabras suenan débiles, que se entienda: mi fatiga no es renuncia, es el músculo que se cansa de empujar contra el mismo muro.
Me pregunto si tengo derecho a desear la calma que no tuve. ¿Estoy tan loca por querer menos fricción, menos guerra? No pido que me comprendan ni que compartan mi vida; solo pido respeto. No más golpes, no más insultos, no más humillaciones que me hacen dudar de mi propia existencia.
Me toco el rostro con las palmas todavía calientes de la ducha. El espejo ya no está completamente empañado; un surco transparente me devuelve una mirada cansada pero firme. Hay una voz dentro, pequeña y persistente, que susurra: no te arrepientas de ser tú. Luego hay otra voz, más práctica, que enumera las heridas, las faltas de compañía, las noches en vela. Ambas coexisten en este cuarto con azulejos fríos y el reloj que no se apiada.
Quizá mañana todo parezca distinto. Quizá me levante con otra luz y encuentre una mano amiga en el café de la esquina o en el texto de alguien que no se fue. Quizá la vida sea menos cruel con el tiempo, porque el tiempo, a veces, aligera la furia y trae compañía inesperada. O quizá siga siendo igual y tendré que aprender a sostenerme con los pedazos que tengo.
Me seco las lágrimas con la toalla. No tengo planes esta noche —no hay cita, no hay cena, no hay ruido que me distraiga— y la soledad me pesa y me molesta, pero también me permite escucharme. Esta es una pregunta frente al espejo: real, dolorosa, honesta. No es una renuncia a lo que soy. Es la confesión de una mujer que ha vivido mucho y que, a veces, necesita permiso para sentir confusión sin que eso signifique traición.
Apago la luz del baño y dejo que la oscuridad me envuelva. Antes de acostarme pienso en la niña que una vez escondió su vestido y sonrío con ternura. Sé quién soy. No puedo volver atrás. No quiero volver atrás. Pero está bien —aunque duela— sentir miedo, cansancio y duda. Mañana, cuando el mundo me nombre de nuevo, responderé con la verdad que me he dado: soy Annia, y sigo aquí.








